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Altar Mayor - Nº 70 (14)
Monday, 01 January a las 21:09:35

Altar mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 70 – Enero 2001

JUSTICIA Y JUAN PABLO II
Por Carlos Divar - Magistrado-Juez Central de la Audiencia Nacional

Como solían hacer los Escolásticos, precisemos los términos del debate antes de desarrollar el discurso: Justicia y Juan Pablo II. Justicia, en la definición de los romanos, consiste en la facultad «de dar a cada uno lo suyo». Algunos han atribuido a la Reina Católica el siguiente concepto de lo que era para ella el Orden: «los Obispos de Pontifical, los Magistrados en el Estrado, los militares en el Campo y los criminales en la Horca». Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, transforma todas las ideas anteriores y en realidad cambia un orden de Derecho por otro de Amor. Él muere por nosotros pecadores para salvarnos, y con la gracia de los sacramentos y por el Bautismo, nos hace partícipes de la divinidad y herederos del cielo. Ciertamente que esto no pertenece a la idea de lo que es justo según los hombres, sino al derroche de ternura y misericordia, que sin merecimiento alguno de nuestra parte, se nos da como Don inefable y gratuito. Hablamos, por tanto, de la Justicia que viene de lo Alto, que Jesús trae a este mundo y que regala a todos los hombres sin excepción, pero que no se impone a nadie. Nunca se olvide esto. Existe libertad plena de aceptar o rechazar lo que el Creador nos da y Jesucristo conquistó para nosotros con su Muerte y Resurrección. Son verdaderas las palabras del Evangelio: «La luz vino al mundo pero los hombres prefirieron las tinieblas».

Cuando hablamos de Juan Pablo II no citamos, simplemente, a un hombre importante que vive y que pertenece ya al patrimonio histórico de la humanidad. Nos referimos al vicario de Cristo entre nosotros. Al «dulce Cristo en la tierra». «Al que hace, aquí abajo, las veces de Dios», como escribió Martín Descalzo. La piedra sobre la que se apoya la Iglesia, y también el hombre de oración permanente y de amor a la Santísima Virgen, como el camino más seguro para estar con Jesús y ser de Jesús. Cuando no se le escucha, se confunden conscientemente sus palabras, se desconoce voluntariamente su Doctrina -como hacen algunos, incluidos eclesiásticos y personas que se dicen de vida religiosa-, no sólo se engañan quienes así proceden, sino que con harta frecuencia ponen en peligro la vida de almas sencillas que se escandalizan ante situaciones como las expresadas. También aquí cabe recordar la severa advertencia del Evangelio sobre el escándalo. Siempre que se oye la voz del Papa el respeto debe ser absoluto. La asistencia del Espíritu Santo le acompaña en todo instante, y aun en aquellos casos en que por la condición humana pudiera equivocarse, existen muchas más posibilidades y probabilidades de error en los críticos que en la palabra de Juan Pablo II; en cualquier caso, los católicos, obedeciendo al Papa, nunca nos equivocamos.

La Justicia de Dios, que antes mencionábamos, es universal e inmutable y se manifiesta en la verdad que es Cristo. Se exige con radicalidad, ya que es un error grave alterar la verdad por complacencias humanas. La misericordia es tener el corazón presto para los hombres, que somos míseros, pero nunca alimentarles de mentira y engaño que les apartan de Dios. El «relativismo» del llamado hombre moderno supone un vivir en la confusión y ambigüedad que le invitan a hacer lo que quiere y no aceptar libremente lo que Dios quiere. «La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que prohiben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable. Ésta estaría en contraste con la condición maternal de la iglesia. La obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, hace que la iglesia interprete la norma moral y la proponga a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección» (Veritatis Splendor, 95).

«Ante las graves formas de injusticia social y económica, así como de corrupción política que padecen los pueblos y naciones enteras, aumenta la indignada reacción de muchísimas personas oprimidas y humilladas en sus derechos fundamentales, y se difunde y agudiza la necesidad de una renovación personal y social capaz de asegurar Justicia, solidaridad, honestidad y transparencia.

»Sólo Dios, el Bien Supremo, es la base inamovible y la condición insustituible de la moralidad. La verdad de Dios Creador y Redentor, y la verdad del hombre creado y redimido por Él es la única posible sobre la que se puede construir una sociedad renovada y resolver los problemas complejos y graves que le afectan» (Encíclica citada, números 98 y 99).

Resulta asombroso que el Papa, en su Magisterio, llegue a concretar puntos de la vida humana y social que tienen una actualidad permanente. Así, escribe el Pontífice: «en el ámbito político se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados; la transparencia en la Administración pública; la imparcialidad en el servicio; el respeto de los derechos de los adversarios políticos; la tutela de los derechos de los acusados en procesos y condenas sumarias; el uso justo y honesto del dinero público; el rechazo de medios equívocos o ilícitos para conquistar mantener o aumentar a cualquier costo el poder, son principios que tienen su base fundamental en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas del funcionamiento de los Estados» (30 de diciembre de 1988). «Cuando no se observan estos principios, se resiente el fundamento mismo de la convivencia política y toda la vida social se ve progresivamente comprometida, amenazada y abocada a su disolución» (AP. 18,2-3. 9-24).

Podríamos preguntarnos qué medios tenemos a nuestro alcance para conseguir el imperio de la auténtica Justicia en una sociedad y en un ambiente como el que antes expusimos. Juan Pablo II dijo aquí, en España: «Reflexionar sobre el texto de las Bienaventuranzas. ¿Por qué existe el mal en el mundo? Las palabras de Cristo hablan de persecución, de llanto, de falta de paz y de injusticia, de mentira y de insultos. Y hablan de sufrimiento del hombre en su vida temporal. Pero no se detienen ahí, indican también un programa para superar el mal con el bien. Efectivamente, los que lloran serán consolados; los que sienten la ausencia de justicia y tiene hambre y sed de ella serán saciados; los operadores de paz serán llamados hijos de Dios; los perseguidos por causa de la Justicia, poseerán el Reino de los Cielos. ¿Es ésta solamente una promesa de futuro? ¿Se refieren sólo a la vida eterna, a un Reino de los Cielos situado más allá de la muerte? Sabemos -dice el Papa- que ese Reino está cerca y que ha sido inaugurado, en esta vida con la muerte y resurrección de Cristo» (Madrid, 3 de Noviembre de 1982).

Examinemos ahora algunas ideas del pensamiento de Juan Pablo II sobre temas más concretos de lo que debe ser la Justicia:

Nacionalismos: «el patriotismo es el recto y justo amor a la propia identidad como miembro de una comunidad nacional determinada. El nacionalismo es la negación de patriotismo, pues mientras el patriotismo, amando lo propio, estima también lo ajeno, el nacionalismo desprecia todo lo ajeno y si no logra destruirlo, trata de apropiárselo» (L'obsservatore Romano, 22 de Octubre de 1993). Los nacionalismos han tenido a lo largo de la historia connotaciones de carácter racista, que condena expresamente el Pontífice: «La Iglesia rechaza cualquier forma de racismo como una negación de la imagen del Creador intrínseca a todo ser humano» (Jerusalén, 23 de marzo de 2000).

Dignidad del ser humano: «Me produce una profunda preocupación, cuando observo que algunos grupos quieren imponer a la comunidad internacional puntos de vista ideológicos o modelos de vida que defienden pequeños sectores de la sociedad. Quizá esto sea más patente en campos como la defensa de la vida o la salvaguardia de la familia. Los jefes de las naciones deben tener cuidado para no desbaratar lo que la comunidad internacional y la Ley han elaborado para defender la dignidad del ser humano y la cohesión social» (7 de abril de 2000).

Independencia judicial: «La independencia es un valor al que debe responder, en el foro de la conciencia, un vivo sentido de rectitud y, en el ámbito de la investigación de la verdad, una serena objetividad de juicio. La Justicia debe esforzarse por asegurar la rapidez del proceso, pues una excesiva lentitud es intolerable para los ciudadanos y puede convertirse en una verdadera y propia injusticia» (1 de abril de 2000).

Justicia de los hombres que viven en el siglo: El Papa dice: «A los laicos, sed testigos valientes del evangelio en vuestro hogar y en la sociedad. A las madres y los padres, enseñad la dignidad de toda vida y el valor de la fe de la plegaria y de la bondad. A los jóvenes, construir el futuro sobre el fundamento sólido del Amor de Dios. A los niños, Jesús es vuestro mejor amigo» (21 de marzo de 2000).

Refugiados y emigrantes: «No penséis que por vuestra situación actual sois menos importantes a los ojos de Dios. En Belén, el Hijo de Dios fue recostado en el pesebre de un establo y fueron los pastores de los campos cercanos los primeros en recibir el mensaje de paz y de esperanza» (Belén 22 de marzo de 2000).

Familia: «El matrimonio es una comunión de amor indisoluble, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exige plena fidelidad conyugal y de indisoluble unidad» (Gaudium et spes, 48). «Por ello cualquier ataque a la indisolubilidad conyugal, a la par que es contrario al proyecto original de Dios, va también contra la dignidad y la verdad del amor conyugal. Hay otro aspecto, aún más grave, que se refiere también al amor conyugal como fuente de la vida; hablo del respeto absoluto a la vida humana, que ninguna persona o institución, privada o pública puede ignorar. Por ello, quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida, aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de una sociedad» (2 de Noviembre de 1982).

Quiero terminar estas reflexiones, ciertamente muy incompletas, sobre el pensamiento del Papa actual respecto a lo que es auténticamente Justo, recordando, en palabras del Pontífice, el derecho más primario y fundamental que existe y del que casi nunca se habla: me refiero al derecho de Dios. «Ciertamente es justo y necesario afirmar y defender los derechos del hombre, pero antes es preciso reconocer y respetar los derechos de Dios. Descuidando los derechos de Dios se corre el riesgo, ante todo, de anular los del hombre. Cuando, por el contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas. Es hora de volver a Dios, en quien a menudo se cree poco, a quien se adora poco, y a quien se ama y obedece poco» (L'obsservatore Romano, 12 de Marzo de 1983).

Es muy importante que los hombre y mujeres que miran al Señor no se desalienten porque existan injusticias en el mundo. No hay que dejar de hacer nuestra parte, por pequeña que sea, aunque no podamos realizarlo todo. Miremos a la Santísima Virgen firme al pie de la cruz. Estemos preparados, como San José, para huir de los peligros del mundo, para salvar el interés de Jesucristo. Dichosos los que saben ver la bondad de Dios, incluso en el momento de la Cruz. El Papa dice: «Si el Padre manda la cruz existe un porqué. Y puesto que el Padre es bueno, ello no puede ser más que para nuestro bien. Esto nos dice la fe. Esto nos enseña Cristo en su Pasión» (30 de Marzo de 1988).

La conclusión final nos parece muy clara: sólo en Amar a Cristo y hacerle Amar, en una vida coherente y cabal, se encuentra la única y verdadera JUSTICIA.


 
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