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Altar Mayor - Nº 71 (14)
Jueves, 01 febrero a las 18:11:00

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 71 – febrero de 2001

Peregrino en la Tierra del Señor

... de leche y miel (1)*
Por José Ramón López Crestar

5, sábado: Madrid-Tel Aviv-San Juan de Acre. Desde la furgoneta colectiva que me ha traído del aeropuerto Ben Gurion he podido ver, a lo lejos, las ruinas de Cesárea Marítima, donde tuvo Pilato su capital, y el Chateau Pelèrin, en Atlit, que fue una de las últimas posiciones de los cruzados. Tanto el terreno como las plantas que hasta ahora he visto recuerdan el levante español: olivos, naranjos, clamorosas buganvillas. El Mediterráneo sigue siendo el mismo, a uno y otro extremo, por más que el sol se ponga aquí sobre las olas. Ahora estoy llegando a la ciudad que los musulmanes llaman Akka, los judíos Akko, y es para mí San Juan de Acre: la vieja Ptolemaida. El conductor me deja a considerable distancia de la ciudad vieja. Me tocará caminar unos kilómetros hasta el lugar que fue puerto de desembarco de San Pablo, a su regreso a Jerusalén, sede natal de la Orden Teutónica, última plaza del Reino Latino. Ya en la calle que bordea el mar, oigo a una pareja de ancianos hablar en la misma lengua que hubiera escuchado en la ciudad mil años atrás: en francés. Les pregunto por el convento de San Francisco y me dan una indicación cordial y precisa. Siguiéndola, me llego hasta la iglesia, en la que está terminando la Misa un fraile doblemente menor, por franciscano y por corta talla. Llego sólo al «amín»: amén en árabe. Entro en la sacristía y me presento: español que peregrina en solitario, unas veces a pie y otras sobre ruedas. El fraile ha venido a celebrar desde Caná, su domicilio, para sustituir a quien ejerce de párroco, Fray Quirico, que está pasando unos días en Italia. Están presentes dos seminaristas, del Camino Neocatecumenal, de los muchos que este verano prestan servicio de apoyo a la Custodia de Tierra Santa. Son Jorge, nicaragüense, de Masaya, que sigue los estudios eclesiásticos en Japón, y Giusseppe, italiano, de Cattolica, que los sigue en Austria. Jorge y Giusseppe me reciben con la mayor amabilidad que cabe imaginar, como si estuvieran esperándome desde siempre. Me invitan a cenar con ellos y a pernoctar en el convento: invitaciones que acepto ufano. En la larga sobremesa hablamos de todo: de la brevedad de la parroquia, de la necesidad de evangelizar, de la presencia de un kibbutz cristiano, Nes Amim, en las cercanías, y del espíritu que debe animar la peregrinación, acerca del cual se extiende Jorge en consideraciones muy atinadas. Buen cura va a ser éste que, siendo seminarista, tiene tal don de consejo. La noche es toledana. No hay quien pegue ojo: el mullido colchón de lana despide un calor insoportable. Decido intentar dormir sobre el embaldosado y, cuando ya lo he conseguido, me despiertan los cantos del muecín, cuyo alminar se encuentra infelizmente muy cercano.
 

6, domingo, fiesta de la Transfiguración del Señor: San Juan de Acre-Haifa-Carmelo. Diana tempranera, oración en la capilla del convento de San Francisco, acompañada en la lejanía, otra vez, por los jipidos del muecín, descaradamente evocadores del cante flamenco, desayuno, y visita de la ciudad cruzada, en compañía de Giusseppe. Se conserva, casi en su totalidad, la ciudad interior de los cruzados. Para levantar la Akka musulmana, se soterraron las viejas construcciones, edificando encima, de modo que los arqueólogos no han tenido otro trabajo que apuntalar los edificios superiores y extraer los escombros que escondían los inferiores, dando así a la luz salas, dependencias, corredores, galerías y túneles. Sorprende encontrar, todavía, la piedra sepulcral de un caballero del Hospital, fascina hallar, labrada en los capiteles de los que parten los arcos, la flor de lis, que acaso inspiró a San Luis, por más que no sea ésta una de las filigranas favoritas de mi jardín heráldico. Aquí hubo consulado de la ciudad de Barcelona. Quizá por aquí paseó la arrogancia del caballero verde: un español desconocido y encapuchado que osó retar a Saladino. Aquí se defendieron tenazmente los últimos cruzados. Y aquí murieron matando, cuando, incumpliendo lo pactado, los mamelucos osaron afrentar la virtud de las damas francas. Aquí también se cubrió de oprobio el templario napolitano Roger de Flor, cuando, capitán del «Halcón del Temple», cobró en oro el amparo de los adinerados que pudieron pagárselo, dejando a los pobres desdichados en el muelle, para luego colgar el hábito templario y servir de capitán almogávar a la Corona de Aragón. Visito la iglesia ortodoxa local, me despido, agradecido, de mis amigos y tomo un autobús que me deja en Haifa, al pie del mar. Inicio desde allí el ascenso al monte Carmelo, en una subida que, resultando incómoda por empinada, lo es mucho más por el húmedo calor y la dificultad de encontrar la senda. Se diría que la subida al Carmelo es como un antipático juego de la oca, en el que la menor equivocación conduce de nuevo al pie del monte, desde donde hay que volver e empezar. ¿Sabría esto San Juan de la Cruz? Sorteando unos y otros obstáculos, de los que los jardines Bahaí no es el menor, consigo encaminarme hacia la cumbre, gracias a la ayuda que me presta Pavel, un simpático croata. -Are you catholic? -Me too, son las palabras clave. Una pintarrajeada neoyorquina, entrada en kilos y en años, con cierta facha de drag queen, me da también ánimos, y me brinda amablemente su coche, que rechazo. En la cima, Stella Maris, la basílica que encierra la imagen de la más popular advocación de la Virgen María: el Carmen, situada sobre la cueva en la que la tradición sitúa la estancia del profeta Elías. Flanqueando la imagen de María, referencias plásticas a algunos santos del Carmelo, mis queridos paisanos Teresa y Juan de la Cruz, mi no menos querida y admirada Teresa Benedicta de la Cruz Edith Stein. El Carmelo tiene para mí un significado especial. Carm es, por lo visto, en las lenguas semitas, jardín: de ahí los cármenes granadinos. Y El hace referencia a Dios. Jardín de Dios, pues, y qué mejor jardín que su hija, esposa y madre, María. A la salida del templo, me inclino sobre el mirador de la bahía, desde el que se ve, a sus pies, varado, el casco del viejo «Éxodo», tan célebre por el cine, y se llega a divisar San Juan de Acre, en lontananza. No habiendo posada para mí en el hospicio del Carmelo, encuentro acomodo en el de las Sisters of Nazareth, en donde coincido con un simpático y culto luterano alemán, profesor que ha sido de la facultad de Exactas de la Complutense, que está interesado en trabajar para el Tecnión de Haifa. Nuestra conversación deriva hacia la Teología y se hunde en las profundidades de la noche, en la tranquilidad del acogedor jardín monacal, más allá de lo que la prudencia aconseja a quienes al día siguiente quieren madrugar.
 

7, lunes: Haifa-Nazaret. Tras un copioso desayuno y con los parabienes de las monjas, cumplidas y cariñosas, me pongo en marcha por el puerto de Haifa hacia la estación local de autobuses. Queda atrás la vista de los jardines Bahaí: una comunidad religiosa de origen iraní y raíz islámica, que busca unificar todos los cultos, como si la verdad fuera producto de la síntesis. Jardineros buenos sí que son, que se ven hermosos los parterres floridos que trepan por las laderas del monte. Conozco a los Bahaí desde hace muchos años: cuando -adolescente aún- distribuía propaganda política en el Rastro madrileño, y tenía por vecino a un persa bastante pesado, que alternaba la venta de frascos de pachulí con la divulgación de folletos de la secta. Ya en la estación, localizo, con alguna dificultad, el autobús que me llevará a Nazaret. Son muchos los habitantes de Haifa de origen ruso: tanto que los carteles de la estación de autobuses están en hebreo, árabe y ruso, no en inglés, y son muy pocos los que se atreven a chapurrear esta última lengua. Hasta para comprar una botella de agua fresca tengo que recurrir al poquísimo alemán que sé, que los rusos suelen entenderlo. En la espera, trabo conversación con quien menos podía pensar: con un muchacho árabe de raza, greco-católico, que se prepara para el sacerdocio en un seminario italiano. Es un tipo educado, con clase. Hablamos de la diferencias teológicas que separaban a latinos y griegos, del famoso filioque, y comprendo de una vez para todas lo que es una cuestión bizantina: tanto es el interés y tanta la pasión que mi amigo pone en argumentar sobre la procedencia de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Me habla también de sus proyectos: tal y como le permite su rito, él quisiera contraer matrimonio antes de ordenarse, y hasta tiene echado el ojo a una muchacha de su pueblo, pero no se atreve a proponerle relaciones por la carga que le supondría a ella. La vocación de la mujer de un sacerdote es, me dice, tan dura como la del sacerdote: debe vestir con especial modestia, no puede frecuentar lugares públicos, etc. Yo le canto las excelencias del celibato sacerdotal, la conveniencia de que el sacerdote esté siempre disponible, sin las ataduras que supone una familia. Y él las comprende, me dice, pero quiere seguir la tradición de su rito, aunque ello le excluya de la posibilidad de ser algún día obispo, que estos se ordenan sólo entre los célibes. Me habla también del corto sueldo de los sacerdotes, y de la dureza de sacar adelante una familia con pocos posibles: circunstancia, me confiesa, que le llevará a proseguir los estudios de sociología que inició antes de seguir los eclesiásticos. Mayor merma será, le comento, que tenga que compartir su ministerio de sacerdote con el oficio de sociólogo. Me confiesa la aversión que siente hacia las chicas italianas. Él no se casará con una musulmana, claro, sino con una cristiana árabe, y es que las árabes, mantiene él con ardor, sean de una u otra religión, visten con dignidad y se respetan a sí mismas. Chocante manera de ver las cosas. Nos despedimos a la llegada de nuestros propios autobuses, y parto yo para Nazaret. Dejo atrás, al norte, Séforis, en donde, según la tradición, tuvo lugar el feliz encuentro amoroso de San Joaquín con Santa Ana, de cuyo fruto nacería la Virgen María. Fue en Séforis también, donde el Rey de Jerusalén, Guido de Lusiñán, reunió a sus tropas, cortas de agua y sobradas de impedimenta, para hacer frente a las huestes de Saladino. Ya en Nazaret me dirijo a la Basílica de la Anunciación, entre una barahúnda de vehículos embotellados y mercachifles ruidosos. Conmueve estar ante los pedruscos que fueron casa de Jesús, María y José. En Tierra Santa, unas iglesias están edificadas sobre los lugares en que realmente sucedieron los hechos, mientras que otras simplemente los conmemoran. El caso de Nazaret es de los primeros. Está documentado que en el antiguo poblado nazaretano se instaló, ya a comienzos del siglo II, una iglesia-sinagoga de la primitiva comunidad judeo-cristiana, y en inscripciones de esa época pueden encontrarse alabanzas a la Virgen en armenio -Bella Señora- y en griego -Ave María, «caire Maria»-. Me quedo un buen rato, en el silencio que dispensa la ausencia de peregrinos durante el mediodía. Unos metros más allá, reza, muy recogida, una piadosa y agraciada japonesa, como figura de porcelana. Es lugar de meditar, que fue aquí donde el Verbo se hizo carne. Y menguada tiene la sensibilidad quien aquí no se conmueva. Oigo Misa a la tarde, con unos peregrinos españoles, replorablemente ruidosos y cortos, a lo que se ve, de receptividad ante la magnitud de lo que tienen oportunidad de presenciar. En las cercanías de la Basílica está el solar sobre el que los musulmanes han extendido sus alfombras y ubicado sus altavoces, reclamando la construcción de una mezquita. Se trata, por lo visto, de un problema de especulación inmobiliaria teñido de religión: el alcalde, cristiano, temeroso de perder votos en tiempo de elecciones, no se atrevió a echarles de ese terreno, de propiedad municipal, en el que estaba proyectado un parque, y ha dado así lugar a una situación ingrata y difícil. Aunque las pancartas que rodean el espacio reclamado pregonan, en árabe y en inglés, la buena vecindad y el amor entre los fieles de las dos religiones, la actitud de los islamitas es claramente provocadora e insolente, amenazadora hasta el punto de que, en la procesión de la Navidad pasada, arrojaron piedras contra los cristianos e hirieron a un par de peregrinos, lo que, emulando a los custodios, se soportó con humildad franciscana. Me aposento en el convento de las Hermanas de Nazaret, cómodo y barato. Visito la iglesia que se asienta sobre el solar de la que fue sinagoga de Nazaret, que Jesús frecuentaría, y sobre su tejado; charlo allí con un suizo entrado en años, que ha hecho el mismo camino que yo me propongo: la subida del Tabor. Departo también con un par de florentinas, que viajan corajudamente solas, manteniendo una elegancia que se me antoja botticelliana, en medio de la fatiga, el calor agobiante, la penuria de medios. Trabo luego amistad con un muchacho romano, panadero de oficio, que se está pagando la peregrinación como buenamente puede: trabajando en un sitio y otro, para conseguir unos siclos que le permitan comer y viajar hasta su próximo destino. Mi amigo, me confiesa, tiene un pasado turbio: estuvo enganchado a la droga, trapicheó con heroína, y ha salido del agujero por la pura gracia de un Dios que ama a todos sus hijos, incluso a los que son, me dice, como él. Admirable muchacho, con el que comparto la velada, y un bocadillo de sardinas marroquíes, embutidas en el sabroso pan árabe de pita.
 

8, martes: Nazaret-Tabor-Tiberíades. Muy de mañana salgo hacia el Tabor. Curioso monte éste, en el que la bajada, con el sol, resultará mucho más fatigosa que fue la subida, con la fresca. No es ninguna escalada: sólo el esfuerzo final de remontar doce empinadas revueltas, sobre firme de un asfalto que se recalienta según va avanzando el día. Alcanzada la cumbre, tomo el camino de la izquierda, que resulta ser el que conduce a la iglesia ortodoxa griega, cuya entrada preside un gran cartelón rosado en el que se alcanza a leer: ELLHNORJODOXON PATRIARCJION IEROSOLUMON ISRA METAMORFWSEWS TOU SOTEROS, lo que, en el poco griego que recuerdo del bachillerato, debe querer decir algo así como Iglesia Griega Ortodoxa del Patriarcado de Jerusalén de la Metamorfosis del Salvador, o sea, la Transfiguración, vamos. Intento entrar, pero, como lo están casi siempre las iglesias ortodoxas, la encuentro cerrada. Salto una valla, para acercarme a la iglesia católica sin dar gran rodeo, y ello me da oportunidad de pasar por mitad de las ruinas de la fortificación cruzada, donde los benedictinos, que no son orden guerrera, se defendieron valientemente -lanzas, flechas y aceite hirviendo- de los ataques sarracenos. Llegado a la Iglesia Latina, me encuentro con un nutrido grupo de peregrinos del Ecuador, y comparto con ellos la Misa, entre cánticos guitarreros, muchos de ellos candorosamente familiares. En el Evangelio no dice que fuera aquí, pero es añeja la tradición que sitúa en este monte la transfiguración de Jesús, que se mostró en su Divinidad ante sus escogidos. Luego de despedirme de mis efusivos ecuatorianos, un franciscano polaco me señala Naim, donde el Señor resucitó al hijo de la viuda, y me muestra un arbusto de mostaza, ciertamente elevado: enorme respecto de la pequeñez de sus granos, microscópicos. Un muchacho segoviano, que presta servicio a la Custodia, me invita, afable, a un café. Comparamos la Mujer Muerta con el Tabor, y concluimos que gana aquélla en dificultad, pero éste, en majestad. Hace unos días se celebró aquí la romería de la Transfiguración, con asistencia de miles de peregrinos, la inmensa mayoría, cristianos árabes. Son los palestinos amigos de romerías campestres, y suenan en ellas las gaitas, heredadas de los británicos: gaitas escocesas, claro, no gallegas, que esto no es San Andrés de Teixido. Grato lugar: si no es el Tabor el monte en el que el Señor se transfiguró, merecería serlo. Desciendo, y llegado ya a la falda del monte, en el pueblo musulmán de Al Daburiyya, me para un vehículo bastante desvencijado, que conduce un muchacho judío, al que acompaña un napolitano residente en Minessotta. Me ofrecen acercarme hasta Tiberíades, y acepto de grado. Medio en italiano medio en inglés, hacemos comentarios sobre la situación de Israel: tanto al italiano como a mí nos llama la atención la omnipresencia militar. Es ésta una sociedad espartana, verdaderamente militarizada. Tres años de servicio militar para muchachos y muchachas, más un mes cada año, ellos hasta cumplir los cuarenta y cinco, ellas hasta cumplir los treinta y tres. Y la sorprendente obligación de llevar el arma encima, con un par de cargadores repletos, mientras se encuentren en situación militar, aunque estén de permiso o vayan de paisano. Es chocante, pero ordinario, ver a muchachos y muchachas permanentemente armados, es llamativo ver a piadosos soldados, tocados con la kipá, que llevan el arma en las inmediaciones de la sinagoga, o a minifalderas con zapatos de tacón, que salen de la discoteca local con el fusil de asalto en bandolera. Llevan el uniforme con cierto desaliño, ellos, a veces, con el pelo descaradamente largo, ellas con detalles de coquetería, sin asomo de rigorismo prusiano, pero con ademán jactanciosamente guerrero. Se ven instalaciones militares por doquier, camiones, monumentos, recuerdos inconmovibles de las repetidas contiendas. Y, aunque no se compartan sus razones o sinrazones, es difícil no experimentar cierta admiración hacia esta sociedad marcial, no sentir alguna simpatía hacia la arrogancia de estos-estas soldados, que se saben milicia de vencedores. Menos admirable resulta la, a veces, tácita, pero siempre presente referencia a la protección que le dispensa a Israel el hermano mayor americano: referencia que, a veces, se explicita en la fanfarronería que queda patente en mensajes como el que luce la camiseta que llevan no pocos muchachos judíos: Do´nt worry, America. Israel is behind you: no te preocupes América, tienes a Israel detrás. Ya en Tiberíades, bajo un sol abrasador, en la ribera del lago de Genesaret, no acabo de encontrar el hospicio de los franciscanos, y me dirijo a preguntar en la residencia de la Iglesia de Escocia. Los hermanos separados no resultan ser nada simpáticos, y apenas me dan indicación, pese a que lo de los franciscanos está a apenas cien metros. Gracias a la amabilidad de un judío, encuentro lo que busco. A la entrada me cruzo con la japonesa de porcelana que encontré en Nazaret. Intercambiamos una sonrisa. Quien me atiende en el convento es un catalán, de Blanes, amable e ilustrado, doctor en Semíticas, casado con una también muy agradable joven árabe. Las veladas con ellos serán muy ilustrativas y amenas. Aunque con origen remoto en la visita que, en plena Cruzada, en 1219, hiciera San Francisco a Tierra Santa, la presencia de los franciscanos trae causa del acuerdo que Roberto de Nápoles y Sancha de Mallorca alcanzaran con el Sultán de Egipto, en 1333, desde cuando se instalaron en el Cenáculo y en el Santo Sepulcro, no sin padecer interrupciones, sufrir latrocinios y encontrar martirio. Conocidas las vicisitudes de su presencia en los santos lugares, no hay palabras para agradecer su labor a los franciscanos. Aquel acuerdo de los Reyes de Nápoles, con la asunción de las cargas económicas correspondientes, dio lugar al derecho de patronato, que hizo suyo la corona de Aragón, y luego la de España: patronato que se concretó en el sostenimiento de los santos lugares, a lo largo de muchos siglos, en el que está la razón del título de reyes de Jerusalén que tuvieron por suyo los de España.
 

9, miércoles: Tiberíades-Magdala-Heptagegon-Cafarnaum. Salgo caminando, temprano, hacia el norte, por la ribera del mar de Genesaret. Hace un calor enorme, rabioso, tan intenso como húmedo. Aunque el trayecto que quiero hacer no es largo, ni apenas desnivelado, resulta muy fatigoso andar bajo este sol. Rebaso Magdala, la vieja Tarichea: lugar de salazón del pescado, en donde la tradición sitúa el hogar de María Magdalena, y entro en el kibutz Ginnossar, en donde se conserva una barca pesquera del siglo I, que se encontró hace unos años medio enterrada en el suelo del lago, en sus inmediaciones. Nadie dice que fuera la de Pedro, pero bien podría ser y, en cualquier caso, sería la suya igual o parecida a ésta. Exhiben una maqueta, enseñan los trabajos que han hecho para rescatarla indemne y la muestran, sostenida por unas sujeciones metálicas, en un espacio protegido, con temperatura y humedad controladas, en donde sigue, todavía, un largo y delicado proceso de secado. Buen trabajo han hecho los miembros de este kibutz, que se ve, por cierto, limpio, laborioso, ordenadísimo. En los kibutzim, hoy en día, trabajan sólo el tres por ciento de los israelíes, pero de ellos sale el doce por ciento del producto nacional bruto. Sus miembros son considerados como una especie de aristocracia civil, animados, todavía, por el espíritu pionero y entusiasta, están sobrerrepresentados en las instituciones del Estado. Entre sus miembros, me dicen, están los judíos más abiertos y comprensivos, los más favorables a un entendimiento pacífico con los palestinos, los más hostiles a la estrechez de los haredim y a la política de asentamientos. Paso al lado de la estación -más vigilada que un cuartel- que extrae las aguas de Tiberíades para irrigar la llanura del Sharon y el desierto del Neguev. Esta extracción continua de aguas ha disminuido el caudal del Jordán, hasta el punto de que el nivel del Mar Muerto viene disminuyendo constantemente: tanto que hoy -se ve en las fotos tomadas desde los satélites- se ha dividido en dos, y ha nacido en su zona sur un espacio por el que se podría pasar a pie hasta Jordania. Siendo el agua evaporada del Mar Muerto el origen de las pocas lluvias de la región, si esto no se remedia, acaso estemos en los prolegómenos de una catástrofe ecológica de consecuencias enormes. Otra larga caminata y llego a Tabgha, la antigua Heptagegon -Sietefuentes, le dirían en Castilla- en donde se encuentra la iglesia que custodia el lugar en el que, según la tradición, se multiplicaron los panes y los peces. Allí está el tan conocido mosaico bizantino de los cinco panes y los dos peces, perteneciente al templo que visitó mi conciudadana, la gallega Egeria, en el siglo IV. Se experimenta emoción honda, si bien hacen lo posible por apagarla los grupos de turistas que se suceden, con un aire no mucho más respetuoso que el que guardarían si visitaran Disneylandia. A no muchos metros, Mensa Crhisti, donde se conmemora la primacía de Pedro, al pie de su presunto embarcadero, y una escalera en la que Jesús, dicen, habría puesto el pie. A la orilla del lago, una señora mexicana se mete hasta las rodillas y, santiguándose con el agua, me dice: -pues si esta agua no es bendita, ¿cuál va a serlo? Razón no le falta. Campo a través subo hasta la Basílica del Monte de las Bienaventuranzas, que no está en el monte en que Jesús las pronunció, sino un poco más arriba, en un lugar elegido con criterios puramente estéticos. Bello lugar sí es. Postrado ante el sagrario, se encuentra un numeroso grupo de soldados polacos, adscritos a las fuerzas de la ONU que hacen tarea de interposición en la frontera libanesa. A la salida, una vez más, me encuentro a la piadosa japonesa de siempre. Una monja de Milán, viejita y parlanchina, me indica una senda por la que puedo bajar hasta Cafarnaum, ahorrando camino, a través de unas plataneras, y hasta allí me llego. Me recibe un seminarista hondureño, que bromea sobre si es o no verdad que Pedro negara tres veces al Señor en venganza por haber curado a su suegra, y me enseña las excavaciones, con detenimiento y ciencia. Igual que en Nazaret, hay certeza arqueológica de que esta fue la casa de Pedro. Aquí los primerísimos judeocristianos, los minim, levantaron muy tempranamente una iglesia-sinagoga, sobre cuyos restos se alzó un templo octogonal bizantino. A pocos metros, está la sinagoga alzada sobre el solar de aquélla en la que Jesús predicó. Me saludan un par de canónigos de San Agustín, suizos, que viajan en bicicleta, con los que me he venido cruzando en el camino. Me recibe el superior de los franciscanos de allá, Fray Pedro, montañés, quien me da cuenta de las tribulaciones de la peregrinación que, estrictamente a pie, hizo un sacerdote madrileño, el padre Enrique, y encajo con un grupo de simpáticos catalanes que, en su furgoneta alquilada, me devuelven contento, aunque agotado y maltrecho, al hospicio de Tiberíades.
 

10, jueves: Tiberíades. Mis pies se resienten de lo de ayer: las plantas son una pura ampolla. Ardía el asfalto. ¿Qué hacer, sin poder caminar? Vagabundeo dolorido por Tiberíades, apenas taconeando sobre los extremos de mis sandalias. Me acerco a la orilla del lago, cercano, en la esperanza de que mis pies se repongan. Me alargo hasta la mezquita, muy mal conservada, y hasta la tumba del autor de la Guía de Perplejos, Maimónides. Nacido en la Córdoba califal, huyó del delirio de los fanáticos almohades, para refugiarse en El Cairo, en donde murió en 1204, siendo luego enterrado aquí. Es el santotomás de los hebreos, al que llaman RAMBAM: Rabbeinu Moshe ben Maimon distinguiéndole de RAMBAN: Rabbeinu Moshe ben Nahjman: Nahjmanides. «Después de Moshe, nadie como Moshe», dice el epitafio del cordobés. Recuerdo el monumento que le levantó en Córdoba el alcalde Anguita. ¡Qué poca gracia le haría al homenajeado, hostil, como buen judío, a las representaciones antropomórficas! Aunque fundada por Herodes Antipas, los judíos contemporáneos de Jesús consideraban impura esta ciudad, Tiberíades, por haberse alzado sobre un cementerio: razón probable de que Jesús no la visitara, ni aparezca en el Evangelio, a pesar de estar en el centro de muchos de sus periplos. Declarada luego pura, fue centro espiritual del judaísmo, después de la caída de Jerusalén. Capital cruzada de Galilea, guardada por la Condesa de Trípoli, su socorro fue causa de que se distrajera la caballería de Reinaldo de Chatillon en la batalla de Hattin, lo que resultó ser una de las causas de la derrota. Concedida por Solimán a dos judíos españoles, Don José Nasi y Doña Beatriz Méndez de Luna, precursores, a su modo, del movimiento sionista, titulares hoy de dos de las más importantes calles de la población, dio lugar al asentamiento de una colonia judía que, con dificultades y paréntesis, se ha mantenido hasta hoy, cuando es una ciudad íntegramente judía, con la excepción de unos pocos cristianos, bien heterogéneos. De la exigua comunidad, unos, poquísimos, viven en Tiberíades. Los más son trabajadores o visitantes ocasionales: un cocinero japonés, una francesa, esposa de un judío, cuatro filipinas, empleadas domésticas, un admirable profesor judío de filosofía, entrado en años, que recibió el bautismo hace unos meses, y un corto etcétera. No es éste el único judío converso de Israel: hay en Jerusalén una comunidad no numerosa pero sí representativa, de judíos que se han bautizado: más de doscientos cincuenta asisten a la Misa, me dicen; y no sin tensiones, que -para salvar la consideración social y no hacer peligrar su puesto de trabajo- no pocos tienen que llevar a escondidas su condición de cristianos. Igual que, en la España del XVI, algunos judíos conversos judaizaban, aquí algunos cristianizan. Hay también, me cuentan, hijos de matrimonios mixtos, muchos de ellos rusos, algunos hispanoamericanos, que vinieron a Israel por conveniencia personal, que se declararon judíos, pero que son criptocristianos: circunstancia ésta que ocasiona no pocos problemas, por ejemplo, cuando fallecen, que no está claro qué cementerio debe acoger sus restos, si el judío o el cristiano. Tan serio es el problema que, por lo visto, el Patriarcado Latino le ha planteado al Estado de Israel la necesidad de obtener terrenos para sus enterramientos. La fe cristiana, libre y sinceramente aceptada, no significa, en algunos casos, la pérdida de las costumbres judías. Se cuenta, no sin humor, la cólera verdaderamente bíblica de un cura asturiano que, celebrando Misa para judíos conversos, se encontró con una fiel que se negaba a encender las velas del altar, aduciendo que era sábado. Están también los que, sin haber abandonado el judaísmo, están tan cerca del rabí Jesús de Nazaret que son casi cristianos: son los judíos mesiánicos, de los que hay una colectividad activa en Tiberíades, animadora de un espectáculo multimedia, la «Experiencia Galilea» que, a pretexto de historia, valora muy mucho la figura de Jesús. Es muy difícil hilar fino en esta tela que es tierra de nadie, de judíos que van a Misa, sin dejar de ser judíos, de los que son devotos de Jesús aunque sin llegar a aceptarle como Hijo de Dios, de los que Le aceptan pero disimulan por conveniencia, de los que, en fin, Le aceptan sin reparo ni disimulo alguno, arrostrando problemas familiares y sociales. Aprovecho el descanso para dar y recibir noticias de la familia desde un cybercafé. Y me recojo pronto, a la sombra de los franciscanos. Tras la cena, hablo con Fu´ad, un cristiano árabe de Belén, que me da cuenta de las dificultades que atraviesan los suyos. No disminuyen los cristianos árabes por su escasa natalidad, sino porque emigran. Y se entiende que lo hagan, por mucho que sea el dolor de que los lugares santos queden sin su amparo. La Custodia de Tierra Santa hace lo que puede, pero es duro asumir la condición de ciudadano de tercera, ni judío ni musulmán, siendo, como lo son muchos de los cristianos, gente mejor preparada y con más capacidad, a la que, con el exilio, se le abrirían mil posibilidades. Fu´ad, padre de cinco guapas hijas, ha vivido largo tiempo en Arabia Saudí, practicando el cristianismo en la intimidad de la oración, sin otra relación con la Iglesia que la lectura del Evangelio en el disco duro de su ordenador, con acceso encriptado, para que nadie pudiera acusarle de tener un texto «herético» en la tierra sagrada de la Meca. Eso sí, su fe cristiana no merma un ápice su patriotismo palestino. Mi amigo tiene muy claro que esta tierra está edificada sobre una falsedad: el lema «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra», que dio pie al asentamiento de los israelíes no se corresponde con la realidad de que en aquella tierra había y hay un pueblo, el palestino, al que se le ha despojado. Como cristiano, no es partidario del exterminio de nadie, pero quiere que los palestinos recuperen el derecho a ser dueños de sus destinos, liberándose de la servidumbre de ser ciudadanos de inferior condición en el estado que se ha edificado sobre su propio territorio. Aludiendo a la increencia, extendida entre tantos judíos, enfatiza: -No hay mayor escarnio que robarle a un pueblo su tierra, en nombre de la donación que les hizo a ellos un Dios en el que no creen. Y es que, según una encuesta reciente entre la población israelí, realizada por la Doctora Mina Tzjemá, sólo el veinte por ciento de la población del país se considera religiosa, mientras que el cuarenta y siete por ciento se dice no religiosa, y el treinta y tres por ciento restante está en el confuso redil de los que son tradicionalistas pero no religiosos.
 

11, viernes: Caná-Cuernos de Hattin. Tomo un autobús para Kfr Kaná: Caná de Galilea. En el autobús voy pensando que, en los rostros semitas que me encuentro, han de estar, en parte, al menos, los rasgos de la Virgen: en la mirada acogedora y cariñosa de aquella monjita árabe que me atendió en el Carmelo, en los rasgos humildes y serviciales de la muchacha palestina que atiende el cafetín de Tiberíades, en el semblante decidido y valeroso de esta cabo del Tsahal, que se sienta junto a la ventanilla de enfrente. Me apeo a alguna distancia del templo franciscano, en donde se conmemora el primer milagro de Jesús, a ruego de esa Madre cuyos rasgos me atrevo a escudriñar. Un paseíto y ya lo alcanzo. En el camino me cruzo con un joven franciscano con el hábito remangado, que -seguidor de Francisco tenía que ser- juega con los niños árabes, montando en una bicicleta de talla considerablemente inferior a la suya. Resulta ser colombiano, aunque residente en un convento de Washington, colaborador temporal de la Custodia. En la Iglesia de Caná se está celebrando la renovación de las promesas matrimoniales de un grupo de cingaleses. Yo renuevo, por lo bajini, las mías propias, y participo de la alegría contagiosa de los de Ceilán, que me invitan alborozados a un vaso de limonada. Al dejar el templo de Caná, me vuelvo a cruzar de nuevo con la japonesa ubicua. Nos reímos francamente, pero no nos atrevemos a saludarnos. Busco la parada de autobús que me ha de retornar a Tiberíades y no encuentro a nadie que no hable otra cosa que no sea hebreo o árabe. Al fin, me entiende en inglés un amable caballero que me pregunta de dónde soy -From Spain, le respondo. -¿Y por qué no hablamos entonces en español?, me dice. Es León, un sefardí nacido en el Tánger del protectorado, que maneja la lengua de Cervantes con soltura y desparpajo. Los judíos no hablan de inmigración, sino de alíah: ascenso a la tierra de los antepasados. Y él, me dice, hizo su alíah en 1950. Un tipo verdaderamente cordial e interesante. No esconde su amor a España, misteriosamente conjugado con el rencor por el destierro. Ni su admiración por Franco, y su dolor por las noticias de España que recibe en los medios de comunicación. Es sorprendentemente contradictorio. Él, me confiesa, es judío de raza y corazón, pero no se pierde por nada del mundo la Misa de Nochebuena. Tiene simpatía a los cristianos, pero le repugna en lo más hondo una costumbre cristiana que nunca a mí me hubiera parecido tan repulsiva: que enterremos los cadáveres vestidos. Eso, me dice León, es un grave pecado. Va contra la Ley. Si desnudos nacimos, desnudos tenemos que volver al seno de la tierra. Para enfrentar sentimientos, no hay palabras. Y yo me conformo con mantener la conversación amable, en la que me cuenta alborozado cómo, en una de esas misas de gallo a las que él acude, en En Karem, tuvo Dios a bien permitirle encontrarse con el fraile que le enseñó sus primeras letras en el lejano Tánger. Que Él le guarde. Desciende el buen amigo del autobús poco antes de que lleguemos a los Cuernos de Hattin: el lugar de la gran derrota de los cruzados. Quiero ver el lugar de la batalla, y recordar a los que cayeron. Veo, a lo lejos, un amplio rebaño de vacas, que me da las dimensiones que debieron tener las monturas. Percibo con la imaginación el Salmo II, que cantarían, como tenían por norma, los caballeros de las Órdenes, antes de entrar en batalla, al asegurar sus monturas para el choque: «Quare fremueront gentes et populi meditati sunt inania?». «¿Por qué se agitan las naciones y los pueblos mascullan planes vanos? Se yerguen los reyes de la tierra, los caudillos conspiran aliados contra Yaveh y contra su Ungido». ¿Por qué?, cantarían ellos, y me pregunto yo. Aquí tuvo Saladino la habilidad de hacer ceder una de sus alas, para dejar pasar, al galope, a la caballería pesada de Reinaldo de Chatillon, Balian de Ibelin y Reinaldo de Sidón, y para luego cerrarse como tenaza en torno al resto del ejército de Guido de Lusiñán. Aquí murió la flor y nata de la caballería del Hospital y del Temple. Aquí se perdió el madero de la Cruz hallado por Santa Helena, imprudentemente enarbolado como enseña de guerra. Y aquí entregó Saladino los cuellos de los caballeros de las Órdenes al regodeo de sus torturadores sufíes. Aquí también chalaneó el maestre del Temple, Gerardo de Ridfort, canjeando el respeto de su vida por la ignominiosa tarea de colaborar con el vencedor en la rendición de otras plazas. El terreno de la batalla, en el que hay una pequeña estela conmemorativa, pertenece a la Custodia, que acaso lo conserve con vistas a levantar algún día una mejor conmemoración del sacrificio. Dios puede permitir que se pierdan batallas. Pero la victoria final es suya. «Y ahora, reyes, comprended, corregíos, jueces de la tierra. Servid a Yaveh con temor, con temblor besad sus pies, no se irrite y perezcáis en el camino, pues su cólera se inflama de repente. ¡Venturosos los que a él se acogen!»: así termina el célebre Salmo. Vuelto a Tiberíades, tomo un piscolabis, descanso, y, ya a la tarde, me dirijo a un par de judíos hasídicos, explicándoles, en mi mal inglés, mi intención de recibir el shabbat en una sinagoga sefardí. Ellos me dicen que por qué no en la suya. Yo les contesto que, siendo como soy de Sefarad, preferiría la sefardí. Me presentan a uno de los ayudantes del rabino sefardí, que, pese a su condición, por ser oriundo de Argelia, ha perdido por completo el español, y sólo habla hebreo y francés. En francés, me invita a un té y unas pastas, que le agradezco. Y pasamos luego a la sinagoga, en la que, a falta de kipá, me toco con mi sombrerillo de lona. Como varón, entro en la sala principal, mientras que las mujeres sólo acceden a una galería superior, parcialmente cubierta por una celosía. Aunque no entiendo nada -apenas el Shemá Israel- he tenido la cautela de traerme una Biblia, en la que repaso cuanto en ella se dice sobre el sábado. Los cánticos, sin ser tan próximos como los del muecín, se me antojan también parientes de la música andaluza. Dos horas de celebración, en las que, por cierto, los asistentes se comportan con bastante menos rigor y gravedad que los que mostraría en su parroquia el católico más jaranero. Buena experiencia. Ha sido, para mí, como bucear en el pasado de mi propia fe. Lo que para ellos es actual, es para mí arqueología, pero no exenta de valor, que adoran ellos, entre pompas y tinieblas, al mismo Dios que yo, en espíritu y verdad.
 

12, sábado: Tiberíades. Con la ayuda inestimable de Juana, una linda viejita paraguaya, que se aviene a acercarse a la farmacia local, para facilitarme un par de remedios, inicio la operación, dolorosa pero necesaria, de mis pies. Ya sé que los médicos no la aconsejan, pero no puedo esperar a que las ampollas se reabsorban, al cabo de no se cuántos días, por lo que procedo a vaciármelas e inyectarme Betadine. La experiencia me dice que esta intervención, aunque no exenta de dolor, es mano de santo. En mi lacerada inactividad, trabo conversación con Sheila, una culta judía de origen hispano, madre soltera, izquierdista, que ha pasado varios heroicos veranos en Calculta, colaborando voluntariamente en el dispensario de las monjas de Madre Teresa. Mi amiga me dice, con cordialidad, que no me pierda la visita al Museo del Holocausto, en Jerusalén, que le parece lo más importante de Israel. Y yo le digo que esa visita no está entre mis prioridades. En el más cariñoso tono del que soy capaz, le hago la memoria de alguien muy allegado a mí, que padeció lo indecible en la guerra de España, que fue torturado cruelmente, y a quien nunca le oí ni una sola palabra de odio, de reproche, sino de olvido y perdón, por lo que no comprendo que otros que, sin duda, han sufrido mucho, cimienten su vida personal y colectiva en el rencor. Sheila es una persona bien educada, pero encaja muy mal mis palabras. -Recordar, recordar: no perdonar jamás. -Que las culpas caigan sobre los responsables y sobre sus hijos, de generación en generación. Me enteraré, no lo sabía, que esta idea de transmisión de la culpa, expresamente condenada por Jesús, está muy presente en el judaísmo actual. Así se comprende que, el martes pasado, el rabino Ovadia Yossef, líder espiritual del partido Shas, tercera formación política israelí, al tiempo que llamaba «víboras» a los palestinos, haya afirmado que las víctimas judías de los nazis eran «la reencarnación de aquellos que habían pecado». Según he leído, dijo también que «Los nazis no han matado gratuitamente a esos seis millones de infortunados judíos». Y que «eran la reencarnación de almas que habían pecado y que habían hecho cosas que no había que hacer». La idea de la transmisión de las culpas no sólo me repugna y me parece dañosa para quienes son objeto del rencor, sino muy perjudicial también para quienes, anclando su vida en el recuerdo de las afrentas sufridas, son incapaces de gozar de la dicha de perdonar y amar. Evidencio la superioridad moral del cristianismo, pero me resulta inútil la argumentación ante una convicción tan firme. Confío en que no todos los judíos compartan semejante criterio, o que, al menos, atenúen el vigor con que lo sostiene mi interlocutora, admirable por otros muchos motivos. Es un feliz hecho que gran número de israelíes no son consecuentes con algunos de los presupuestos en que se asienta su sociedad. Uno es, por ejemplo, la grosería. En el afán de no depender de nadie, de valerse por sí mismos, es opinión muy común que la cortesía y la urbanidad son impropias del modo de ser judío. «No seas simpático, sé judío», se lee en una camiseta que llevan algunos muchachos. Y sin embargo, muy en contra de eso, yo me he encontrado con multitud de israelíes muy amables y corteses. Venturosa inobservancia de la regla.

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* En el año Jacobeo de 1999, José Ramón López Crestar hizo el Camino de Santiago, desde Astorga a Compostela, narrándonos su andadura con gracejo y amenidad a través de las páginas de Altar Mayor. A quienes peregrinamos hasta la tumba del Apóstol, aquellos relatos nos hicieron recordar hechos y lugares, vivenciando de nuevo lo que para cada uno supuso el Camino. En el recién finalizado año 2000 José Ramón se propuso cumplir la tercera de las peregrinaciones cristianas: la de Tierra Santa. Y allá fue en el caluroso agosto del año que cerraba el milenio. Lo hizo a su modo según veremos en su relato.

 


 
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