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Altar Mayor - Nº 72 (13)
Jueves, 01 marzo a las 16:42:19

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 72 – marzo-abril de 2001

Peregrino en la Tierra del Señor
... DE LECHE Y MIEL (y 2)

Por
José Ramón López Crestar

EL CAMINO DE JERUSALÉN

13, domingo: Belvoir-San Gerásimo-Jericó. La operación dio resultado. Me encuentro repuesto, fresco como una lechuga. Oigo Misa con la varia y exigua comunidad local, en la iglesia de San Pedro, que alzaron los cruzados, y desayuno con Juana, mi enfermera. Una vida atribulada, la suya, que me cuenta con la desvergüenza que propician los encuentros fortuitos en las encrucijadas de la vida. Profesó monja muy joven, tuvo que salir del convento, por razones de salud, la malcasaron con un homosexual que la maltrataba, tardó mucho tiempo en obtener la nulidad conyugal y, cuando la obtuvo, se casó con otro hombre, militar veterano de cien guerras, al que quiere con locura, pero que se le está muriendo de puro alcohólico: desgracias todas sobre las que ha venido y viene pasando con una fe de acero al vanadio y una piedad de pétalo de rosa. Despidiéndome de quienes dirigen el hospicio, tomo un autobús, indicando al conductor que me pare en el lugar más próximo al castillo de Belvoir -Kokhav Ha-Yarden, en hebreo: Estrella del Jordán. Paso por Degania, el kibutz en el que nació Moshé Dayan, por el chiringuito bautismal que frecuentan los protestantes, en un lugar que se encuentra casi cien kilómetros al norte de donde tuvo lugar el bautismo de Jesús. Hasta ahora todo el mundo ha sido muy amable conmigo. No lo es, por vez primera, el conductor de este autobús, quien, pese a mis requerimientos, se niega a pararme donde le pido, y me apea casi quince kilómetros más allá del lugar desde el que debía emprender mi ascensión a Belvoir. Mi interés en este castillo no es otro que su condición de casa maestra de la orden del Hospital. Sé que allí, en la fortaleza majestuosa, de trazado concéntrico, se defendieron los últimos caballeros del Hospital, hasta dos años después de la derrota de Hattin. En mi marcha de aproximación hacia el castillo me asiste espontáneamente un judío iraquí, que se empeña en darme unos confortadores vasos de agua fresca. Llegado a las estribaciones de la montaña sobre la que se halla el castillo, calibro la dificultad de remontarla, sobre todo si, como quiero, voy a continuar luego mi viaje hacia Jerusalén. Subo sólo hasta media ladera, tomo unas fotos y me rindo al cansancio, descendiendo de nuevo hacia la carretera, a la espera de un autobús que me siga llevando por la deprimente depresión del Jordán. Alcanzo un autobús cargado de soldados, que como el tren correo, va parando en todas las estaciones. Dos buenas horas me cuesta llegar hasta San Gerásimo, en los aledaños del puente Allenby, desde donde quiero allegarme al lugar en que -aquí sí- fue Jesús bautizado por Juan. Me han dicho en Tiberíades, que, aunque antes estaba terminantemente prohibido, las buenas relaciones con Jordania permiten ahora que los peregrinos se acerquen a la ermita que recuerda el acontecimiento. Pero no tengo suerte. Según me acerco a las señales que indican los campos minados, se dirigen a mí dos soldados que me obligan a volver por donde vine. Sigo ruta, por el desierto de Judea, hacia Jericó. Estoy en el límite no delineado de los territorios palestinos, del West Bank, y no es cosa de andar con bromas. Es éste el punto más bajo del planeta. La sensación no es ya de calor, sino de sofoco. Me figuro estar marchando por dentro de un microondas con la ruedilla a tope. El sol hiere, sin que las gafas protectoras sirvan apenas de nada. Me cuezo en mi salsa: es tal el calor que hasta las cinchas de mi macuto, negras, se vuelven blancas, de las sales perdidas con mi sudor. Un musulmán lejano me mira y desaparece, para, al cabo de un rato, reaparecer ante mí ofreciéndome dos rebanadas de una sandía que me parece suculenta, y le agradezco en lo hondo. Unas tres horas he tardado en llegar a Jericó. Veo policías palestinos, en vehículos españoles. Aquí sí hablan inglés, y me indican enseguida dónde están el colegio y el convento de los franciscanos. Tan fatigado como vengo, no le cuesta mucho a un fraile brasileño disuadirme de mi propósito inicial de subir a Jerusalén por Wadi-el-Kelt. Eso, me dice, es posible en otra épocas del año. Ahora es, sencillamente, un suicidio. Repuesto a la sombra conventual, me paseo ante el árbol que dicen de Zaqueo, visito el palacio de Hisham, me acerco hasta el Monte de las Tentaciones, y convenzo a un lugareño, para que, cobrándome unos pocos siclos, me acerque a Jerusalén, retomando la ruta que viene desde Allenby. Mi conductor me pasa ante el cuartel general de las que van a ser fuerzas policiales de Arafat. Los reclutas, que regresan alegres de unas maniobras, visten viejos uniformes de campaña españoles. Sin duda en agradecimiento, el único jardín de Jericó se llama pomposamente Spanish Garden. En el camino de Jerusalén, sobre las tiendas beduinas, puedo ver los asentamientos judíos, instalados estratégicamente, en las alturas y en las fuentes. Hay, incluso, un asentamiento provocativamente enclavado en la carretera de Jericó, al lado del que se ha situado, en respuesta, una especie de blocao en el que ondea la bandera palestina. La espadas están, aquí, palmariamente en alto. En las cercanías de Ras el Ammud, mi conductor descarga a su pasajero. A un coche árabe no se le permite llegar más allá. Los policías israelíes me miran como si fuera un marciano y me piden el pasaporte, franqueándome luego el paso, sin mayor examen de mi mochila. Caminando, pido indicaciones sobre la Maison d´Abraham: el establecimiento del Secours Catolique francés en el que tengo propósito de instalarme. No está lejano. Y me esperan. Anuncié por emilio mi llegada. La acogida es cordial y hasta familiar, que la mayor parte de las monjas dominicas que lo gestionan son colombianas. Quedo instalado en un barracón, con una estupenda panorámica de Jerusalén, y me acerco al comedor, para la cena, que he llegado a punto. En la gestión de este centro colaboran unos cuantos muchachos que hacen su trabajo voluntariamente, por la pura satisfacción de servir. Entre ellos, la campechana Florence, de Toulousse, me pregunta si soy un «père». Le contesto que sí, sin mentir. Y surge el malentendido. «Père» sí soy, pero no «prêtre». «Père» de dos hermosos hijos. Aclarado el asunto, Florence me llamará, con jovial sorna, «padre». A la mesa, un sacerdote peruano, ensotanado y atento, me dice que al día siguiente tiene reservada hora para celebrar la Misa dentro del edículo del Santo Sepulcro, y me pregunta si estoy dispuesto a servirle de acólito. ¿Cómo decir no a semejante invitación? Buena suerte tengo, y agradecido le quedo. Luego, después de la cena, sin haber todavía puesto los pies en la ciudad vieja, desde la veranda de Ras el Ammud, qué hermosa es la vista que Jerusalén regala.


JERUSALÉN

14, lunes: Jerusalén-Santo Sepulcro-Monte del Templo-En Karem. No ha salido del todo el sol cuando bajo la cuesta de Getsemaní, cruzo el torrente Cedrón y entro en Jerusalén por la puerta de San Esteban, para, siguiendo la Vía Dolorosa, encaminarme hacia el Santo Sepulcro. Acompaño al sacerdote peruano al que voy a tener la gracia de ayudar a Misa. A hora tan tempranera, las calles de la ciudad están todavía vanas y mudas. Aunque requerimos alguna indicación, no se nos hace difícil seguir el laberíntico itinerario que lleva a nuestra meta. Es imposible entrar sin emoción en el recinto del Santo Sepulcro, por más que las edificaciones sucesivas hayan desfigurado por completo su aspecto, por más que unas y otras confesiones cristianas, que comparten la propiedad del lugar, parezcan haber hecho competencia para levantar obras interiores a cuál más fea y disonante. Acaso esta heterogeneidad se pueda ver como reflejo de la multiplicidad de los cristianos, acaso la oscuridad se pueda ver como característica del estado en que se encuentra la iglesia militante. Para el poco avisado, resulta bobamente escandalosa la competencia pueril entre unas y otras confesiones cristianas. Pero, según me dicen, para mantener la propiedad compartida, son estrictamente necesarios los gestos que la reafirman. Y de ahí los barridos que cada confesión hace después de pasar los ministros de la otra, de ahí la división en unas y otras zonas de las naves, sin poder pisar los fieles de unos los terrenos que son exclusivos de otros. Se diría que son -somos- niños maleducados, riñendo neciamente por demostrar quién quiere más a Papá. Terminada la ceremonia que estaban celebrando los ortodoxos cuando nosotros llegamos, revestido mi amigo en la sacristía, nos introducimos en el edículo del Santo Sepulcro, casi a gatas, que la entrada es angosta. Ni él ni yo estamos delgados, y no cabe nadie más. La emoción es intensa. Celebrada la Misa y dadas gracias, festejamos el evento desayunando en un figón musulmán, que ha levantado el cierre no hace mucho, en el que se ofrecen productos más dulzones que lo que preferiría nuestro paladar y aconsejaría nuestra dieta, servidos con menos pulcritud que la que demandaría el sentido de la higiene. Pero a buen hambre, no hay pan duro, ni dulce. Y, como dice el ripio de Campoamor, si quieres ser feliz, como me dices, no analices. Es de ver la sotana y la teja, en medio de tanto musulmán con kefiah: unos desayunando té, otros fumando su primer narguileh. Nada desentona en el mosaico de Jerusalén. Mi acompañante no conoce la ciudad a fondo, pero sí más que yo, de modo que, para esta primera aproximación, cuento con guía. Atravesando el barrio judío, pasadas las ruinas de la Iglesia cruzada de Santa María de los Alemanes, llegamos al Muro de las Lamentaciones, que, posiblemente con más propiedad y menos galicismo, los hispanoamericanos llaman de los Lamentos. Llegamos en el momento oportuno para asistir a la celebración de varias ceremonias de Bar-Mitzvá: unas de muchachos askenazim, otras de sefaradim. ¿Fue el Bar Mitzvá del Niño Jesús aquella ocasión que cuenta San Lucas, cuando leyó la Ley en el Templo, ante los doctores? La fiesta celebra que el jovencito se convierte en «hijo de los mandamientos», y tiene algo de paso a la edad adulta, de reconocimiento del uso de razón, de alguna manera, como nuestras primeras comuniones. La celebración es la misma en uno y otro rito, pero el de los sefaradim se siente más nuestro, con tambores, címbalos y bailes, con melodías que se perciben, aunque lejanamente, familiares. Subimos, a continuación, al Haram Esh-Sharif, por la rampa que lleva a la puerta de los mogrebíes. Superado el control exhaustivo que se hace antes del acceso, a mitad de la rampa, vemos que en la puerta hay cierto revuelo. Unos musulmanes, un grupo de más edad y otro de menos, la emprenden entre sí a pedradas, la piedra más pequeña, como una sandía. No es cosa de seguir avanzando en dirección a la pedrea, incomprensible, por otra parte. El policía israelí más cercano a la puerta huye a escape. Finalmente el grupo de los de más edad se retira, para internarse en la mezquita de Al Aqsa. Y ya sin moros en la costa, entramos en paz. Mientras mi amigo, incumpliendo la prohibición de rezar que se impone a los no musulmanes, se entrega a la lectura del breviario, yo paso a visitar El Aqsa, cuyo mayor interés es, para mí, que se ubica en donde estuvo la casa maestra de la orden del Temple. Las naves, amplísimas, son completamente nuevas, como también lo son las columnas, de mármol de Carrara, regaladas por la generosidad de Benito Mussolinni. Como no voy a ser menos incumplidor que mi amigo peruano, aprovecho para rezar un padrenuestro al Dios Único, Trinidad de personas. Visito luego el Domo de la Roca, erróneamente llamado mezquita de Omar. No sé si las alfombras de El Aqsa son nuevas, o si las limpian con mayor pulcritud, pero allí no huele mal, mientras que el Domo de la Roca, hermoso, por otra parte, despide un tufillo a ácido láctico penetrante e inolvidable, poderosamente evocador del Cabrales de mi Asturias familiar: no queda nada de la fragancia de rosas con que es fama que Saladino roció el edificio cuando arrebató Jerusalén. Esta que está bajo la cúpula del Domo, ¿fue la piedra del sacrificio de Abraham? No lo parece. Sí es, probablemente, la cueva que estaba en la era que David compró al jebuseo Araunas. Y no es poco. ¿Estaba el Santo de los Santos del Templo ubicado sobre esta roca? Nadie lo sabe. Según las conjeturas, el espacio de El-Haram Esh-Sharif coincidiría, aproximadamente, con el atrio de los gentiles, mientras que el recinto al que sólo tenían acceso los israelitas estaría en el centro de aquel espacio, orientado hacia el Templo propiamente dicho, donde estaban el Santo y el Santo de lo Santos, y éste daría, más o menos, hacia lo que hoy es el Muro de los Lamentos. Así pues, si no estaba aquí el Sanctasanctorum, cerca le andaría. Tan incierto es el asunto, que muchos judíos creen que no deben pisar la explanada del Templo, para evitar hollar el lugar sagrado. Saliendo de la ciudad vieja, con la ayuda de un amistoso palestino, tomamos una furgoneta colectiva árabe que nos conduce a En-Karem: el pueblo en el que, según la tradición, apoyada en algunos apócrifos, estaba el domicilio de Zacarías e Isabel, donde habría nacido San Juan Bautista, donde la Virgen se entrevistó con su prima y tuvo lugar ese elevadísimo diálogo de comadres que recoge San Lucas en la Visitación y el Magníficat. En el lugar en que se conmemora el nacimiento del Bautista nos reciben dos franciscanos: uno, argentino, otro, de Orense. En el templo se les quiere colar un perro, y no es oportuno que un seguidor de San Francisco la emprenda a palos con un hermano animal, por lo que el paciente fraile gallego se limita a asustarle golpeando el suelo con una vara, y consigue su propósito. Tras considerar lo que allí se conmemora, y comprar unos tomates y unas ciruelas que nos servirán de comida, remontamos la cuesta que sube al otro templo, en el que se celebra propiamente la Visita. Compartimos la cuesta con unos peregrinos de Burkina-Fasso, que se ven gratamente satisfechos cuando descubren que balbucimos algo de francés y que conocemos algo de su país: el nombre de su capital, por ejemplo. Lo que ellos saben de España no es mucho, ni atinado: suponen, por ejemplo, que los pastores de Fátima eran españoles. Les acompaña un sacerdote de su nacionalidad, joven y servicial, que se retrasa en la cuesta, para acompañar a los de edad más avanzada. Muchas de las peregrinas visten ropas estampadas con motivos alusivos a su calidad de cristianas. Y todos, con mayor o menor energía, que hace falta fuelle, acompañan la empinada subida con cánticos, que -sin comprenderlos- nos parecen medidos y cadenciosos. Tras la visita, a la puerta del templo nos atiende solícito un fraile texano, que dice sentirse más mexicano que norteamericano, y que nos da unas buenas indicaciones sobre cómo regresar a Jerusalén, que se complementan con otras que nos hace luego un vendedor de helados, que resulta ser sefardí, procedente de Grecia, y que habla ese hermoso ladino, judeo-español, que tiene tanto de castellano fósil. Es llamativo, pienso en el viaje de retorno, que estos judíos, muchos procedentes de Castilla, pero también otros de Cataluña, hayan conservado como lengua familiar el castellano, pero ninguno el catalán.

15, martes, fiesta de la Asunción de la Virgen María: El Cenáculo-la Dormición-el Lithostrotos. Mi amigo el sacerdote peruano tiene hoy reservada la capilla Ad Caenaculum para celebrar la Misa, y hasta allí le acompaño, con una muchacha chilena que se hospeda también en la Maison de las Dominicas. No está esta capilla en aquel sitio que los bizantinos y los cruzados tuvieron como lugar cierto de la Última Cena -que hoy permanece, como enclave turístico, bajo la guarda descuidada del Estado de Israel, a la vera de una figurada tumba del Rey David- sino en sus inmediaciones. Es, con todo, un sitio altamente emotivo. Aquí, además, celebró su última Misa Don Álvaro del Portillo, el día antes de ser llamado al Cielo. Tras nuestra Misa, asistimos al oficio de la Asunción en la Iglesia de la Dormición de María, de los benedictinos alemanes. Hoy, día de la Asunción, es también fiesta en media España. Aquí, procesión, café y pastas. Si es fama que los benedictinos cuidan bien la liturgia, cómo no lo harán estos que, además, la siguen con precisión germana. Qué bien cantan. Con qué rigor celebran. Y qué bien sigue la celebración el muy heterogéneo pueblo fiel. Callejeando por la ciudad santa, encuentro en su heráldica dos motes que llaman mi interés. Uno es la cruz potenzada roja, emblema del viejo Reino de Jerusalén, que -por pretendida herencia de los reyes napolitanos- figuró entre las armas de la corona de España, y hoy usa como propio la Custodia de Tierra Santa, cuyos extremos forman el octógono que es contorno de tantas construcciones de acá: el Domo de la Ascensión, el Domo de la Roca, la Iglesia de Cafarnaum, la del Monte de las Bienaventuranzas, el primitivo ábside de la de Belén. Otra, el león de Judá: divisa de la ciudad de Jerusalén, rampante y mirando a la derecha, como el del Reino de León. Uno y otro símbolo me son entrañablemente cercanos, enseña de alborotadas correrías juveniles. Deambulando y merodeando, poco antes de llegar a los restos del cardo máximo romano, encontramos las excavaciones que han sacado a la luz algunos lienzos de la ciudad correspondientes al primer templo: el de Salomón, anteriores a la deportación a Babilonia. Cierto que la menos aguda de las sensibilidades ha de experimentar emoción ante tan venerables ruinas. Ya en la explanada del Muro de los Lamentos, topamos con un muchacho argentino, de Mendoza, un mochilero que viene de Grecia y Turquía, y quiere ganar aquí alguna plata, trabajando unos meses, para seguir luego su viaje hacia Egipto. El argentino se pasma cuando nuestra espontánea chilena, sin encomendarse a nadie, clama, en la explanada del Muro, -¡Gloria a Jesús, el Hijo de David! Menos mal que el español no es lengua de uso común, que bien pudiera habernos puesto en un brete. Sin kipá, pero con mi sombrero de ala ancha, me acerco al Muro, y qué voy a rezar allí: pues un padrenuestro y un avemaría, claro; por el pueblo de Israel, por el pueblo de Palestina, por la paz en una santa tierra que sufre desde hace tanto el azote de la guerra, por mi propia tierra, azotada también -he leído en Internet las noticias de los últimos asesinatos de ETA- por el vicio de Caín. Hoy no se puede acceder a la explanada del Templo. Permanece cerrada, por los incidentes de días pasados. Así nos lo explica un policía israelí, rubio, casi albino, que habla un español muy correcto. Unos días antes, el día de la conmemoración de la destrucción del segundo templo, judíos extremistas quisieron asaltar la explanada del Templo, El-Haram Esh-Sharif, como había sucedido el año anterior, cuanto, con idéntico motivo, se desencadenó una ensalada de tiros, en la que los más débiles, los palestinos, llevaron la peor parte: diecisiete muertos. Hoy cortan por lo sano, y cierran. De comer, una vez más, sheawarma y falafel, que es lo más popular y barato que puede encontrarse. El sheawarma es un pan de pita, en cuyo interior se envuelven las rebanadas de una carne cortada en lonchas, a veces de pavo, que se cocina en un rollo vertical, a la vista de los clientes, acompañada de hortalizas y salsas, algunas muy picantes. Los falafel son unas croquetillas de pasta de garbanzos, con ajo y perejil. Ni uno ni otro bocado son desagradables al paladar, pero se comerían con más agrado si no vinieran acompañados de las omnipresentes moscas. Por el arco de Wilson, en el corazón del barrio judío, nos acercamos hasta el Lithostrotos. El pavimento no es el que pisó Jesús, pero las piedras que lo forman sí fueron parte de la Torre Antonia, hasta el punto de que, en alguna de ellas, se aprecian todavía hoy los dibujos del «juego de Rey», que era frecuente entre los soldados de Roma, y que acaso fuera aquel al que se jugaron sus vestiduras. Ya a la caída de la tarde, la piscina Bethesda, contigua a la iglesia de Santa Ana, levantada cuando el Reino Latino, hoy bajo bandera de Francia, que no tiene escrúpulos republicanos en ejercer su custodia por medio de las amorosas manos de los Padres Blancos.

16, miércoles: Getsemaní-Dominus Flevit-la Asunción. Visito con detenimiento Getsemaní, el lugar de la agonía. Buen sitio para pensar sobre la fidelidad al propio deber. Dominus flevit, luego: el lugar en que, con una cristalera de retablo, tras la que se contempla lo más bello de la ciudad, se recuerda el dolor de Jesús por Jerusalén, por la patria que ve abatida en sus pecados. Dolor de patria rota, que es fácil hacer propio. En el mismo valle del Cedrón, visito la iglesia de la Asunción, donde se dice fue depositado el cuerpo dormido de la Virgen María, de construcción cruzada, hoy en manos de los ortodoxos, que no saben darme razón del lugar, que busco, de enterramiento de la reina Melisenda, y de los familiares de Balduino, aunque, por fin, lo encuentro en donde se venera la memoria de San Joaquín y de Santa Ana. Buena intrigante fue, por cierto, Melisenda, hija del Rey Balduino II, esposa del Rey Fulko, madre del Rey Balduino III, del Rey Amalarico I y de Inés de Courtenay, esposa del Rey Balduino IV. Acaso en esta mujer se personifiquen como en nadie las virtudes y vicios que aquejaron al reino latino. Aunque también lo busco, no encuentro en los altares que hacen memoria de San Joaquín y de Santa Ana, llenos de iconos, una imagen que tengo viva en el recuerdo, que he visto alguna vez en España, en copia del icono original, y también en la predela de algún retablo medieval, acaso en el Burgo de Osma, en que se representa a los padres de la Virgen en un gesto de abrazo amoroso, de evidente y candoroso amor humano, infrecuente en la imaginería acostumbrada y, sin embargo, bien propio para enaltecer la grandeza de ese sacramento grande que es el matrimonio. En ausencia del icono, bien por San Joaquín y Santa Ana, que con semejante abrazo engendraron a la Llena de Gracia. Entro en la ciudad vieja por la Puerta de Herodes. En las calles de Jerusalén, los contrastes de colorido, el vaivén de los comerciantes, compradores y paseantes, el ritmo de la música omnipresente, el olor penetrante de los perfumes y las especias, son verdaderamente embriagadores. Tanto que se experimenta, en ocasiones, como una cierta sensación de vértigo. Los títulos árabes de algunas calles traen a la memoria el nombre español equivalente: el zoco de los algodoneros, por ejemplo, se llama Suq-al-Qottonim. Como el eterno bocata de shewarma en un chiringuito árabe, en el que me encuentro con una pareja de catalanes con los que ya me crucé en Galilea. Mis simpáticos amigos, muy jóvenes, dejan ver una formación religiosa menos que deficiente. Y es pena, que estar en Jerusalén sin saber ni creer, es como ser sordo en un concierto. De algo se enteran estos, pero de poco. Ya a la tarde, salgo andando hasta Abu Tor, una barriada que está más allá de donde Judas perdió el gorro -lo perdió, se supone, en el «Campo del Alfarero», donde el torrente Hinnón- en la que busco a unos amigos que no consigo encontrar. A la vuelta, también a pie, frente a la puerta de Damasco, paso por el convento francés de las Franciscanas de María. Me franquea la puerta un muchacho árabe que lleva tatuado en el brazo el signo del corazón de Jesús que lucieron los combatientes contrarrevolucionarios de la Vendée: cosas de la dulce Francia.

17, jueves: Belén. Se ha ido formando en la Maison d´Abraham un grupo espontáneo, multirracial, internacional, pluricultural y francamente irregular. La monja venezolana: postuladora de las causas de los santos, campechana y teóloga; el bretón: pintor de iconos, reverente y taciturno; el provenzal: profesor de música, llano y devoto; el marsellés, tatuado, de salud quebrada y mirar dolorido; la camerunesa: ejecutiva de banca, admirada y extática; la chilena: maestra, ingenua y espontánea; yo mismo. Hoy nos proponemos acompañar al cura peruano a Belén, que tiene reservada hora para celebrar Misa en la Gruta de la Natividad. Como nadie anda sobrado de cuartos, bajamos a pie Getsemaní, para cruzar, una vez más, el Cedrón, atravesar la ciudad y -saliendo por la calle Wad el Tariq, que según Runciman, cuando las Cruzadas, se llamaba calle de los Españoles- ganar la puerta de Damasco, en donde tomaremos un autobús árabe, que nos dejará en Belén, casi al otro extremo de la plaza en donde se encuentra la Basílica. Entramos por la puerta diminuta, sucesivamente estrechada, por efecto de las consecutivas adversidades padecidas por el templo. Cuando llegamos, la Gruta, de propiedad compartida, está ocupada por los ortodoxos, que celebran su liturgia, y luego celebrarán los armenios. Nosotros aprovechamos el intervalo para visitar la iglesia católica contigua, de Santa Catalina, y la cueva en la que es tradición que San Jerónimo llevó a cabo la traducción Vulgata de la Biblia. Y bajamos por fin a la Gruta, en donde los armenios están finalizando su celebración. Los cantos litúrgicos armenios, como los griegos, me parecen, por cierto, más viriles y graves que los que se suelen escuchar en los templos católicos. Acaso reciba mi impresión del hecho de que quienes canten sean varones de voz solemne y no bienintencionadas adolescentes. Nos advierte un franciscano que, antes de nuestra celebración, tendremos que esperar a que se practique el rito de purificación. Y otra vez, como en el Santo Sepulcro, tiene lugar la cabriola pueril de las escobas y los incensarios, para dejar patentes los derechos de cada cuál, que no en vano Gironella consideró escandalosa. Celebrada la Misa, con toda la devoción que permiten los cánticos superpuestos de unas y otras confesiones, y el tránsito, tan tiernamente devoto como inoportunamente alborotador, de graduales hileras de peregrinos, tras unos instantes en el templo vecino, católico exclusivo, más sosegado, salimos en busca de un almuerzo reparador. Lo hallamos -shewarma y falafel, cómo no- en el boliche de un musulmán, largo de simpatía y corto de pulcritud. Invitamos al celebrante a la económica colación y marchamos hacia la Gruta de la Leche, en donde es tradición que la Sagrada Familia reposó camino de Egipto: llena de imágenes candorosas. Nos saluda, a la salida, el que ejerce de guardián del lugar: un locuaz franciscano neoyorquino. Al regreso, por buen oficio de nuestro amigo bretón, antiguo alumno de los salesianos, subimos a la azotea del centro académico -colegio y escuela técnica- que estos tienen en Belén. Espléndida vista de la ciudad la que desde allí nos enseña un salesiano italiano, cortés y entregado. Y regresamos a Jerusalén, superando los controles de la policía israelí, que se ceba con los vehículos con matrícula árabe. Aprovechamos la tarde para pasar, de nuevo, por el Santo Sepulcro, y reparo en detalles en que no me fijé en mi primera visita: el omfalos: el ombligo del mundo, según los ortodoxos, ubicado a mitad de camino entre el lugar de la crucifixión y el Santo Sepulcro, la capilla de Adán, en donde estuvieron los sarcófagos, en mala hora aventados, de los reyes latinos de Jerusalén, los hermosos mosaicos bizantinos, la capilla copta, el edículo que marca el lugar hasta el que se acercaron las santas mujeres, el «calabozo de Cristo» griego, la capilla de los francos. Me encuentro de nuevo con la delicada japonesa a la que me he venido encontrando en cada rincón de Galilea. Esta vez, tanto ella como yo nos saltamos a la torera nuestros respectivos protocolos nacionales y decidimos presentarnos, naturalmente en inglés -el suyo mucho mejor que el mío-. Ella se llama Haarko y es de Nagaano, la ciudad de los juegos olímpicos de invierno; pertenece a una familia de añeja tradición cristiana; es la primera vez que visita Tierra Santa, y ya conoce España, en donde ha peregrinado, en Navarra, al castillo de Javier: tierra, para ella, tan santa como ésta, me dice, que San Francisco Javier fue su padre en la fe. Nos despedimos con corteses reverencias. En la marcha de retorno a nuestro albergue de Ras el Ammud, charlo con el amigo bretón, que presume de lengua propia, de gaita y de celtismo. Gato escaldado que soy, me atrevo a prevenirle contra el vicio de subrayar las diferencias regionales, en detrimento de las afinidades que cohesionan la vida de una nación. Maldita la broma del tipismo regionalista, le digo, si acaba convirtiéndose en un campo minado tan grave como el de las Vascongadas. Los bretones, me asegura él, no están en ese caso. A mayor conciencia regional bretona, mayor patriotismo francés. Son los desarraigados, advierte, quienes no sienten su región, los que tampoco aman a su patria grande. Si es así, felices ellos, y lástima que no sea así también en otras latitudes. A la cena, charlo con un matrimonio sudafricano. Son cordiales e ilustrados. Él, de raza negra, ella, blanca. Habrán pasado días duros, imagino, cuando el apartheid. En su país cooperan con el Opus Dei, me confían. Le tomo luego a él, con su cámara, una foto nocturna, con la ciudad de fondo, que hubiera también deseado para mí, si mi cámara fuera de mejor calidad que la que llevo. Le pido que me recuerde cuando vea esta foto, que pronostico buena. No me canso de mirar a la ciudad, desde la estupenda plataforma que es el jardín de la Maison d´Abraham. Una y otra noche paso allí el tiempo, como embobado, acariciando con la mirada la silueta de la ciudad santa. Esta noche me acompaña Khalil, un profesor de la escuela técnica de Nazaret, árabe, cristiano. Y me cuenta, como me contó el amigo de Belén, las dificultades que atraviesan los cristianos de esta tierra. Verdaderamente, es conmovedora su entereza, y es poco el apoyo que se les preste.

18, viernes: Betania-Betfagé-Domo de la Ascensión-Paternóster-Via Crucis. Los espontáneos de Dar Ibrahim, que es como se llama en árabe la Maison d´Abraham, salimos con la fresca, si es que aquí puede llamarse así a la mañana temprana, hacia Al Azariya, Betania, en un autobús árabe, barato, algo mugriento, con conductor gentil y obsequioso. Remontamos, andando, un repechito, hasta el espacio en el que, según la tradición, se ubicó la casa de Lázaro, Marta y María. La vieja construcción cristiana está hoy ocupada por una mezquita, vacía y cerrada, y flanqueada por dos iglesias: una católica y otra ortodoxa, abierta la primera, cerrada la segunda. Se puede bajar hasta el sepulcro que dicen de Lázaro, enclavado bajo la mezquita, gracias a una tortuosa escalera que los franciscanos consiguieron abrir hace siglos, pagando buen precio, y una vez satisfechos unos siclos que cobra la familia musulmana que cuida de la tumba. Dentro del sepulcro, leemos el evangelio correspondiente, en español y en francés. Es contagiosa la emoción de mis acompañantes. Igualmente iremos leyendo el evangelio correspondiente en los diversos sitios que hoy vayamos visitando, siguiendo, como queremos, los caminos de Jesús. A la salida, un árabe musulmán se empeña en vendernos rosarios y recuerdos. Me llama la atención que venda, también, los rosarios de cien cuentas que usan los musulmanes, y le hago un comentario al respecto. -Son para rezar a un solo Dios, me dice. -A un Dios todopoderoso -le contesto, a un Dios que, por tener todo el poder, puede manifestarse por medio de su Hijo. Se enfada, claro, aunque sin llegar a acalorarse. Le compro una kefiah, que llevaré de recuerdo. Remontamos una nueva cuesta, bien inclinada y, al cabo de media horita de caminar bajo un sol ya muy intenso, alcanzamos Betfagé, desde donde el Señor habría salido el domingo de Ramos, para hacer su entrada en Jerusalén. Guarda la entrada un árabe lisiado, al que pagamos también unos siclos y, una vez más, evangelio, oración y continuar camino. Mientras llegamos al domo de la Ascensión, la simpática amiga de Camerún se nos explaya, comentándonos que es princesa del pueblo bamuleké. Su padre, nos dice, murió en el animismo, pero ella confía en que esté en la presencia de Dios, ya que siempre se comportó con arreglo a la moral natural, amando al Dios único, como un patriarca del Antiguo Testamento. No seré yo quien se lo discuta. La Ascensión de Jesús tuvo lugar, según los Hechos de los Apóstoles, en Getsemaní, a la distancia de un camino sabático. Y ya desde los primeros tiempos se conmemoró en un altozano, sobre el que se construyó un templo circular, abierto en su centro, alusivo al acontecimiento. Sustituido el círculo por un octógono, en tiempo de los cruzados, los musulmanes que les vencieron, creyentes, como los cristianos, en la ascensión de Sidi Issa, envolvieron el edificio con una fea cúpula, que hoy permanece, y a la que llegamos. Yo tengo leído que San Ignacio de Loyola, arribado hasta aquí sin dinero, consiguió entrar dándole al musulmán que custodiaba la entrada una plumilla de su escritorio, e intento hacer otro tanto. -May I pay with my pen?, le digo al portero, heredero remoto de aquella familia a la que Saladino confió la guarda del lugar, y él se me niega. Nones. O la pluma de San Ignacio era de mejor calidad que mi bolígrafo, o mucho han cambiado los tiempos. Frustrado el gesto sentimental, pago lo que cada quisque y entro en el recinto, para, aprovechando la ausencia del cancerbero, que se ha rezagado en la puerta, disfrutando de una cocacola, leer el Evangelio del lugar, estar en silencio unos instantes, y besar la piedra en la que el Señor habría puesto sus pies por última vez. Bajando desde el domo, a la izquierda, encontramos la antigua basílica Eleona, que visitó la paisana Egeria, allá en el IV. Hoy es un convento de monjas carmelitas, bajo jurisdicción francesa, erigido en tiempos de Napoleón III por la devoción de la duquesa de la Tour d´Auvergne, última sucesora de Godofredo de Bouillon. En sus paredes figura el padrenuestro en todas las lenguas imaginables, incluido el bable. Y en la cripta, en donde, según piadosa tradición, enseñó Jesús la oración, nos encontramos con un grupo numeroso de soldados colombianos, que prestan servicio, como fuerzas de Naciones Unidas, en el desierto del Sinaí. La monja, que no desperdicia ocasión, convierte lo que acaso hubiera sido simple gira turística en rato de oración. Exhorta a los soldados para que, al rezar el padrenuestro, recuerden a sus madres, a sus mujeres, a sus novias, y como esta monja hila fino, viendo que llevan algunos folletos de propaganda protestante, que alguien les dio no sé dónde, les previene que no se vayan a dejar cambiar la fe, y les invita a rezar también un avemaría, tomándoles el compromiso de que rezarán ambas oraciones con frecuencia. Seguimos adelante por el camino que hiciera Jesús a su entrada en Jerusalén, dejando atrás la tumba que dicen del profeta Malaquías, deteniéndonos en la iglesia de Dominus Flevit, acaso la mejor panorámica de la ciudad, y en la de Getsemaní, para luego bajar hasta el torrente Cedrón, subir la cuesta de la puerta de los Leones, por la que probablemente entró Jesús en Su pasión, y dirigirnos a la Vía Dolorosa, donde los franciscanos inician su Vía Crucis cada viernes. Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta: no hay más que ver los pedruscos colosales sobre los que se asienta. Y allí suben las tribus del Señor: la de los francos, la de los anglos, la de los hispanos, en la que me integro alegremente. Como hay algo de tiempo, la monja y yo hacemos una escapadita para reponernos con un bocata de schewarma, uno más, mientras que los demás, más recios y más piadosos, aguantan el ayuno que se han impuesto. Me encuentro fortuitamente con Don Bernardo, cura amigo, y espero a que los frailes comiencen la oración, aprovechando para contemplar, una vez más, El- Haram Esh-Sharif, desde una ventana enrejada que se abre encima del lugar en donde se congregan los fieles, adonde igualmente se acercan unas monjitas filipinas, alguna de las que se esfuerza en chapurrear unas palabritas de español. Empieza el Vía Crucis. Se reza en árabe, en inglés y en italiano. Y se sigue la marcha por las callejas, aceptando con humildad franciscana la indiferencia y la antipatía. He leído en alguna parte que esta Vía no es otra cosa que recuerdo amoroso, falto de fidelidad histórica. En el mejor de los casos, estaríamos caminando, más o menos, en la misma dirección en que lo hizo Jesús, pero unos diez metros más arriba, que es mucho lo edificado desde entonces. Pero sin embargo, la propia ciudad, el ambiente despreciativo u hostil, no hacen difícil acompañarle en su camino de la cruz con la cabeza y con el corazón, aunque no se escuchen ni se lleguen a entender las palabras que se pronuncian en cada parada. Ya en el Santo Sepulcro, tienen lugar las últimas estaciones, y se extiende el ejercicio con una procesión interna, en la que los franciscanos hacen gala de todo el rigor y la majestuosidad de la liturgia romana, en competencia con la bizantina, que no le va a la zaga.

19 sábado: Gallicantu-Latrún-Tel Aviv. Celebran Misa en la explanada de la Maison d´Abraham unos peregrinos italianos. Al fondo, como sublime telón, la ciudad entera de Jerusalén, iluminada por el primer sol de la mañana. Habla el sacerdote, lleno de razón, de la gracia que supone celebrar en tan hermoso enclave. Visita luego a San Pedro in Gallicantu, desde donde se ve, con todo detalle, el valle del Hinnón, y el Campo del Alfarero, donde se destripó Judas; e impresión honda al estar al lado de las escaleras por las que -esta vez sí, con toda probabilidad- subió Jesús. La hora se echa encima. Hay que darse prisa para salir hacia el aeropuerto. Volaré a Madrid con mi amiga chilena, que tiene reservado el mismo vuelo, para seguir luego a Chile. Despedida de las dominicas, que se empeñan en invitar a un café de última hora, y viaje hacia Ben Gurion en el coche de un amigo árabe, que hoy es shabbat. Son muy pocos los vehículos que transitan. A la salida de Jerusalén, nos cruzamos con un grupo numeroso de judíos hasídicos, que, al bramido de shabbat, shabbat, hacen gesto de arrojarnos alguna piedra. El conductor, Dzi´ad, acelera devolviéndoles alguna invectiva que no sé traducir, pero comprendo y comparto. Curiosa la manera de comportarse de estos haredim, a los que en Occidente se conoce por ultraortodoxos, pero que son más secta que ortodoxia israelita. Vestidos no a la usanza tradicional hebrea, sino a la moda de los judíos polacos del siglo XVIII, con unas levitas negras, unos gorros y unos sombreros de piel -los streimmel- que agobia verlos, muchos no hacen la mili, ni pagan impuestos, ni hablan siquiera hebreo, que consideran lengua sólo apta para lo sagrado, sino yidish: la jerga de las juderías centroeuropeas del siglo pasado. Por el camino platicamos con nuestro conductor acerca de las afinidades entre españoles y árabes, de la procedencia arábiga de muchas palabras y algunas costumbres nuestras. Es Dzi´ad un hombre campechano y servicial. Nos cuenta que tiene diez hijos, el mayor de los cuales le ayuda en el negocio del taxi. Sabedor de que no hemos visitado Latrún, tiene la amabilidad de desviarse y pararnos unos minutos en la que es hoy abadía cisterciense y fue en sus tiempos iglesia bizantina, y luego cruzada, junto al Torón de los Caballeros: paraje que visitamos a la carrera. El nombre de Latrún hace referencia a Dimas, el buen ladrón, al que Jesús prometió el Reino. Y está enclavado en la antigua población palestina de Emwas, cuyas casas fueron destruidas y cuyos habitantes fueron deportados en 1967, que algunos identificaron con la Emaús evangélica, aunque los cruzados la situaran en Abu Gosh, y los franciscanos, por conjetura sobre distancia y tiempo, la ubiquen, en la actualidad, en El Qubeybeh. A la llegada al aeropuerto, los agentes israelíes revisan el coche, de matrícula árabe, con precisión metódica y quisquillosa, dejándonos al fin pasar, para superar, en la frontera, un examen personal menos riguroso que el que nos habían precavido. Multo peregrinantur rare sanctificantur, dijeron los precursores de la Reforma. Y, en algún sentido, razón llevaban. Tierra Santa no es la Meca: meta de peregrinación obligatoria para los fieles del Islam. Pero haber seguido los pasos de Jesús es un obsequio que sería muy injusto no agradecer. Como diría el buen cura peruano, hemos disfrutado como chanchitos en lodazal. Situar geográficamente los lugares, recordar los contornos, las tierras, los enclaves, aunque haya sido mucho lo que han mudado con el tiempo, ayuda a considerar el Evangelio, y aproxima a Jesús; aunque su presencia más cercana no esté en el viaje, sino en la Eucaristía, en la Palabra, en los ojos y en las manos de quienes nos necesitan.


 
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