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El Brocal
El Brocal - Nº 3
Sábado, 09 febrero a las 01:07:30

El Brocal

REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 3 – 9 de febrero de 2002

SOBRE PATRIOTISMO


PRESENTACIÓN
Álvaro Hernán

Dentro de la gran confusión de ideas que reina hoy día se inscribe la falta de convencimiento en los conceptos. Es la razón de que se abra debate sobre el término patriotismo tratando de encontrarle un adjetivo que le desfigure, intentando manipularle como otros de menor cuantía, pretendiendo vaciarle de contenido, presentándole como palabra hueca que puede ser interpretada al gusto de cada quién. Pero hay conceptos que se resisten a los más contumaces empeños, pues en sí mismos se comprende todo el sentido de lo que encarnan.

En un intento de aclarar cuanto decimos, vamos a publicar tres números consecutivos sobre este importante tema. En el primero, varios autores hablarán en torno a lo que es Patriotismo; en el segundo reproduciremos la ponencia sobre «patriotismo constitucional» presentada por el PP en su último Congreso de enero de 2002; y en el tercero reflexionaremos seriamente sobre el sentido de Patria y Nación, en la esperanza de que los obstinados encuentren fundamentos para que puedan enmendar su errónea actitud.



PATRIOTISMO
Antonio Castro Villacañas

En Boletín FNFF, nº 88, Diciembre 2001

I

No hace mucho tiempo que se ha puesto de moda en nuestros ambientes políticos el hablar de patriotismo, concepto y virtud que hasta ahora y desde 1977 eran tachados de pertenecer al ámbito franquista y por ello estaban proscritos de los sentimientos y las manifestaciones orales y escritas de quienes pretendían ser progresistas y demócratas o presumían de ello.

Gracias a esta moda nos hemos enterado, por medio de Zapatero y Aznar y sus correspondientes cortejos, de que existe un «patriotismo constitucional», santo y bueno; y a través del rey Juan Carlos hemos aprendido que -según dijo tras ser investido doctor honoris causa por la Universidad de Utrech «en atención a sus méritos extraordinarios», revelados a todos en la transición y en 1981- está «orgulloso de haber llevado a cabo el papel que (le) correspondió» en ese proceso, pues gracias a él comenzó a surgir «un nuevo patriotismo», el de «la España moderna, cuya construcción se inicia desde (su) proclamación como rey de todos los españoles».

En el majestuoso marco de la catedral del Dom, don Juan Carlos enseñó -implícitamente, según deduzco yo de sus palabras-, que podemos y debemos distinguir tres diferentes variedades de patriotismo: a) el existente en 1975, en que se educó el pueblo español, incluido quien hasta entonces fue Príncipe de España; b) el que se inició desde su proclamación como rey por las patrióticas Cortes franquistas, que duró desde 1976 hasta 1978; y c) el engendrado y amparado por la Constitución.

Los «patriotismos preconstitucionales», sus portadores y sus protagonistas, han sido deliberadamente menospreciados de modo oficial y público, como es notorio, en el último cuarto de siglo. No se ha tenido nunca el menor signo de reconocimiento para los Procuradores en Cortes que primero proclamaron al rey y luego le entregaron la Ley de Reforma Política, es decir, las dos armas necesarias para que él pudiera desempeñar el papel de que se siente tan orgulloso. «La conquista de las libertades democráticas, objetivo capital al que la Corona consagró sus mejores esfuerzos», según declaró en Utrech, no hubiera podido realizarse sin el patriótico apoyo preconstitucional del pueblo español, «verdadero artífice del cambio político»; sin la existencia de «un conjunto admirable de hombres públicos» que «hizo posible el éxito de la aventura» (entre ellos, en primer lugar -digo yo- las mujeres y los hombres que en las últimas Cortes Españolas representaban en ese tiempo; y sin la presencia de «Adolfo Suárez, Torcuato Fernández-Miranda,... destacados artífices de aquel momento». Todos ellos, como el propio rey, educados en un patriotismo que tiene claros nombres y apellidos.

II

En los manuales de ciencia política o de pensamiento político no suele estudiarse el concepto y la práctica del patriotismo. Sí se trata, en cambio, el nacionalismo, que unos ven como un sentimiento noble y otros con menor aprecio. Como es natural, no es posible entrar aquí y ahora en un análisis detallado de ambas posiciones. Parece suficiente señalar que el nacionalismo es, en términos generales, una creación del siglo XIX, nacida a consecuencia de que un grupo de intelectuales difunde la idea de que los valores propios de una sociedad tradicional han sido y están siendo atacados por otra más avanzada y moderna. De esa idea se apoderan inmediatamente cuantos agentes sociales -clericales, militares, políticos- perciben que mediante ella pueden conquistar o mantener el poder político en sus respectivas demarcaciones territoriales. Conviene añadir que otros dos fenómenos propios del mismo siglo XIX, el romanticismo y el capitalismo industrial, tienen mucho que ver con el descubrimiento de la necesidad de ser una nación y constituirse como tal, y que casi todas las operaciones nacionalistas tienen o han tenido por modelo de referencia durante los últimos cien años al nacionalismo alemán, en sus distintas versiones y con todas sus trágicas consecuencias.

La noción de patriotismo y de patria tiene, en la cultura occidental, unos orígenes mucho más antiguos y nobles. Tucidides y Pericles en Grecia, como luego en Roma Horacio, Ovidio, Séneca o Cicerón, por ejemplo, nos han legado diversas maneras de entender el «amor a la patria» que, según el Diccionario de la Lengua Española, es lo que significa «patriotismo». La Iglesia Católica durante la Edad Media, varios filósofos y literatos durante el Renacimiento, Hugo Grocio y Descartes luego, Milton y Gibbon después, por último Tocqueville, exaltaron el patriotismo como virtud pública y humana. Pido se me perdone este breve despliegue de erudición, necesario para explicar que el fundamento del amor a la patria nunca ha estado ni puede estar en un texto escrito, como atolondradamente sostienen nuestros «patriotas constitucionales».

Según ellos, hasta 1789 no habría existido en ninguna parte un verdadero patriotismo, ni existiría tampoco ahora en la Gran Bretaña o en Alemania, por ejemplo, pues de sobra se sabe que el Reino Unido carece de Constitución y en la R.F.A. en vez de un único texto existe (como en España hasta 1978) un conjunto de Leyes Fundamentales. Nadie en su sano juicio puede decir que Alemania o Gran Bretaña no son Patrias o que británicos o alemanes son patriotas de segunda clase porque no son «constitucionales»...

Únicamente los ignorantes, los embusteros y los locos se atreverán a decir que antes de 1812 no existía patriotismo en España, o que el famoso Alcalde de Móstoles -y todos los españoles que él simboliza- no fueron patriotas. Lo peculiar y triste de nuestra Historia es que la invasión napoleónica produjo un fermento patriótico unitario en cuanto al derecho de nuestro pueblo a defender su identidad histórica, desgarrado luego, y al final roto, precisamente como consecuencia de pretender reducir aquella a una fórmula constitucional. «El rescoldo de fracaso que supuso la división de los españoles» no nació ni se produjo -como erróneamente afirmó don Juan Carlos en Holanda- «durante parte del siglo XX», sino a lo largo de todo el siglo XIX. Fracasos fueron los reinados de Fernando VII y de Isabel II, los ensayos de una nueva monarquía y de diversos tipos de república en 1870, y los de la Restauración borbónica de Cánovas y Silvela. El patriotismo español siguió existiendo a pesar de todos y cada uno de ellos, aunque cada vez lo hiciera más dolorido y acomplejado. Sucesivos fracasos fueron la España tonta de Alfonso XIII y el malogrado intento de la Segunda República. ¿Osará alguien desconocer o negar el patriotismo de los españoles de 1936, de 1950, de 1970, basándose en que España no estaba entonces «constituida» en una monarquía parlamentaria?

III

Con acierto ha podido decir don Juan Carlos en su discurso holandés que «durante parte del siglo XX nació (entre los españoles) una nueva conciencia que nos capacitó para asumir nuestra historia y, también, para entender que sólo existe una España, la construida por todos los españoles en estrecha solidaridad. Este nuevo patriotismo proclama que todos caben y que son necesarios cualquiera que sean sus creencias, sus orígenes o sus opiniones». Uno de los frutos de ese patriotismo preconstitucional -interpreto yo- fue la doble proclamación de don Juan Carlos, primero como Príncipe heredero de Franco y, tras morir éste, «como Rey de todos los españoles», encargado y responsable por tanto de iniciar la construcción de la España moderna, tarea que llevó a cabo con éxito desde 1976 hasta 1978, y que culminó al refrendar con su firma el texto de la Constitución que ahora nos rige.

Ese texto, presentado desde hace algún tiempo como base y fundamento del único patriotismo democráticamente admisible, tal y como está redactado permite diversas interpretaciones sobre cuál sea el mejor modo de entender y servir los conceptos de España y de Patria que en él aparecen, porque la ingenuidad de casi todos sus redactores y la malicia de unos pocos -todos ellos evidentemente «patriotas preconstitucionales»- hizo que junto a la idea de España como patria común e indivisible de todos los españoles se haya instalado otra idea, que reconoce la existencia de diversas nacionalidades y de variados derechos históricos, sembrando así los gérmenes de pasados, presentes y futuros quebraderos de cabeza en orden a determinar cuál es el verdadero «patriotismo constitucional» en esta materia.

Así, se han formulado, defendido e impuesto sucesivos y sugerentes planteamientos patrióticos y constitucionales como los únicos políticamente correctos. Primero fue la exaltación de la España de las autonomías, luego la de la España plural, después la de España como nación de naciones... Todas ellas, al amparo de la Constitución, han fomentado el crecimiento de los nacionalismos decimonónicos, han creado otros nuevos, han producido una multiplicidad de patriotismos diferentes y de fiestas nacionales (Día de la patria vasca, catalana, gallega, valenciana, castellana, etc., etc.) y de hecho han relegado a un último rango el patriotismo español, sea preconstitucional o postconstitucional, y la fiesta nacional de España, hasta el punto de que el nombre y los símbolos de nuestra Patria sólo se exaltan de modo normal y popular en concretos acontecimientos deportivos. Ahora los socialistas han puesto de moda el patriotismo constitucional federal, que también admite por lo menos dos interpretaciones: la que predican los socialistas catalanes y la que defienden sus restantes compañeros de partido. Estos entienden que el federalismo significa la unión pactada de diversas nacionalidades equiparables, mientras que para Maravall y sus seguidores federar supone pactar la unión de varias naciones de modo que continúen reconociéndose entre ellas diferencias esenciales. Los dirigentes del Partido Popular han reaccionado en sentido unitario: su patriotismo constitucional no admite la federalización de España.

IV

Como en tantas otras cosas, casi todo depende en este tema del color con que cada cual tenga tintados los cristales ideológicos que agudizan o enturbian su mirada. Recordemos que el Diccionario de la Lengua Española define al patriotismo como «amor a la patria» y en segundo lugar como «sentimiento y conducta propios del patriota». Ello quiere decir que cada persona individual o colectiva protagonizará el sentimiento y la conducta que le inspire su patria. Si ve a esta como «el lugar, la ciudad o el país en que se ha nacido», tiene muchas posibilidades de ser tan sólo un simple nacionalista. Si su mirada física e histórica le hace ver que además de esa entrañable patria chica existe otra más grande e importante, considerará que su patria es «la tierra natal o adoptiva, ordenada como nación, a la que se siente ligado por vínculos jurídicos, históricos y afectivos», por lo que estará realmente maduro para ser calificado como un verdadero «patriota constitucional» políticamente correcto... Pero si en el corazón y en la cabeza nota crecer hondas raíces y fuertes ramas, se dará cuenta de que la verdadera Patria no es la tierra materna, ni siquiera la de nuestros padres, sino la que nos convierte a nosotros en padres de ella... Quiero decir: el verdadero patriotismo -sea o no constitucional- consiste en hacerse responsable de la constante edificación y mejora de la casa común, de la permanente realización y perfeccionamiento de esa empresa histórica que alienta y justifica la presencia universal de un pueblo...

Todo lo demás son, simplemente, palabras.
 

EL PATRIOTISMO ES PRECONSTITUCIONAL
Noé de Callar

En Razón Española nº 111, Enero-Febrero 2002

El patriotismo es amor a la patria o lugar en que se ha nacido. Ese lugar puede ser puntual, por ejemplo, un caserío, o puede extenderse a territorios circundantes de radio progresivamente dilatado. Hay la patria chica o ciudad, la patria mediana o comarca, la patria grande o nación, y la patria ecuménica. El cosmopolitismo era el patriotismo de los estoicos.

El amor a la patria chica, es decir, a lo que se ha vivido desde la niñez y evoca los orígenes y los años de formación, es casi instintivo y brota de la territorialidad característica de numerosas especies y, desde luego, de la racional. Se ama la geografía, la lengua y el folklore, y de ese amor se deduce una solidaridad con las gentes que lo comparten. Lo común se convierte en propio, y se sale en su defensa.

Allí donde la soberanía es asumida por la ciudad, como en la Grecia clásica, el patriotismo se ciñe a la «polis». Cuando Alejandro unifica el Peloponeso y su entorno, aparece el helenismo o patriotismo griego que deja su impronta desde la India a Sicilia, y aún más lejos como muestra Ampurias cuyos mercaderes hablaban la lengua de Platón. La configuración estatal crea extensos ámbitos de egoísmo colectivo y, entonces, el patriotismo se extiende a ámbitos delimitados por fronteras políticas. El patriotismo romano se vive en Mérida como en Palmira, a miles de leguas de la Urbe.

En el curso de los siglos, el patriotismo nacional se va esencializando en lo valioso común. Al patriotismo nada grande del pasado nacional le es ajeno, y va sublimándose y desnudándose de lo secundario. Un patriota francés se enorgullece del guillotinado Chénier y del revolucionario Bonaparte. El patriota español se enorgullece del patriota Daoiz y del afrancesado Goya. Durante los años stalinianos, el patriotismo ruso implicaba culto a Pedro el Grande, aunque el zar europeizante y el tirano antioccidental no tuvieran nada ideológico en común.

Una de las tragedias de nuestro siglo XIX es que entonces se fragua el sentimiento de «dos Españas» y, consiguientemente, «dos patriotismos»: uno que a través de Carlos V y Cortés enlaza con Séneca y Trajano; y otro que, a través de los afrancesados, enlaza con los numantinos y Prisciliano. Los mejores, como Costa o Menéndez Pelayo amaban todo lo grande español, fuera católico o hereje, tradicional o innovador.

Claro que los patriotismos, sobre todo en caso de guerra, se hipertrofian como en la famosa sentencia de Cánovas: «Con la Patria se está con razón y sin razón». Tal precepto no es admisible en su literalidad.

Cuando los norteamericanos derrotaron a Alemania en la II guerra mundial no se limitaron a reducirla a escombros y a confiscar sus bienes, sino que exigieron que aceptara una culpabilidad colectiva y se avergonzara de su pasado, del III Reich y también del II y del I. En el Este y en el Oeste, Alemania perdía provincias, y el comunismo pretendía desgermanizar medio país. Sin un suelo cierto, con la Historia desvertebrada ¿dónde podía anclarse el patriotismo alemán? En esa etapa dramática apareció en unos pocos la idea de «patriotismo constitucional» o amor a la Ley Fundamental promulgada en la villa de Bonn cuando en 1948 la nación estaba ocupada por los ejércitos vencedores. Tal patriotismo constitucional nunca ha dejado de ser una curiosidad retórica, sobre todo, después de la reunificación y de que Alemania se convirtiera en la potencia rectora del viejo mundo y catalizadora de la Unión Europea. El patriota alemán se enorgullece de Goethe, Kant, Federico de Prusia, Beethoven y del nacionalsocialista Heidegger. Identificar hoy el patriotismo alemán con una supuesta gran pasión hacia el «Grundgesetz» de 1948 sonaría a sarcasmo bajo los replantados tilos berlineses.

En España, algunos epígonos del socialismo alemán han traducido lo del «patriotismo constitucional» ¿De la Constitución vigente de 1978? En tal caso no podría amarse el resto que es casi toda la historia de España ¿De todas las Constituciones escritas desde las Cortes de Cádiz? En esa compleja colección hay materiales varios como el Estatuto Real o la Ley de Sucesión. ¿Cómo puede vincularse el patriotismo a un código reciente? Sería una operación raquitizadora, casi nanométrica que volatiliza la España anterior a 1812, por ejemplo, la de Cervantes, Calderón, y Velázquez.

¿Tomaríamos en serio a quien nos aconsejara: «Como su señora madre resultaría hoy algo ·"carroza", concentre usted su amor filial en aquella bufanda morada que le regalaron cuando se jubiló, y prescinda de todo lo demás, es decir, sea usted un hijo actualizado». Esperpéntico.

En un país milenario, protagonista de la acción histórica de mayor envergadura después de la romanización (la europeización de América), algunos pretenden reducir su esencia a la Constitución de 1978, que es técnicamente la menos presentable del Derecho público europeo y la que con las autonomías pone en muy grave peligro la unidad nacional. Sería grotesco si no fuera demencial. El patriotismo es anterior y superior a cualquier Constitución.
 

EL PATRIOTISMO SIN PATRIA
Edurne Uriarte
Profesora de Ciencia Política.

En ABC (20.01.2002)

Por fin estamos hablando en España de patriotismo. Y eso es bueno, porque durante 25 años el patriotismo se había convertido en una palabra casi tabú. Pero como los tabúes no se rompen de la noche a la mañana, de momento hemos recuperado el concepto, pero no tanto el objeto final de su contenido, es decir, la nación española.

La propuesta del patriotismo constitucional es una buena forma de comenzar con la recuperación de un debate urgentemente necesario en España. Pero la obsesión por el adjetivo de constitucional, incluso en quien está liderando la recuperación, es decir, el Partido Popular, y, sobre todo, el empeño del PSOE en relacionar este concepto con los fantasmas del pasado, muestran que las elites políticas e intelectuales españolas tienen todavía un largo camino por recorrer para normalizar sus relaciones con su nación.

Todavía hoy en día, en España, tenemos que disculparnos por decir que nos sentimos españoles. Y calificar a España como una nación sigue pareciendo una osadía.

Es siempre más recomendable hablar de país o de la pluralidad española, o de la España de las autonomía. O lo que es siempre socorrido, de la Constitución que nos une, o de nuestro sistema político. Cualquier fórmula es buena pero siempre que se evite reconceder a España una identidad histórica y cultural y la capacidad de ser algo más que la suma de sus partes, decir las autonomías, las naciones, las auténticas identidades culturales e históricas que accidentalmente se han reunido bajo una construcción artificial a la que han llamado España.

España es hoy en día, lo que le dejan ser sus autonomías, y sobre todo, esos nacionalismos periféricos que dictan en este país, lo que se debe y lo que no se debe decir, lo que es «progresista», y lo que no, y desde luego, lo que es nación y lo que no lo es. Los nacionalistas sentenciaron hace tiempo que España y lo español, eran intrínsicamente perversos y que las únicas identidades históricas y culturales válidas eran las que ellos se acababan de construir. Y es sorprendente la enorme capacidad que han tenido para vaciar de contenido a la palabra España, mucho más de los límites de sus propias comunidades.

Ciertamente el franquismo y sus consecuencias han tenido mucho que ver. Como la única memoria de patriotismo español que conservamos es la del franquismo, hay mucha gente incapaz de superar ese fantasma del pasado, empeñada en ver tics franquistas en cualquier alusión a la patria española o a la nación, como si el patriotismo lo hubiera inventado el franquismo, o como si los españoles fuéramos los únicos occidentales incapaces de ser demócratas y patriotas al mismo tiempo.

La recuperación de la nación española es en primer lugar, un signo de libertad y de superación del pasado. Porque cuando ya ha pasado un cuarto de siglo desde el fin del franquismo, es hora de poder hablar de España sin complejos, de recuperar el derecho a una identidad histórica y cultural, el derecho a una españolidad abierta, plural y democrática, claro está, pero españolidad al fin y al cabo. Porque la apertura, la pluralidad y la democracia están más que consolidadas, pero la españolidad es todavía un capítulo pendiente de nuestra normalización democrática.

Que este proyecto esté presidido por el consenso político alrededor de la Constitución es obvio, que lo que nos une son principios políticos y no étnicos también. Pero ese proyecto se llama España y eso es algo más que su Constitución, y es hora de superar los complejos históricos que nos siguen impidiendo reconocerlo, mal que les pese a los nacionalistas vascos y catalanes.
 

LO QUE NO ES ESPAÑA
Pío Moa

En Libertad Digital

Como los nacionalismos, especialmente el vasco, se han mostrado totalmente desleales a la democracia, el PP ha lanzado, para combatirle la consigna oportunista y seudodemocrática del «patriotismo constitucional», como si España hubiera empezado a existir con la Constitución del 78, o antes de esa fecha el patriotismo no tuviera razón de ser, o resultara inconfesable. Creo que Zapatero ha reclamado la idea, y, la verdad, la siniestra bobada parece más propia del PSOE, el cual tiene y cultiva, efectivamente, una visión muy negativa de la historia de España, atribuyendo a nuestro país un triste pasado, al cual pondría remedio ahora ese partido con su mesianismo progre.

Bobada siniestra, repito, bien visible en la base de aquella célebre lamentación de Azaña: «Lo que me ha dado un hachazo terrible es, con motivo de la guerra, haber descubierto la falta de solidaridad nacional. Ni aun el peligro de la guerra ha servido de soldador. Al contrario, se han aprovechado para que cada cual tire por su lado». Azaña también creía que hasta su república, España y su historia no valían nada, y de manera similar pensaban los demás partidos izquierdistas, cada uno con su solución. Nada tiene de extraño que, llegado el momento, cada cual tirase por su lado.

Como las estupideces tiran unas de otras como las cerezas, ahora el PP de Baleares ha inventado el «patriotismo estatutario», según el cual España «es la suma de la historia, cultura y lenguas» de sus «nacionalidades». Pero si hacemos esa suma, sólo resulta un montón de historias, culturas y lenguas regionales, domésticas, de muy escasa proyección, mientras que España ha tenido, evidentemente, una influencia crucial en la historia del mundo, y es, por tanto, mucho más que una adición de valores estimables, pero en definitiva mediocres.

La diferencia resalta en el idioma. El castellano no puede sumarse al gallego, el vasco y el catalán, pues constituye el idioma común y uno de los soldadores principales de la nación española, función incumplible para los otros. Ya me gustaría, como gallego, que fuera éste el idioma común de los españoles y de veinte naciones más, pero la historia ha sido distinta, y sería tan ridículo lamentarlo como pretender una equiparación, salvo en el plano regional, con el español común, que ha resultado ser el castellano. Este idioma es también propio de Galicia, y lo mismo ocurre en Cataluña, Baleares o Vasconia. A formarlo no sólo ha contribuido Castilla, aunque fuera su origen, sino el conjunto de las regiones, y cada vez más el conjunto de países hispanohablantes. Lo más y probablemente mejor de la literatura gallega, como de la catalana, y no digamos la vasca, está escrito en ese español común, que por serlo no puede «sumarse» a los otros.

Se entiende que un objetivo fundamental de los nacionalistas consista en hacer del idioma español por antonomasia «uno más», y ajeno a las respectivas regiones. Se entiende también que el proceso disgregador ha avanzado ya demasiado y va siendo hora de ponerle coto.


 
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