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El Brocal
El Brocal - Nº 6
Sábado, 09 marzo a las 01:30:37

El Brocal

REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 6 – 9 de marzo de 2002

CELA Y LAS MOSCAS
Enrique de Aguinaga,
de la Real Academia de Doctores

En torno a la gran figura (y más, en sus funerales) se arrebozan las moscas disputando la oportunidad de posarse en la frente egregia, aunque sólo sea un momento, para dejar allí su cagadita.

Tales moscas suelen hacer su deposición de dos maneras: una, generalmente repipi, que recuerda «cuándo y cómo le conocí»; y otra generalmente ruin, sacando a relucir aquella ocurrencia, aquel lance, aquella peripecia, en la que el egregio queda en evidencia, cae en renuncio, tiene el gesto más descuidado y, en definitiva, que es de lo que se trata, muestra su contradictoria vulgaridad. Si para ello es necesario descender a las profundidades del pasado, a los tiempos silvestres ya domados, da lo mismo.

«Es como nosotras», dicen las moscas. «No es para tanto». «Como todo el mundo, tiene sus peros, sus debilidades, sus fallos y sus miserias».

También hay, sí, una versión tierna y amable del mosconeo, que maneja risueñamente aquellos elementos marginales para decir consoladoramente, admirativamente que, en definitiva, el egregio es humano. «Oye, la mar de sencillo, como tú y como yo».
 

A LA GUERRA

Supe de Cela por La Estafeta literaria de Juan Aparicio, jonsista, falangista y franquista a la vez. Allí, Julio Trenas, «El silencioso», cronista de tertulias, contaba las ocurrencias de Cela en el Café Gijón. Aparicio, ninguneado por el antifranquismo cerril, fue el gran animador periodístico y literario. La Escuela de Periodismo, con sus coloquios; publicaciones, como El español, donde se publicó por entregas Pabellón de reposo; como Fénix, como Documenta o como Fantasía, donde se publicó Pisando la dudosa luz del día; y tantas creaciones de Aparicio eran viveros juveniles y centros de oportunidades. Con fundamento se ha podido decir que Aparicio fue un inventor de hombres y que, entre sus inventos, está Camilo José.

El propio Cela, al cabo de los años (1992) recuerda a Aparicio como «gran valedor de escritores y amparador de perseguidos [...] en sus revistas dio cabida a gentes de izquierdas que procedían, a la fuerza ahorcan, del bando nacional [...] y a personas cuya filiación política anterior no ofrecía la menor duda y que habían militado en el bando perdedor, como el dibujante Lorenzo Goñi [...] (Aparicio) echó una mano a mucha gente [...] y a mí me ayudó mucho». Por lo pronto, de entrada, lo empleó en el servicio de censura.

Cela, por supuesto, era un vencedor, en la contienda de «rojos y nacionales», según su modo preferido de señalarla. Desde el Madrid rojo se pasa a zona nacional, embarcando en Valencia, con rumbo a Marsella, el 2 de octubre de 1937. Destinado al Regimiento de Infantería «Bailén», número 24, de guarnición en Logroño, se presenta voluntario para el frente el 25 de octubre e, inmediatamente, es herido de metralla en Alcubierre. Tras un mes escaso de hospitalización, el 21 de noviembre es dado de alta y declarado inútil total como tuberculoso.

Una estancia en León para reponerse y, el 13 de febrero de 1938, marcha a Iria y a La Coruña, donde, el 30 de marzo, solicita el ingreso en el Cuerpo de Investigación y Vigilancia, ya que, «habiendo vivido en Madrid y sin interrupción durante los últimos trece años, cree poder prestar datos sobre personas y conductas que pudieran ser de utilidad». A la solicitud se le agrega una nota manuscrita que dice: «Denegada menor edad».

Con diecisiete líneas terminantes, Cela despacha el suceso en Memorias, entendimientos y voluntades, en el mismo capítulo en que, con nombres supuestos, da cuenta de sus dos novias coruñesas. Soy muy amigo de una de ellas: la más bella y de una decencia «casi enfermiza»; es decir, dama discreta, que discretamente se refiere a Camipé, según le llamaba entonces. «El Camilo de aquel tiempo nuestro -me dice- no parece el mismo Camilo de después. Yo conocí al Camilo de comunión diaria».

Cela no soporta la pasividad de la retaguardia y, a petición propia, consigue revocar la declaración de inutilidad y, al mismo tiempo, destino en el Regimiento de Artillería Ligera numero 16. En el Regimiento permanece desde el 4 de diciembre de 1938 al 21 de junio de 1939, fecha en que vuelve a ser declarado inútil, después de haber participado en operaciones de guerra en los frentes de Aragón, Extremadura y Levante y de haber logrado el ascenso a cabo habilitado.

En aquellas andanzas de la guerra, la batería de Cela paró en Torremejía (Badajoz), del 8 de febrero al 3 de marzo de 1939, «tiempo bastante para hacer amigos y enemigos», según el propio Cela, que aprovechó aquellas vivencias para situar allí el nacimiento y el padecimiento de su Pascual Duarte, que, a su vez, da nombre a la Biblioteca Publica Municipal.

En 1997 encargó una misa por tres amigos muertos, Papiano, Modesto y Rosalino, que con él estuvieron en aquellas operaciones. Y escribió:

«Los tres eran conmilitones míos y los cuatro hicimos la guerra juntos, tratando de echar del país a los piernas de los brigadistas internacionales, que eran unos cursis seudoliterarios, que vinieron hasta aquí para recibir estopa, los hay insaciables, al metafórico grito de ¡no pasarán!, y lo que decía Papiano Grillo, ¡pues, anda, que si llegamos a pasar!».
 

MI PARIENTE POLÍTICO

Soy contrapariente de Cela. De ello he presumido en un articulo Mi pariente político, publicado en Arriba, cuando le eligieron académico, y hasta tengo un arbolillo genealógico donde se ve cómo unos Aguinagas son, a la vez, Lejaldes, y cómo estos entroncan con los Condes y más concretamente con Charo Conde, primera esposa de Cela. Esto me proporcionaba cierta familiaridad con el escritor, hasta el punto de que, cuando hablábamos a solas y se ponía maravilloso, yo le decía: «Entre nosotros no hace falta».

Cela que publicó el primer artículo en la revista Y" y el primer cuento en la revista Medina, ambas de la Sección Femenina de FET y de las JONS, entró en el ruedo literario, como tantos otros, por el diario Arriba, que insertó sus Apuntes carpetovetónicos y que, en 1957, al ganar el sillón «Q», tituló La quinta del SEU entra en la Academia .

Todo el día de su ingreso en la Academia lo pasé pegado a Cela, en compañía de Pastor, el famoso fotógrafo, para escribir la crónica de la entrada de C.J.C. en la «inmortalidad». De aquella jornada, de la que guardo muchos recuerdos particulares, ha quedado el reportaje gráfico, que se abría con la foto de Cela enjabonado en la ducha, foto que tanto escandalizó al académico García Sanchíz.

Al cabo de los años, en 1991, Cela ha recordado su primer periódico diario:

«Me acuerdo mucho del Arriba en los tiempos de Javier Echarri. Curiosamente era entonces el periódico más liberal que había en Madrid. Eran más cerrados el Ya y el ABC. Íbamos por la noche a la redacción del Arriba porque nos daban café y coñac y no nos lo cobraban y, allí, cerrados los cafés, nos reuníamos un grupo de amigos. Colaboré mucho y guardo un gran recuerdo de aquel tiempo. En el Ya eran más distantes y más serios. Al ABC mandaba alguna colaboración, aunque no iba por su redacción».

Allí empezó nuestro conocimiento, en aquellas tertulias, en aquellos encuentros del periódico, en los que no faltaba la diversión. Un día se presentó Cela vestido de blanco para pedir prestados unos pantalones oscuros porque Sánchez Mazas le había invitado a cenar. Se los prestó Cebrián, entonces secretario de redacción, y cuando se quedó en calzoncillos para el intercambio, alguien le gastó la broma de esconderle los pantalones. Cela busco el escondite por todo el periódico y, de tal guisa, atravesó la sala de visitas donde, ceremonioso e impávido, beso la mano a unas señoras visitantes a las que explicó que normalmente iba de traje completo.

Bajo su apariencia «tremendista», desde el principio advertí un Cela de exquisitas maneras, muy ordenado, de letra cuidada y pulcras carpetas, muy puntilloso con los papeles y las cosas. ¡Cuántas veces, la noche de su ingreso en la Academia, preguntó por la cinta, la simple cinta rojigualda, que ceñía el diploma! Yo la tengo, entre mis fetiches. Por eso, siendo maestro en ironía, sorprenden sus encarnizadas condenaciones, como la que hace de Pedro Rocamora en sus Memorias.

Una noche, ya de retirada, nos animó a tres o cuatro para que fuéramos a su casa (Alcalá, 185) a ver los cuadros que iba a exponer en la Galería «Abril». En su casa los tenia en el suelo, apoyados en la pared del pasillo y allí nos los fue explicando. Recuerdo el autorretrato, otro que se titulaba «La familia de Er Zifili», la engolada seriedad del autor y los esfuerzos que tuvimos que hacer para no reventar de risa y despertar al niño y a la buena de Charo. Tan congestivos fueron los esfuerzos que, en cuanto salimos de la casa, nos dio un ataque de histeria y, para desahogarnos, la emprendimos a patadas con los cubos de la basura.
 

REGALO DE MARINA

Tres años más tarde (la exposición se hizo en 1948), siendo subdirector de Haz, la revista del SEU que dirigió García Serrano, le pedí a Cela un relato para la serie que publicábamos como encarte y le ofrecí por ello mil pesetas de las de entonces. Cela escribió Santa Balbina 37, gas en cada piso y me envió el original con esta nota:

«Enrique de Aguinaga, mi bien amado pariente político: Ahí va eso. No pasa de las dimensiones pedidas porque va en holandesas y no en folio. Te ruego que no quites nada. Mi bazo sufre y tu deber es evitarlo. Otra cosa. Lo pactado fue que las mil pesetas, mil, las recibiera en esta tu casa. Ir a las cajas me desmoraliza. Cumplir vos como yo cumplí y enviarme un flecha. No perderá el viaje y será retribuido con un duro. Si yo no estoy en casa, firmará y dará el durito mi mujer, tu prima. Expreçoes. Camilo José».

Quizá porque nunca abusé de la situación, quiero creer que, como a los conmilitones de la de batería, Cela, en la distancia, siempre me guardó cierta ley. Se ponía al teléfono, contestaba a las cartas y atendía mis escasos requerimientos. Así, a mi requerimiento, vino por tres veces a conversar con los alumnos del Master de Periodismo de ABC (1993, 1995, 1997), del que yo era director, con una sola condición: que le fuera a buscar en coche a su casa de Guadalajara.

Con el coche prometido, fui a Guadalajara, habiéndome procurado un conductor, a fin de atender mejor al viajero. De este modo, Cela, acomodado conmigo en el asiento trasero, evocaba los tiempos de Arriba que yo le suscitaba sin complicaciones, preguntaba por este y por el otro (particularmente, por Sánchez-Silva), se interesaba por todo y no paraba de hablar hasta que llegábamos a Madrid. Se le veía a gusto, como pueden dar fe los conductores, que fueron mi hijo Santi y mi camarada del periódico, Antonio Gibello.

Cela era muy puntual. Aquel día, a las diez en punto, tomábamos la vereda para llegar a la puerta del muro y salir de la finca. «Si no os importa, antes, vamos a rodear, despacio, la casa». Gibello hizo la maniobra y pasamos por delante del cobertizo donde estaban tres o cuatro automóviles. «Fijaos en ese». No entiendo mucho, pero se le veía un gran coche. Entonces fue cuando Cela, con arrobo inolvidable, nos dijo: «Me lo ha regalado Marina».

En las conversaciones del coche le recordé la entrevista que le hice para La Vanguardia de Barcelona (1948) y, además, le dije que conservaba todas las respuestas manuscritas por él mismo. Una provocación para su afán coleccionista. «¡Mándamela!, ¡mándamela!». Se la mandé y apareció publicada con su firma en ABC (1995), bajo el titulo de Escritor, pintor y músico, eso sí, con plenas referencias y cortesías para mí.

También, de propina, para sus colecciones, le mandé el recorte original de una breve y desvergonzada entrevista que, para Arriba, le hice en mayo de 1950, cuando, en el Liceo Científico, dio un ciclo de diez conferencias de pago sobre «Mi estética y mi obra», referido a su primera década de actividad literaria, que resumía en sistema decimal: diez libros, cien cuentos, mil artículos. La entrevista, en la que anunció La Colmena, se titulaba Camilo José Cela habla de Camilo José Cela.
 

UN TIRO Y UN NAVAJAZO

En Haz publicó la autobiografía en la que dice: «Me considero el más importante novelista español desde el 98 y me espanta el considerar lo fácil que me resultó. Pido perdón por no haberlo podido evitar». En esta autobiografía se atribuye un tiro en la ingle, «la derecha, por fortuna»; pero me suena que es una más de las muchas atribuciones gratuitas de sus memorias, en las que engarza con gracia cuanto encuentra gracioso.

Lo que sí es cierto, aunque de ello hablase poco, es el navajazo que le propinaron en la nalga izquierda, en la bronca que provocó en «Casablanca», sala de fiestas, en 1953. Navajazo pernicioso, que le trajo a mal traer toda su vida, con una veintena de intervenciones quirúrgicas y la obligación de mejorar sus largos asientos de escritor con una cámara neumática.

De su loa a la Infantería (1949), revalidada en 2001, es este párrafo:

«Quien no ha sido soldado de Infantería quizá ignore lo que es sentirse amo del mundo, a pie y sin dinero. Y sin dinero izamos nuestra bandera donde nos dio la gana y donde nos mandaron, porque la victoria es algo que no se compra, sino que se conquista, y os lo asegura un pobre».

En su articulo La brisa y el vendaval (semanario Juventud) está el fundamento:

«Y no olvidemos que nuestras banderas, como nuestras ideas, son más bellas que nunca al aire libre, batidas por el viento forzudo y poderoso, que huele a jaras y a tomillo [...] Porque esta será -nos lo dijo José Antonio- la verdadera vuelta a la Naturaleza, no en el sentido de la égloga, que es el de Rousseau, sino en el de la geórgica, que es la manera profunda, severa y ritual de entender la tierra. Y, con la tierra, el campamento -el bélico clarín sonando al pie de la cruz cristiana-, la vida en sus dos únicas formas serias de entenderla. Ya sabéis cuales son».

Hace pocos días, en los funerales periodísticos, José Carlos Mainer aludía al recuerdo «ciertamente poco glorioso de un capítulo del libro Laureados de España (1939)». Ya casi nadie se acuerda. Pero para eso están las bibliotecas. Es el capítulo dedicado a Adolfo Esteban Ascensión y, en él, Cela escribe: «Con Don Carlos (María Isidro de Borbón) lloraron millares de españoles y nuestra pobre y grande, la malquerida España, cayó en tal abismo que, para levantase, le hizo falta: primero, todo un siglo; después,...la bendición de Dios para Francisco Franco, nuestro Caudillo y Padre».
 

MOSCAS Y MOSCONES

Por motivos muy distintos (sus declaraciones sobre García Lorca), la descalificación de Terenci Moix no se anda con rodeos. Cela es «un figurón que repugna a nuestra madurez, ora con estentóreos desplantes que son obras maestras de grosería y vulgaridad, ora con desfasadas pompas de aristócrata parvenu que entran simplemente en el terreno de la ridiculez». «A mis catorce años intenté aprender en la obra de Cela cómo debía escribir. En mi cincuentena aprendo como no debo comportarme. Y aprendo sobre todo a elegir con extrema prudencia en su "riquísimo" acervo lingüístico; acervo que, por cierto, se ha convertido en el único soporte de una obra hueca, repetitiva e innecesaria, bagatelas, saldos de diccionario y santoral».

Ramón J. Sender también le salió respondón. Fue en Palma de Mallorca, con un grupo que cenaba en la casa de Cela. ¿Por qué Cela dijo en la mesa que confiaba en que, un día, los carros de combate rusos invadieran los Estados Unidos? Sender no lo resistió y le replicó que, «bajo un sistema comunista, él no sería nada, y que se callara». «Yo vivo en los Estados Unidos -añadió- , siento simpatía por ese país y no consiento que un loco y un cínico diga esas estupideces».

El propio Sender ha relatado el final: «Me levanté y tiré del mantel. Todo cayó sobre los comensales. Y, ya en la puerta, le dije que conmigo no sirven esos juegos: cuidado o le metía un tiro entre las cejas. Tenía que haberle visto usted, más blanco que la pared».

¿Alguien, por muy amigo mío que sea ese alguien, puede pensar que Cela necesita mi defensa? ¿Quién soy yo para espantarle las moscas? En el cajón quedan sus cuentas como censor, que en la tesis de Justino Sinova están para quien las quiera repasar. Y los exámenes en la Escuela Oficial de Periodismo. Y la acusación de plagio por La cruz de San Andrés. Y el exabrupto sobre la Virgen de Covadonga. Y las repeticiones del Aviso de la defensa del español. Y el exultante monarquismo de Senador Real. Y la salida y segunda entrada en la Asociación de la Prensa de Madrid. Y el pateo a Maria Sabina. Y el contrato teatral con la Comunidad de Madrid. Y la presidencia del «Sindicato del Crimen» (Asociación de Escritores y Periodistas Independientes). Y el juicio sobre el premio «Cervantes». Y las relaciones con su hijo, Camilo José Cela Conde, y su nieta. Y el uso del presente del subjuntivo del verbo subyacer.

Ni el Premio Nobel (1989) le espantó las moscas, que tanto se excitaron. «Existe en este país mucha envidia, muchas rencillas y una elevación a la injusticia de esas rencillas personales o institucionales» dijo Antonio Gala, que añadió: «Yo me alegro de que el Nobel tenga a Cela, pero también me alegro de que lo tenga a pesar de tanto mastuerzo como hay en la república de las letras».

Rafael Alberti, que lo hubiera preferido para Octavio Paz o Rosa Chacel, consideró que el Nobel de Cela era «prematuro». Menos delicado estuvo Rafael Sánchez Ferlosio: «Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no».

Pero, por encima de todo, está Camilo José Cela, sufridor de un Presidente del Gobierno, gran moscardón, que, de acuerdo con su ministro de Cultura, le regateó su felicitación por el Nobel, «torpísima grosería de González y resentimiento de Semprún», según Umbral, sin olvidar al ministro, Solana, el de «mientras yo sea ministro, Cela no será Premio Cervantes».

Claro está que la hazaña del trío quedó compensada por el telegrama de Aquilino Duque: «Está visto que siempre tiene que ser un gallego el que nos devuelva el orgullo de ser españoles».


 
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