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Altar Mayor - Nº 79 (19)
Lunes, 01 abril a las 20:20:35

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 79 – marzo-abril de 2002

Retazos de una novela histórica
EL 14 DE ABRIL
Por Mario Tecglen

Seis balcones corridos se asoman a esta Plaza Mayor de Madrid, popular y majestuoso recinto aporticado que ha sido, durante más de tres siglos, el escenario de casi todo; desde grandes fiestas a trágicas ejecuciones, pasando por corridas de toros, y mascaradas, y premios literarios, y procesiones, y beatificaciones de santos, y autos de fe... y Dios sabe cuántas cosas más.

Eran los seis balcones de la familia Berbén. La privilegiada atalaya que les permitió contemplar durante muchos años toda clase de sucesos. Pero, por supuesto, ninguno de la talla, la resonancia y el brillo que les brindó la mañana de aquel martes 14 de abril de 1931. Una idónea oportunidad histórica para intentar ese deseado equilibrio entre los hombres, y entre las tierras de España.

En las elecciones municipales del día 12 de abril, convocadas en toda España con un marcado carácter de referéndum, había triunfado la República en todas las capitales y pueblos importantes. El republicanismo, que desde la caída de Primo de Rivera se masticaba en cualquier ambiente, quedaba confirmado en los grandes núcleos urbanos. Y así, sin sonar un solo tiro: España se acuesta monárquica y amanece republicana.

Entusiasmo popular en medio de un ejército sin definir y de una clase política monárquica que se doblegaba ante los hechos y aceptaba la marcada actitud de Alfonso XIII de oponerse a cualquier acto que pudiera suponer un choque sangriento entre españoles.

D. Ernesto Berbén: nacido en Cuba, hijo de un médico militar; intelectual, poeta, compositor y bohemio -además de monárquico y poco amigo del clero- contemplaba el espectáculo visiblemente contrariado y sin acabar de dar crédito a sus ojos. Le acompañaba su esposa, Pilar Gurumeta, madre sobre cualquier otra cosa y católica de las de comunión diaria. Y tres de sus cuatro hijos. El mayor de los cuatro estaba en Tortosa trabajando, a la vez que cumplía el servicio militar.

El espectáculo no tenía precedentes. Desde las primeras horas de aquella mañana primaveral y hermosa, una multitud enardecida y revolucionaria; injuriosa y resentida; desembocaba por todos los arcos de la Plaza Mayor.

La mayoría, chillona y mal trajeada, con abultada proporción de mujeres y una marcada actitud ofensiva en todos los sonsonetes que proferían, entraba por el arco de la Calle Toledo proveniente de los barrios bajos. Otros, de mejor aspecto y más tranquilos, afluían por los de Felipe III, Postas y Gerona con una deslumbrante profusión de banderas tricolores -de meritoria improvisación- y grandes pancartas con «vivas» a la República y «abajos» al Rey y a la Monarquía.

Los tranvías circulaban con hombres y mujeres sentados en el techo que gritaban soniquetes profusamente repetidos:

«No se ha ido que le hemos barrido.

No se ha marchao, que le hemos echao.

Márchate Alfonsito, Alfonso márchate.

Que los españoles no te queremos ver».

Unos y otros, cantaban también una extraña Marsellesa en un francés macarrónico apenas inteligible:

«Alon sanfán de la patrí-ie

le llur de gluar etarrivé».

Entre el gentío que entraba por el arco de Ciudad Rodrigo, justo por debajo de los balcones de los Berbén, apareció un burro, grande y gris, con una corona real de cartón pintada de amarillo de la que sobresalían sus grandes orejas. Detrás, el cortejo que lo acompañaba, además de los soniquetes de rigor, cantaba algo que enseguida se haría extraordinariamente popular:

«Si los curas y frailes supieran

la paliza que les van a dar

gritarían con todas sus fuerzas

Libertad, Libertad, Libertad».

Las zonas verdes de la Plaza, que con la primavera resplandecían de flores entre una alfombra homogénea de césped y tréboles, habían de adivinarse bajo los pies de aquellas oleadas populares que ocupaban íntegramente el recinto, con la sola excepción de los dos pilones y del espacio protegido que rodeaba la estatua ecuestre de Felipe III.

Todos los balcones estaban repletos de observadores. Y también la barandilla superior, por encima de la cornisa de piedra, a la que se accedía desde las anárquicas buhardillas que ocupaban la totalidad de los tejados. Entre aquellos, estaban los porteros de los Berbén: la Balbina y Vicente, aplaudiendo a su República recién nacida.

A la familia Berbén, se sumaron los dos vecinos de la casa de enfrente, D. Carlos Fernández y su guapa hija Elena, cuyos balcones no daban a la Plaza.

D. Carlos: un madrileño de unos 45 años, viudo y campechano, era un viejo republicano que ni podía ni quería disimular la inmensa satisfacción que le estaba produciendo todo aquello. Se encontraba al lado de Marta Berbén, la única hija, estudiante de Filosofía y Letras, guapa alta y pelirroja; y su entusiasmo era tan intenso que no pudo evitar la tentación de adoctrinar a aquella espléndida muchacha, a la que admiraba tanto por su talento como por su belleza. Marta, brillante y alegre; pero, como todos los estudiantes, muy al tanto del momento político y social, aquello le parecía esperanzador, pero con fuertes reparos.

-¿Observas Martita cuanta alegría? Todo esto se veía venir. Créeme; hoy se inicia para todos el buen camino. Seguro que algo habrás oído del manifiesto de Ortega y Marañón, y de cómo afirman la necesidad de esta República para conseguir que, de una vez por todas, se imponga un orden limpio y enérgico y una justicia transparente. Creo y espero que los españoles, por fin, trabajaremos y viviremos en paz y en libertad.

Marta, que sentía rechazo por los ricos y sus eternos privilegios, pero que tampoco aceptaba el resentimiento y la actitud agresiva de las clases más bajas, le replicó:

-La verdad es que esta explosión popular nos llega a todos. Creo que hasta mi padre, que es más monárquico que Felipe II, está conmovido. Yo deseo con toda mi alma que todo este movimiento sirva para que desaparezca tanta prebenda y se aproximen las clases sociales. Pero, dígame D. Carlos; con toda franqueza: ¿Realmente no le dan miedo los libertarios? Todo el mundo sabe que los bolcheviques y anarquistas sólo pretenden implantar su República Libertaria, como en Rusia. Por eso tienen el miedo que tienen mis padres, y lo mismo que ellos un montón de gente trabajadora y tranquila que conozco.

Quédase pensativo D. Carlos rumiando las últimas palabras de Marta. Muchos eran los españoles que pensaban como ella. El líder catalán Francesc Cambó así lo había pronosticado mediante un artículo publicado en La Veu de Catalunya unos días antes del 14 de abril:

«El número de los inconscientes que creen aún que todo el movimiento que hay en España puede tener fin con la república que nos espera, queda reducido a poquísimas personas. Socialistas, libertarios y comunistas, han tenido la lealtad de hablar claro para que no podamos tener la menor ilusión, a excepción de aquellos que, a los cincuenta años, irían todavía al limbo en el momento de su traspaso».

D. Ernesto Berbén, alejado de cualquier diálogo, continuaba ensimismado y sin salir de su asombro. Desde los más antiguos recuerdos de su niñez en la isla de Cuba, sentía un gran respeto por la Monarquía y una admiración, casi religiosa, por la figura del Rey. Con ellos, España, su religión y su cultura, habían conseguido aportaciones inigualables a la Civilización Cristiana. Él, siempre se había sentido español y monárquico, y con ese bagaje, aquella situación política no era fácil de digerir.

-Efectivamente –pensaba- a través de las elecciones municipales, todos los grandes núcleos urbanos se han declarado decididamente antialfonsinos. Pero también cuentan las villas y los pueblos; la España Rural, y en la totalidad del Estado las cifras oficiales han arrojado una diferencia, muy escasa, pero a favor de la Monarquía.

Chema Berbén, el hijo mediano, siempre abierto y ocurrente, se había alejado con su hermano pequeño y la guapa vecinita de enfrente a presenciar el espectáculo desde el último balcón, y allí se lo estaban pasando en grande. Ante aquel bullicio, su fino sentido del humor, exacerbado por la presencia de su guapa vecina, no paraba de encontrar gorros frigios rompiendo estéticas femeninas, o alborotadores grandilocuentes, o pancartas con mensajes soeces... Mil situaciones que aprovechaba para lanzar sus ocurrencias y provocar en sus dos acompañantes una carcajada casi continua. Para ellos, tan jóvenes, la histórica jornada se había convertido en uno de los días más divertidos de su vida.

A partir de la una, la muchedumbre fue disminuyendo, y hacia las dos de la tarde, la Plaza, aunque con los jardines machacados, había adquirido cierta normalidad. Los Fernández se habían ido a su casa y los Berbén, que tenían una pequeña Emerson, habían abandonado en masa su atalaya para pegarse al altavoz y escuchar las noticias de la radio. Sólo el pequeño Sergio, pelirrojo y delgaducho, al que su padre llamaba el listo idiota por sus agudas observaciones seguidas de abultadas estupideces, era el que no acababa de comprender por qué no se comía en aquella casa como todos los días.

-«EAJ. 2. Radio España, Madrid».

Toda la familia Berbén se sentó a escucharla alrededor de una amplia camilla ligeramente ovalada, de faldas y brasero, que, situada en el comedor de diario y ambientada por la cercana cocina de antracita, era donde hacían la vida.

Allí estaba, con el resto de las sillas, el sillón de paja de D. Ernesto y un hermoso aparador de dos cuerpos con un tablero de mármol intermedio que les servía de mesa de auxilio. Una de las paredes contenía dos bodegones muy oscuros con frutas y jarrones. Y otra un gran calendario con paisaje nevado. Del alto techo, colgaba hasta la mesa una lámpara circular de chapa de latón repujada, de la que pendía una cortina de largos tubitos de cristal que, conformando una superficie cilíndrica, difuminaba la luz de las bombillas.

Doña Pilar, ante todo aquello, se sentía asustada y confusa. Criada en el seno de una familia madrileña de destacados bancarios, había mamado una religiosidad profunda. Y aquel griterío de mueras al Rey y de amenazas a los curas y a los frailes la acobardaban. Sin embargo, siempre en la brecha, iba y venía a la cocina sin perderse palabra, mientras improvisaba un arroz con pimientos verdes y chorizo que se comieron pasadas las tres de la tarde.

Hacia las cinco, la radio, rompiendo lo que empezaba a ser monótono, emitió el rimbombante ultimátum de Alcalá Zamora, elemento destacado de la nueva República, al Conde de Romanones, ministro de la Monarquía:

-«D. Alfonso debe salir de España hoy, antes de la puesta de sol».

Más tarde, escucharon las palabras de Francesc Maciá, Presidente de la Generalidat de Cataluña desde el balcón principal del edificio oficial:

«En nombre del pueblo de Cataluña, proclamo el Estado Catalán bajo el régimen de una República Catalana, que libremente y con toda cordialidad anhela; y pido a los otros pueblos hermanos de España que colaboren en la creación de una Confederación de Pueblos Ibéricos».

Y, pasado algún tiempo, volvieron a escuchar, al respecto, que el intento de independencia de Cataluña de Maciá había sido abortado por el general catalán Domingo Batet. Ello produjo un gran regocijo a D. Ernesto que, aún siendo toda su familia catalana, era rigurosamente contrario a las corrientes separatistas.

Tuvieron que esperar, sin embargo, hasta las nueve de la noche para escuchar la voz en directo de Alcalá Zamora confirmando de forma oficial la Proclamación de la II República Española en la totalidad del Estado. Y la anunciación de un Gobierno Provisional, cuya misión fundamental era convocar elecciones a unas Cortes Constituyentes. Éstas habían de confeccionar y discutir un texto constitucional y, mientras tanto, gobernarían por decreto.

El Posbilismo, que con tanta fuerza había defendido el gran español y eminente republicano Emilio Castelar, estaba servido. Los resultados estaban por ver. El Pueblo Español tenía la palabra.

Sin dejar de oír la radio, algo más tarde de lo habitual y un poco hartos, se sentaron a cenar frente a una jugosa tortilla de patata.

La cena discurrió entre los comentarios de los tres chicos ante su madre que, confundida y asustada, permanecía en silencio; y ante un D. Ernesto ostensiblemente preocupado: aquella especie de plebiscito popular, aquel «Todo Madrid» en la calle, rompía sus esquemas.

Marta, aprovechando una pausa, le pidió a su padre su opinión sobre todo aquello.

-Esto es el principio de algo muy gordo -contestó dirigiéndose todos- el equilibrio se ha roto y sólo Dios sabe cómo y cuándo lo volveremos a recobrar. De lo que no me cabe la menor duda, es de que estamos en el umbral de un movimiento social imparable, y también de una crisis nacional que podría destruir la unidad de España.

Interrumpió el diálogo una llamada a la puerta. Doña Pilar se inquietó y advirtió a Chema que mirara por la mirilla antes de abrir.

-Es Elenita Fernández. -Y le abrió con una ancha sonrisa.

Ya nadie dudaba de la fuerte atracción que sentía Chema por aquella muchacha, a la que, de la noche a la mañana, le habían surgido unos ponderados, pero bien definidos senos que proclamaban su pubertad. A Chema, algo mayor que ella, que ya desde tiempo atrás se sentía atraído por su alegría desenfadada, sus ojos del color de la miel y su boca limpia y agresiva, ese repentino desarrollo lo tenía materialmente en vilo.

-Corre Chema, -dijo con la voz atropellada- corred al balcón. No os perdáis una extraña procesión que está entrando por Ciudad Rodrigo.

Efectivamente, un individuo con capa morada, una larga peluca ondulada y una barba redonda, caminaba lentamente, con las manos entrelazadas, remarcando -con cierta gracia- los clásicos bandazos que redondean el ritmo solemne de las procesiones. Acompañado, aunque a cierta distancia, marchaba un grupo de individuos con capirotes morados y cirios encendidos. Y, algo más alejados, un numeroso grupo de curiosos.

Todo el grotesco grupo avanzaba de esta forma, parodiando latinajos a gritos entre risas y momos:

«Morir habemus».

«Ya lo sabemus».

Se adivinaba la burda intención de ridiculizar la procesión del Cristo de Medinaceli.

Otra vez se apiñó en el balcón toda la familia Berbén acompañada de Elenita Fernández.

Doña Pilar estaba aterrada. Sentía una especial devoción por el Cristo de Medinaceli y aquella carnavalada sacrílega se le salía del entendimiento.

-¡Hay que rezar! -gritaba mientras traía una pequeña almohada- Es necesario un desagravio ante tanto sacrilegio.

Chema y Elenita, claramente enamoriscados, aprovecharon para separarse del grupo y, en el último balcón, se les advertía ajenos a todo charlando animadamente. Él, enardecido por los roces deliberados y constantes de sus piernas, le declaró cómo le gustaría encontrar en el futuro una compañera para la vida que reuniera su atractivo y su simpatía.

-No quiero que te lo creas -le contestó ella- pero tú también a mí me gustas mucho.

Chema, ante aquella incipiente declaración de amor, se llenó de ternura y le apretó fuertemente la mano. La sincera mujercita correspondió con fuerza al apretón, y ambos sintieron la deliciosa emoción que produce inevitablemente el primer amor.

De pronto, surgió de entre la gente un hombre vestido enteramente de negro, de unos cuarenta años, alto y corpulento, que se abalanzó sobre el protagonista de la burla y, arrancándole la peluca, le atizaba con ambos puños, con fuerza y sin reposo, a la vez que gritaba con voz potente y profunda:

-¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!

Los componentes del cortejo reaccionaron como un solo hombre y, soltando los cirios y los capirotes, rodearon al agresor y la emprendieron con él hasta derribarle, para continuar después a patada limpia, dejándole en el suelo boca abajo e inmóvil.

La extraña procesión, por supuesto, se acabó. Los intérpretes se alejaron rápidamente mezclándose entre la gente y los curiosos se acercaron a socorrer al espontáneo atacante apreciando que se hallaba sobre un charco de sangre. Lo volvieron entre dos de ellos y, a la luz de los faroles, pudieron observar que estaba sin conocimiento y que presentaba una herida abierta a la altura de la cintura.

Alguien aconsejó no moverlo y varios de ellos se dirigieron a la Clínica de Urgencia que se encontraba en la misma Plaza Mayor, a dos pasos del herido, volviendo inmediatamente con un sanitario de bata blanca y una camilla, en la que lo trasladaron a la Clínica.

En los balcones de los Berbén, Chema había reconocido que el agresor era, nada menos, que D. Matías, el párroco de la Iglesia de Santa Cruz, un navarro fuerte y noble muy conocido en todo el barrio. Chema lo conocía y lo admiraba porque pertenecía a la Juventud de Acción Católica de aquella misma Parroquia y D. Matías dedicaba mucha atención y mucho afecto a los jóvenes militantes.

-¡Papá, papá! El herido es D. Matías, el párroco de Santa Cruz.

D. Ernesto entonces, para impedir que Chema saliera de casa, se acercó rápidamente a la Clínica. Efectivamente era el Párroco de Santa Cruz. El practicante de guardia, amigo de D. Ernesto, le diagnosticó una herida de arma blanca de pronóstico gravísimo, a lo que añadió que, en su opinión, la herida era mortal; y que estaba de camino una ambulancia para trasladarlo sin demora al Equipo Quirúrgico.

D. Ernesto, de vuelta a su casa, les transmitió la gravedad de D. Matías y, estando todavía asomados al balcón, tristemente afectados por lo ocurrido, observaron la aparición de una camioneta con unos veinte hombres cargados de sogas y tablones que penetró por encima de los jardines hasta el centro de la Plaza. Y, aunque el recinto estaba iluminado débilmente con la luz tenue de los faroles de gas, pudieron ver cómo algunos de ellos habían conseguido culminar el pedestal y atar las sogas a las patas del caballo.

Los acontecimientos se sucedían sin tregua aquella noche histórica, pues estaba clarísimo que aquella troupe se proponía derribar la estatua de Felipe III.

Desde abajo, con gritos de: ¡Hala muchachos que ya es nuestro!, tiraban y tiraban incansables, pero el caballo no caía. Al grupo inicial, se sumaron bastantes espontáneos entre los cuales Chema reconoció a un fotógrafo cojo, de los del caballo de cartón, que trabajaba en la Plaza con su cámara oscura.

¡A... una! Volvían y volvían a intentarlo; pero la estatua seguía, como impertérrita, en la misma posición.

Los afanados demoledores, después de intentarlo durante casi dos horas, tuvieron la feliz idea de aumentar la tracción utilizando la fuerza de la camioneta que les había transportado, y la ataron varias sogas que, por el otro extremo, dispusieron hábilmente rodeando la figura del Rey a la altura de los hombros. De esta manera, además de acrecentar la tracción, aumentaban el brazo de palanca sobre los anclajes y por lo tanto la eficacia al vuelco.

En aquellas condiciones, el tirón fue decisivo y al fin lograron que, en medio de un griterío ensordecedor y de un estruendo formidable, cayera sobre la Plaza Mayor, entre cuerdas, gente por los suelos y gritos de dolor, la magnífica estatua de bronce de Felipe III.

Fue, efectivamente, un acto salvaje que ofendía a la Cultura y a la Historia de un pueblo. Pero había que entender también el brillo revolucionario de aquellos que, confundidos o no, consideraban a los reyes el símbolo del eterno clasismo antisocial y de sus eternos privilegios.

Inmediatamente después, ataron la desgajada cabeza del caballo a la camioneta y, ya de madrugada, armando un ruido infernal, se la llevaron arrastrando hacia la Puerta del Sol.

Mientras tanto Radio España había hecho público el histórico mensaje de Alfonso XIII a los españoles que se puede resumir en el párrafo siguiente:

Soy el Rey de todos los españoles, y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compañero contra otro en fratricida guerra civil. No renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme un día cuenta rigurosa.

D. Ernesto, alabando la humanitaria actitud del Rey y acusando en su semblante la tensión de los acontecimientos, apagó la radio y se retiró a intentar conciliar el sueño. Elenita Fernández ya se había marchado; los demás chicos se habían acostado y Doña Pilar, como siempre, se había quedado para dar los últimos toques a la casa.

-¿Crees tú que nos pasará algo? -Preguntó nada más entrar en el frío dormitorio matrimonial de paredes blancas, armario ropero, cama de bronce y crucifijo. Y Ernesto, aunque poco convencido, la tranquilizó diciendo:

-No hay por qué preocuparse Pilar. Es de esperar que el nuevo gobierno, con el gran apoyo popular que le respalda, imponga inmediatamente el orden público. Ya verás cómo enseguida volvemos a la normalidad.

-Rezaré a la Virgen del Perpetuo Socorro por todos nosotros y por España.

Y, volviéndose hacia él, le dio un beso más apretado que los de costumbre. Después, abusando de su pequeña estatura, se arrebujó, pegada a su cuerpo, como buscando protección. Pero: ¿Quién entiende al ser humano? Pilar, que sólo deseaba sentirse cobijada ante el instintivo temor que le había producido tanto acontecimiento, había despertado en su marido, sin poderlo imaginar, la imprevisible llamada del sexo. Y ella, que a la menor señal sincronizaba, se entregó dulcemente.

El histórico día se culminó, en aquella casa de la Plaza Mayor, con un acto de amor conyugal deliciosamente simple.


 
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