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Altar Mayor - Nº 79 (18)
Lunes, 01 abril a las 20:24:15

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 79 – marzo-abril de 2002

ENTRE EL JORDÁN Y EL EÚFRATES (y 2)
(notas de un viaje por levante)
Por José Ramón López Crestar*

3 de Agosto.- El primer nombre con que se conoce Tortosa en la historia es Antarados, llamada así por estar en oposición a Arados: la islita que está tres kilómetros hacia el sur, que fue la última plaza que, bajo el nombre de Ruad, sostuvieron los del Temple en los aledaños de Tierra Santa: allí se mantuvieron hasta 1302. No voy a visitar la isla por el retraso que supondría en mi viaje y porque, al parecer, no queda en ella nada digno de ser visto, salvo la propia roca en que se asentó el viejo baluarte cruzado. Me acerco a la vieja catedral de Tortosa muy temprano: tanto que falta media hora para que se abran oficialmente sus puertas. Pero los empleados, que también han madrugado, valoran el peso de mi macuto, se apenan de mí y me abren las puertas. A la izquierda de la nave hay una estructura rectangular en la que, según se dice, estuvo el venerado icono de Santa María de Tortosa, que, cuando la derrota, los cruzados llevaron consigo primero a Ruad y luego a Chipre, donde se perdió definitivamente. Ni la ausencia del icono añorado ni la condición de museo que tiene ahora el viejo templo impiden rezar allí un avemaría. De camino al lugar donde estacionan los vehículos que pueden llevarme a Laodicea, paso por la iglesia ortodoxa griega. Aunque hoy es viernes, o acaso por serlo, está repleta de fieles, que asisten a la muy pomposa misa griega, aquí celebrada en árabe. Se celebra porque, según me dicen, no es hoy día alitúrgico, que lo son –no sé por qué- los lunes, los martes y los miércoles. Aunque no entiendo el lenguaje –excepto el Kyrie eleison- no me cuesta comprender la celebración, que el rito, con sus diferencias, no es tan lejano. Llegado a Laodicea, dejo el macuto en el hotel y tomo un coche que me acercará hasta las proximidades del castillo de Saône. Fue plaza formidable, pero sólo dos días duró al asalto de Saladino, cuya memoria se perpetua en el nombre con que hoy la denominan los sirios: Al Qala´ Salh ah Din. El coche en que regreso a Laodicea lleva en el salpicadero una reproducción en plasticurri de la Virgen de la Caridad del Cobre, la patrona de Cuba. Pregunto por su origen y me contesta el cochero que es regalo de su cuñado, que estuvo destinado en la isla. No imaginaría Fidel Castro que un soldado de la Fuerza Aérea siria iba a ocupar su tiempo en devociones marianas, pienso. Acaso sea Laodicea la ciudad más abierta del país. No es escasa la presencia cristiana, y la confesión islámica más asentada en la zona es la alauita, a la que pertenece la familia El Assad. Los alauitas son, en el Islam, lo más alejado del fundamentalismo: tanto que celebran la Navidad y la Epifanía, tanto que los sunitas no los tienen por musulmanes. Probablemente ese carácter moderado que les distingue sea motivo del apoyo que, en general, recibe de los cristianos la familia que gobierna el país, con mano nada suave, por cierto. En la iglesia latina de Laodicea vive el padre Tarsicio, un calabrés recio y bueno, animador, por lo visto, de no pocas conversiones: conversiones difíciles, que si alguien aquí decide bautizarse, tiene que abandonar el país. Le ayuda un seminarista de mirada vivaz, que se afana en tener a punto el jardín: Ghassan al Instambuli. Ghassan me habla de la contradicción que les supuso a los cristianos la nacionalización de la enseñanza. El gobierno cedió, eso sí, a que los cristianos tuvieran una clase de catequesis, para lo que hubieron de llegar a un acuerdo entre todos los ritos, pero la historia, la literatura, la filosofía que se enseñan en las escuelas, tienen una fuerte impronta islámica, a la que no se pueden sustraer ni siquiera los profesores cristianos, que los hay y no son pocos.


4 de Agosto.- Paso para la iglesia para despedirme del padre Tarsicio, que me invita a desayunar, en su refinada pobreza. Gracias a sus buenos oficios encuentro una furgoneta que se aviene a llevarme hasta las cercanías de la frontera turca. El camino es hermoso. Dejamos atrás la industriosa Latakya, queda a nuestra izquierda Ugarit, patria del más antiguo alfabeto hasta ahora encontrado, y nos internamos por sendas de montaña, bajo pinos frondosos. Un cartel indica una población llamada Majerit, que no es castillo famoso, sino aldea de agricultores. A unos kilómetros de la frontera, en Kessab, me deja el coche, y me toca seguir andando. Es un puesto remoto, enclavado en la angostura entre dos montañas altas, sin apenas tránsito. Paso sin dificultades la aduana siria, y me encamino hacia la turca, distanciada por una muy ancha tierra de nadie, erizada de armas y de alambres de espino. Y surge el problema: tengo que pagar diez dólares, pero se niegan a cambiarme el billete de cien que ofrezco. Tampoco aceptan, por supuesto, otra moneda. El árabe lo comprendo poco, pero el turco, nada de nada, de modo que no entiendo las razones que alega el aduanero, muy uniformado y condecorado, pero nada ducho en lenguas. Una horita de paseos, arriba y abajo, por la tierra de nadie, intentando sin éxito que alguien me cambie. Y al cabo, aparece en escena un viejecito cubierto por un guardapolvo azul que, en aceptable inglés, me explica que lo que no quiere cambiarme es el concreto billete que le ofrezco, que es de fecha antigua y de dimensiones que no acepta la mecanización bancaria. Pago con otro billete y consigo al fin pasar el puesto fronterizo. No es que Turquía sea una maravilla, pero la carretera por la que iré hasta Antioquia está bien asfaltada, los soldados que se ven en los acuartelamientos de la zona se arman con el familiar cetme-C, en las calles de los pueblos hay aceras y farolas y me siento, al menos, en el umbral de la civilización. Buscando alojamiento en Antioquia, contacté por Internet con un capuchino, el padre Bertogli, que me avisó de que no iba a estar allí en esas fechas, pero que daría noticia de mi llegada a una señora. Así, sin más referencias, yo sé que aquí, en Antioquia, hay una señora que sabe que voy a llegar. Pero ni sé dónde vive, ni cómo se llama. Preguntando preguntando llego hasta una iglesia cristiana, que resulta ser ortodoxa. En el patio sobre el que se abre el atrio hay una señora mayor, tricotando, que me dice, en el mínimo alemán que soy capaz de entender, que pregunte por Frau Barbara, y me indica un postigo, por el que paso, para entrar en un dédalo enmarañado de callejuelas estrechísimas, a través del que, perfectamente desorientado, voy preguntando a unos y a otros. De la deriva en aquel laberinto me salva un muchacho con pendientes, perilla y visera a popa, que aparece inopinadamente cabalgando una pequeña bicicleta. -¿Buscas a Frau Barbara?, sígueme, me dice en inglés. Y le sigo, correteando bajo mi macuto tras su bici, hasta llegar a unas viejas casonas antioquenas, de apariencia exterior ruinosa, en cuyo patio se encuentran Frau Barbara y su comunidad llamémosle de catecúmenos, en la que no figuran, desde luego, los más ricos ni los más listos de la ciudad, pero que tiene un buen aroma de cristiandad primitiva. Barbara lleva muchos años en esta ciudad, hoy de amplísima mayoría islámica, pero del más rancio abolengo cristiano, que, según los Hechos de los Apóstoles, aquí es donde empezamos los cristianos a llamarnos con este nombre. Su labor es el diálogo interreligioso: un diálogo tan afortunadamente apostólico que no son pocos los musulmanes que se han convertido al cristianismo, por la gracia de Dios, por supuesto, pero mediante su ejemplo y su palabra. Como con la comunidad en unas mesas campamentales que tienen instaladas en el patio, florido y fresco para lo que son las temperaturas de la zona. Barbara bendice la mesa, partiendo y dando a partir el pan, en un gesto que, en otras latitudes, me parecería impropio, pero que aquí y en este trance acaso sea una buena pedagogía preeucarística. Les ayudo a recoger y limpiar. Por la tarde quiero ir a la vieja cueva en la que se reunía la primitiva comunidad cristiana, de la que Pedro fue obispo antes de serlo de Roma. Está a unos cuantos kilómetros, pero no tiene pérdida. Se halla a media ladera de una montaña desde la que se otea la ciudad. La cueva-templo, de unas dimensiones sólo un poco mayores que la de Covadonga, tiene todas las características de los primitivos lugares de reunión judeo cristianos: cierta intimidad y una surgente de agua, que se filtra por la montaña. A la entrada un muchacho de buen aspecto, colaborador de Barbara, se afana en el empeño surrealista de vender crucifijos. Bueno, si aquí está será porque algunos vende. En la cueva hay un altar con cruz, alfa y omega, y una pequeña imagen de San Pedro. Aunque aquí ofició Misa Pablo VI y ocasionalmente se permitan celebraciones, no es de propiedad cristiana, sino del Estado turco, como señala la bandera roja con el creciente blanco que ondea a la entrada. No sin cierta emoción, intento guardar un rato de silencio, que se rompe enseguida por la visita de un grupo de muchachos y muchachas turcos, que curiosean alegremente, sin sentido ninguno de lo sagrado del lugar. Una de las chicas me pregunta en inglés de dónde soy, y si soy cristiano. Contesto y afirmo y me pide que les explique el lugar y el significado de las letras griegas. Y me veo balbuciendo doctrina sobre Dios, principio y fin de todas las cosas. Quiera Él que haya servido de catequesis. Al poco de irse los jóvenes turcos, aparece en escena una mulatita, muy guapa, tocada con un elegante turbante, que me pregunta en francés si soy de esa nacionalidad. Niego e indago la razón de la pregunta. Se entiende, llevo una camiseta de marca francesa. -Pues no, no soy francés. Ella es argelina, y su novio, turco. Nueva alusión al alfa y omega y nueva catequesis improvisada, al socaire de la explicación histórica. Tengo el día. Al regreso a la ciudad, paso por la capillita católica, mínima, escondida, donde se está celebrando la Misa de catecúmenos. Son pocos, la mayor parte, de entre veinte y treinta años: piadosos, serios. Los más, todavía no bautizados, no pasan a comulgar, claro. Saludo al cura, un capuchino de origen italiano que gusta decirse turco. Y vuelvo a casa de Barbara. Con ella y con Astrid, una maestra de Wiesbaden que la acompaña este verano, consumo una apetitosa cena, en el restaurante que ellas eligen. Como buenas alemanas trasiegan cerveza abundante. Contamos chistes e historias. Y resulta ser una estupenda velada.
 

5 de Agosto.- Me levanto tempranito, para ir a comprar unos panes de pita que nos sirvan de desayuno. Mientras que Astrid toma el sol en el patio de la casa de acogida, lo que yo tomo es el café con leche que ella tuvo la atención de preparar. Dejo todo recogidito, me despido de ella y de Barbara y marcho a visitar el museo local, rico en mosaicos, a orillas del Orontes. Tomo después un autobús que me llevará hacia Alepo, hacia el Eúfrates, por la vía que discurre al sur de Osroene. En esta frontera entre Turquía y Siria la hostilidad recíproca es patente. Antioquia, y con ella todo el país de Hatay, fueron originalmente de cultura griega y luego árabe, nunca turca; pero los franceses, por la conveniencia que fuera, entregaron el territorio a los turcos: entrega que Siria nunca consintió, de modo que todavía hoy sigue considerando Hatay como un Gibraltar ocupado contra justicia y razón. Los jóvenes parecen ganados por la cultura turca, pero las personas de cierta edad siguen hablando árabe y se resisten a la asimilación, y eso provoca una cierta división entre los cristianos, ya que los ortodoxos siguen utilizando el árabe como lengua litúrgica, mientras que los católicos, acaso más incorporados a la vida turca, rezan en esta lengua. La tensión fronteriza se manifiesta en la enorme tierra de nadie que hay entre unos y otros puestos de control, en los nidos bien artillados que se encuentran a uno y otro lado, y hasta en la dificultad de los trámites aduaneros. A mí nadie me molesta, pero a un par de viejitos que viajan en mi autobús, con sábanas y lencería, los carabineros sirios les abren todos los bultos que llevan, les deshacen materialmente el equipaje, les destrozan las maletas, sin ninguna contemplación. Esperando a que nos den vía libre, veo una escena que me sorprende: un oficial de la aduana, joven, se acerca a la oficina central y, en vez de entrar, se queda a unos diez metros, esperando a que un señor, ya entrado en años, vestido con guardapolvo, se ponga a sus pies y le cambie los zapatos que hasta ahora llevaba por unas cómodas babuchas, con las que entra en la oficina. Me parece un gesto bobo de sumisión, acaso expresión de las diferencias de rango y del punto hasta el que se llevan en estos pagos. Partimos, y llegamos, al fin, a Alepo. Alepo es una ciudad considerable, plantada en un secarral, donde viven cerca de ocho millones de seres humanos, que se nutren del agua benéfica del Eúfrates, embalsado en la anchurosa presa El Assad. Su ciudadela medieval, circular, alta y orgullosa, a caballo de una meseta imposible, nunca fue tomada por los cruzados, y sirvió de base para los golpes y contragolpes de las cabalgadas de Saladino. Sus zocos son sucios, abigarrados y confusos hasta lo inextricable. Su barrio cristiano, El Azizie, en algunos rincones, como un trocito de París. Y crece, crece, con orden, en edificios de mejor factura, con cierto talento urbanístico. Se levantan bloques de viviendas, mezquitas, alguna enorme, e iglesias de considerables proporciones, como la de Mar Yusef, que está a punto de finalizarse. Me hospedo en una pensión que me han recomendado, que no resulta demasiada pulcra, a la vera del Hotel Baron, famoso por haber albergado a Lawrence, a Lindbergh, a Agatha Christie, a Roosevelt y no se cuántos famosos más, pero que es ahora desaconsejable, y no por los fantasmas de sus pasados huéspedes. En la iglesia latina visito al padre Castellana, un franciscano italiano que lleva aquí la vida entera y que sabe de Siria como pocos. Es el único occidental que encuentro. Los demás franciscanos son árabes. Me invita a un café y me cuenta de la cristiandad de la ciudad, crecida por la inmigración armenia, fugitiva de las persecuciones turcas. Me da noticia de los trabajos de arqueología cristiana que ha hecho con el padre Peña y el padre Fernández, y me pregunta por esa locura de los gobiernos occidentales de albergar a musulmanes que no llevan ninguna intención de integrarse, sino todo lo contrario. Éste de la indignada sorpresa por la inmigración a Europa es un tema que se plantea recurrentemente al hablar con cristianos árabes. No entienden ellos que se dispense a los musulmanes tan buena acogida, cuando en los territorios que ellos dominan se posterga y relega a los cristianos, que viven en una situación ciertamente opresiva, por más que Siria no sea, para ellos, el peor de los países, ya que otros lo son más, como Arabia Saudí, la muy querida aliada de los Estados Unidos de América.
 

6 de Agosto.- Quiero visitar en un solo día las más importantes construcciones cristianas del norte de Siria, y para ello no hay transporte posible, de modo que, quiera o no, tengo que alquilar un coche. En el desayuno he coincidido con unos suizos del Jura, francoparlantes, que me han aconsejado que lo intente en las cercanías del hotel Baron, y así lo hago. Después de tantear a unos y a otros, doy con Faruk, un simpático musulmán cuyo inglés es aproximadamente tan malo como el mío. Nos entendemos bien, y tras regatear un poco, concertamos un precio que me parece asequible. Salgo con él hacia lo que las guías llaman Al Qala´ Shiman, cuando no siendo castillo, sino monasterio, debería llamarse, como quieren los cristianos de aquí, Deir Mar Shiman: el monasterio de San Simeón Estilita, que es construcción verdaderamente imponente. San Simeón nació el 386 en Cilicia y, después de hacer intentos de vida cenobítica en el monasterio de Teleda y en Telanissos, huyendo de la curiosidad de los devotos que afluían llamados tanto por sus proezas de penitente como por la sabiduría de sus consejos, optó por establecerse en la cúspide de una columna –stilla- en el año 422, permaneciendo allí hasta su fallecimiento, en el año 459. Si no es de imitar su vida, sí es de admirar, desde luego. El monasterio alzado en su memoria, hacia el 476, airoso y de considerables dimensiones, fue, por lo visto, la primera construcción cristiana en planta de cruz, y tiene como centro la columna, de la que hoy sólo quedan restos, si bien hubo quien la vio todavía en pie en el siglo XVII. Aunque en 985, las tropas de Kar´awia lo tomaron al asalto después de un asedio de tres días, y mataron a todos los monjes, las arruinadas piedras han venido siendo, a lo largo de los siglos, un polo de atracción religiosa, hasta hoy mismo, en que, entre las ruinas del baptisterio, apartado de lo que fue el complejo monástico, un reducido grupo de peregrinos italianos está celebrando la Misa. Desde San Simón, pasando por otro monasterio arruinado, ni excavado ni guardado, Kirk Biseh, y por las tumbas romanas de Qatura, llegamos a Kalb Lozeh, en las cercanías de la muy custodiada frontera turca. Aquí, casi abandonada, en la inmediaciones de un pueblecito druso, cuyos niños -pobres niños, roñosos y felices- dan en trepar por las piedras, menoscabando lo poco que aún subsiste intacto, queda en pie una iglesia, que según conjeturas estuvo dedicada a los Santos Ángeles, que es de las mejor conservadas de la arquitectura sirio-bizantina, cuyas simples y elegantes líneas prefiguran el románico europeo, pese a haber certeza de haberse levantado incluso antes que Deir Mar Shiman. Cuando en nuestros pagos estaban estableciéndose penosamente los visigodos, aquí la cultura cristiana, tallada en piedra, alcanzaba su apogeo. Invito a comer a mi conductor, en un establecimiento al que él me lleva, en Idlib, no sobrado de precio ni de higiene. Tampoco hay que pedirle peras al olmo. Mientras nos sirven la colación, Faruk extiende su esterilla y se pone a rezar. Le espero y, cuando ha terminado, le enseño mi brujulilla y, haciéndole ver que no ha rezado cara a la Meca, sino cara al Polo Sur, le pregunto si tiene alguna devoción a los exploradores polares. Él ríe a carcajadas y me llama ustaz: profesor. Mientras comemos le pregunto si él es Haj: si ha hecho la peregrinación a la Meca. Me dice, ufano, que sí, y yo doy en presumir de haber peregrinado a Santiago, un pie tras otro, cerca de trescientos kilómetros. Le dejo admirado, claro. Naturalmente él no sabe nada de Compostela, e inquiere si para los cristianos es obligación, como para ellos lo es ir a la Meca. Salimos luego hacia las ciudades muertas. Aunque las hay mayores y menores, quedan cerca de seiscientos enclaves que fueron cristianos y que, abandonados por sus habitantes, no han vuelto a ser ocupados, encontrándose muchos en un sorprendente estado de conservación. De entre ellos, pasamos por Al Bara, Serjilla y Bauda. Los tres me impresionan, pero, más que ninguno, Serjilla. Hasta las calles trazadas se conservan. Aunque ninguna mantiene la techumbre, son bastantes las edificaciones que están enteramente en pie. En la soledad de estas urbes fantasmas la imaginación encuentra verosímil dar con un togado bizantino, o con un legionario, o con un niño vestido con la praetexta, a la vuelta de cualquier esquina. Mejor o peor cuidados, se repiten en estas ruinas relieves con el crismón y con la cruz de cuyos brazos penden el alfa y el omega: ésta exactamente con el mismo diseño que en los edificios ramirenses de Asturias, exactamente igual que, por ejemplo, en Santa Cristina de Lena, posterior a esto en cuatro siglos, eso sí.
 

7 de Agosto.- Son muy baratos los autobuses, a pesar de la abundancia de personal que hace el servicio: el conductor, el ayudante, el que pide los billetes, el que los pica, el que ofrece agua durante el viaje, etc. El autobús que me ha de llevar hasta Damasco sale de un estacionamiento llamado Naano, que no me cuesta encontrar. Regreso pasando por Homs, que no llego a visitar. Dejamos a nuestra derecha Musyaff, el castillo más occidental de los que ocuparon los hashashin, los asesinos: una secta islámica desgajada del tronco chiíta, que tuvo su sede en la remota fortaleza de Alamut, al sur del mar Caspio, acaudillada por un personaje legendario al que, en los años de la Cruzada, se denominó «El Viejo de la Montaña». Para los chiítas, la sucesión dinástica de los imanes terminó en el duodécimo, para los hashashin, en el séptimo. La práctica de estos de liquidar a sus enemigos a traición, por medio de un conjurado drogado con haschís, hizo la vida difícil a los cruzados y también a no pocos caudillos árabes. Con continuidad en el tiempo con el nombre de ismailitas, su actual cabeza visible, Karim Aga Khan, es quien hospedó en su palacio de Chantilly al rey Juan Carlos de Borbón, cuando éste visitó Francia, en este mismo año, para conmemorar el 14 de julio: la fecha en que, con la toma de la Bastilla, se inició el proceso de abolición de la monarquía, que culminaría con el exterminio de los Borbones franceses. Molinetes que da la vida. En Mar Boulos me tiene preparada habitación la amable Sor Pascualina, y allí descanso un rato, para salir luego a comer algo: en este caso, el socorrido Farruj, el pollo, preparado con mayor o menor gracia, pero siempre servido con parsimonia y lentitud. Prisa y comer son dos conceptos que aquí se llevan mal. Por la tarde me acerco a una residencia de monjas melquitas, Deir Ibrahim Khalil, con la esperanza de que Astrid, a quien conocí en Antioquia, haya traído consigo las gafas de sol que allí me dejé. Astrid sí está; las gafas, no: que las disfrute quien las tenga. El trayecto de ida y vuelta, como cuarenta minutos de caminar, discurre por la calle principal del barrio cristiano, en la que es raro que haya tienda, peluquería, restaurante o botica que no exhiban aparatosamente imágenes cristianas, quizá no del mejor gusto, pero haciendo gala de una falta de respetos humanos que yo quisiera para los cristianos españoles y para mí mismo. En ningún sitio tanto como en los países árabes se percibe que los cristianos son la gracia y la levadura de la sociedad. Basta comparar países en los que hay y en los que no hay esa minoría, me apuntará Abuna Romualdo. Y es cierto: el talante cristiano imprime un sello de libertad que beneficia a todo el cuerpo social, sea cual sea el signo político del régimen. Por la tarde, me doy a vagabundear por el zoco. La experiencia del zoco merece vivirse: la muchedumbre multicolor, los tufos penetrantes, el ruido incomprensible, el chalaneo, el aparente caos: Pero, para una vez, o muy de vez en cuando. Cuando se ha regateado en unas cuantas ocasiones, se averigua que el precio es tan fijo como en cualquier almacén occidental, si bien, para determinarlo, se precise perder bobamente el tiempo en un tira y afloja al que no le encuentro ninguna gracia.
 

8 de Agosto.- Palmira es el milagro de una ciudad colosal levantada en el corazón del desierto, en los confines de los partos; es la historia de la radiante reina Zenobia, viuda del regidor romano Odenato, levantada en armas contra Roma, victoriosa y, al fin, vencida, sometida y encadenada en oro; es el corazón de una cultura original, con su propia lengua y su arte peculiar; es la plaza alejada que escogió Fakhr ed Din para instruir a sus ejércitos; es el oasis beduino, rara vez regado por las aguas de un cauce al que un socarrón bautizó con un nombre de resonancias andaluzas: el río grande, Wad al Kebir. Palmira es el mito evocador que ha puesto en movimiento a tantos viajeros curiosos. Y hacia Palmira me voy, en una tartana no demasiado incómoda, adentrándome casi trescientos kilómetros en el corazón del desierto de Es Sham. Palmira es también, a estas alturas del año, un horno: cincuenta y dos grados centígrados, a mi llegada, y un crisol, por el reflejo del sol sobre las piedras, que reduce considerablemente la utilidad protectora del sombrero. Lejos de las ruinas, contrato a un beduino para que ambos nos acerquemos en camello a pasarles una primera revista. Acaso sea bello il passo del camello, pero no es cómodo, y menos con semejante solanera, de modo que, dada una primera gira, me acojo a la menguada sombra del viejo serrallo, que hace de museo etnográfico, en donde su hospitalario director me ofrece un té reconfortante, a la espera de que llegue el custodio que permite el acceso al templo de Bel-Shamin. Visita hoy también las ruinas una muchacha rellenita y coloradota, de Vancouver, que trabaja en un hospital de Abu-Dabi. Encontrar a un occidental es casi como dar con alguien de la familia, de modo que trabamos una conversación amena y divertida. Mi amiga canadiense se interesa por mi salud y se empeña en que me tome una naranja, que devoro, por más que no esté nada fresquita, para reponer azúcares. El templo, grande, pero no tanto como el que se alzó en el Haram esh Sharif de Jerusalén, lo recuerda, por la columnata cuadrada y la edificación central, aunque hubiera diferencias sustanciales. Asombra que, pasados tantos siglos, quede aquí tanto en pie. Huyendo del calor abrasador, ya mediada la tarde, me dirijo a un chiringuito en el que venden objetos beduinos, más o menos artísticos, y ofrecen algo de comer. Cuando estoy terminando, se sientan en una mesa contigua como media docena de muchachos a los que mi aspecto llama la atención. Al poco, uno de ellos, más resuelto, me pregunta si hablo inglés. Le contesto que lo chapurreo, y trabamos una conversación, que se extiende casi dos horas. En este infierno de calor, además de las ruinas y los beduinos, hay dos cosas que no están a la vista: una base aérea y una cárcel de alta seguridad que, a lo que me parece, debe ser la antesala del averno. Mis interlocutores, me cuentan, son hijos de oficiales de la base. Son chicos educados, acaso más que la generalidad de los españolitos de su misma edad. Casi todos quieren estudiar carreras técnicas, y todos tienen puestos sus ojos en emigrar a Occidente. Yo les procuro desencantar, que ni es oro todo lo que reluce, ni en Occidente se atan los perros con longaniza; que lo que corresponde es levantar la propia patria, no emigrar a la ajena. Pero no hay manera: las imágenes remotas de un paraíso alcanzable –entre ellas, el recuerdo acariciado de Al Andalus, la conciencia de las propias carencias y limitaciones, la certeza de que Europa es un campo feraz propicio a ser arado y sembrado por el labrador que más se esfuerce- pueden más que cualquier razonamiento. Se tienta como en ningún otro sitio lo que es ese efecto llamada del que hablan los políticos, la piedra imán que atrae a una inmigración imparable. Me despido de mis amables contertulios y me voy, por primera y única vez en este periplo, a un hotel de calidad. Uniformada recepcionista que habla buen inglés, ascensor que sube y baja –en otros hoteles también los había, pero varados en la planta baja- y una habitación muy digna, con aire acondicionado, baño limpio y televisión por satélite. Hoy me voy a dar el gustazo de dormir cómodamente, para levantarme muy a primera hora.
 

9 de Agosto.- Me lo habían avisado: la mejor manera de ver Palmira no es la que intenté ayer, bajo el sol abrasador, sino el trote mañanero: darse un buen madrugón, como a las cuatro y media de la mañana, y salir con la fresca del desierto, que es efectivamente fresca, diez grados, para pasear sin agobios por las ruinas. Pongo mi despertador a esa hora y a las cinco menos cuarto ya estoy saliendo. Sorprendentemente, el vestíbulo de este nada barato hotel está ocupado por alrededor de una docena de individuos, que duermen sobre la alfombra. Acaso sea el cortejo de algunos oficiales que se han hospedado aquí esta noche. Es, desde luego, ese ingrediente de caos que, cuando menos se espera, condimenta los potajes del Oriente. Salgo saltando por encima de los cuerpos durmientes y, todavía a la luz de la luna, me encamino a pie hacia las ruinas. Voy hasta la zona más lejana, cerca de la loma donde se alza el castillo que, ya arruinada la ciudad romana, construyó Fakhr ed Din, y me propongo empezar desde allí el paseo arqueológico. Pero en las cercanías del castillo hay unas tiendas beduinas de las que me salen un par de perros, sorprendentemente flacos y amarillos. Y aquí estoy yo, que no tengo ninguna simpatía por estos animalitos, riéndome de mí mismo y de mi trance, ciertamente surrealista: arrojando piedras de venerable antigüedad a unos lebreles raros y enjutos, que me ladran como si fuera un fantasma, a las cinco de la madrugada, en la desértica soledad del desierto, y escapando en dirección contraria. Me dejan en paz los chuchos e inicio mi marcha, al compás de las primeras luces, por el campo de Diocleciano, pasando revista marcial al inmenso desfile de columnas vacías que llevan hasta el templo de Baal y que, para mí, sólo para mí, tañen la escala del amanecer en todos sus tonos. No me canso de ver una y otra vez la ruinas. Pero el calor, a eso de las ocho y media, ya empieza a ser recio, de modo que me retiro a mi hotel -de cuyo vestíbulo ya han desaparecido los inesperados durmientes- para darme una última ducha, desayunar, y buscar algún medio de transporte que me devuelva a Damasco. No es comparable al encuentro de Livingstone y Stanley, pero he aquí que, en ese trance de buscar transporte, me cruzo con otro europeo solitario y mochilero que va en dirección contraria, hacia la frontera de Irak. –Where are you from? -From Porto, Portugal. -¡Que alegría, un casi paisano!, ¡y qué bobo, que se empeña en hablarme en inglés! Le presto el pequeño servicio de encaminarle hacia el chiringuito en el que paran las furgonetas que van en su dirección, y tomo la mía, otra vez desierto adelante, por la pista interminablemente vacía. De regreso en Damasco, me parece que el calor es incluso superior al de Palmira. Aprovecho la tarde para pasar por el templo de los caldeos, antiguos nestorianos, unidos a Roma, con sede en lo que hoy es territorio de Irak. Está celebrando la Misa un cura delgadísimo, al que, de puro flaco, la capa litúrgica no alcanza a tapar los dos hombros. Aunque no entiendo nada de lo que se dice, me parece, por los gestos, que su rito difiere bastante del latino: el ofertorio, por ejemplo, se hace nada más empezar la celebración. Desde aquí hasta Mar Boulos queda todavía un trecho, y tomo un taxi. Fijado el precio con el conductor, por el camino me va contando que él es policía y que conduciendo se gana un necesario sobresueldo. Cuando estamos llegando, me exige el doble de lo pactado. Tras días de chalaneo, ya he adquirido soltura y le digo que nones. La conversación sube de tono y mientras él grita en árabe, yo lo hago en español castizo, hasta llegar a asirnos de las solapas. Habla de llevarme a la Polis y yo le animo: -adelante. La cosa acaba en humo, en la puerta de mi destino, que estas peripecias son tan desagradables como intranscendentes.
 

10 de Agosto.- No hay hoy en Damasco más que un franciscano español, pero la vida de esta comunidad está ligada a España por un fuerte lazo de sangre: la que generosamente derramaron los padres Ruiz, Colta, Escanio, Solar, Alberca, Binazo, Fernández y Calanda, martirizados la noche del 10 de julio de 1860. Me cuesta decir adiós a los frailes y a las monjas que tan bien me han tratado. Y a algunos huéspedes, como Pascal, un ingeniero agrónomo francés, hijo de parisina y togolés, que trabaja en Costa de Marfil, en donde conoció a una guapa siria, con la que se va a casar dentro de unos días. Aventuro matrimonio feliz, que se ve que es ella quien manda. Me despido también, con pena, del efusivo Thomas: un sudanés altísimo, de sonrisa cordialmente deslumbrante, que hace de portero nocturno de la residencia, compatibilizando su oficio con el estudio. La familia, el pueblo, de Thomas han sido aniquilados por los musulmanes. Y tratar con él, sabiendo de la tragedia injustamente olvidada que sufren los cristianos del Sudán, es como tratar con alguien que se libró de la persecución de Diocleciano. Me he olvidado de que hoy es viernes, fiesta de guardar para los musulmanes, y me va a ser difícil hacer unas cuantas compras de última hora que me propongo. Salgo a la calle, pregunto, y un cualquiera del barrio se empeña en acompañarme, por la zona cristiana, preguntando de almacén en almacén. Tanta amabilidad abochorna. Ya macuto al hombro, contrato un coche, regateando, una vez más, para que me lleve al aeropuerto. Con apreciarlos mucho, ni el país ni el paisaje me han impresionado tanto como el paisanaje cristiano de estas tierras: marginado, pero militante, dividido, pero ecuménico, de vida difícil, pero fiel. Regreso por medio bastante más cómodo y rápido que el que usó mi amiga Egeria, la monja andariega, señoritinga, audaz y escribidora, que vino desde Galicia el año 383. No parece que le faltara razón cuando, en el trance de su retorno, dejó una nota en la que pedía: «permítame Dios darle siempre gracias por lo mucho y bueno que se ha dignado darme a mí, indigna que nada merezco, pues sin mérito alguno he recorrido todos aquellos santos lugares. Nunca podré agradecer bastante a todos aquellos santos que se dignaron recibir a mi insignificante persona».


 
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