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Altar Mayor - Nº 79 (17)
Lunes, 01 abril a las 20:26:15

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 79 – marzo-abril de 2002

FEMINISMO EQUIVOCADO
Por Juan Mayor de la Torre

La Academia Española de la Lengua ha merecido siempre mi admiración y respeto aunque hace unas décadas pensé que se pasaba un poco cuando decidió que impresionar una película de cine, filmar o rodar, debía llamarse cinematografiar. Si en su último diccionario acoge usos de la calle y admite neologismos populares, en aquella ocasión ni recorría el habla del pueblo ni siquiera consiguió imponernos tan cumplido vocablo.

Desde niños hemos aprendido en el colegio que la concordancia gramatical en género es el masculino cuando aquél es plural, cuando concurren ambos. Esto es común a las lenguas romances. Así, cuando hay hombres y mujeres el plural será hombres. Se dirá caballos cuando nos refiramos a caballos y yeguas; o mártires cuando a mujeres y hombres que dan su vida por la fe. Pero de años acá algunos, demagogos políticos en su mayoría, seguidos especialmente por clérigos, se empeñan en diferenciar ambos géneros. Si en el caso de determinados políticos pocas cosas pueden llamarnos la atención, resulta penoso escucharlo a predicadores que con ello niegan la dignidad que siempre ha merecido la mujer en el cristianismo aunque a veces sus religiones parezcan olvidarla.

En la vida pública escuchamos «médicos y médicas», «carteros y carteras» o «jueces y juezas» cuando no eso de «diputados y diputadas» que, además, suena tan mal. Flaco favor hacen sus dicentes a la mujer cuya categoría y dignidad no requieren de apartadijos ni distinciones excluyentes que más ofenden la realidad de que esta puede ser médico, cartero o juez.

Son muchísimos los predicadores que, borreguiles y carentes de elocuencia o instrucción, antes de dar lectura a un papelito con el que tratan de suplir la necesaria preparación homilética empiezan sus charletas: «Hermanos y hermanas» refiriéndose a sus oyentes (u oyentas) o fieles (y fielas) como cualquier día nos llamarán. Luego vuelven al redil, aunque sólo sea al gramatical, y predican enmienda de pecadores (¿por que no también de pecadoras?) o hacen mención a los seguidores de Jesús olvidando a sus seguidoras, que también las tuvo y tiene. A este paso llegará el día en que escuchemos que el vino de la consagración es «fruto de la vid y del trabajo del hombre y la mujer» o «que será derramado por todos los hombres y las mujeres» porque, es verdad, éstas no fueron excluidas de la redención.

Todo esto tiene difícil solución. He llegado a oír en una destacada emisora de radio que «los conductores y conductoras podrán ser sancionados y sancionadas...».

Hace ya tiempo publiqué en un diario un comentario parecido a este aunque aún no tan fatalista como el de hoy. Reproduzco lo que chuscamente preveía que podía ser aviso fijado en la puerta de un servicio público de salud. Extractado decía:

«Se comunica a todos los enfermos y enfermas que hoy, día 1, festividad de Todos los Santos y Todas las Santas, permanecerá cerrado este dispensario. Los médicos y médicas atenderán tanto a adultos y adultas como a niños y niñas en los servicios de urgencia. Mañana, día de los fieles difuntos y difuntas, la consulta será sólo de 9 a 13 para facilitar a los deudos y deudas de los fallecidos y fallecidas la tradicional visita a los cementerios».

El imaginario anuncio y la práctica real que comento no parecen sino el ejercicio grotesco y «progre» de un feminismo equivocado y zafio.

Pero esto, que sólo era pataleta de escolar con aprobado por los pelos en gramática, temeroso esperpento y clamor por lo que se nos avecinaba, se ha convertido en desolación. Para los cultivadores de tales vicios pronto será posible y hasta obligado hablar de «la ética de los hombres y mujeres públicas».

Defensores de tal dislate me aseguran obsesivamente que la Academia de la Lengua ha hecho público un acuerdo por el que desde ahora los plurales deberán acomodarse ¡a la mayoría del sexo de referencia! Al parecer alguna radio y periódico impreso se han hecho eco de tan bárbaro rumor produciendo la natural confusión. Si hay niños y niñas se dirá una cosa u otra según su mayoría. Si en una manada hay yeguas y caballos, para citarlos habría de contarse previamente el número de cabezas de cada sexo para acertar gramaticalmente. Si en una asamblea sindical hay carteros hombres y carteros mujeres pero éstas son mayoría, el orador debería decir: «¡Señoras carteras!».

La democrática y viciosa afición a las mayorías, de trascender, haría que se perdiese mucho tiempo en computar los censos de asistentes a un acto. Si cundiese el macabro bulo ya me veo al Párroco, antes de empezar la misa, contando el número de hembras y varones para saber qué tiene que decir. Reaparecería sin duda el atrasado concepto de que la iglesia, y aun la Iglesia, son cosa de mujeres.

Harto de rumores y sandeces me he dirigido a la Real Academia y reproduzco su autorizado dictamen.

Quienes amarnos y tratamos de respetar la lengua española, no debemos mostrar dudas ni aceptar perniciosas progresías.


 
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