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Altar Mayor - Nº 80 (17)
Sábado, 01 junio a las 19:34:00

Altar Mayor REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 80 – mayo-junio de 2002

BREVES APUNTES DE UN VIAJE AL ATLAS
Por Luis Fernando de la Sota

Marrakech, Septiembre de 2001

Cuando en la reunión de la Asociación Doncel, José Manuel Cámara planteó su proyecto de un viaje a Marruecos para, tras un recorrido a pie por el Atlas, coronar el pico del M´Agoum de más de cuatro mil metros de altura, pasó por mi imaginación la fugaz idea de que podría ser una bonita aventura para cerrar mi vida montañera. Pero parecía demasiado arroz para mis años, sobre todo teniendo en cuenta que los habituales de estas expediciones son casi unos chavales, auténticos especialistas de la montaña, con veinte o treinta años menos que yo, es decir con la edad de mis hijos.

Pero por curiosidad y dando un poco la respuesta por conocida, al salir le pregunté tímidamente:

-¿Oye, esa marcha, supongo que será muy dura, no?, la respuesta rápida fue:

-Pues sí, será dura, pero tú puedes hacerla, e incluso tu mujer también. Sé que os gusta andar y que soléis hacer frecuentes salidas a la montaña.

No oculto que esa respuesta me halagó y me hizo concebir esperanzas de que tal vez la cosa no fuera tan descabellada como había pensado al principio, y que sí podría realizar mi deseo.

En el viaje que poco después realizó nuestro grupo (grupo que se ha ido consolidando con el tiempo tras hacer juntos el Camino de Santiago hace ya tres años), esta vez al macizo de Gredos y a Extremadura, comenté la oferta y noté que, junto al gesto de asombro y de incomprensión de la mayoría de mis compañeros, a César García Mauriño y a Adolfo Iranzo se les alegraron las pajaritas y me pidieron información sobre el tema. Un mes mas tarde, y aclaradas algunas dudas, dejando claras nuestras limitaciones, y con las bendiciones y permisos correspondientes, más o menos forzados, de familiares y cardiólogos, decidimos realizar el viaje. Las características del mismo, y el no haberse apuntado ninguna otra, desaconsejó la participación de mi mujer, María José, que se quedó con buenas ganas de venir.
 

Sábado15 de Septiembre. A las nueve y veinte de la noche salíamos del Aeropuerto de Barajas un reducido grupo de cinco expedicionarios: José Manuel Cámara como jefe y guía, Manolo Chaparro, un muchacho de la OJE de Salamanca, también experto montañero, tal vez un poco enclenque, con casi dos metros de altura por uno de anchura, César García Mauriño, Adolfo Iranzo y yo, y tras un trasbordo en Casablanca, llegábamos con la diferencia de dos horas, a las once y pico de la noche a Marrakech.

En el Aeropuerto ya nos esperaban nuestro guía bereber, Mohamed, su hijo Omag y el que habría de ser nuestro conductor, con un cuatro por cuatro, que nos trasladó al Hotel Taci, en el centro de la ciudad. Hotel medio, habitaciones compartidas, muy calurosas, sobre todo la nuestra en la que no fuimos capaces de hacer funcionar el aire acondicionado, y un desolador cuarto de baño. Como ya era muy tarde, sin cenar, nos acostamos y nos quedamos pronto dormidos. Todo fue bien hasta las cinco menos cuarto de la mañana, hora en la que dimos un respingo cuando, a toda potencia, el mujadín o muecín ( que en esto no nos ponemos de acuerdo), de la torre-mezquita, la famosa Koutobia, llamaba a los fieles a la oración lo que ya nos hizo difícil volver a conciliar el sueño.
 

Domingo 16 de Septiembre.- A bonne heure, es decir tempranito -aquí todo se hace tempranito-, desayunamos y nos lanzamos a la calle. Lo primero fue buscar una Iglesia católica, posiblemente la única de Marrakech, donde oímos una misa en francés, seguida con mucha devoción por los fieles que llenaban el templo, y en donde me llamó la atención el alto porcentaje de hombres y mujeres de color; a continuación, como era obligado, nos sumergimos en el gran Zoco, ese mundo abigarrado, lleno de colorido y de contrastes donde, desde las primeras compras, pudimos comprobar las habilidades de nuestro guía en el curioso ejercicio del regateo, y manifestar nuestra admiración al ver cómo objetos que costaban un precio, tras muchas conversaciones, entradas y salidas del establecimiento, de fingidas muestras de escandalizarnos mutuamente por las ofertas y contraofertas, vendedor y comprador se daban la mano sonrientes, con un d´acord, o un okey, y cerraban el trato en un treinta o cuarenta por ciento, del precio original.

Tras un baño en la piscina del Hotel, la comida en el comedor del mismo (ensalada y tajin, un plato de patatas y verduras con cordero en cazuela de barro) y un rato de siesta, la escuadra de «ancianitos» intentamos ver las tumbas Saadianas, que no pudimos visitar por cerrar a las 6 de la tarde, a las que llegamos guiados por un solícito moro al que le habíamos preguntado la dirección, y a las que nos condujo a través de un laberinto de tiendas y casas particulares, itinerario que nos tuvo muy mosqueados hasta que vimos la luz del día. Al salir hicimos una curiosa visita a una farmacia, más bien un herbolario, donde otro solícito moro nos ofreció un amplio repertorio de productos, hierbas, polvos y mejunjes para curar toda clase de dolencias y, en especial, se conoce que a la vista de nuestras venerables canas, los que nos garantizaban revitalizar cualquiera de nuestras funciones fisiológicas.

Cortésmente, pero con firmeza, rechazamos todos aquellos potingues milagrosos, dejando muy defraudado a su vendedor, regresando a la gran plaza para, desde una terraza, asistir al típico y tópico atardecer de la Ciudad, entre decenas de turistas armados con cámaras de vídeo y máquinas fotográficas.

Paseamos un rato entre el bullicio y los tenderetes de la gran plaza, donde se mezclan los encantadores de serpientes, los vendedores de cualquier cosa, los chiringuitos de comidas de todas clases, los aparatosos aguadores, los mendigos, los turistas, los contadores de cuentos, o los organizadores de combates de boxeo, en donde pasan primero la gorra para recoger monedas, se supone que para premiar a los ganadores, y donde, tras interminables peroratas que no entendíamos, César les dio unas monedas que hicieron estallar de júbilo al manager que pidió un aplauso al público para él. No nos quedamos para ver quien ganó la pelea.

Cenamos en un restaurante, como no, las consabidas ensaladas y cordero, por segunda vez, y como postre unos riquísimos pasteles que descubrimos en un establecimiento camino del Hotel, que hicieron las delicias de los más golosos.

Ya en el Hotel, anuncio de que nos vendría a recoger el cuatro por cuatro a las 6,30 de la mañana, ya desayunados.
 

Lunes 17 de Septiembre.- En un tanto desvencijado Jeep nos amontonamos los cinco expedicionarios, Mohamed, el conductor y todos los equipajes. Durante casi cuatrocientos interminables kilómetros fuimos dando tumbos, primero por pista asfaltada, luego por pistas de tierra y más tarde por otras de considerables guijarros. Nuestro conductor era una maravilla, conducía con soltura esquivando bicicletas, motos y vehículos con una sola mano, sacaba cigarrillos que encendía sobre la marcha, o accionaba sus manos con vehemencia mientras hablaba en bereber con su compatriota, mientras nosotros conteníamos la respiración al ver los abismos que se abrían a nuestros pies en aquellas curvas y contracurvas de subida por el puerto de Tizi-N-Ticha, sin señalizar y sin quitamiedos. Afortunadamente las ruedas estaban en muy buen estado y era innegable que, afortunadamente, conocía el camino a la perfección.

Al poco de iniciar el viaje cometí el error de procurar sujetar el cristal de la ventanilla con un papel doblado, y el fijar la atención en un punto interior, junto con el traqueteo, me puso el estómago en la boca, con lo que durante casi una hora estuve haciendo esfuerzos por no devolver. Menos mal que una parada para contemplar el paisaje me devolvió la tranquilidad interior.

Algo maltrechos, y con abundante polvo encima, llegamos a un pueblecito llamado El Kelah Magouna, donde paramos para comer (ensalada y verduras con cordero), ¡ya iban tres! Nos detuvimos también en otro pueblecito para comprar provisiones para las jornadas que nos esperaban, oportunidad que César aprovechó para comprarse un horrible pantalón de treaking, confeccionado en China con hermoso dragón bordado en una pierna.

A media tarde llegamos a nuestro primer destino, una aldea llamada Amejgag y tomamos posesión del primer alojamiento en una casa bereber, en la que, tras pasar la cuadra, llegamos a una habitación, la habitación, porque se suponía que era donde la familia tenía su aposento noble, un rectángulo sin un solo mueble, con suelo de alfombras, donde habían colocado unas finas colchonetas.

Una vez instalados, salimos a buscar algún sitio donde poder lavarnos; nos indicaron que a la salida del pueblo había un acequia. Allí nos dirigimos en procesión con nuestros bártulos de aseo, toalla al cuello, seguidos por un enjambre de chiquillos que demostraban que éramos de lo más divertido que había pasado por allí. Al grito de ¡Stiló, Stiló! que resultó ser, ¡bolígrafos, bolígrafos!, grito y petición que se repetiría ininterrumpidamente a lo largo de todo nuestro viaje (parece ser que la mayor satisfacción para un pequeño bereber es un bolígrafo y un caramelo, llegamos al lugar indicado y nos lavamos y adecentamos un poco. César, a quien se le ocurrió afeitarse, fue motivo de divertimiento de los chiquillos que no dejaban de celebrar el hecho como si fuera una sesión de circo. Adolfo, por el contrario, decidió dejarse la barba. Un trabajo y una complicación menos.

Un paseo y un poco de juego de José Manuel con los niños, a los que hacía fácilmente reír con sus gestos y bromas, y de nuevo a la casa a cenar. Sorpresa: la cena era otra vez ensalada y verduras con cordero -¡y van cuatro!- que comimos a estilo moro, en el suelo, servido por nuestro cocinero, Amok, que por cierto era muy bueno. De postre melón y un rico té con menta. Al acostarnos un horrible descubrimiento, que sería la parte más dura y obsesiva a lo largo de nuestro viaje: la toilette era un negro agujero en un no menos negro cuartucho junto a la cuadra, naturalmente sin luz ni agua, ni corriente ni sin correr, donde por la noche, y a la luz de la linterna, había que hacer habilidades para salir con las sandalias limpias. Una vez enunciada y asumida esta dificultad, que no sería la única, procuraré no referirme más a este poco delicado y desagradable tema.

Acostados y con buen humor, porque llevábamos la firme decisión de aceptar con buena cara todas las dificultades e incomodidades que se presentaran en el viaje, acordamos levantarnos a las cinco de la mañana para emprender nuestra primera marcha. No hizo falta despertador, pues sobre esa hora, y como está mandado, nos despertó la llamada a la oración hecha por el muecín del pueblo a través de un altavoz o megáfono casi pegado a nuestra casa.
 

Martes 18 de Septiembre.- Tras un desayuno «continental» (café con leche, pan con mantequilla, queso y mermelada), emprendimos la marcha. Marcha que enseguida advertimos era de tanteo, para que nos fuéramos confiando. Buen camino, en gran parte paralelo a un riachuelo con agradables sombras, para adentrarnos luego por un precioso cañón de altísimas cortadas de rocas, donde pudimos hacernos unas fotos junto a una cascada.

En un momento determinado nos adelantaron nuestros porteadores que en cuatro mulas llevaban el equipaje (tiendas de campaña, colchonetas, cocina, víveres, etc.), a una velocidad endiablada, perdiéndoles pronto de vista.

Cinco horas y media de camino tardamos en llegar a nuestro segundo alojamiento, en Ticki, a 2.242 m. de altura. Peor casa que la anterior, y peores alfombras en la habitación. Como singularidad, en el tejado de la casa, en el que suelen poner los bereberes el grano a secar, y que sirve en ocasiones como dormitorio, una pequeña placa solar y una antena parabólica. Parece que aquella placa les proporcionaba energía suficiente para ver algún programa de televisión.

Allí estaba nuestro cocinero que nos recibió con un agradable te con mucha menta. Unas abluciones en el riachuelo cercano dieron paso a una sabrosa sopa, casi un puré, y una ensalada. La obligada siesta y unas horas de descanso; luego, paseo por el pueblo, contacto con los numerosos niños del lugar, creo que Manolo y José Manuel hicieron su primera colada, y un rato de charla hasta la cena.

Luego una escena que se iría repitiendo a lo largo de nuestro camino cuando parábamos a dormir en algún pueblo: la consulta médico-farmacéutica. Posiblemente la escena cuyas imágenes a mí más me han sorprendido e impresionado de todo el viaje.

Trataré de describirla. Como nuestro guía autóctono ya conocía a José Manuel de otros viajes, así como su condición de farmacéutico, al llegar a un pueblo comunicaba a nuestro anfitrión esta cualidad, por lo que, una vez que habíamos terminado de cenar, teníamos a la puerta esperando pacientemente a una serie de personas de la familia del dueño de la casa o vecinos que venían a contarle sus dolencias. En un país donde no hay seguridad social, y en una región donde el médico más cercano puede estar a cientos de kilómetros, la presencia de una persona con conocimientos de medicina, y sobre todo con medicamentos que ellos no pueden ni soñar comprar, era la ocasión de su vida.

Y en aquella estancia se producía una escena inenarrable, que si no la hubiésemos vivido, parecería sacada de una película. En la oscuridad de la habitación, a la luz de dos velas sobre un par de botes en el suelo, con un grupo de espectadores recostados sobre las colchonetas, nosotros, en un segundo término, y con nuestro guía Mohamed haciendo de traductor, del francés al bereber, y viceversa, iban pasando los pacientes. Hombres, alguna mujer y algún niño, con las más diversas patologías. Fiebres, catarros mal curados, dolores musculares o abdominales, ojos infectados, y en muchos casos otros males imposibles de diagnosticar con una simple ojeada, componían una escena de un realismo y una crudeza increíble; yo no sabía qué admirar más, si la fe de aquellos que acudían a la consulta, o la habilidad y la paciencia de José Manuel para intentar comprender sus males por las explicaciones traducidas y por los gestos y descripciones mímicas de los pacientes, para los que siempre tenía una palabra afectuosa, un esfuerzo de comprensión y un medicamento -traía un macuto lleno desde Madrid- que, como es lógico, no pasaba de un antibiótico, un analgésico, un desinfectante o un antidiarreico.

Esa noche la cerramos con una botella de vino y unos deditos de coñac que alegraron nuestra charla hasta que decidimos dormir.
 

Miércoles 19 de Septiembre.- La segunda marcha, algo más larga y por terreno de mayor dificultad y escarpado, fue también razonablemente llevadera. Duró unas siete horas, y fuimos subiendo de altitud hasta sobrepasar los dos mil quinientos metros. Abajo quedaron los valles fértiles, el paisaje se fue haciendo cada vez más áspero, y los caminos, por pedregosos, menos accesibles. Las pequeñas aldeas que atravesábamos parecían estar excavadas en la montaña, y los adobes de tierra y paja con que estaban construidas se confundían fácilmente con las laderas, de tal forma que eran difíciles de identificar hasta que no estabas encima.

En ocasiones nos cruzábamos con grupos de nómadas que vivían en condiciones aún más miserables, cuidando sus escuálidos rebaños de cabras, acompañados de algún perro, cuyo hábitat eran grutas o sucias y pequeñas jaimas que, según nos explicó José Manuel, hacían una trashumancia de cientos de kilómetros para intentar buscar un poco de verdor para sus animales y poder sobrevivir el cálido verano antes de volver a sus lugares de origen. Me llamaban la atención los perros, porque con independencia de que no era fácil comprender cómo podían subsistir, si sus amos ya era un milagro que encontraran algo que comer, es difícil hallarlos en estos parajes porque al parecer que no son del agrado de los árabes por considerarlos animales un tanto impuros, al contrario que los gatos, que pululan por todas partes (calles, casas, establecimientos e incluso en el Aeropuerto), sin que nadie los moleste.

Así transcurrieron varias horas de camino, atravesando collados y bajando cuestas, contemplando paisajes de una belleza incomparable. De lejos, los distintos rojos de la tierra arcillosa se mezclaban con los verdes del valle, componiendo curiosamente los colores de la bandera nacional marroquí y, para nuestra sorpresa, al acercándonos, pudimos comprobar cómo las zonas verdes no eran de arbustos ni vegetación, sino enormes franjas desérticas, no de arena, sino de rocas y guijarros verdosos.

En las bajadas y en las zonas más propicias, procurábamos distraernos y engañar el cansancio, charlando, contando chistes, entonando canciones de marcha e incluso recitando versos, en lo que destacó César, que suplía su falta de facultades como cantante con una sorprendente memoria para recitarnos largos y entonados poemas.

Hacia el medio día llegábamos a la explanada donde nos habían instalado el campamento. Una tienda puntiaguda para el guía y los muleros, y otra cuadrada para nosotros. Todo bien, salvo que aquella jaima estaba preparada para resguardarnos del sol, pero al no tener faldones, pronto nos dimos cuenta de que si el aire soplaba fuerte y llovía, el agua iba a entrar con absoluta facilidad.

Junto a nuestras tiendas se reunieron unos cuantos nómadas, supongo que para ver si caía algo de comida, así como unos niños con la misma intención pero también con más curiosidad. Les repartí unos cuantos caramelos y unos bolígrafos, que recibieron con grandes muestras de alegría, aunque no comprendo para qué diablos podrían utilizar estos últimos, y José Manuel dio al más mayorcito un pantalón y unas zapatillas deportivas, con lo que su satisfacción fue completa.

A poco de llegar, empezaron a formarse negros nubarrones, a soplar el aire y a caer las primeras gotas. Mohamed, en conciliábulo con José Manuel, nos advirtió de que si al día siguiente hacía malo y la tormenta se generalizaba, la ascensión al M´Agoum se haría difícil si no imposible, por lo que habría que cambiar de itinerario.

Aquello nos fastidió bastante, pues a pesar de que temíamos bastante la ascensión, al menos para mí coronar el pico era la guinda del plato, y sin ella éste, es decir nuestro viaje, quedaba bastante descafeinado.

Nos acostamos lloviendo con el temor de que entrara agua en la tienda que habíamos intentado sujetar con gruesas piedras por fuera y con los equipajes por dentro, y tras tapar con esparadrapo los agujeros de la lona que dejaban pasar chorritos de agua sobre la colchoneta de José Manuel, cenamos a la luz de una vela, y decidimos dormir hasta las 3 y media o las 4 de la mañana para ver el amanecer.

Dormimos poco. Por un lado, la preocupación por el tiempo, por otro, porque la sombra oscura del M´Agoum flotaba sobre nuestras cabezas.
 

Jueves 20 de Septiembre.- Y llegó el gran día. No llovía y los guías nos dijeron que parecía que la tormenta se iba desplazando. Por tanto, con nuestros palos y nuestros macutos de ataque, iniciamos el camino. La subida, a la luz de las linternas, ya que era noche cerrada, la iniciamos a un paso corto y lento, pisando sobre la huella del que iba delante, prácticamente en silencio para ahorrar esfuerzo. Al cabo de una hora fue amaneciendo y pudimos ver dónde pisábamos y el paisaje que teníamos delante.

El paisaje era realmente bonito aunque muy desalentador, pues cuando creíamos que subíamos una montaña razonablemente accesible, enseguida nos informaban que aquello no era el M´Agoum, sino sus estribaciones, y que el gigante estaba detrás. Y efectivamente, al coronar una cima, la imponente silueta del pico apareció ante nuestros ojos a una distancia que parecía insalvable. Decidí no mirar a ningún sitio, ni contemplar las bellezas que nos iba descubriendo nuestro guía. Con la cabeza baja, los ojos fijos en el suelo para buscar los pasos menos difíciles, y atento sólo al reloj comprobando como pasaban los minutos y las horas, fuimos ascendiendo con paradas cada cincuenta y cinco minutos.

El primero, Mohamed, que con un pantalón y un anorak viejo, unas zapatillas más viejas aún y el turbante calado, subía sin demostrar el menor esfuerzo. Detrás José Manuel que nos animaba constantemente; después yo, casi siempre en silencio; tras de mí, Cesar con largas y firmes zancadas; luego Adolfo, con alguna que otra protesta por no hacer más frecuentes las paradas; y cerrando, Manolo, al que tampoco parecía fatigarle mucho la subida y que desde el primer momento se convirtió en el furgón escoba del grupo, subiendo despacio, parando cuando nos veía parar a alguno de nosotros, a pesar de que para él, con su gran envergadura, el andar despacio le tenía que suponer un autentico suplicio. Tal fue su dedicación hacia nosotros durante la expedición, y en especial hacia Adolfo, que Mohamed llegó a preguntarnos, en un aparte, si eran padre e hijo.

Tras cinco horas y media de subida me sentía desfallecer, y los últimos cien metros los hice con paradas de unos segundos seis o siete pasos para coger oxígeno, sin levantar la cabeza, hasta que al fin oí que alguien gritaba, ¡ya, ya está aquí la cima! Efectivamente, coronamos el pico. Las nubes se iban alejando, el panorama era impresionante y el frío considerable. Nos abrazamos riendo satisfechos, y tras rezar un Padrenuestro de acción de gracias, nos hicimos unas fotografías enarbolando la bandera española; descansamos unos minutos, pocos, porque hacia mucho frío, e iniciamos de nuevo la marcha, no la bajada, pues prácticamente seguimos a la misma altura cresteando por un collado puntiagudo con grandes precipicios a ambos lados, pasando junto a otros picos de más de tres mil metros, para luego, ya sí, ir descendiendo hasta los dos mil seiscientos.

Hubo zonas del camino que duraron horas y que fueron más duros que la subida. Algunas bajadas, muy pronunciadas y con frecuentes resbalones, las hacíamos por laderas de pizarra y guijarros sueltos que ponían a prueba nuestros tobillos y en tensión los músculos de las piernas, tensión que se hacía mas acusada en las rodillas. Este terreno era especialmente doloroso para Adolfo, que con unas botas poco apropiadas para este piso, perdía el equilibrio con facilidad y le ponía de un manifiesto mal humor. A lo largo de todo el día, aparte de las paradas reglamentarias para tomar aliento, hicimos un par de descansos: uno para picar de una bolsa con frutos secos que llevaba Mohamed y beber algo de agua, y otro para comer. Alguna de estas paradas, como todos los días, las aprovechaba nuestro guía para, un poco retirado, hacer, inclinado y de rodillas, unos minutos de oración.

Tras doce horas de caminata, llegamos a Tanguich. Allí nos esperaban nuestros muleros con las tiendas preparadas y el consabido te con unas pastas, que comimos con gusto, pues durante el día sólo habíamos tomado unos trozos de caballa en aceite y unos trozos de queso, además de algo de cascajo. Por cierto que, en un momento dado, Manolo suspiró nostálgico por unas rajitas de chorizo y unos vasitos de vino, lo que provocó en mi una sonrisa maliciosamente dado que en una de mis maletas tenía un hermoso estuche con chorizo envasado al vacío así como una botella de vino para tan memorable ocasión, y pensé en darle la sorpresa al llegar.

Pero al llegar la noche nuestro cuerpo no estaba para homenajes. Estábamos fundidos, y precisamente Manolo, por haber cogido frío en lo alto (hizo la marcha en pantalón corto), o quizá por haberse duchado repetidamente con el agua fría del arroyo, tenía una fuerte tiritona y sin pocas ganas de celebraciones. Tomamos, un tazón de sopa, apenas probamos el segundo plato, creo que cus cus, y decidimos dejar la conmemoración para el día siguiente.

Manolo se tapó bien y tomó una pastilla que le dio José Manuel aconsejándole que procurara sudar. A media noche le oí revolverse en el saco. Preocupado le pregunté: «Manolo, ¿que tal estás, cómo te encuentras?». A lo que me contestó con voz queda: «Bien, estoy mejor, pero tengo un hambre. Si pillara el chorizo ese que has traído...».

Viernes 21 de Septiembre.- Nos comunican que posiblemente mañana cambiemos el itinerario dado que las lluvias han dejado intransitable el previsto. En esta ocasión subimos otro collado para ascender hasta los 2.900 metros, bajando luego por unos barrancos que terminaron en otro cañón con paredes altísimas, de unos mil metros, y con algunos pasos peligrosos que íbamos superando bajo la mirada atenta de Mohamed, que nos iba indicando dónde colocar los pies para no resbalar. Tras ocho horas de marcha llegamos a Tasgaiwal, pasando por Georges Ouandrás. El alojamiento, de parecidas condiciones que los anteriores, con la ventaja de que detrás de la casa pasaba una acequia de agua bastante limpia y pudimos asearnos con cierta tranquilidad, incluida la sesión de afeitado.
 

Sábado 22 de Septiembre.- Se confirma que el camino que pensábamos seguir está intransitable para las mulas, por lo que optamos por subir por otro collado para ascender hasta los 2.750 metros, para seguir subiendo y bajando hasta llegar a Tizi-Ait-Imi. Nuestro alojamiento está en lo alto del pueblo y, como de costumbre, no hay agua ni para beber, menos para lavarnos, y por supuesto ninguna para la toilette. Eso sí, contamos con el lujo de un tubo fluorescente en la habitación, un reloj de pared y en un rincón una vieja radio. José Manuel y Manolo, ya recuperado, fueron a por agua volviendo por el camino que habíamos traído, renunciamos los demás ese día a la ducha, lavándonos como los gatos, con un chorrito del agua que nos trajeron.

Hablemos ahora de gatos. Merece la pena reseñar que, como ya he comentado antes, los gatos se pasean por todas partes, lo que a Cesar no le hacen ninguna gracia pues asegura que estarán llenos de pulgas. Mas los felinos no se lo tienen en cuenta, y en cuanto llegamos a algún sitio, sea casa de moro, restaurante o terraza de café, se restriegan contra sus piernas sin ningún recato, o pretenden dormir con nosotros hasta que él consigue echarles de la habitación. Aunque es peor cuando una de las mulas, que cuando dormimos al aire libre dejan sueltas para que liberadas de la carga correteen y se revuelquen a su gusto, en más de una ocasión nos pareciera que le decía alguna terneza al oído través de la lona de la tienda de campaña.

Esta mañana, en el descanso que hicimos sobre las once, junto al tentempié que nos facilitó nuestro guía, sacamos el chorizo y nos bebimos la botella de vino que, con tantas idas y venidas a lomo de la mula, se había estropeado un poco aunque ello no fue obvio para que nos lo bebimos con gran satisfacción.

Por la noche, nueva sesión de reconocimiento médico.
 

Domingo 23 de Septiembre.- Salimos a una hora desacostumbrada, a las 6,45 que era una hora mucho más cristiana en tierra de infieles, e hicimos una marcha bastante cómoda por un valle más fértil de lo acostumbrado y con frecuentes pueblecitos hasta que llegamos a Agasif, un pequeño pueblo al que llega una pista de tierra, con un también pequeño estacionamiento militar, y teléfono. Esto fue casi como llegar a la civilización, sobre todo cuando vimos un tenderete con aspecto de bar, donde había ¡dos mesas y unas sillas! Ávidamente nos sentamos y nos tomamos, unas cocacolas y unos refrescos, no demasiado fríos pero muy pasables, mientras íbamos llamando a nuestras respectivas casas. El placer de sentarse en una silla y apoyarse en una mesa, sólo se entiende tras haber estado una semana obligando a nuestros viejos huesos a desayunar, comer y cenar en cuclillas, sentados en el suelo sin demasiado apoyo o medio tumbados, que lo primero será para los moros muy cómodo y lo segundo tal vez lo fuera para los antiguos romanos, pero para mí al menos resultaba tremendamente incómodo.

No cabe duda de que cuando al hombre más o menos civilizado, le quitan de pronto la silla, la mesa, el teléfono, la luz, los medios de comunicación, el agua corriente, el cuarto de baño, etc. se queda un tanto descolocado y como un poco inerme y desprotegido.

Una vez reconfortados por este regalo, continuamos la marcha hasta llegar a Tagoulit donde nos esperaba la sorpresa de que la casa donde pensábamos pernoctar estaba cerrada, porque su dueño se había caído del caballo y no sabían dónde se encontraba. Así que junto al río plantamos unas tiendas pequeñas para nosotros, y una grande para los bereberes. Al principio nos desconcertó un poco el tema, pero luego nos alegramos, porque el acampar al aire libre era mucho más higiénico y nos daba más libertad.

También nos comunicaron que dos de las mulas y sus correspondientes muleros nos dejaban porque tenían que volver a su pueblo. Aunque tal vez debiera decirlo al revés.
 

Lunes 24 de Septiembre.- Este es nuestro último día de marcha. Tras el recorrido por un valle, con algunas subidas y bajadas, pasamos por dos morabitos, erigidos en dos colinas casi seguidas. Esta especie de mausoleos, unas simples piedras superpuestas en unos casos y otros unas auténticas edificaciones funerarias, se erigen en honor de hombres santos que se han distinguido por una vida ejemplar, y los fuimos encontrando a lo largo de nuestro viaje con cierta frecuencia. Encontramos una pista y, siguiéndola, llegamos a Tabant, pueblo en el que terminaba de nuestra andadura, y lugar donde tiene su casa nuestro guía, Mohamed.

Mohamed es todo un personaje en esta zona y parece ser que, hasta hace poco, una especie de presidente o jefe de varias comunidades del valle. A su iniciativa y buen hacer se debe que su pueblo tenga luz eléctrica mediante a una pequeña central construida aprovechando una caída de agua, que haya llegado el teléfono y que tengan una escuela.

Su casa, una Gîe d´Tápe donde los escasos trotamundos que vayan esta zona pueden encontrar alojamiento, era una edificación modesta de una sola planta, con varias habitaciones numeradas, tipo motel de carretera, con un incipiente jardín cercado y un largo porche. A nosotros nos pareció un palacio de las mil y una noche. Había sillas, mesas, alguna tumbona y, sobre todo, un cuarto con duchas ¡Con agua caliente! Lo dicho, un palacio de fantasía oriental. Una vez alojados, duchados y afeitados, y después de tomar el te con una especie de pestiños que nos hizo nuestro anfitrión, nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo, comprar unas postales y unos carretes de fotos, porque allí sí había varias tiendas, y volvimos a nuestro alojamiento a descansar. En ese momento llegaban un grupo de italianos e ingleses que habían hecho un recorrido en bicicleta por el Atlas y que pronto entablaron conversación con Manolo y Adolfo. Anteriormente José Manuel lo había hecho con una extraño personaje que nos encontramos en la casa al llegar. Se trataba de una francesa de edad intermedia, rubia y de ojos azules, que al parecer vivía allí completamente sola en compañía de los bereberes.

Tras hacer algunas especulaciones sobre lo insólito de su situación, sobre todo al ver la familiaridad con que trataba a los niños de la casa, y a una conversación telefónica con Omag, el hijo de Mohamed, que estaba en Rabat examinándose para guía de montaña, lejos de lo que pudiera parecer a primera vista, se trataba de una rica soltera o viuda, que había recalado en aquellos parajes con la intención de crear una ONG. Sea lo que fuera, lo cierto es que su presencia allí resultaba cuando menos sorprendente.
 

Martes 25 de Septiembre.- A las nueve de la mañana salimos a bordo del 4x4, y tras ver en un pueblecito cercano unas gigantescas huellas de dinosaurio, en una cancha de piedra de composición volcánica, nos dirigimos a D´Ouzoud para contemplar unas enormes cascadas de gran belleza, aunque rodeadas de un entorno bastante sucio. Durante un rato sacamos unas fotos, recorrimos los tenderetes llenos de souvenir para turistas que llenaban los accesos, y comimos en un pequeño merendero lo de siempre. De nuevo al coche, hasta Marrakech, que encontramos engalanado porque dos días después recibía la visita del Rey de Marruecos.

En el Hotel, y en mejores habitaciones que a la llegada, volvimos a disfrutar de la ducha y del aseo, e incluso de un baño en la piscina que nos quitó un poco el olor a mula que tenía toda nuestra ropa. Una hora después, de nuevo a la calle.

Tras valorar las ventajas e inconvenientes, decidimos arriesgarnos y cenar en un chiringuito en la bulliciosa plaza. Lo que allí se ofrecía tenía buen aspecto y parecía muy limpio. Tomamos berenjenas y patatas fritas, pinchos morunos, y algún atrevido hasta una salchichas de pollo. De postre, en otro puesto, unos gigantescos zumos de naranja que hacían a la vista del público. Los golosos, repitieron los pasteles de vuelta al Hotel.

Miércoles 26 de Septiembre.- Por la mañana fuimos a confirmar los billetes de avión para evitar sorpresas. Más tarde recorrimos el centro de artesanía, una especie de bazar donde había de todo. Cuero, alfarería, alfombras, platería y joyería. Algo más caro que el Zoco y con precios más fijos, pero con la ventaja de que los productos tenían una cierta garantía de autenticidad. Hicimos algunas compras y, una tras comer en el Hotel y un poco de siesta, cada uno hizo su vida. José Manuel se quedó en su cuarto, Cesar se fue solo a ver las tumbas Saadianas, Manolo y Adolfo creo que volvieron a comprar y yo me fui a dar una paseo por Marrakech, hasta terminar otra vez en la plaza para contemplar el atardecer en una terraza y tomar un refresco que me cayó como un tiro, y me hizo temer que iba a terminar con problemas digestivos.

Por la noche volvimos a cenar en la Plaza, aunque yo, con mucha prudencia, sólo tomé un poco de arroz blanco y unos pescaditos que estaban muy buenos.
 

Jueves 27 de Septiembre.- Temprano, atravesando el Zoco, nos dirigimos hacia las afueras de Marrakech con intención de visitar el barrio de curtidores que nos dijo José Manuel que merecía la pena verlo.

Como aquella zona era un laberinto, le preguntamos a un moro que enseguida se ofreció a acompañarnos esperando la correspondiente propina. Esta visita nos puso en contacto con la parte mas sórdida y miserable de aquella ciudad que nada tenía que ver con la cara amable que presentaba el centro.

Por entre unas sucias y estrechas callejuelas nos fuimos alejando de la ciudad atravesando casuchas cada vez más pobres y malolientes, hasta que en un momento determinado nos encontramos en un vertedero en el que, niños y viejos, rebuscaban algo que comer o que pudiera tener alguna utilidad. El olor era pestilente, pero no era nada comparado con el que nos esperaba.

Poco después llegábamos a una de las fábricas de curtidos. A la puerta nos ofrecieron un ramito de menta o hierbabuena, para que, aspirando su olor, pudiéramos aguantar el hedor que salía de establecimiento. En una parcela, varias pequeñas piscinas donde hombres y casi niños apaleaban y rascaban pieles de camello, de cabra y de oveja, metidos hasta más arriba de las rodillas en unas sucias aguas que después nos dijeron estaban tratadas con diferentes tipos de estiércol, especialmente de paloma. Las imágenes y el olor me recordaron la narración de Sinué el Egipcio cuando le mandan a la ciudad de los muertos a embalsamar cadáveres. Tras recorrer aquel nauseabundo negocio, nos pasaron a una tienda contigua donde aquellas pieles habían tomado ya el aspecto de bellas alfombras, bolsos, zapatillas y mil cosas más, de singular atractivo; pero no podía quitarme de la cabeza ni de la nariz el proceso para llegar a tanta preciosidad. No compramos nada, salvo Adolfo que picó con unas babuchas.

Volvimos de nuevo al Zoco. En algunas callejuelas ancianas en cuclillas recostadas contra la pared ofrecían sin esperanza su triste mercancía. Apenas un par de tomates y unos pimientos, o unas cebollas y unas pocas patatas. En un momento determinado observo como José Manuel se agacha y le compra a una de ellas todo lo que tiene, y no sé quién se asombra más, si ella al recibir unas monedas o un ciego al que a continuación entrega José Manuel la pequeña bolsa que, tras palparla desconfiado, guarda contento en la capucha de su chilaba. Hoy hemos conocido otra miseria, la urbana, más dura posiblemente que la rural.

Regresamos al Hotel, preparamos las maletas y nos fuimos al aeropuerto. Trasbordo en Casablanca y llegada a Madrid para fundirnos en un abrazo con nuestros familiares.

Hemos vuelto cansados, tal vez un poco maltrechos, pero felices por haber hecho realidad nuestro deseo. Cada uno de nosotros habrá sacado de este viaje su propia experiencia personal. Por lo que a mi respecta, he vuelto con un sentimiento agridulce. Por un lado la satisfacción de haber compartido doce días con estupendos amigos y camaradas; y no olvidaré el alegre recuerdo de las marchas, de las mil y una anécdotas, de la llegada a la cima del M´Agoum, los incomparables paisajes, los cielos estrellados, el silencio de las montañas, recorriendo unas tierras que parecen haberse detenido en el tiempo quinientos años atrás; por otro... junto a tanta belleza y tantos ratos felices, la tristeza de tanta miseria. Tierras resecas a las que difícilmente les llega el agua. Matojos de tejos que se arrancan de raíz, aumentando la desertización, para poder calentarse mínimamente. Casucas míseras, donde conviven personas y animales en condiciones durísimas. Mujeres, algunas casi niñas, que acarrean durante kilómetros, fardos de leña, de sesenta o setenta kilos. Familias que carecen de casi todo, con una escasa esperanza de vida y que consideran un auténtico lujo lo que nosotros, miembros de la sociedad civilizada occidental, tiramos o derrochamos. Y los ojos de los niños. Esos ojos negros, grandes, asombrados, unas veces chispeantes, otras tristes e interrogantes, que parecen hacernos un permanente reproche que tampoco creo que se me olviden fácilmente.

 
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