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Altar Mayor - Nº 81 (15)
Jueves, 25 julio a las 18:05:37

Altar Mayor REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 81 – julio-agosto de 2002

Filatelia 2002
LOS HOMBRES DEL DUQUE DE AHUMADA
Por Joaquín M. Pavón

Hasta los pueblos más remotos de la piel de toro se sintieron familiarizados con la presencia de unos hombres que, haciendo del honor su divisa, imbuidos de extraña fe, tocados con el charolado tricornio, arma al brazo y nobleza en el corazón, acudían en ayuda y auxilio de quien los necesitaba o perseguían sin cesar, calladamente, sin timbres de gloria, al perturbador del orden y la paz pública. De día y de noche con frío o con calor, a imagen y semejanza de caballeros andantes, con el imperativo virtuoso de un nuevo sentido de vida al servicio del prójimo y de la Patria, los guardias civiles han dejado -a pesar de tempestades y borrascas- una solera, tan profunda y recia, que al hablar y pensar en las cosas de España, no podemos dejar en olvido nuestra más representativa Institución.

Por la prensa nacional nos enteramos que el viernes 10 de mayo, en la Plaza de Oriente de Madrid se celebró el 158 aniversario de la Guardia Civil.

Según parece el Gobierno quiere potenciar la Benemérita y a través del nuevo Consejo Asesor de Personal quiere «abrir» el instituto armado a la «realidad». Pues bien, desde estas páginas de Altar Mayor, nosotros también nos queremos sumar a esta nueva andadura, y por eso escribimos estas líneas con nuestro afecto y particular homenaje a ese importante colectivo que tantos y tan grandes servicios ha prestado a España.

Previamente hubo un homenaje a los agentes que dieron su vida en acto de servicio y posteriormente se celebro un desfile. Entre los efectivos se distinguían, por su elegancia, varias mujeres guardias civiles que lucían el uniforme de gala.

En la creación de la Guardia Civil jugó un papel importante el general Narváez, a la sazón presidente del gobierno, quien fue su gran protector; pero su forjador fue el II Duque de Ahumada y Marqués de las Amarillas, don Francisco Javier Girón de Ezpeleta, mariscal de campo, hombre que, al decir de un coetáneo, «parecía tallado en dura piedra, aunque no estaba ausente de su rostro la sonrisa». Uno de los primeros decretos que firmara Isabel II es el de la fundación de este cuerpo, calificado por Pérez Galdós como un «ser grande y eficaz y de robusta vida», con el fin primordial de concluir con la plaga del bandolerismo. Su puesta a punto originó prontamente en el ambiente nacional una corriente de admiración tal que en 1858 se publicaron en Madrid tres importantes obras apologéticas acerca de sus jóvenes y ejemplares episodios y sus incontables rasgos sublimes. Sólo catorce años habían sido suficientes para que escritores y comentaristas, filósofos y poetas, le dedicasen atención preferente. José Antonio Primo de Rivera, en un emotivo artículo titulado El milagro de la Guardia Civil, dice: «Así, mientras unas instituciones caducan y otras no medran por falta de perseverancia o de solidaridad, la Guardia Civil sigue como siempre, no mejor, ni peor, sino perfecta. Es un milagro: el milagro de la Guardia Civil. No es que la Guardia Civil haga milagros, sino que es un milagro en sí misma».

Durante el Alzamiento Nacional fueron tres los episodios de más resonancia: el sitio de Oviedo, el asedio del Alcázar de Toledo y la gesta del capitán Cortés en el Santuario de la Virgen de la Cabeza. En todas fue la Guardia Civil contingente resolutivo: 65 por 100 de defensores en Oviedo, 56 por 100 en el Alcázar, además de la totalidad de los defensores del santuario. Por otra parte, en Tocina (Sevilla), su puesto -un sargento, un cabo y cinco guardias- ganaba con su lucha quimérica una de las primeras laureadas concedidas en la Cruzada.

No se puede hablar de la Guardia Civil y olvidar al General Rodríguez Galindo. En estas últimas líneas queremos expresar nuestros mejores deseos para que el Tribunal Constitucional, que debe decidir sobre el recurso que admitió a trámite por posible vulneración de la presunción de inocencia, dicte resolución favorable. Las posibilidades de defensa de Rodríguez Galindo no han concluido aún. Lástima que el Ministro de Defensa, de una forma precipitada y torpe, haya expulsado del Cuerpo y despojado de su condición de militar, al General más condecorado por su lucha contra el terrorismo.

Asimismo deseamos fervientemente que se normalicen las relaciones entre los dos Cuerpos de Seguridad del Estado, Guardia Civil y Policía Nacional, en aras de una coordinación más eficaz. A nuestro juicio ambos cuerpos deberían estar dirigidos, desde la cúpula, por profesionales salidos de sus propias filas y no por políticos inexpertos.


 
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