Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 81 (14)
Jueves, 25 julio a las 18:09:30

Altar Mayor REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 81 – julio-agosto de 2002

Retazos de una novela histórica, 1931/1934
EL 15 DE ABRIL
Por Mario Tecglen

Pasó el 14 de abril, primer día de la II República. Y el siguiente, día 15, fue declarado por el reciente gobierno: Fiesta Nacional.

En la Plaza Mayor desmontaron de la Casa de la Panadería la corona real (Más tarde colocarían una corona republicana). Y por doquier se respiraba el aire triunfal y el júbilo de la jornada anterior.

Hacía una tarde magnífica y D. Ernesto decidió salir dando un paseo hasta el Café Universal.

Durante décadas, este café de la Puerta del Sol había sido punto de reunión de autores de cuplés, músicos y cupletistas. Pero en 1931 la reunión se había reducido a una selecta tertulia de amigos en la que se debatían temas culturales y políticos. Y allí se desplazó con la esperanza de encontrar algún contertulio y comentar los grandes acontecimientos de la víspera.

La Plaza Mayor estaba impregnada de una dorada luz primaveral, algo distorsionada por la caída de la tarde, y al caminante le vino a la cabeza un pensamiento a propósito de Ramón Gómez de la Serna:

«Madrid es la ciudad de la luz sensible..., luz espacial; presencia enternecida».

La villa mostraba en sus fachadas y en sus gentes una imagen elocuentemente festiva. La mayoría de los balcones estaban adornados con colgaduras tricolores y muchos escaparates ostentaban en lugar preferente el retrato de los militares Galán y García Hernández, los héroes de Jaca, fusilados en 1930 por levantarse contra la Monarquía.

En la esquina de la Calle Mayor con la del Siete de Julio, el Bar Mayor estaba cerrado. Parecía ser que los manifestantes del día anterior tomaban café y se marchaban sin pagar. Enfrente, sin embargo, se encontraba abierto e iluminado el Café de Platerías, clásico y grandioso, con fachadas a la Calle Mayor y a la Plaza de Herradores. En él se veía mucha gente con aire festivo consumiendo y charlando tranquilamente.

A la derecha, la armería Azurmendi había barrido todas las escopetas y rifles del escaparate y sólo se veían cañas de pescar. Más adelante, la Frutería Real estaba cerrada y con el rótulo arrancado, incluso unas letras doradas colocadas directamente sobre un costado que decían: Proveedores de la Real Casa.

Durante su paseo, ante tanta ostentación republicana, le preocupó la unidad de España. La Corona simbolizaba indudablemente esa unidad, ejerciendo una clara función integradora, y ahora temía que las libertades republicanas fueran aprovechadas por los separatistas para acabar con ella.

-Sin embargo -reflexionaba-, hay que admitir que el mundo evoluciona. Y si con la República se consiguiera crear ese sentimiento de solidaridad nacional preconizado por los grandes pensadores, como Maeztu y Vázquez de Mella, por el que, respetando la pluralidad de las regiones, nos sintiéramos todos hermanados, con las clases sociales en su justo lugar y los bienes repartidos equitativamente, podría ser la gran solución para una pacífica y prolongada convivencia entre todos los españoles.

La Puerta del Sol estaba especialmente engalanada de banderas: el Café Lisboa, el Comercial, el Oriental, el Instituto Reus, el Café de Levante, el Universal, el Hotel París,... Y en el Ministerio de la Gobernación, izada sobre un mástil inclinado, lucía una magnífica enseña tricolor.

Ya dentro del Café, se dio de narices con el veterano camarero Agapito, anarquista consumado que, con auténtico recreamiento, le canturreó:

«No se ha ido que le hemos barrido...».

D. Ernesto pasó de largo sin saludar y, atravesando totalmente aquel vasto salón de espejos biselados, divanes rojos y gruesos apliques de latón; subió por la escalera de caracol situada al fondo, bordeó las mesas de billar, y se fue directamente al rincón, pegado al gran ventanal, en el que se reunía la tertulia.

Alrededor de la gran mesa redonda, aunque aún era algo temprano, sólo estaba D. Satur, un terrateniente de Talavera de la Reina, muy apegado a la España tradicional, que poseía una finca de más de mil hectáreas con monte bajo y algo de madera, más otras varias con pequeños regadíos en la ribera del Tajo. Todas ellas las tenía convenientemente arrendadas y ello le permitía vivir holgadamente de las rentas.

D. Saturnino Alía, el clásico ricachón de pueblo grande, no podía ni oír hablar de la Reforma Agraria, uno de los principales objetivos de la República. Y la promesa de Abolición de la Propiedad, plato fuerte de las consignas marxistas, le producía un irresistible dolor de barriga. Iba impecablemente vestido. Y su edad era bastante superior a la del resto de los contertulios, por lo que todos le dispensaban un cierto respeto.

-Caramba Ernesto, encantado de verte -exclamó al instante-. Estoy, a la vez que asqueado, muerto de miedo. Por debajo de mi casa pasaron ayer auténticas hordas, con el olor a cloaca de las casuchas pegadas al Manzanares, gritando obscenidades contra la pobre Reina:

¡Viruta, viruta...!

-Creo que ni Alcalá Zamora ni los demás politicastros van a ser capaces de dominar a esa gente. Y, si eso es así, a ti y a mí nos apiolan.

D. Ernesto, como ya se sabe, se encontraba altamente preocupado por la situación; sin embargo, no era el momento propicio de transmitirle la angustia a su viejo amigo y trató de aliviarle:

-Estoy tan confundido como pueda estarlo Vd. Pero no tan pesimista. De lo único que estoy seguro es de que estamos en el comienzo de una nueva época. Se avecina un cambio sustancial y tendremos que adaptarnos a nuevos tiempos en los que, a mi juicio, son efectivamente los libertarios de extrema izquierda los que tendrían que aceptar, al menos de momento, el «marco de convivencia» que representa para todos los españoles la República Democrática que ha comenzado su andadura.

Justo San Miguel, joven abogado, alférez de complemento del Cuerpo Jurídico Militar, militante activo de Unión Monárquica Nacional y miembro del Ateneo Madrileño, se acercaba a la tertulia mientras atravesaba despacio la sala de billar vacía y escuchaba lo que estaban hablando.

-Bien venido Justo -le dijo Ernesto nada más verlo-. Estaba comentándole a D. Satur...

-He oído lo que estabas comentando -interrumpió el recién llegado-, y deseo expresaros a los dos que lo que aquí se ha perpetrado es un «golpe de estado» en toda la extensión del concepto. Se ha vulnerando la Constitución, el Poder Legal y todas las leyes y acuerdos internacionales. Se han apoderado de España. Y, tristemente, creo que el principal culpable de esta situación ha sido el Rey al abandonar la Corona que le fue legada por la Historia, cuando su deber era defenderla con todos los medios a su alcance. Y, en todo caso, convocar por los cauces constitucionales las soluciones pertinentes.

-Esto no puede quedar así –continuó-. En mi partido ya se están diseñando las estrategias para salir al paso de toda esta farsa y volver a la España Tradicional. Pero, ¡ojo!, presidida por una Monarquía enérgica, decidida y... hasta revolucionaria si se quiere.

-Yo, querido Justo -argumentó Ernesto-, no sé que pensar. No olvides que nuestra Monarquía lleva aparejada un largo entendimiento con las familias de apellidos que, montadas en el machito y en cierta complicidad con el clero, no van a aceptar de ninguna manera que las cosas cambien. Creo que la decisión de nuestro monarca de abandonar, ha nacido al comprender que la Corona era incompatible con ese cambio, tan profundo como necesario, que nos has perfilado.

-Sí, pero no puedes pasar por alto que en las elecciones municipales del 12 de abril, una mayoría, escasa, pero mayoría al fin y al cabo, votó Monarquía y no República. ¿Qué dices a eso?

-Ante esa realidad no sé qué decir, pero no quita un ápice a todo lo que te he dicho antes. Cómo expresé ayer a mis hijos, creo que estamos en el umbral de una revolución social imparable que arrollará todo lo que se le ponga por delante. No lo olvides. Y nosotros, tus amigos, no quisiéramos verte arrollado. Lo mejor que puedo aconsejarte, desde mi mayor edad y experiencia, es que te dediques a patear tus montañas –Justo era un amante apasionado de la montaña- y, como el proverbio árabe, esperes a que pase por tu puerta el cadáver de tu enemigo.

Inesperadamente apareció ante ellos Juan del Río, médico siquiatra, libre pensador, ateneista y antiguo líder de la FUE (sindicato estudiantil de izquierdas).

-Pero hombre, Juan -le dijo D. Satur–, no sabes lo oportunamente que apareces. Estoy muy preocupado con los acontecimientos. Ya les he dicho a Ernesto y a Justo que si el gobierno no es capaz de parar los pies a los comunistas y anarquistas que se han hecho los dueños de las calles, al menos a mí, me liquidan. ¿Tú que opinas?

-Pues, al respecto, deseo expresaros a los tres, pero sobre todo a Vd., D. Satur, que ni tengo miedo a los libertarios ni creo que exista una razón fundada para tenérselo.

-Los anarquistas y comunistas –continuó- que pretenden convertir la reciente República Democrática en una república libertaria al estilo de Moscú, son una minoría que podría alcanzar una reducida representación en el Parlamento. Y he luchado con todas mis fuerzas, primero desde la FUE de medicina y ahora desde el Ateneo, para llegar a este momento de soberanía popular en el que sólo la mayoría parlamentaria será quien establezca las pautas de convivencia. Espero y deseo una República Democrática de Trabajadores, con las clases mucho más aproximadas, sin prebendas, sin hipocresía, con una eficaz presencia sindical y una exquisita sensibilidad respecto a la Justicia Social.

-¡Pobres ilusos! –terció Justo San Miguel–. Perdóname Juan, pero todo lo que nos has manifestado, que demuestra una plausible buena fe, me parece una formidable utopía. ¿Crees, Juan, de verdad, que el marxismo, en todas sus formas hispanas, va a respetar las mayorías parlamentarias? Creo, desgraciadamente, que los marxistas nos impondrán a todos, y por la fuerza, su República Libertaria; y, si no, tiempo al tiempo.

-Amigos todos –replicó Juan del Río–. Creo que el camino de España y de los españoles, hoy por hoy, no puede ser otro. No puedo, efectivamente, aseguraros que los marxistas no intenten implantar por la fuerza su República Libertaria; lo que sí creo y espero es que el Gobierno Democrático, elegido por la mayoría, sabrá imponer las reglas del juego con el rigor necesario. Quisiera que considerarais que la República Democrática somos todos y, en consecuencia, dejadme que os pida un poco de fe en el sistema para conseguir, entre todos, ese «posibilismo» planteado por Castelar, con aquel brillo dialéctico que le caracterizaba.

Justo, eludiendo elegantemente el debate, se despidió correctamente y, con cierta precipitación, abandonó el local. Ernesto, al poco rato, se despidió también de un D. Satur preocupado y de un Juan del Río quizá demasiado seguro de sí mismo, para volver a su casa de la Plaza Mayor atravesando por la calle Postas.

-Me preocupa Justo –pensaba mientras caminaba-. Se le advierte demasiado indignado. Y los monárquicos de su entorno le van a involucrar en situaciones de máximo riesgo. ¡Ojalá me haga caso!

Pasó por delante del popular Bar Picadilly, en la esquina con Esparteros y, más adelante, por la Posada del Peine, antiquísimo establecimiento que ya existía con idéntico título el Dos de mayo del Madrid Napoleónico. Entró en la pequeña calle de la Sal y, dejando a su derecha la Antigua Relojería y el espléndido comercio de Plata Meneses, penetró y atravesó la Plaza, ahora sin caballo y sin corona, hasta su casa.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: