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Altar Mayor - Nº 81 (8)
Jueves, 25 julio a las 19:16:32

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 81 – julio-agosto de 2002

LOS CELADORES DEL ISLAM
Por Martín Quijano

Vivimos tiempos de consciencia acerca de lo que supone el Islamismo, como consecuencia de la gran salvajada del 11.09.01. La opinión pública occidental se ha encontrado con el vecino que lleva ahí, al lado, catorce siglos, y del que nos habíamos olvidado en el último siglo, pese a lo que ha supuesto una fricción y conflicto permanente durante los otros trece. La repercusión pública de esa salvajada, junto con la actividad suicida de algunos palestinos, ha provocado tal impacto que han desaparecido las clásicas alianzas y estrategias nacionales, para convertirse en organizaciones de lucha contra el terrorismo. EE.UU. que se ufanaba, con razón sobrada, de su invulnerabilidad nacional, ha pasado a asumir el papel de liderar, con el protagonismo que sea preciso, la lucha internacional contra el terrorismo.

Porque la toma de consciencia de que hay que considerar el Islamismo se matiza automáticamente con la posición de que el enemigo es el terrorismo, no el Islamismo. Se admite que éste origina aquél, pero no que aquél sea éste. Es decir, se toma especial cuidado en advertir a quien sea, que el terrorismo es sólo una expresión alocada, deformada y separable del Islamismo. Y todos los responsables políticos se ocupan de dejar bien claro esa distinción en cualquiera de sus intervenciones públicas.

Existe una tradición de respeto entre los cristianos por el aspecto más explícito del Islam: La falta de respeto humano de sus seguidores en alabar a Dios y adorarle en cualquier ocasión que consideren conveniente, prescindiendo de cualquier condicionamiento del entorno. Repetidamente se producen quejas en ambientes cristianos, pidiendo para los fieles un sentimiento similar de la Trascendencia, sin dejarse condicionar por un ambiente indiferente, cuando no hostil, al sentimiento religioso. Se trata de un curioso sentimiento de inferioridad ante una fe que no sólo no se comparte, sino que se combate. Quizás sea un tema a estudiar por qué los creyentes que tenemos a Dios corporeizado (como Hombre en un momento histórico, y con forma de Pan y Vino en todo momento) seamos los que mostramos actitudes de menor respeto a la Divinidad. Los mismos musulmanes se preguntan cómo se puede congeniar la creencia en que Dios está en nuestros Sagrarios con el hecho de las Iglesias estén vacías, o haya creyentes que no se postran ante él.

Es decir, tenemos un antagonismo religioso, con muy escaso trasvase de fieles de uno a otro credo, pero un respeto por actitudes personales de los creyentes. Y un factor diferencial, hoy importante, entre las dos partes de ese antagonismo: En el lado musulmán está sofocada la voz de los no creyentes, pues toda la Sociedad se manifiesta creyente, pero en el mundo cristiano la situación es casi inversa. En nuestro caso, los increyentes se han impuesto en el dominio de la opinión pública, hasta el extremo de silenciar la opinión de los creyentes. Esa imposición no sólo ha conseguido dominar la opinión de estos últimos, sino relegar ésta al dominio privado, con el alegato de que la convivencia social debe edificarse sobre normativa ajena a la Religión, ya que ésta no tiene aceptación absoluta por parte de todos los ciudadanos. Y los creyentes cristianos lo acatan, aceptando la postergación social de su fundamento esencial como persona.

Esa aceptación plantea situaciones absurdas: Los increyentes de la sociedad antes cristiana respetan más otras religiones que la que fue de sus padres. Están dispuestos a aceptar la exigencia de los inmigrantes a recibir educación de su religión a costa del Estado, pero combatirán la educación cristiana a costa del mismo Estado. Llenarán los periódicos de artículos y comentarios elogiando el derecho de los musulmanes a sostener sus criterios éticos o morales, pero combatirán cualquier intento de corregir leyes civiles en función de criterios cristianos. Elogiarán y pondrán como moda elegante las religiones orientales de anulación de la persona, y combatirán la religión cristiana que edifica el concepto de la persona como hijos de Dios. Con sus actitudes demuestran que están inmersos en ese mismo aprecio de la persona, como base de su cultura, pero niegan toda ligazón con la religión de sus padres que estableció esa base cultural.

Y, sin saber nada de Islamismo, se preocupan de disculparle de cualquier responsabilidad o fundamento de los actos terroristas. No importa que los terroristas proclamen abiertamente su fe, como motivo y fundamento de sus actuaciones, los celadores del Islam en Occidente se ocuparán de desmentirles, advirtiendo a sus vecinos que el Corán no justifica esos actos. Quienes no sabemos nada sobre el Corán, por considerar que es una tarea erudita, no nos interesa, quedamos sorprendidos al atender a dos posiciones encontradas sobre el tema: La de quienes se ocupan de transcribirnos párrafos del mismo exhortando a la violencia contra los infieles y la de quienes se ocupan de transcribirnos los párrafos que exaltan la amabilidad.

Resulta interesante el hecho de que se pueda establecer una identidad entre estos últimos, favorables a la parte amable del Corán, y los agnósticos, combatientes contra la Religión Cristiana. Es fácil establecer esa identidad, sin que sea preciso aportar prueba de ello aquí. Ello demuestra que la Civilización Cristiana ha creado un tipo humano subversivo, que exalta a los adversarios de la misma y la combate con insistencia. ¿A qué se debe ese «mal parto» de criaturas que combaten la fe de sus padres y encomian la del adversario?

Se trata de una situación de acoso a lo propio con comprensión a lo ajeno. Pero, además, a lo ajeno que nos combate con determinación o, incluso, saña. Pudiera parecer que quienes la protagonizan fuesen propensos a cambiar de religión, pero hay razones para dudar de ello, pues habitualmente se proclaman increyentes esenciales, ateos. E incluso albergan la idea de transformar en un futuro los hábitos o actitudes que ahora disculpan (represión de la mujer, fundamentalismo exaltado, acatamiento absoluto al Libro, vehemencias populares, violencia, etc.). Es decir, confían en «civilizar» el Islamismo de igual modo que pretenden haberlo procurado (de hecho, pretenden haberlo conseguido) con el Cristianismo. En otras palabras: confían en que aguarán la fe musulmana de igual forma a como pretenden haber aguado la fe cristiana. Se proclaman defensores de la Ilustración y combatientes de las tinieblas religiosas, pero de momento defienden la religión musulmana.

Debe ser que la consideran más domable o menos peligrosa para sus propósitos que el Cristianismo. Tienen un serio problema personal, porque son cristianos aunque se nieguen a ello. Aunque lo ignoran.


 
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