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Altar Mayor - Nº 81 (7)
Jueves, 25 julio a las 19:19:26

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 81 – julio-agosto de 2002

EL BARROCO: UNA CLAVE PARA LA IDENTIDAD IBEROAMERICANA
Por
Alberto Buela

Dado que las identidades de los pueblos que conforman este pluriverso que denominamos mundo tienen distintos accesos interpretativos por ser ellos mismos no algo unívoco sino análogo, hemos optado en esta oportunidad abordar el tema de nuestra identidad bajo la clave del barroco.

El término barroco deriva del término portugués que indica una perla no perfectamente esférica, significando por lo tanto algo irregular y diferente de lo común.

El concepto de barroco no se limita sólo al arte y la literatura sino que posee la amplitud de una cosmovisión, por ello tampoco se circunscribe al siglo XVII sino que pude extenderse a diversos momentos históricos.

La época helenística, a la que contribuyeron las nuevas condiciones políticas y sociales originadas por las conquistas de Alejandro Magno, puede ser caracterizada como barroca. En el imperio entraron en plano de igualdad griegos y bárbaros, idea inconcebible en Aristóteles, su maestro. Florecieron otros centros culturales, además de Atenas, como Alejandría, Pérgamo y Siracusa. Aparecen dos nuevas escuelas: el epicureísmo y el estoicismo, pero las controversias permanentes entre ellos y con los académicos hace aparecer el eclecticismo que prevalece durante todo el siglo II a.C. A partir de allí comienza un fuerte influjo de las religiones orientales que termina en el denominado sincretismo alejandrino, llegando así la filosofía griega a su nivel más bajo.

El barroco, que aparece en el siglo XVII, es la tercera síntesis luego de lo románico y lo gótico, se enfrenta con el clasicismo. En Europa fue la expresión de la cultura católica renovada en el Concilio de Trento, también conocida como Contrareforma. Se manifestó en la difusión de los valores sensibles en la vida religiosa: el culto a la eucaristía, a los santos, a la Virgen, todo lo cual provocó un impulso del arte religioso.

En arquitectura se destacó la gran riqueza ornamental y la columna en espiral con coronación de ramas y guirnaldas, denominada salomónica (Bernini).

En pintura la movilidad de las formas y la expresividad de las emociones en los personajes (Diego Velázquez, Rembrandt, Rubens, Caravaggio).

En escultura busca la expresión de los movimientos y el contenido teatral de los grupos(Bernini).

En literatura los autores del siglo de oro español y sus pinturas de la vida. Su fin es conmover (Quevedo, Cervantes, Góngora, Lope, Calderón, Tirso).

En la música se destacan los giros melódicos; como instrumentos se destacan el órgano, la clave y el violín y como formas musicales el oratorio, la cantata, la pasión, pero sobre todo, la ópera que implica representación escénica. Como autores tenemos a Bach, Haendel, Vivaldi.

Es sabido que el descubrimiento de América coincide con el comienzo de la modernidad, pero lo característico de ésta en nuestras tierras es que en realidad es una tardomodernidad. De modo tal que la modernidad la tenemos que redefinir desde América.

Hemos desarrollado una modernidad no capitalista porque estamos constituidos por un mundo cultural diverso y distinto al de la racionalidad y sensibilidad iluminista. Históricamente Iberoamérica tomó un camino diferente al resto de Occidente desde su inicia en el siglo XVI.

Nuestro ethos fue fijado de una vez y para siempre por el ethos barroco, que posee otra racionalidad y otra sensibilidad que procede del mestizaje indoibérico, que nos determinó en lo que somos.

En América el barroco potenció la valoración de lo autóctono en el arte, donde se destacaron los imagineros hispano-criollos de raíz católica, y en la expresión política se destacó la defensa de lo propio a través del Estado–Nación de carácter paternalista (Rosas en Argentina, Portales en Chile, Madero en Méjico, García Moreno en Ecuador).

El barroco buscó la recuperación del pluralismo en contra de la mentalidad homogeneizadora, uniformadora, totalitaria e intolerante de la pedagogía jacobina que dramatiza lo perfectamente normal. Al mismo tiempo que insistió en la búsqueda del bien común frente al individualismo de corte liberal.

El pensamiento barroco reúne razón y pasión, magia y ciencia, sagrado y profano, español e indígena, catolicismo y heterodoxia. Todo ello es la base última del pensamiento popular hispanoamericano que se volcó luego en múltiples formas de acción y construcción política, que van desde la experiencia del obispo Vasco de Quiroga con sus pueblos hospitales y la jesuítica de las misiones hasta las últimas formas de organización política como lo fue la comunidad organizada de Perón.

El pensamiento político del barroco encuentra su máxima expresión en el teólogo jurista dominico Francisco de Vitoria (1492-1546), obviamente anterior al barroco, lo que confirma el principio de que lo primero en la concepción es lo último en la realización.

Vitoria, desde su cátedra, aplicó todo el saber del tomismo renovado y liberado del lastre escolástico de su tiempo a resolver los problemas que presentaba la colonización americana, sosteniendo que el descubrimiento no es un título legítimo, que el ser cristiano no confiere derechos sobre pueblos no cristianos y que el único título jurídico legítimo es el encargo misional del Papa a la corona de Castilla.

Al participar de la Junta de Valladolid en 1550/51 sostiene que América no es res nullius, tierra de nadie, sino que al existir allí comunidades políticas como en Europa y al ser toda comunidad política de origen natural no artificial y dado que el derecho natural tiene a Dios por autor, la autoridad es conferida a la comunidad por Dios y ésta por consentimiento a los gobernantes. Es la famosa teoría traslacionista del poder, según la cual todo poder viene de Dios al pueblo, y de este, a los gobernantes.

En la misma línea de pensamiento se movió la ilustre pléyade de sus discípulos: Domingo de Soto y Melchor Cano que enseñaron en Salamanca, Andrés de Tudela en Alcalá, Diego de Cháves en Santiago, Martín de Ledesma en Coimbra, Tomás Manrique en Roma, Pedro Guerrero en Segovia, Alfonso de Veracruz en Méjico. A los misioneros procedentes del convento de la orden dominicana de San Esteban de Salamanca, todos discípulos, se les debe la fundación de seis Universidades en América y una en Filipinas. Esto último da al traste con la peregrina y arbitraria tesis según la cual el origen de las universidades en de Nuestra América se debe a los jesuitas y por eso están contaminadas ab ovo del espíritu moderno e ilustrado de la orden.


 
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