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Altar Mayor - Nº 81 (6)
Jueves, 25 julio a las 19:21:36

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 81 – julio-agosto de 2002

EL ESTADO ELÁSTICO
Por José Manuel Cansino

No sin matices, se acepta que fue el canciller Bismarck quien a fines del siglo XIX sentó las bases del estado del bienestar. La revolución industrial que protagonizaba Prusia llevaba de la mano el hacinamiento de la clase obrera en núcleos urbanos emergentes al calor de las actividades fabriles, con carencias absolutas de lo que ahora consideramos derechos fundamentales. Concentración obrera, expansión de las tesis marxistas (el Manifiesto Comunista fue publicado en 1848) y jornadas extenuantes en entornos laborales insalubres, eran el caldo de cultivo óptimo para las revueltas obreras que darían paso –según la refutada predicción de Marx- a la dictadura del proletariado primero y a la sociedad sin clases después.

Fue Bismarck quien desactivó la conflictividad social de la mano de la intervención estatal. El estado se convertía de esta manera en una herramienta que engrasaba el entramado social suavizando la dureza de las fricciones entre capitalistas y obreros. Así, la limitación de la jornada laboral, las incipientes normas de higiene, el establecimiento de edades mínimas para el primer empleo, los programas de protección social superadores de la referencia victoriana de las leyes de los pobres, etc., atenuaban las reivindicaciones de la clase proletaria satisfaciendo parte de sus carencias básicas. Por lo demás, nada sustancial cambiaba en términos de relaciones de propiedad.

Tras la conclusión de la II Guerra Mundial, el estado aumentó sus funciones y tamaño. A ello contribuyó decididamente la aceptación de las tesis keynesianas, las lecciones de los teóricos suecos de la escuela del bienestar y la influencia de la doctrina social de la Iglesia. Desde otra perspectiva y en el ámbito local, el estado del bienestar también se vio fortalecido por algunos políticos de Falange. Así lo reconocía con inusitada valentía en una entrevista reciente, Norman Birnbaum, catedrático emérito de la Universidad de Georgetown y fundador de The New Left Review.

Superada la época del célebre canciller de hierro, ya en el siglo XX, las etapas de mayor tensión social han estado muy relacionadas con el mayor intervencionismo estatal, mientras que los períodos de paz social han sido testigos de un crecimiento más lento del sector público.

Resultado de este proceso son las economías mixtas en las que vivimos y en las que el sector público protagoniza junto con el sector privado, la asignación de los recursos dentro de un sistema de mercado más o menos regulado.

No son pocos, por tanto, los que se alinean con una lectura superficial de Fukuyama abonándose a la tesis del fin de la Historia. Según esta interpretación no habría más sistema que el de mercado y en él, el estado ajustará su tamaño según la conflictividad social del momento; subsidios en épocas de tensión, liberalización en etapas de auge; o lo que es lo mismo, protección en situaciones de necesidad y criminalización del subsidiado en etapas de bonanza económica.

Sólo el fenómeno de la globalización económica –en su faceta de globalización de mercados- matiza la tesis del fin de la Historia en su versión del estado elástico. La globalización no se compadece bien con una presencia asimétrica del estado en el club de los países globalizados, es decir, o idéntica protección para todos o para ninguno.

El ajuste se realiza entonces a la baja, esto es, indemnizaciones por despido similares, programas de protección de cobertura convencionales y costes no salariales (seguridad social, etc.) no muy diferentes entre países. Todos desmontamos los sistemas de protección en una carrera sin precedentes por alcanzar el tamaño mínimo del estado.

Este «corrimiento al mínimo» ha sido ya aceptado por todos los representantes de lo políticamente correcto; liberales, conservadores, centristasreformistas (tomando prestado el término de Miguel Ángel Loma) y socialdemócratas. A los tres primeros –especialmente a los liberales- parece que les va mejor que a los últimos, derrotados en España, Italia, Francia, EE.UU., Dinamarca y Holanda.

Fuera de esta interpretación aún quedan opciones de muy diversa adscripción ideológica. Están, por ejemplo, los liberales radicales partidarios del estado mínimo smithiano. También está el totalitarismo socialista, empecinado en demostrar que la planificación central es un sistema económico factible y justo. Por último, está la nebulosa de quienes gustan llamarse tercera vía, naturalmente desde antes de que Anthony Giddings usara el término para enmascarar un programa electoral –el de Blair- sin una sola idea original.

La realidad es que la globalización inspirada en la predicción liberal de que la ampliación del mercado favorece la riqueza de la nación ha entrado en conflicto con el papel del estado «engrasador» de tensiones. Los términos en los que ese conflicto va a resolverse están por ver aunque políticamente la izquierda ya está pagando tributo.

En este espacio en el que cohabitamos los «outsiders» del pensamiento único ¿es posible reinventar el estado? Naturalmente creo que sí y para ello, desde una perspectiva falangista, es esencial entender al estado como deudor permanente del esfuerzo de quienes lo sustentan y, por mandato de estos, como vigilante de la preservación de la dignidad colectiva e individual.


 
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