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Altar Mayor - Nº 81 (3)
Jueves, 25 julio a las 19:30:50

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 81 – julio-agosto de 2002

El fin del mundo (4)
EL CRISTIANISMO PRIMITIVO ANTE EL FIN DEL MUNDO
Por Antonio Salas, Dr. en Ciencias Bíblicas

Nadie cuestiona que la génesis de la experiencia cristiana haya de asociarse con el evento de pentecostés. Fue entonces cuando por vez primera un colectivo humano se supo impulsado vivencialmente por la fuerza («dynamis») del resucitado. A raíz del impacto pentecostal, los primeros cristianos -eran judíos- tuvieron la certeza de fe que Jesús colmaba toda la expectación mesiánica.

Su triunfo resurreccionista lo presentaba, en efecto, como el mesías esperado por la tradición judía. Así pues, aquel «día» de Yahvé que tanto inquietara al profetismo se había realizado de algún modo al resucitar Jesús. Tal convicción hizo que los primeros creyentes se consideraran miembros del reino mesiánico. Y ello les infundió tanta ilusión que llegaron incluso a olvidarse de cuantas limitaciones y contratiempos les imponía su vida ordinaria. Sin embargo, una vez serenados los ánimos, constataron que su experiencia resurreccionista no les libraba de esa opresión angustiosa que el judaísmo siempre conectó con la vivencia del pecado.

Vieron asimismo que, aun siendo el «día» de Yahvé portador de dicha plena para los justos, estos continuaban sufriendo vejaciones tras la resurrección de Jesús. Así pues, por más que se consideraran ciudadanos del reino mesiánico, no podían negar que éste distaba mucho de haber colmado en ellos las expectaciones del profetismo. ¿Qué hacer? La comunidad tardó poco en despejar la incógnita. ¿Cómo? Le bastó lanzar una mirada hacia el futuro a la espera de que pronto llegara Jesús triunfalmente para dar a su reino el espaldarazo definitivo. Y entonces quedaría implantada al fin esa plenitud tan anhelada por la tradición judía.

Al convertir el cristianismo el «día» de Yahvé en el «día» de Jesús, asoció con su futura venida (=«parusía») el fin del «eón» presente dominado por la angustia, y el comienzo del mundo nuevo donde sólo rigieran criterios de paz y concordia. Ahora bien ¿cuándo haría Jesús esa irrupción triunfal con la que erradicara de una vez el poder del pecado? No resultaba fácil saberlo. No obstante, la comunidad primitiva sí lo intentó, esbozando una doctrina escatológica del todo singular, donde el fin del mundo se suponía a punto de llegar.
 

1. El cristianismo naciente ante la inminencia del fin de nuestro mundo

Faltan datos para determinar el origen de la escatología cristiana. Es obvio, no obstante, que siendo los primeros creyentes de origen judío, mal pudieran sustraerse al influjo de las tradiciones veterotestamentarias. Y éstas, sobre todo a partir de la aportación apocalíptica, suspiraban por una rápida venida de Yahvé que, erradicando el poderío pagano, implantara un reino donde el pueblo elegido tuviera hegemonía total.

Ello explica que el cristianismo naciente esbozara un encuadre escatológico, dominado por la esperanza de que Jesús volvería muy pronto para instaurar su reino de plenitud. Ecos de tal expectación se conservan en los recuerdos que Pablo conecta con la celebración eucarística, donde la comunidad cristiana, suspirando por la venida triunfal de Jesús, expresaba así su anhelo: «maranatha» (=¡ven, Señor!: 1Cor 16,22).

Se sabe, por otra parte, que los primeros cristianos se autopresentaron como la encarnación viviente de ese «resto» fiel que el profetismo convirtiera en centro de las preferencias divinas. Pensaban, en efecto, que el pueblo judío sería castigado por no haber aceptado a Jesús como mesías, mientras ellos recibirían el premio reservado a los justos. Y es que su aceptación del mesianismo de Jesús les hacía acreedores -tal suponían- a tan codiciada recompensa. Así pues, se hizo creencia común que Jesús iba a tardar muy poco en instaurar esa fase de plenitud que en cierto modo se había incoado ya con la experiencia pentecostal.

Tal es el enfoque que el propio Pablo presenta en su primera carta a los tesalonicenses. El apóstol quiso serenar en ella los ánimos de aquella comunidad, soliviantada al pensar que Jesús llegaría de un momento a otro. Y es que los tesalonicenses, creyendo que el «eón» presente tenía contados los días, se pasaban casi todo el tiempo mirando hacia las nubes con la ilusión de descubrir sobre alguna la figura triunfal del resucitado. Esta actitud dio al traste con el trabajo y la productividad. ¿Para qué afanarse -así decían los creyentes- si muy pronto iba a instaurar Jesús su reino de plenitud donde no tendrían cabida ni el dolor ni la injusticia?

Pablo no se solidarizó con tal sentir. Por ello no dudó en increpar a los tesalonicenses, invitándolos a mantener vivo el esfuerzo. Lo importante era que, cuando llegara en verdad Jesús, los hallase ocupados en sus quehaceres, pues sólo así tendrían opción a compartir las delicias de su reino. Ahora bien, el propio apóstol estaba convencido de que tan ansiado momento no podía demorarse.

Por eso sugiere que, al llegar Jesús envuelto en gloria, los muertos resucitarán, mientras quienes aún sigan vivos -¡él piensa estarlo!- serán transformados para compartir una vida sin angustia ni limitación (1Tes 4,13-17). Al instaurarse el reino mesiánico aquí en la tierra, cada miembro de la comunidad experimentará una transformación previa que le permita remontarse a los aires para dar la bienvenida a su Señor (=Jesús) y compartir con él una vida nueva con resabios de plenitud.
 

2. ¿Fin del mundo o el fin de quienes viven en él?

El apóstol no se esfuerza por hurgar en el fin cronológico de nuestro mundo. Y es que tal temática dista mucho de inquietarle. Engarza más bien con la tradición judía, recalcando el impacto que sin duda habrá de causar ese «día» triunfal de Jesús con el que se pondrá fin al «eón» presente. Mas ello, lejos de conllevar la desintegración cósmica, implantará en la tierra un nuevo orden de valores. Tal era, en el fondo, el contenido de la expectación que el judaísmo asociara con el famoso «día» de Yahvé, el cual, tras quebrar el poder de la muerte, inauguraría una égida de vida plena.

El cristianismo naciente -Pablo es su testigo más calificado- compartía la creencia de que muy pronto se colmaría la expectación veterotestamentaria, garantizándolo su propia experiencia pascual, al certificar que Jesús era el mesías anunciado por los profetas. Los cristianos se sabían, por tanto, integrados ya en un «eón» nuevo, por más que siguieran acusando la fuerza de la injusticia opresora. ¿Cómo armonizar esta convicción de fe, que hablaba de plenitud, con su experiencia colectiva, que hablaba de limitación?

La incógnita se resolvería gestando una escatología donde la propia vivencia cristiana marcaba el fin del «eón» viejo (=mundo de limitación) y el comienzo del nuevo (=mundo de plenitud). Ello hizo que la comunidad se creyese situada en un epítome histórico donde el mundo viejo estaba a punto de trocarse en otro nuevo. Este se suponía a punto de incoarse, pues su vivencia pentecostal había puesto ya fin al proceso preparatorio.

Mientras el cristianismo se aferró a este encuadre escatológico, careció del reposo necesario para gestar una teología de las realidades presentes. Y es que toda su obsesión se cifraba en la inminente llegada de Jesús, pensando que con ella acabarían sus penalidades. Dada su procedencia judía, es posible que los primeros creyentes llegasen incluso a considerarse el eje en torno al cual debía girar la humanidad entera cuando Jesús irrumpiera triunfalmente en ella. Tal creencia sintonizaba de hecho con el sentir de la tradición judía, si bien convertía el «día» de Yahvé en el «día» de Jesús.

Mientras la comunidad cristiana se ancló en estos postulados escatológicos, fue incapaz de ahondar en sus reflexiones cristológicas. Sólo cuando el auge del paganocristianismo le permitió emanciparse del tutelaje judaico, llegó a la convicción de que el «día» de Jesús no estaba tan cercano como en un principio se había pensado. Y entonces pudo fraguarse un planteamiento cristológico más sereno y reposado, sobre el que la comunidad fijó sus criterios religiosos. Tal viraje se debió sobre todo al empuje de la vivencia resurreccionista.
 

3. Evolución del pensamiento cristiano sobre el fin del mundo

Es obvio que, conforme ahondaba en su reflexión cristológica, fuese desviando su atención del horizonte del fin. Cierto que la vivencia pentecostal vinculaba a cada creyente con los tiempos de plenitud. Pero estos reivindicaban una perspectiva «presente» por lo que adentraban al cristiano en un «más acá» de palpitante actualidad. Tal tesitura debía conciliarse con su fe crística, la cual clamaba por la instauración de ese «eón» nuevo donde la vida ejercería una hegemonía total.

Puesto que Jesús había vencido a la muerte, lógico era que sus seguidores compartieran las delicias de esa vida nueva inherente a su triunfo pascual. Este había alterado el concepto mismo de historia, dándole un sentido más amplio. Y es que en él se modificaba de forma sustanciosa la propia perspectiva del tiempo. Este había perdido su pura dimensión horizontal (=«chornos») para adquirir también una dimensión vertical («=kairós»), infundida por la historificación de la fuerza (=«dynamis») divina.

Los cristianos se sabían de hecho inmersos en el «kairós», es decir, en los tiempos de plenitud. Se sentían, en cierto modo, sustraídos al influjo del viejo «eón», lo cual los situaba como en un «más allá» anticipado. Y ello contribuyó sobremanera a consolidar sus vivencias crísticas, que cada vez iban dando más sentido a sus vidas.

Estas se conseguían de hecho liberar del mundo de opresión, conforme se integraban en la dinámica liberadora abierta con el triunfo pascual de Jesús. ¿Por qué obsesionarse, pues, ante la inminencia del fin, si ellos se hallaban ya dentro de su horizonte? Y es que los cristianos, a pesar de sus dificultades, se sabían respirando aires de plenitud gracias a su profunda vivencia crística.

Todo ello contribuyó a que la reflexión paulina asociara con Cristo el fin de toda la creación. Y eso en virtud del dominio cósmico que él reivindicaba a raíz de su resurrección (Col 1,15-20). El apóstol llegó a suponer que la creación entera gemía con dolores de parto a la espera de su total liberación (Rom 8,18-25), la cual -así lo sugiere el contexto- presumía la previa erradicación del pecado.

Así pues, el mundo presente llegará a su término cuando el pecado quede de una vez doblegado. Y ello sólo Cristo puede lograrlo. Cierto que aún no lo ha conseguido, pues la muerte continúa ejerciendo su tiranía. No obstante, la propia muerte acabará siendo vencida, consumándose así el fin del conjunto creacional (1Cor 15,54-56).

Ante tal planteamiento, cabe preguntar: ¿se interesa el apóstol por el fin cronológico o más bien por el fin teológico del cosmos? Quien ahonde en su pensamiento, verá cómo sitúa siempre a Cristo en el horizonte final, de forma que sólo cuando él ocupe su lugar en el conjunto cósmico, habrá llegado el mundo a su fin (1Cor 15,28). Pero ¿qué mundo? La respuesta se antoja categórica: ¡el «eón» donde prima el pecado!

La comunidad cristiana debía saber que sólo entonces alcanzaría esa codiciada meta de plenitud. Era, en consecuencia, necesario luchar contra el imperio de ese pecado que domina al mundo con el poder tiránico de la muerte. Sólo cuando ésta quede doblegada por el ímpetu de la vida, el «eón» presente habrá llegado a su fin. ¿Cómo conseguirlo? ¡Cristo tiene la respuesta!
 

4. La cristificación del creyente ¿acelera en verdad el fin del mundo?

Cada cristiano se sabía invitado a cristificar al máximo sus vivencias. Y es que cuanto mejor encarnara la dinámica crística, más se iba aproximando al fin de este «eón» donde sigue imperando el pecado. Por otra parte, el alejamiento del mundo empecatado suponía a su vez un acercamiento el nuevo «eón» donde priman categorías de vida.

Tal creencia contribuyó a que los primeros creyentes canalizaran sus inquietudes existenciales, dejando de otear el futuro para centrar su interés en las realidades presentes. Y vieron entonces claro cuán absurdo resultaba especular sobre el fin cronológico del conjunto creacional. Lo que de verdad importaba era conocer y canalizar el destino de cada persona.

Esta convicción caló tan hondo en el cristianismo que le permitió encuadrar todo el horizonte escatológico en un marco de índole vivencial donde la cristificación se presentaba como prenda segura de realización plena. ¿No había asociado ya la tradición judía el fin del mundo con esa plenitud? Pues bien, la reflexión cristiana acababa de despejar ahora cuantas incógnitas se cernían sobre el horizonte escatológico del pueblo judío. Y es que su vivencia crística introducía a los creyentes en esa dinámica existencial que, desbordando el ámbito del pecado, les permitía vivir ya en plenitud.

Así es cómo el fin del mundo -visto desde una óptica existencial- se iba fraguando en cada creyente conforme éste lograba consolidar su vivencia crística. Tal doctrina no se ha prestado jamás a fisuras. Y es que, en realidad, para el cristiano no hay más fin que el propio Cristo. En consecuencia, conforme vaya acrisolando su vivencia crística se irá aproximando al término del «eón» presente, dominado por el pecado. Y quien abandona el mundo empecatado, sólo puede introducirse en un nuevo «eón» anclado en criterios de vida plena.

La comunidad cristiana, una vez que afianzó al máximo esta convicción, vio ensanchados de forma sorprendente sus horizontes escatológicos. Así lo testimonia la tradición sinóptica que recurre al simbolismo profético-apocalíptico para poner en labios de Jesús un mensaje cifrado en avivar la ilusión de la comunidad. Esta no debía obsesionarse por el fin del mundo, puesto que antes Cristo tenía que ejercer una hegemonía absoluta sobre toda la humanidad, siendo para ello necesario quebrar el poderío de los paganos (Mt 24-25; Mc 13; Lc 21).

Es innegable que el discurso escatológico, puesto por la tradición sinóptica en boca de Jesús, quiere simplemente serenar los ánimos de la comunidad cristiana, invitándola a despreocuparse del fin cronológico del mundo. Este parece arropado por una compleja imaginería simbólica, válida para evidenciar que antes deberán ocurrir muchas otras cosas.

Así pues, más que fijar la mirada en ese futuro inescrutable, conviene adentrarse en el presente. Cuantos cataclismos cósmicos se suponen acompañar el ocaso del mundo no son sino simple eco de un simbolismo veterotestamentario carente por completo de carga histórica. Pretenden tan sólo justificar que el proceso de la humanidad seguirá su ritmo mientras impere el pecado, representado por los poderes paganos (Lc 21,20-24). Por tanto, en vez de otear el horizonte del fin, urge atemperar la fuerza de tal pecado.

Este es el enfoque de la teología joánica. Y supone en verdad el culmen de la reflexión escatológica, tal como la configurara el cristianismo primitivo. El cuarto evangelio, aunque a veces se interese por el fin del mundo desde una perspectiva cósmica (Jn 5,25-29), acostumbra a asociarlo con la dinámica existencial del creyente. Este queda invitado a respirar ya ahora aires de plenitud con tal de aceptar a Jesús (Jn 11,25-26). La teología joánica sugiere, en realidad, que el mundo nuevo comienza ya en el presente para cuantos engarzan con la trayectoria vivencial de Jesús, presentado como la resurrección y la vida (Jn 11,25).

5i es cierto que adherirse existencialmente a Jesús equivale a vivir en plenitud, para disfrutar la vida plena no es preciso adentrarse en el «más allá». También puede lograrse en el «más acá» con tal de amoldar la existencia a patrones crísticos. Quien tal hace, comparte ya la plenitud de ese «eón» donde rigen puros criterios de vida. Queda, pues, fuera del mundo -¡presente!- dominado por el pecado y sus secuelas.
 

5. Doctrina sobre el presunto reino de los mil años (milenarismo)

El cristianismo, al desentenderse del fin cronológico del mundo, tuvo la calma necesaria para elaborar una teología anclada en el «más acá». Y fue entonces cuando los miembros de la comunidad se vieron forzados a trazar un organigrama estructural que les permitiera vivir sin traumas. Al imponerse tal criterio, comenzó a fraguarse una teología que tocaba tierra. Y es lógico, ya que los creyentes se adherían a su vivencia de fe no sólo para asegurar su futuro sino también para dar sentido a su presente. Era, en verdad, preciso infundir a su vida cotidiana un enfoque novedoso con fuerza para aliviar cuanta angustia suscitaba el egoísmo, hecho injusticia y opresión.

Este cambio de perspectiva dio a la comunidad el reposo necesario para revisar sus expectativas escatológicas. Y, al hacerlo, tardó poco en convencerse de que, al principio, se había equivocado, pues la famosa «parusía» de Jesús ni estaba tan próxima como se había creído, ni posiblemente se llevaría a término tal como se había pensado. Interesaba, por otra parte, afianzar la convicción de que el cristianismo ayudaba a vivir el «ahora» con ilusionada alegría. Cierto que tampoco entonces faltó el omnipresente grupo de ilusos y testarudos, empeñados en sostener que el ocaso del mundo llegaría antes de lo que muchos suponían.

El problema se agudizó a raíz de la difusión del Apocalipsis donde -en una visión extática- se supone que la venida triunfal de Cristo conllevará la instauración de un reino que dure mil años (Ap 20,1-3). ¡Cuántos quebraderos de cabeza ha dado al cristianismo este texto apocalíptico! Y todo por haber entendido al pie de la letra una serie de connotaciones cuyo valor simbólico hoy nadie osa impugnar. Sin embargo, los cristianos del siglo primero carecían de espíritu crítico. Ello explica que no faltaran minorías fanatizadas cuyo afán se cifraba en azuzar a los creyentes con el pretexto de que -cuando llegase Cristo- pudiera instaurar su reino milenario.

Tal actitud tardaría poco en ser condenada por la ortodoxia cristiana que tildó de herético al milenarismo. Con ello pareció conjurado el peligro. Pero sólo en teoría. De hecho, es forzoso reconocer que resabios de tal doctrina nunca han faltado en el cristianismo. Ello explica que, al acercarse el año mil, muchos pensaran que entonces se terminaría ese reino de paz supuestamente instaurado al resucitar Jesús.

Los justos debían disponerse, pues, a rendir cuentas a Dios, habida cuenta que, al finalizar el milenio, todo sería aniquilado por una gran catástrofe cósmica. Y ¿qué ocurrió, en realidad? Sencillamente, nada. El mundo siguió su ritmo y los profetas del milenarismo tuvieron que reconocer su error de cálculo.

Mas no por eso se acabaron los problemas. Al contrario, durante diversas épocas han vuelto a sentirse los gritos alarmistas de quienes -¡cuánto solaza ejercer de pitoniso!- siguen empeñados en vaticinar el fin del reino de Cristo. Cuando tal ocurra, sólo los justos y los perfectos recibirán galardón. Y ¿el resto de la humanidad? ¡Condenada a la total frustración! Parece mentira que tales encuadres tengan fuerza para seguir inquietando a un sinfín de gente sencilla. Mas, aunque extrañe, así ocurre de hecho. Tanto que la jerarquía eclesiástica, ya muy entrado el pasado siglo, tuvo que condenar resabios milenaristas que cada vez se adentraban más en los ambientes católicos.
 

6. Hacia una teología de las realidades terrenas

La reflexión cristiana del siglo primero sólo conseguiría valorar las cosas presentes tras convertir a Cristo en el centro de su expectación escatológica. Ello le permitió comprender que cada creyente debía despejar sus incógnitas en base a una vivencia anclada en el hoy. Visto desde tal óptica, el fin del mundo revestía características distintas en cada individuo. Y es lógico, pues, al quedar Cristo convertido en eje de su inquietud, era obvio asociar con la cristificación la ansiada vida plena.

El judaísmo siempre había creído que tal plenitud sólo podría lograrse una vez que el «eón» actual llegara a su fin. Y ello le hizo suspirar por el «día» de Yahvé, que el cristianismo convertiría -ya lo dije antes- en el «día» de Jesús. En un primer momento la comunidad primitiva pensó que tal «día» no se había realizado al resucitar Jesús. Por eso siguió esperando su segunda venida triunfal (=«parusía»). Mas al fin acabó comprendiendo que su «parusía» iba presencializándose en cuantos creyentes conseguían cristificar su existencia.

Así pues, más que suspirar por una futura venida de Jesús en busca de los hombres, había que esforzarse por lograr que estos fueran a Jesús. ¿Cómo? Ajustando su existencia al módulo evangélico que invitaba a activar una dinámica de entrega y amor. Jesús la vivió, ofertándola como proyecto de vida. Por tanto, quien se adecue al mensaje evangélico, irá aproximándose a Jesús. Y ello le permitirá dar forma personal a esa «parusía» que los primeros creyentes envolvieran en módulos míticos.

La fe crística atestiguaba que Jesús, tras su andadura histórica, abocó al triunfo de su resurrección. Por otra parte, el mensaje evangélico garantizaba que ya durante su vida terrena saboreó de algún modo las delicias de su apoteosis resurreccionista. Y es que Jesús, aun contactando con el «eón» del pecado, nunca se desvinculó del «eón» de plenitud. Pues bien, así como Jesús ya en su «más acá» tomó el pulso a la plenitud, también el cristiano -¡fuerza de la cristificación!- podía inundar con ella su existencia caduca. Si tal lograba, quedaba armonizada en él la caducidad del «más acá» (=«eón» de pecado) con la plenitud del «más allá» (=«eón» de gloria).

Esta perspectiva fue desplazando el interés por el fin cronológico del mundo hacia un plano vivencial donde cada creyente se sabía invitado a explotar su dinámica crística, ya que de ello dependía su acercamiento personal al fin. Estando el mundo presente dominado por el pecado, Cristo le infundía fuerza para sustraerse a su influjo. En el fondo el gran problema del hombre siempre había estribado en situarse allende el ámbito de tal pecado. Y es que sólo así podría adentrarse en el nuevo «eón». Pues bien, el cristianismo, al hurgar en la condición divina de Jesús, consideró posible que cada creyente le acompañara en su andadura celeste.

En realidad, si Jesús era Dios ¿no tenía fijada en el cielo su sede? Tal era la mansión que el judaísmo siempre supuso reservada a la divinidad. Pues bien, la reflexión cristológica amplió los horizontes de las realidades celestes. Y si Jesús, dada su condición divina, tenía fijada su residencia en el cielo, ¿por qué no podrían compartirla cuantos encarnaran su misma dinámica existencial?

Si la fe crística garantizaba al creyente el premio de una resurrección futura, obvio era suponer que ésta se realizara en el cielo y no en la tierra. Con ello se había dado un paso gigantesco en la doctrina escatológica. Esta asociaba con el cielo el destino de cada creyente, el cual -para adentrarse en él- debía compartir la vivencia de Jesús tal como venía formulada en los evangelios.

Tan pronto como el cristianismo ubicó en el cielo el destino final del creyente, se supo en condiciones de adentrarse sin recelo en las realidades terrenas. Y es que ¿acaso el cielo no se gana en la tierra? Siendo así, lógico era que la inquietud cristiana se cifrase en la cristificación de la propia existencia. Y es que con ello los creyentes se acercaban cada vez más a su meta celeste, alejándose del «eón» empecatado.

Con criterios así logró desviar el cristianismo su interés del fin cronológico del mundo para centrarlo en la existencia individual e ir distanciándola de ese «eón» donde el pecado impone su ley. Y es que cuanto más se ahuyente el pecado, mejor se vivenciará el «más allá». El fin del mundo se va haciendo, pues, realidad conforme las personas truecan en amor su egoísmo. Tal doctrina ¿acaso no sigue siendo válida aún hoy?


 
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