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Altar Mayor - Nº 82 (11)
Viernes, 25 octubre a las 18:04:12

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 82 – septiembre-octubre de 2002

JOSÉ Mª GARCÍA ESCUDERO, HISTORIADOR DE LA ESPAÑA DEL SIGLO XX
Por
José Mª García de Tuñón

El pasado mes de mayo moría en Madrid uno de los historiadores más importante que ha tenido España el pasado siglo. José Mª García Escudero ha sido el autor de más de treinta libros sobre temas distintos, pero destacaron los históricos. Con su Historia política de las dos Españas, donde nos recordaba entre otras cosas que «separados anarquistas y falangistas, sus destinos fueron paralelos en las dos Españas, donde su ingenuidad política los convirtió fácilmente en instrumento de los que en una y otra zona se hicieron con el poder», obtuvo en 1975 el Premio Nacional de Historia.

García Escudero rechazaba la afirmación de que no hay más Historia posible que la Historia de cada cual, oponiéndole la de que sólo se debe hablar de una Historia, que es la que cuenta la verdad. ¡Claro está que la Historia no es una ciencia exacta!, pues constantemente se están descubriendo documentos o datos que obligan a modificar los conocimientos anteriores.

Fue director general de Cinematografía y Teatro durante solamente unos meses de los años 1951 y 1952. En una segunda etapa, entre 1962 y 1968, volvió a ocupar el cargo, y durante este tiempo empezó a trabajar sobre la protección del cine infantil, poniendo también en marcha el nuevo estatuto cinematográfico por el que se creaba la Junta de Clasificación. Por su gran labor en este campo se le considera uno de los impulsores del denominado «Nuevo Cine Español» de los 60.

Conocí personalmente a este historiador en Madrid el 18 de febrero de 1997. Anteriormente había tenido con él alguna charla telefónica y cruce epistolar. Fruto de esta relación fue que me prologara, un año antes, la segunda edición de mi libro José Antonio y la República. En aquella fecha que cito de 1997, los periodistas Enrique de Aguinaga y Emilio González Navarro presentaban en el Ateneo, ante el silencio de la prensa en general, su libro titulado Sobre José Antonio. Uno de los que intervino en la presentación fue García Escudero y allí, en el estrado junto a él y demás oradores en el acto, estaba también el retrato de José Antonio que meses después el presidente del Ateneo, Carlos París, mandaría retirar para siempre del lugar donde había permanecido expuesto durante muchos años. El historiador recordaba aquel día su paso a la España nacional durante la Guerra Civil creyendo encontrar en la misma una patria nacionalsindicalista y que él no veía por ninguna parte: «una España en la que José Antonio, hasta que se tuvo a bien hacer pública su muerte, se había convertido en "el ausente", lo cual, si bien se mira, era el modo más apropiado de designarle».

García Escudero fue siempre un gran admirador de José Antonio Primo de Rivera. En la dedicatoria que me brindó en su libro de Memorias titulado Mis siete vidas. De las brigadas anarquistas a juez del 23-F, lo hace en recuerdo de nuestra amistad nacida de la «común admiración por José Antonio». Admiración que él trasluce a lo largo de sus Memorias y que lo había llevado, en 1956, a pronunciar una conferencia en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo, cuando era teniente coronel de nuestro Ejército, letrado de las Cortes Españolas y periodista del diario Arriba, donde fue responsable de la sección de Cultura:

«De José Antonio se hizo un mito. Era el Ausente de los años de nuestra guerra; aquél hasta el que las mujeres de nuestras aldeas invocaban como un semidios, sin saber quién era, ni dónde ni cuándo había existido. Aquel mito cumplió una importante misión, pero esta misión ha pasado ya. Mantenerlo, solamente serviría para que José Antonio se nos fuera quedando alejado, distante, como un personaje del pasado, como historia y nada más.

»Y os digo que para eso habría valido más no haberlo sacado de su tumba de Alicante, no haber lanzado su nombre a los cuatro vientos, no hacer bandera de él y que, en definitiva, nadie recordase que en España hubo un hombre que quiso una Revolución, que murió por lo que quiso y cuyo nombre fue luego utilizado para paralizar esta Revolución. Hemos procedido demasiadas veces como si José Antonio se hubiera quedado para siempre tendido sobre el charco de sangre del patio de la cárcel de Alicante, como si únicamente fuera una gloriosa memoria.

»Él no quiso una muerte romántica, pero nosotros le hemos hecho muchas románticas conmemoraciones. Llega este mes de noviembre, el mes de los difuntos y ¿qué se nos ocurre? Volver la vista hacia su tiempo, atrás. José Antonio en la Universidad, el Madrid de José Antonio, el mitin de la Comedia, José Antonio, Jefe Nacional; la Cárcel Modelo, Alicante, la Prisión Provincial, el juicio, el testamento, la muerte. Cosas muertas, y nosotros recordándolas, un poco muertos también...».

Y aquella conferencia la terminaba así: «Que la Revolución, esa Revolución pendiente, la que empezó José Antonio, se puede terminar de hacer y la podemos terminar precisamente nosotros. No necesitamos para esto demagogia, sino simplemente amor a este pueblo, como él decía, tan rico en calidades entrañables. Y se tiene que leer en nosotros su esperanza. Y tenemos que demostrar que no somos aquel acompañamiento coreográfico de un orden conservador que temía José Antonio».

Estas palabras pronunciadas un día en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo sirvieron para que el periodista Antonio Izquierdo, como si tuviera algo que ver una cosa con la otra, se las recordara cuando García Escudero en su condición de general del Cuerpo Jurídico de Aire, fue nombrado juez de la causa que debería instruir sobre lo sucedido en el fallido golpe del teniente coronel Tejero. Pero no era esto lo único que le recordaban o decían pues también las críticas y juicios le venían de otras personas de distinta manera de pensar. «Aquí han decidido muy lento», decía Alfonso Guerra que no veía la voluntad de llegar hasta el fondo. «Las penas estaban prefijadas», aseguraba la periodista Pilar Urbano. A estas reacciones estaban las del lado contrario: la de la respetable viuda de un guardia civil, seguramente víctima del terrorismo –una viuda de esta democracia, decía–, que pedía a Dios «que su justicia como militar no lo lamente nunca y su esposa pueda ser viuda cuando Dios en su hacer normal e infinito así lo disponga». Eran las dos Españas, «y en medio, yo», decía este historiador considerado, vuelvo a repetirlo, como uno de los más reconocidos y notables historiadores de la España del siglo XX y gran admirador de José Antonio Primo de Rivera.


 
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