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Altar Mayor - Nº 82 (10)
Viernes, 25 octubre a las 18:07:07

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 82 – septiembre-octubre de 2002

EL DESENCUENTRO GLOBALIZADO
Por
Francisco Gelonch. Lic. Comunicación Social. Córdoba, Argentina

Influidos por aviesas intenciones de desterrar las tradiciones e inspirados en mentes masónicas, los contenidos de la educación general básica en Argentina caen en una oscura contradicción: mientras por un lado se nos enseña la gesta del descubrimiento de América, la obra de los Reyes Católicos, el valor de los conquistadores y religiosos españoles y de su legado, y lo importante que fue para nuestro país el aporte de los inmigrantes ibéricos; por contrapartida se repudia el avasallamiento de las culturas autóctonas y el presunto genocidio de aborígenes practicado por aquellos mismos conquistadores debido a su desmedida ambición. Se nos habla de una «Madre Patria» pero se nos enseña a negarla, cuando no a verla como una indeseable intrusa en el devenir de los tiempos en estas tierras.

Generaciones de argentinos han vivido sumidos en esta ambigua sensación de pertenencia y de rechazo al mundo hispánico, a punto tal que por la deformación histórica sobre la conquista denominada «leyenda negra» y la necesidad de no mostrar un vínculo tan profundo con España preferimos por estos lares proclamar una raíz común anterior y ser llamados «Latinoamérica». Si bien es cierto que dicho rótulo nos hermana también con Brasil (con quien por lo demás vivimos enfrentados), no es erróneo razonar que es una sutil manera de sacarse de arriba un lastre que no se quiere llevar.

Nuestra propia idiosincrasia, que no es sino hija de la combinación múltiple de razas y costumbres que se dio en la Argentina a fines del siglo XIX y principios del XX, nos fue alejando del carácter hispánico particular que habíamos adquirido mezclando sangre española con suelo argentino: el criollo, quien con su sobriedad, su laboriosidad (difamada por la literatura romántica), su hospitalidad, su religiosidad y su folklore que combinaba lo hispano y lo indio, fue relegado cada vez más hacia el interior del país donde aún sobrevive pero sin chances de protagonismo y aislado de la toma de decisiones relevantes.

Ese criollo, digo, fue sustituido por la «viveza criolla», que se le parece tan sólo en el nombre y que tiene como banderas la picardía maliciosa, la burla, la trampa y una inocultable dosis de soberbia que lleva a los argentinos a creerse los mejores del mundo. Esta lamentable imagen fue y es paseada por el mundo generando cuanto menos reacciones adversas como el desprecio y la hostilidad que sufren muchos compatriotas en otros países.

Y de España en particular nos hemos reído al inventar ingeniosos y por demás despectivos «chistes de gallegos» e incluso nos ufanamos de no tener la perseverancia, la lealtad, la fortaleza y la convicción propias del carácter español y que nosotros sustituimos por la inconstancia, la conveniencia y la tan popular «ley del menor esfuerzo». Encima cada vez que entrábamos en contacto con gente de vuestro país hacíamos gala de nuestras «habilidades» regodeándonos en lo vivo que éramos, siempre con una sonrisa burlona y menospreciadora.

En eso estábamos cuando ocurrió que nos globalizaron a ustedes, a nosotros y a todos. De repente nos sentimos habitantes de un paraíso que ya lindaba con el Primer Mundo, sin darnos cuenta que los profetas eran siervos sin bandera, testaferros de una economía y una cultura multinacionales, aves de rapiña dispuestas a vender a su madre por un bocado suculento. Y semejante calaña, que se hizo presente entre ustedes y entre nosotros, aquí encontró una pléyade de sicarios que no dudó en renegar de su patria. Poco a poco, nuestra soberanía en todos los ámbitos dejó de ser nuestra y aparecieron algunas empresas «españolas» que vinieron a, como decían nuestros bisabuelos, hacerse la América. Lo que sigue es harto conocido: una crisis terminal en la que estamos sumergidos, filiales de organismos financieros y empresas de servicios que huyeron causando estragos algunas, que se quedaron retocando sus tarifas para no perder rentabilidad otras.

Entonces pueden imaginarse la reacción de la masa argentina. «Cacerolazos» frente a representaciones diplomáticas, en especial contra España, y la hostilidad permanente hacia todo lo que pudiera relacionarse con los países que presuntamente fueron responsable de este caos.

Tal es la traición que muchos le achacan hoy a España. La ven como un cómplice más de los tenebrosos planes del FMI, como un Estado que le sacó a la Argentina todo el jugo posible para después abandonarla. Puede que algo de verdad haya en esto pero los argentinos nos olvidamos que fueron nuestros gobernantes quienes abrieron la puerta y quienes consumaron fabulosos negociados sin imponer cláusulas restrictivas para el ingreso de capitales que impidieran una fuga masiva de dinero cuando fuera conveniente. Por algo, cuando algún político pretende llegar al poder primero rinde pleitesía y trata de ganarse el favor de los zares de las finanzas. Sólo con su venia (no importa lo que le cueste luego a los argentinos) podrá imponerse para después dedicarse a cumplir con los planes de entrega previamente pactados.

Además, por las noticias que llegan, el pueblo español también sufre la tiranía del poder internacional tal vez no tanto en lo económico pero sí en lo cultural, en lo social, en lo religioso. Por ello no se puede culpar a una sociedad que en general comparte el rol de víctima y que, por si fuera poco, ha dado una muestra insuperable de solidaridad con la Argentina en ocasión de la colecta que se realizó aquel domingo en las iglesias de toda la península. Estamos todos participando de un juego perverso cuyos jueces no son en sí, más allá de sus pasaportes, ni españoles ni argentinos.

Otro reproche al Estado español es la prácticamente nula ayuda económica real a nuestro país, la cual para muchos debería ser una suerte de indemnización por los perjuicios causados por empresas ibéricas. Pero, se me ocurre, en el caso de que vuestro gobierno sintiese esa obligación y estuviese dispuesto a saldar la presunta deuda ¿quién le garantizaría (como dijo el Secretario del Tesoro Norteamericano hace pocos días) que el dinero no iría a engrosar las cuentas bancarias de una clase dirigente ya universalmente famosa por su corrupción?

Por eso creo que si analizamos fríamente los ítems de la «traición» española, veo que lo único que podemos censurar del pueblo español es que se haya dejado embarcar también en los desatinos de la globalización. Sus empresas, tanto privadas como con capital del estado, están manejadas del mismo inhumano modo que las nuestras, que las de cualquier país multinacionalizado. La debacle espiritual de los españoles me parece similar a la de los argentinos, por ahí con la particularidad de que un mejor standard de vida conlleva una serie de tentaciones inimaginables en la miseria. También compartimos el desenfreno de las pasiones deportivas, la idolatría a los artistas (muchos de dudosa calidad) y otras malas hierbas que sembró el consumismo útil a los grandes capitales.

Sin embargo, a lo mejor nos diferenciamos en que ustedes, aunque más no sea por costumbre, respetan sus riquísimas tradiciones, sus monumentos, su historia. No reniegan de su pasado, lo atesoran con orgullo incluso si no comparten sus fundamentos ideológicos. Claro, hay una gimnasia de muchos siglos, una ocupación que duró 700 años y una guerra civil que dividió en dos al país. Acaso sean esos golpes tan duros los que les hacen valorar y preservar lo que tienen. Quizás los argentinos necesitemos perderlo todo para después defenderlo.

Como corolario me quiero detener en un aspecto que me parece común a ambos países y es la falta de la idea de Dios, esa de la que habla el Papa Juan Pablo Segundo en Evangelium Vitae cuando afirma que negando al Creador también se destruyen las criaturas. En esa falta de fidelidad y de amor a la Verdad nos vamos consumiendo, cada uno con su camino escogido. Para ustedes tal vez sea un existencialismo hecho carne, la pérdida del verdadero sentido de la libertad personal y un relativismo filosófico común a toda Europa que les hace dar la espalda a la Cristiandad. Para nosotros, es el «sálvese quien pueda», una religiosidad vacía de contenidos y de compromiso y el total desprecio de los valores éticos que llevan al cumplimiento de las leyes, al respeto de las normas fundamentales y naturales de convivencia. Y si sólo la Verdad puede provocar la Común Unión, este corrosivo presente postmoderno que cabalga al lomo de la globalización nos está conduciendo sin remedio al desencuentro.


 
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