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Altar Mayor - Nº 82 (09)
Viernes, 25 octubre a las 18:09:24

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 82 – septiembre-octubre de 2002

VI Universidad de Verano Fundación José Antonio
LA IZQUIERDA ANTIGLOBALIZACIÓN

Por
Gustavo Morales

Las naciones-Estado que eclosionaron durante el siglo XX en todo el Tercer Mundo, por el proceso de descolonización, son consecuencia directa de dos guerras civiles europeas que sacudieron el siglo XX. Ellas son el resultado de la consolidación del protagonismo de los Estados Unidos como potencia imperial, forzando a las naciones europeas a la descolonización y relevándolas como metrópoli de referencia. Esto supone un orden internacional, una economía integrada y un modelo de vida protegida por la musculatura militar estadounidense. Incluso los acuerdos que vota el Congreso en Washington, como los cercos a Libia, Irak o Cuba, pretenden imponerlos en todo el mundo. La caída del oso soviético deja además a Estados Unidos la exclusiva en el papel de gendarme mundial que presenta su modus vivendi como modelo universal.

Globalización es entonces la extensión del modo de vida occidental. Al menos, así lo siente una gran parte de la humanidad. La ciencia occidental se «convirtió en la ciencia, su medicina en la medicina; su filosofía en la filosofía y desde entonces ese movimiento de concentración no se ha detenido». El sociólogo persa Ali Shariati destaca cómo la modernidad, y consiguiente globalización, es sencillamente una velocidad de desarrollo económico que corresponde a parámetros eurocentristas.

Antes de la Primera Guerra Mundial, en una primera fase, la burguesía ascendente difunde unos valores sólidos: religión, patria y familia, y unas virtudes, recogidas por Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, como el ahorro, la responsabilidad, la decencia, etc. Cuando el desarrollo convierte el comercio en transnacional se pierden las virtudes burguesas para dejar paso al estilo cosmopolita. Las economías mundiales se fueron integrando. La apertura de nuevos mercados y el crecimiento de la producción supone homologar los gustos mundiales de los consumidores, conseguir que los mismos productos que se consumen en Nueva York también lo sean en Pekín o Sydney. Ahí entran en juego los medios de comunicación. Crean audiencias de público que entregan a la publicidad.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la integración de la economía mundial, la globalización económica, se extendió en alas del crecimiento en las comunicaciones de todo tipo. Las mismas comunicaciones que facilitaban la internacionalización financiera supusieron también el reconocimiento de la existencia del Otro a través de las pantallas de televisión.

En la segunda fase, de gran expansión, el capitalismo se hace apátrida, todos esos valores y virtudes citadas son trabas de las que hay que librarse para impulsar la tercera ola postindustrial. Ya no es tiempo exclusivo de familias poderosas, sino de corporaciones, más o menos, anónimas cuyo único valor es la cuenta de beneficios. La comunidad de intereses y de estilos de vida separa más a obreros y ejecutivos de las mismas naciones. Es decir, la vida de un financiero japonés se parece a la de un financiero norteamericano más que a la de un granjero compatriota. A esto le acompaña un desarme ideológico de la sociedad occidental que defenestra las religiones en Europa y se erige en adalid de los derechos humanos, según y con quien como pudimos ver en el aplaudido golpe militar de Argelia que cercenó las elecciones presidenciales ante la victoria del integrista Frente Islámico de Salvación.

El Club de Roma, institución poco sospechosa de jacobina, en 1991, reconocía «una pérdida general de los valores que anteriormente aseguraban la coherencia de la sociedad […] consecuencia de una pérdida de fe […] y una pérdida de confianza en el sistema político y en quienes lo dirigen».

Con la mundialización anunciada por Ortega y Gasset, la moral antigua que había servido para construir las naciones, el espacio de la solidaridad como las definió Miguel de Unamuno, salta en pedazos y cede el paso a la sociedad tolerante. La burguesía asume la rebeldía contra el sistema y convirtió los ritos de los jóvenes (conciertos, fiestas…), sus símbolos y su música en artículos de consumo. Recogió la información y la convirtió en publicidad. Nos cuenta Aquilino Duque que la gran frustración de la juventud contestataria fue la facilidad con que el mundo adulto dominante en vez de reaccionar contra el asalto, se unía a los asaltantes y la ayudaban a saquear la propia mansión. Y buena parte de esos contestatarios se hicieron periodistas, comunicadores. Ingresaron en el equipo que dirige la indiferencia hacia lo público, cuya expresión política es la abstención electoral masiva.

La sociedad represiva se hacía permisiva y en ella se disolvía la revolución nacional, consigna de los siglos XIX y XX. La sociedad neoliberal también reduce los costes sociales, de forma especial limitando la seguridad social, pero mantiene a la población más en la categoría de consumidores que de trabajadores.

Internacionalización

En esta segunda etapa, la gran expansión de las transferencias especulativas de capitales de corto plazo impuso graves limitaciones a las opciones de planificación de los gobiernos, con lo que restringió la soberanía popular en los casos de sistemas políticos democráticos. La movilidad transnacional del capital ha creado un ejecutivo virtual que veta las medidas de los gobiernos y reduce la democracia. «Los derechos del capital tienen prioridad frente a los derechos de las personas». Se genera una sensación de malestar por «la inexistencia de valores, al desprecio por la coherencia, a la exaltación del pragmatismo, a la aceptación acrítica de la realidad». El nuevo paradigma es el triunfo del dinero y en esa clase necesariamente reducida se contempla a los demás, al Otro, como un extra de la vida.

La etapa, que hoy se define con el término de «globalización», está ligada a la política neoliberal: al ajuste estructural; a la pax americana de Washington en gran parte del Tercer Mundo y, después de 1990, también en otros lugares.

Cambio en el poder

Siendo la globalización una etapa histórica, existiendo un mercado único y un discurso único, se trata de buscar la gobernabilidad del capitalismo mundial. La globalización implica nuevos protagonismos y la reducción de otros a metáforas del poder clásico. Y el proceso no se limita a las fronteras nacionales.

Los llamados poderes fácticos, Iglesia, Ejército, Banca eran el conjunto de instituciones con más fuerza para influir en la política de un Estado. Hoy tendremos que añadirles judicatura, mercado, prensa, sondeos. Según afirma Alain Minc en La borrachera democrática, los tres poderes tradicionales: legislativo, ejecutivo y judicial son sustituidos por una tríada: la prensa, los jueces y la opinión pública. Los más poderosos ya no son políticos, sino empresarios, financieros, comunicadores.

Rebelión

Noam Chomsky califica de «edad de plomo» a la era de la globalización, que produjo en todo el mundo un deterioro de los parámetros macroeconómicos standard (tasa de crecimiento, productividad, inversión de capital, etc.) y acentuó la desigualdad. Incluso en los países más ricos del mundo, los salarios de la mayor parte de la población quedaron estancados con crecimientos vegetativos. La jornada real de trabajo aumentó. Las prestaciones de los sistemas de previsión y seguridad social han sido recortadas.

Con la caída del dualismo imperial por el derrumbe soviético, se mundializa un sistema de «mercantilismo corporativo».

Las decisiones sobre la vida social, económica y política se concentran en manos de grupos de poder privados, exentos de responsabilidad social. El poder real se hace corporativo y la democracia formal pierde contenido porque los espacios nacionales han sido sobrepasados. Son indiferentes casi las medidas adoptadas en forma exclusiva por las entidades nacionales. Dice Joaquín Estefanía que los nuevos protagonistas transcienden en poder e influencia allende los mares. Matahir Mohammad, primer ministro de Malasia en 1997, afirmaba: «Hemos estado trabajando 30 ó 40 años intentando levantar nuestras economías. Y ahora viene un tipo -se refiere a George Soros- que dispone de miles de millones de dólares y en un par de semanas deshace nuestro trabajo».

En todo el mundo económico se establecen oligopolios y alianzas estratégicas entre empresas, que presionan al sector estatal para socializar los riesgos y los costos. Esta práctica constituyó un factor clave de la economía de los Estados Unidos y de algunos países europeos. Los acuerdos internacionales de libre intercambio se basan en complejas tramas de medidas liberalizadoras y proteccionistas, que permiten a las grandes empresas obtener enormes ganancias en muchos sectores que son de importancia vital. El encuentro de Barcelona sobre el SIDA ha denunciado al sector de productos farmacéuticos, que recurre a vender a precios de monopolio medicamentos que se desarrollaron gracias a la contribución sustancial del sector público. África está sacudida por una epidemia y los laboratorios de Occidente tienen remedios que no se comercializan al no ser rentables. Es la lógica del mercantilismo liberal devenido en globalización. No existe el Círculo de Lectores en Tombuctú.

Chomsky señala que «no es extraño que los efectos de esta segunda etapa suscitaran una profunda reacción, una oposición de la opinión pública que revistió distintas formas en todo el mundo». Esta protesta pasó a propuestas. Supuso la posibilidad de desarrollar alternativas constructivas que puedan defender a grupos de la población mundial de los ataques a sus derechos y la denuncia de las concentraciones de poder ilegítimas, para dar así un espacio más amplio a comunidades diferentes. En ese sentido funcionan las demostraciones o pequeñas obritas callejeras de los alternativos que, con una sencillez goebeliana, exponen la maldad intrínseca de las grandes corporaciones en las macro manifestaciones de la izquierda antiglobalizadora.

Las levas

Son los medios de comunicación quienes han convertido el mundo en una aldea global, especialmente gracias al desarrollo técnico en la captación y transmisión de imágenes y de datos. La televisión lleva a las masas a lugares y momentos históricos inaccesibles de otro modo. Imágenes de impacto que han movido la conciencia del Norte, como el movimiento de la Madre Teresa de Calcuta o las matanzas de hutus y tutsis en África. La televisión mostró también la existencia estimulante del movimiento zapatista en México, que ha inspirado las luchas sociales de otros países contra los programas neoliberales y por derechos comunitarios. Precedidos por Vietnam, «la amenaza cubana» y la Nicaragua sandinista, los zapatistas constituyen hoy un «tótem» de la antiglobalización aunque su lucha tenga lugar a miles de kilómetros de sus admiradores.

«La televisión redujo drásticamente el desfase temporal entre presión y acción, necesidad y respuesta». En un sentido como en otro. La movilización que provocan los grandes desastres, como terremotos, hambrunas, epidemias, matanzas, lo hacen por las imágenes, que a todos conmueven de formas que van desde la emigración al extranjero como voluntario al ingreso en cuenta corriente. La presión de esas imágenes da a entender que el vínculo entre los televidentes y los desheredados del Tercer Mundo es inherente al ser humano. Esto lo ha impulsado la comunicación: Imagen de la niña y el buitre que espera que muera para comérsela, imagen del negro albino que muere ante los ojos del espectador, imagen de la enfermera en Afganistán eligiendo a qué niños salvar porque no hay medicinas para todos.

Mientras las naciones establecían, empujadas por su opinión pública, sistemas de ayuda raquítica al Tercer Mundo, otras personas consideraban que esas imágenes les impelían al compromiso militante. Los jóvenes airados y sectarios que, en las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado, fortalecieron los partidos radicales en sus propias naciones occidentales, se proyectan al exterior. Marchan como voluntarios a Hispanoamérica, África, Asia. Crean organizaciones no gubernamentales de ayuda sobre el terreno, siguiendo la estela de los misioneros y de la Cruz Roja.

Se trata de gente movilizada permanentemente, en bastantes casos, y de un grupo más amplio y menos comprometido que entrega de forma gratuita en esas causas sus vacaciones y parte de su dinero. Otros constituyen grupos de presión continentales para exigir la entrega del 0.7% a los países pobres. Bastantes de ellos deciden que quieren un nuevo modelo de vida. Unos asumen cambiar las cosas, se entregan al activismo político y social, reconstruyen organizaciones marxistas y anarquistas, en sus modalidades tradicional y cyberpunk. Otros construyen una sociedad paralela con sus propios medios y normas y marchan al campo a recuperar pueblos. Dan la espalda a la sociedad tradicional y levantan comunidades socializadas. Proudhon sostenía que el capitalismo puede ser destruido desde dentro formando comunidades cooperativas, que no requieren el paso por las fases marxistas tradicionales.

Nacen nuevas formas de autoorganización. Pequeños colectivos generan sus propios medios de vida. Piensan que si los activistas se entregan por entero pueden convertirse en la palanca necesaria para mover el gran peso de la inercia social. Muchos siguen el ejemplo de los scuatters del Berlín dividido y comienza la ocupación de edificios en toda Europa, donde se multiplican los focos de actividad que atraen a jóvenes con áreas de interés diversas: artísticas, sociales, musicales, políticas.

Daniel Cohn Bendit, famoso como «Dany, el rojo» en el Mayo francés de 1968, afirma: «No necesitamos una organización con mayúsculas, sino una multitud de células insurreccionales, ya sean grupos ideológicos, grupos de estudio... incluso podemos utilizar pandillas callejeras».

Esa nueva izquierda, unida en torno a la antiglobalización, no es un bloque monolítico sino el conjunto de muchas organizaciones de diferente cariz. En Francia, un campesino, el nuevo Astérix, ataca un centro de comida rápida norteamericano y se presenta ante la cárcel montado en tractor y seguido por una multitud de agricultores galos. La flexibilidad del mercado de trabajo supone la caída de los sueldos de los trabajadores y la pérdida de beneficios sociales, lo que es bueno para los economistas de la globalización, disfrazados de «medidas técnicas». A los jóvenes airados se unen parados, campesinos, trabajadores eventuales...

No sólo grupos de jóvenes constituyen el entorno arco iris de la antiglobalización. Todos los humillados y ofendidos se levantan en defensa de sus derechos comunitarios. El movimiento social que generan ha supuesto un relevo y un cambio de perspectiva en algunas áreas como el movimiento vecinal, el ecologismo, la inmigración. La izquierda invertebrada también la constituyen grupos de teatro, colectivos de ocupas y antifascistas, alternativos, revistas como Molotov, comités de ayuda a presos, asociaciones de inmigrantes, hinchadas de fútbol... La militancia de ese núcleo no se reduce a las horas libres, al tiempo de ocio. Hacen de la militancia una forma de vida.

Sus actos y manifestaciones tienen un aire lúdico, de fiesta, y, como cada nueva generación, se diferencian en sus ropas para marcar la identidad propia. Muchos de ellos abolen la distinción entre el ámbito privado y el ámbito público, se definen básicamente por su identidad sexual, relegando el resto de los componentes humanos que forman su personalidad al armario. La música y el teatro más básico acompañan su presencia pública. Practican la desobediencia civil y se encaran con las fuerzas del orden público. Son antiparlamentarios y antisistema. Para ellos, la nación no es el vínculo de solidaridad levantado, al decir de Renan, «sobre los sacrificios hechos en el pasado y en la voluntad de seguir haciéndolos en el futuro». Los militantes de izquierda van al terruño, la gaita del nacionalismo secesionista, o a lo cosmopolita, ciudadanos del mundo. Acaso sin saberlo, Gramsci les dirige por el camino de la batalla cultural.

Sus talleres fabrican armaduras con productos reciclables (botellas de plástico, botes de aluminio) para las cargas de la Policía. Por ejemplo, la organización italiana Monos Blancos se sitúa entre la policía y los manifestantes con los brazos en alto. La multiplicación de disfraces reivindica el espíritu de fiesta y reduce la posibilidad de la identificación policial. Recuperan el comunismo y el anarquismo en sus versiones más radicales. Muchos autobuses se quedan en las fronteras nacionales cuando en los registros la policía encuentra instrumentos contundentes.

Su gurú, Noam Chomsky afirma que «si la gente no obedece, el sistema se colapsa. No interesa que a la gente le importen los otros, y por eso hay que destruirla». El discurso antiglobalizador critica el individualismo y el consumo, aduce la solidaridad, la defensa de lo público frente a «los maestros del Universo que en Davos enseñan el dogma de moda: la ganancia personal y el no te involucres».

Esa izquierda asume el análisis del ensayista estadounidense. Están unidos en torno al anti, abstracto e ideológico. George Orwell, pseudónimo del autor de 1984 y combatiente troskista en la Guerra de España (1936-39), asegura que «los oprimidos no siempre tienen razón». Pero, en cualquier caso la pérdida de fe de distintos grupos y sectores en el funcionamiento de los partidos y las instituciones democráticas se extiende sensiblemente y gana espacio en la abstención electoral. «Si la mayoría no respeta a la minoría quizás actúe democráticamente, pero estará incubando conflictos que en el futuro hagan impracticable la democracia».

Turismo de combate

Los distintos grupos comienzan a comprender que comparten otras características, se han conocido en los diversos encuentros que desde finales del siglo pasado les han reunido. En noviembre de 1999, en Seattle, 50.000 personas consiguieron abortar la cumbre de la Organización Mundial del Comercio. El fracaso de la cumbre supone un punto de inflexión del movimiento. Al año siguiente, en febrero de 2000, coincidiendo con la décima Asamblea de Desarrollo y Comercio de las Naciones Unidas, un centenar de ONG se trasladaron a Bangkok para protestar contra la política de desarrollo de la ONU. En abril, en Washington, 30.000 activistas protestan ante 10.000 policías por una reunión del Banco Mundial y el Foro Monetario Internacional en la capital norteamericana. También ese año, en septiembre 10.000 militantes se trasladaron a Praga desde diferentes puntos del continente europeo y del exterior para manifestarse en contra del Banco Mundial aprovechando la reunión de la institución, que cedió a un encuentro entre representantes del movimiento y gestores de las instituciones monetarias que fue dirigido por el presidente checo Vaclav Havel.

Al año siguiente, 2001, en enero mientras los líderes mundiales se reunían en Davos (Suiza) en el Forum Económico Mundial, el movimiento antiglobalización celebraba un Foro Social paralelo en la ciudad brasileña de Porto Alegre. En el foro social participaron casi un millar de ONG de países ricos y de países pobres. La ciudad sueca de Gottemburgo, en junio de 2001, acogió a los líderes europeos, con movilizaciones que una minoría tornó en violentas. La policía sueca, sin experiencia en estos casos, abrió fuego real hiriendo a varios manifestantes. Ese mismo mes, en Barcelona, el precedente de Gottemburgo semanas antes y las movilizaciones llevaron al Banco Mundial a suspender su conferencia anual. La conferencia se llevó a cabo vía digital a través de Internet, lo que no impidió que se convocaran manifestaciones que acabaron en violencia. Una semana después, el movimiento antiglobalización celebró una manifestación pacífica en la misma ciudad, para protestar contra la violencia policial. Al mes siguiente, el Gobierno de Austria suspendió el tratado europeo que permite la libre circulación de ciudadanos en la Unión Europea, para intentar evitar la entrada masiva de manifestantes contra las jornadas del Foro Económico Mundial en Salzburgo. Un millar de personas consiguió participar en las protestas, que acabaron en enfrentamientos con la policía.

Este año de la VI Universidad de la Fundación José Antonio, 2002, Génova dio el primer «mártir» a los antiglobalizadores. Barcelona y Sevilla han seguido como puntos de encuentro en el semestre de Presidencia europea de España.

Con cada movilización, la izquierda adquiere más conciencia de su poder expresado de forma mediática. Pueden responder a las instituciones mundiales en Estados Unidos, Tailandia, Suecia, Austria, Italia, España, etc. Pero, de los encuentros reseñados brevemente, el Foro Social Mundial que se reunió en Porto Alegre el año pasado, supuso un encuentro sin precedentes a fuerzas procedentes de las más diversas partes, de los países más ricos y los más pobres. Quedaba planteado el reto de aprender a construir la unidad sin destruir la diversidad. No hay partido único sino movimiento plural.

El universalismo de las reivindicaciones del discurso antiglobalizador se concreta en las causas más remotas y en las más determinadas, desde la protección ecológica más sui géneris hasta el apoyo a Palestina. La izquierda «como toda doctrina política sostiene que la realidad es una y debería ser otra».

Muchos grupos con pocos miembros. Esa desvertebración y la carencia de un sentimiento nacional es aprovechada por los secesionistas radicales que, desde cualquier país de Europa, dan la infraestructura necesaria para mover a miles de personas desde Estados Unidos a Brasil, pasando por Italia, Suecia y España. Los nacionalistas radicales son violentos y constituyen el núcleo de los grupos de choque. Aunque el movimiento antiglobalización mantenga un discurso pacifista con ribetes de Gandhi, buena parte de su esqueleto cartilaginoso está formado por grupos que predican y practican la violencia como sistema de enfrentamiento con el sistema. Se reúnen entre ellos y ofrecen cursos y campamentos donde instruyen a jóvenes de cualquier lugar en la kale borroka. En esa área entra Batasuna en España o el Sin Feinn en Irlanda. El éxito del nacionalismo de izquierdas evidencia que «no existe ninguna relación entre la verdad de una doctrina y su valor operativo en tanto instrumento de combate».

El universalismo del discurso antiglobalizador se difumina entre las causas más remotas y las más determinadas. La presencia de los nacionalistas locales (Seattle, Génova, Barcelona...) es bienvenida por la generalidad antiglobalizadora, aunque suponen el elemento de choque violento contra la policía. La antiglobalización suele caer en el error de tomar las diferencias menores y transformarlas en grandes distinciones. Su solidaridad universal recae en la defensa del particularismo local, que no se aplica a las zonas del Tercer Mundo donde se practica la ablación, la lapidación y otras lindezas que repugnan a un occidental de cualquier condición. El discurso nacionalista englobado en la antiglobalización asume de nuevo una dimensión mundial aunque sólo mira al Otro para reafirmar su diferencia. Las identidades que defienden constituyen, en el caso de los secesionistas, una discutible mezcla de tradiciones inventadas y paranoias recientes. Las raíces de la intolerancia nacionalista se hunden en la tendencia a sobrevalorar la identidad propia, sin nada en común ni nada que compartir.

Izquierda y violencia

La izquierda antiglobalizadora piensa que detrás de los parlamentos, las elecciones, la legislación y las negociaciones están los ejércitos y las armas que monopoliza el Estado. El arma hoy son los medios de comunicación que recogen esas movilizaciones multitudinarias y las airean a los cuatro vientos.

La lucha armada la justifican sus usuarios como única alternativa frente al poder de un sistema capitalista totalmente desarrollado que domina la mentalidad del pueblo mediante la manipulación de las instituciones públicas y de los deseos privados, en expresión de Marcuse. El objetivo de la nueva izquierda es conmocionar a la audiencia, para lo que necesita estar presente en los medios de comunicación. Las armas buscan su eco en los medios, esa es la verdadera estrategia de la protesta.

La violencia es un acceso seguro a los medios de comunicación, voceros y educadores sociales, supone la ruptura del aislamiento de causas irredentas. Los violentos de la antiglobalización realizan acciones vandálicas, no porque piensen en «ganar la guerra» por la vía militar, sino para llevar su causa a los medios de comunicación, contra más internacionales mejor, y mantenerla allí lo más posible. Su deslegitimación está tanto en los objetivos, la división cuyos resultados vemos en el largo conflicto entre India y Pakistán, así como en los métodos, dado que para el secesionista el fin de la «nueva nación» justifica el terror. «La violencia y el terror necesarios para conseguir la unanimidad no son más humanos cuando se aplican en nombre de la democracia que cuando el objetivo es la pureza racial o la igualdad económica» .

Comunicaciones

El sistema de comunicación de estos grupos es Internet donde se producen las convocatorias movilizadoras multiplicadas por todas las organizaciones con presencia en la red que asumen el discurso antiglobalizador. Los costes de un medio de comunicación internacional se eliminan mediante la red, donde no existen los gastos de impresión ni distribución. Su extensión mundial genera una red de comunicaciones que no están jerarquizadas verticalmente sino que son horizontales y tupidas.

Estados Unidos lo sabe y rastrea la disidencia en Internet mediante sus programas de búsqueda y violación del correo electrónico Echelon y Carnivore.

En cambio, la financiación de la mayor parte de las ONG y grupos que forman el movimiento de la izquierda antiglobalizadora procede de vía estatal. A la pregunta ¿cómo pueden financiar la movilización y mantenimiento de miles de activistas a lo largo de todo el mundo? Según Juan Gabriel Cotino, director general de la Policía española, el dinero lo obtienen por medio de las financiaciones que reciben las ONG a distintos niveles: europeo, nacional, autonómico y municipal. Dinero que financia un amplio espectro de actividades, en parte sirve para la 5ª marcha de homenaje al maquis, un curso de teatro, un campamento, la asistencia de toxicómanos y el traslado de miles de personas a cualquier parte del mundo.

Diana B., estudiante de periodismo de una universidad católica privada acudió a la manifestación de Barcelona. En un artículo que publicó habla de ilusión, de «todos juntos»; hay un aire de juego rebelde a pesar que constata la presencia de los violentos que provocan a la policía para atacar el grueso de la manifestación e incrementar la tensión. Diana pertenece a la gran mayoría, la que llena las manifestaciones, la que da carne al esqueleto del movimiento que plantean las ONG antiglobalizadoras.

Conclusión

El movimiento antiglobalización, en tanto fructifiquen sus encuentros tenderá a homogeneizar su discurso y entrará en contradicción, si son coherentes, con el grupo violento que agita las banderas del nacionalismo y de la extrema izquierda. El problema es que dentro del núcleo duro de la antiglobalización se encuentra justificada la tesis de los movimientos nacionalistas armados. Hay un punto oculto de fisura entre la gran masa que acude a esos encuentros y los organizadores últimos aunque se trata de un movimiento acéfalo, como lo es el Islam.

En resumen, la antiglobalización supone una bandera que aúna multitud de colectivos de izquierda, compuestos básicamente por pocas personas. Se estructura y financia por medio de las organizaciones no gubernamentales y trasciende las fronteras porque la globalización también alcanza y afecta a la actuación y relaciones de la izquierda antiglobalizadora. La izquierda este siglo, como el pasado lo hizo el fascismo, se rebela contra la deshumanización introducida por la modernización en las relaciones humanas, exige una nueva distribución pero desea preservar los logros del progreso, tanto materiales como doctrinales. Esa izquierda, como el objetivo al que combaten: la globalización, transciende las fronteras nacionales pero, como movimiento, carece de una estructura rígida internacional al modo del Komitern o la AIT y sus propuestas son múltiples y difusas, no definen fases ni pasos históricos. Es una izquierda transversal porque agrupa a sectores diferentes, de países diversos y distintos segmentos de edad, con el lógico peso específico de la juventud.


 
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