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Altar Mayor - Nº 82 (04)
Viernes, 25 octubre a las 18:25:33

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 82 – septiembre-octubre de 2002

El fin del mundo (5)
EL CREYENTE DE HOY ANTE EL FIN DEL MUNDO
Por Antonio Salas, OSA. Dr. en Ciencias Bíblicas

La tradición cristiana no siempre ha interpretado de forma adecuada los mitos bíblicos. Y ello ha contribuido a que con frecuencia haya entendido al pie de la letra un sinfín de textos que parecen aludir al fin del mundo actual. Así ocurre, en efecto, con ciertos vaticinios proféticos, con no pocas perícopas evangélicas y sobre todo con un notorio bagaje apocalíptico. De hecho, el libro del Apocalipsis sigue siendo hoy el escrito más manido a la hora de amedrentar a los cristianos ante la presunta inminencia de un fin que –obviamente- viene descrito con toda serie de detalles.

Estos encuadres han resultado siempre nocivos para la comunidad cristiana. Cierto que hoy la mayoría de los creyentes no pueden evitar su sonrisa al constatar cómo los agoreros de catástrofes tratan de embaucar a los ingenuos, hablándoles con rotundez de un descomunal cataclismo que hará saltar a pedazos nuestro planeta. Para avalar tal supuesto, apelan no sólo a la tradición bíblica sino incluso a presuntas apariciones de la Virgen, donde ésta siempre parece angustiada por lo que está a punto de ocurrir.

Quien apuesta por la sensatez, no puede menos de cuestionarse: ¿porqué nos hemos de obsesionar ante el fin cronológico del cosmos?; ¿es que acaso el hombre está en condiciones de preverlo?; ¿es que Dios decide revelarle el momento concreto? Cierto que la reflexión del cristianismo primitivo así llegó a suponerlo, afirmando sin ambages que Dios lo había desvelado con claridad en un sinfín de testimonios bíblicos. En cambio la teología actual, cuando revisa esos mismos textos con criterio desmitificador, ve claro que tales alusiones han de entenderse de forma simbólica. Invita, por tanto, a explicar los eventos del fin desde una perspectiva no tanto cronológica cuanto cristológica y antropológica.

Ello no impide que algunos falsos profetas sigan afanándose por inquietar a los creyentes. No es, en efecto, difícil toparse con personas cuya vida transpira angustia por pensar que, dentro de muy poco tiempo, el planeta tierra quedará sacudido por un cataclismo descomunal. ¿Qué decir al respecto? Deben ser denunciadas como aberrantes cuantas teorías buscan el aval de los testimonios bíblicos para justificar su tremendismo. Ello se observa sobre todo entre quienes pagan tributo a las sectas. Mas tampoco es raro encontrarse con católicos «a cartacabal» que apelan a los portes rigoristas como revulsivo eficaz contra el caos.

En realidad, sólo Dios tiene la clave para desvelar el futuro. El ser humano jamás podrá conocerlo a menos que él se digne agraciarlo con alguna revelación al respecto. ¿Se lo ha revelado acaso en la Biblia? ¡Cuántos se formulan la misma pregunta! Pues bien, la teología contemporánea niega con brío el supuesto. Y es que cuantos textos sagrados se interesan por la temática han de entenderse desde una perspectiva simbólica, la cual nunca pacta con los encuadres historicistas.

Quien esgrima argumentos históricos para justificar la presunta inminencia del fin, podrá engañar a los ingenuos, pero nunca brindar una formulación doctrinal acorde con el sentir de la Biblia. Por eso la teología actual invita cada vez más a sintonizar con el flujo de la revelación neotestamentaria para brindar una explicación válida del ocaso del cosmos.

Este ¿cuándo ocurrirá? Muchos continúan haciéndose hoy la pregunta. Y a ello ¿qué responde la teología? Para asir su postura acaso convenga fijar ante todo una neta distinción entre la visión cronológica y la visión teológica de tan desconcertante temática.

1. Fin del mundo: perspectiva cronológica

La tradición bíblica supone que el mundo entero ha sido creado por Dios como una obra perfecta ya en su origen (Gn 1,1-2,15). En cambio la ciencia moderna invita a revisar sin prejuicios los postulados del creacionismo bíblico. Y lo hace desde su visión evolucionista del cosmos. Esta supone que el mundo, más que estar hecho desde su inicio, seguirá haciéndose hasta que llegue al final.

Tal enfoque abre una serie de interrogantes que la teología no puede ni debe soslayar: ¿ha sido el cosmos hecho perfecto o se va más bien perfeccionando a fuerza de evolución?; ¿cuándo terminará el proceso evolutivo del universo?; ¿debe identificarse el fin del mundo con el término de su evolución?

La teología actual, aun aceptando la hipótesis evolucionista propuesta por los científicos, no duda que el cosmos haya recibido de Dios su impulso creador. Nada obsta, sin embargo, a que la divinidad rija los destinos del universo por las leyes inherentes a su propio proceso de evolución. Y es que cuantos seres integran el conjunto creacional no pueden salirse de ellas. Sólo el hombre está en condiciones de hacerlo, pues se lo permite su libertad.

Mas, por otra parte, la presencia del pecado demuestra que el ser humano no siempre se ha avenido a los designios del creador. Y a ello se supone debida la infiltración del pecado en el mundo (Rom 5,12). Por tanto, ese don llamado libertad pone el fin de nuestro planeta en manos del propio hombre.

El ser humano nunca se creyó con fuerza para quebrar el equilibro cósmico, pues chocaba al intentarlo con las leyes de un mundo en marcha que él se sabía incapaz de controlar. Mas en nuestro tiempo algo ha cambiado al respecto. ¿Qué? Muy sencillo: hoy el hombre se sabe en condiciones de interrumpir el ritmo evolutivo de nuestro mundo. Sus misiles y artefactos bélicos le capacitan incluso para desintegrar el planeta.

Siendo tal, lógico es que el fin cronológico del mundo esté realmente en sus manos. Si el hombre no abusa de esa libertad que le otorgó Dios, lógico es que la tierra prosiga su proceso evolutivo, desintegrándose sólo una vez que éste llegue a su término. Mas el hombre de hoy puede acelerarlo. Basta para ello -sirva de ejemplo- que un jefe de gobierno apriete a destiempo un botón para que todo vuele por los aires.

Tal realidad es evidente. Y por serlo, la acepta la teología. Esta centra, no obstante, su interés en inculcar al hombre que use con tiento el sublime don de su libertad. Y es que mientras lo haga, no habrá peligro de desintegración cósmica. Pero ¿dejará el hombre de hacerlo algún día? Sólo él tiene la respuesta. Y es que ni Dios puede impedírselo, pues ello supondría cercenar esa libertad que él mismo le otorgara al crearlo.

Por tanto, desde un punto de vista cronológico, el fin del planeta tierra (=mundo) se halla en manos del hombre. La teología lo único que puede hacer al respecto, es convencerle de que el abuso de su libertad puede activar su propia aniquilación. Mas si aun así el ser humano se empeña en provocarla, es muy libre de hacerlo. Nadie -ni siquiera Dios- se lo va a impedir.

2. Fin del mundo: perspectiva teológica

La teología contemporánea trata cada vez más de encuadrar sus especulaciones sobre el fin en un marco antropológico. Y es que, visto desde la fe crística, el ocaso del mundo interesa al hombre sólo en cuanto supone y conlleva el término de la gran andadura humana. Ahora bien, la humanidad existe únicamente en cuantos individuos concretos la integramos. Por eso, al adentrarse en el tema escatológico, acaso proceda hacerlo desde la vivencia personal de cada creyente. Este no puede ni debe olvidar que Cristo es el eje en torno al cual gira todo el conjunto creacional (Col 1,15-20) .

Por otra parte, la experiencia demuestra que el pecado sigue imponiendo su ley en el mundo. ¿Qué hacer para situarse allende sus redes? El hombre de hoy se sabe involucrado en ese proceso evolutivo que afecta al conjunto creacional. Pero la evolución impone su ritmo tanto a nivel colectivo como individual. Por eso cada existencia personal conlleva un proceso evolutivo, cifrado en explotar los valores creaturales recibidos de Dios.

Este planteamiento incide en los encuadres escatológicos de cuño historicista, mientras engarza con el más sano sentir de la tradición bíblica. No en vano ésta siempre asoció el fin del mundo con el «día» en el que Yahvé intervendría de forma drástica en la historia humana. Tal «día» fue convertido por el cristianismo en el «día» de Jesús. Pues bien, la teología actual trata de consignar cómo ese «día» tiene una connotación no tanto cronológica cuanto vivencial, ya que se va realizando en cada creyente conforme éste se adentra en la dinámica crística.

La vida entera del cristiano queda convertida así en un esfuerzo incesante por acelerar -¡en él!- la llegada de ese «día», visto como una vivencia tal que Cristo ocupe el centro mismo de su ser. Conforme el creyente va acercándose a tal meta, se opera en él un trueque mágico, quedando su vida liberada del «eón» presente (=limitación) a la par que se introduce en el «eón» futuro (=plenitud).

Ahora bien, ese paso de presente a futuro se va realizando en puras categorías teológicas. Para ello el cristiano, más que corregir su trayectoria existencial, ha de ajustarla al ritmo del proceso evolucionista. Y su fe le indica, al respecto, que su mayor afán debe cifrarse en entronizar de tal modo a Cristo en su vida que ésta quede catalizada por la fuerza de su resurrección.

Tal enfoque sugiere que está más cerca del fin del mundo quien mejor logre adecuarse a las exigencias crísticas. Si alguien viviese a Cristo en plenitud, se situaría en cierto modo fuera ya de este mundo donde sigue imperando el pecado. Disfrutaría, en consecuencia, las delicias de ese «más allá» fascinante que la tradición bíblica presenta como fuente de felicidad. Puede admitirse, por lo mismo, que un cristiano del siglo décimo haya vivido mucho más cerca del fin que otro del momento actual. Y es que Cristo siempre será el objetivo último de ese proceso evolutivo impuesto por Dios a su conjunto creacional.

Esgrimiendo estas categorías, la reflexión escatológica de hoy, siempre que especula sobre el fin de la humanidad, invita a fijarse no tanto en el futuro cuanto en el presente. Y ello es del todo lógico, pues no en vano la resurrección de Jesús garantiza que nuestra vivencia alcanza su plenitud conforme conseguimos adecuarla a los imperativos de la fe pascual.

Así es cómo la resurrección de Cristo pasa a convertirse en una realidad que, empujándonos desde el pasado, nos invita a penetrar en el futuro con ánimo de afianzar nuestra vivencia crística. Cierto que tal meta sólo podrá alcanzarse de forma plena tras nuestro óbito. Mas la muerte, contemplada desde tal prisma, queda convertida en el simple tránsito de un «más acá» cuajado de caducidad (=«eón» del pecado humano) a un «más allá» sazonado de plenitud («eón»de la gracia divina).

3. ¿Un mundo que no tiene fin?

La teología actual, al esgrimir categorías antropológicas, asocia el fin del mundo con el fin de cada individuo concreto. Y con ello invita a que todo creyente adecue su existencia al módulo marcado por Cristo, cuya fuerza resurreccionista sigue impulsando a la comunidad. Ahora bien, este nuevo enfoque clama por revisar a fondo la problemática escatológica.

Cierto que el hombre siempre ha vivido obsesionado por la idea de que su mundo llegue pronto a su término. Mas la visión cosmológica de la actualidad establece una neta diferencia entre el fin del mundo (=cosmos) y el fin del planeta tierra. No en vano éste queda reducido a un punto insignificante dentro del gran concierto cósmico. Hoy ningún cristiano que esté en sus cabales inquiere sobre el fin del universo en cuanto tal, pues se trata de una temática reservada al análisis científico.

Todas las inquietudes del hombre se cifran en conocer a lo sumo el ocaso del planeta tierra. Hemos visto ya cómo, desde una perspectiva cronológica, tal fin está hoy en manos del propio hombre. Sin embargo, la visión teológica desvía su atención hacia la andadura existencial de los individuos concretos. Y estos se van acercando al fin del mundo presente (=imperio del mal) conforme se adentran en la dinámica de Cristo (=imperio del bien).

Tal constatación es, por supuesto, gratificante y hermosa. Y, en teoría, nadie se atreve a impugnarla. Pero ¿qué ocurre cuando se la aplica a situaciones concretas? Se observa un cambio radical de perspectiva. Tanto que la persona humana, en vez de cuestionarse por el fin de su mundo, debería anhelar la consecución de un mundo que -¡por definición!- ni puede ni debe tener fin. ¿De qué mundo se trata? La revelación bíblica lo asocia con el más allá, cuyos horizontes invita a penetrar con tiento pero sin miedo.

Quien tal intenta, constata ante todo cómo cada individuo pugna por liberarse del freno de su pecado (egoísmo, envidia, lujuria, indolencia...) para situarse en un plano existencial donde logre saberse feliz. Pues bien, cuantos esfuerzos orienta hacia tal fin lo van alejando del mundo de su pecado, a la par que lo acercan al mundo de la gracia (paz, amor, plenitud...). Y ¿acaso tal mundo puede tener fin? ¡De modo alguno!

Así lo sugiere cuando menos la esperanza cristiana que invita a confiar en Dios cuya justicia premiará a cuantos le sirvan con fidelidad. Mas el premio divino -situado en el «más allá»- conlleva una vivencia de plenitud donde no tiene acceso cuanto arropa la idea de fin. Y es que una vida plena con riesgo de terminar ¿podría conservar plenitud?

Así es, pues, como la teología contemporánea, al situar sus especulaciones escatológicas en un marco antropológico, trata de hurgar no tanto en el fin del mundo cuanto en el mundo sin fin. Dicho de otro modo: desaconseja anclar el mundo existencial de los creyentes en puras realidades caducas. Y es que, de hacerlo, su destino será el caos.

En cambio, quien rige su existencia por cuantos valores le brinda Cristo, sabe -¡se lo dice su fe!- que ni siquiera la muerte tendrá fuerza para truncar su dinámica a nivel de existencia. Y así su óbito queda convertido en la pasarela mágica que le permite adentrarse en un «más allá» eterno (=plenitud) tras abandonar su «más acá» temporal (=caducidad). El creyente, si se ajusta al patrón de vida que le va marcando su fe crística, sabe que el fin del mundo supone para él adentrarse en un mundo sin fin.

Tal enfoque, aunque en apariencia incida poco en la vida del cristiano, tiene fuerza para trocar sus expectativas en torno al fin del mundo. Y es que le permite ver cómo su existencia (=mundo actual) nunca terminará si se guía por su fe crística. Podrá finalizar su andadura caduca, cuyo límite fija la muerte. Mas ello supone no tanto el fin de su mundo cuanto el comienzo de un mundo sin fin.

¡Qué singular paradoja! Cuando el hombre se obsesiona por el fin de su mundo, no cesa de rendir tributo al trauma. Por el contrario, quien descubre que su mundo no tiene fin, activa sin más la ilusión. Se trata, por supuesto, de la ilusión que brinda la fe, hecha vida en Cristo, cuya fuerza resurreccionista se traduce en dinámica de amor. Quien ama con criterios cristianos, mira al futuro desde su presente. Y éste sólo le permite descubrir que, más allá del óbito, le espera un mundo que no tendrá fin (=cielo).

Así pues, el cristiano roza la estupidez siempre que, en vez de ir preparándose para ese mundo sin fin, se pasa la vida traumatizado por el miedo al fin de su mundo. Y su insensatez aumenta aún más, viendo cómo el fin del planeta tierra se halla hoy en manos del propio hombre. Desde el punto de vista de la fe, el único porte sensato es el de quien cifra su ilusión en vivir acorde con su compromiso crístico. No en vano éste le garantiza que, aun cuando el mundo donde vive llegara a desintegrarse, no por ello sufriría el menor detrimento el mundo de su propia existencia, ya que éste –tal como permite intuirlo la fe- ni tiene ni puede tener fin.

4. La fe cristiana ante los profetas del fatalismo

Es indudable que la comunidad cristiana acusa hoy, en un amplio sector de sus miembros, el temible cáncer de la indolencia. Muchos creyentes se desconectan a pasos agigantados del ritmo que trata de imponerles la comunidad eclesial cuya jerarquía se sabe obligada a tutelar su ortodoxia.

Mas, por otra parte, causa cierta grima ver cómo algunas minorías «ortodoxas» apenas engarzan con el sentir del hombre de la calle. Y ¿acaso la vivencia religiosa debe ir por un lado y las inquietudes humanas por otro? No es tal el sentir del evangelio. Al contrario, en él se invita a adoptar un porte religioso que sintonice con la andadura existencial de las personas.

Ello explica que surjan hoy dentro de la propia comunidad eclesial sanos intentos de estimular a los creyentes, de forma tal que su «ortodoxia» revierta también en una sana «ortopraxis». Es decir, que su vida (=«praxis») encaje con el evangelio (=«doxia»). Y tales esfuerzos han de verse, cuando menos en principio, como válidos y oportunos. Ocurre, no obstante, que a veces dan pie a deplorables camuflajes.

Tal ocurre -sirva de ejemplo- con los profetas del fatalismo, cuyo máximo afán se cifra en azuzar a los creyentes para que estos se entreguen sólo a «cosas serias», ya que el fin del mundo se supone a punto de llegar. Siendo así, todo lo lúdico ha de verse como banal. Lo único que en verdad interesa es constreñir el espíritu para ahuyentar toda oferta anclada en el «más acá».

¡Cuánto daño han hecho tales enfoques! Puede suscribirse, ya de entrada, que parten de un supuesto erróneo. Y es que el evangelio jamás pretende angustiar al creyente. Ello se antoja por lo demás evidente, pues donde prima la angustia ¿cómo forjar libertad? Sólo ésta tiene fuerza para realizar a las personas.

La teología contemporánea pone singular empeño en garantizar que esos gritos alarmistas, obsesionados casi siempre por la inminencia del fin, carecen de aval evangélico. Sin embargo, la experiencia atestigua que los desvelos de la teología tardan bastante en conectar con los creyentes de a pie. Y estos sufren mientras tanto las secuelas de cuantos enfoques desviados contribuyen sólo a intensificar su angustia. ¡Cuán triste resulta constatarlo! Pero ¿acaso las dolencias se alivian con los lamentos? ¡De modo alguno! Se impone, para ello, aplicar los remedios adecuados.

Esta es la razón por la que, desde diversos sectores del cristianismo, se están lanzando denuncias valientes y retadoras, cifradas en contrarrestar el funesto influjo de esos falsos profetas. Y es que indigna ver cómo explotan los sentimientos, llegando incluso a fomentar, entre los creyentes sencillos, un fanatismo traumatizante.

¿Quién no se queda perplejo, por ejemplo, al ver el cambio radical de cuantos caen en las redes de esos engaños, cuyos propagadores tratan de justificar con un presunto respaldo evangélico? ¡Cuántas personas sensatas se han convertido -de la noche a la mañana- en pregoneras de desgracias! Y todo ello porque se les convence de que el mundo está dando sus últimos coletazos. ¿No resulta mucho más gratificante -¡más evangélico!- sonreír a la vida para mostrar así la gratitud a Dios que es su autor?

Se da, por otra parte, la extraña coincidencia que a veces esos profetas fatalistas consiguen levantar grandes imperios económicos a costa de su mensaje. Y es que -así lo indica la experiencia- suele dar óptimos resultados convencer a los creyentes de que el mundo está a punto de su colapso final. La reacción acostumbra a ser bastante drástica. Tanto que muchos prefieren invertir parte de su patrimonio en obras pías antes que conservarlo para un inexistente futuro. Pero si en verdad fuera así, ¿por qué los predicadores del alarmismo cada vez engrosan más sus cuentas bancarias? ¡Cuánto engaño a costa de la religión!

Ya va siendo hora de que los cristianos sencillos reaccionen ante portes tan poco acordes con el evangelio. Este invita a explotar con profusión las posibilidades del «más acá» para recibir después el justo premio en el «más allá». Lo importante es que la existencia de cada creyente se traduzca en una actuación preñada de buenas obras («ortopraxis»), las cuales se anclen a su vez en el firme pilar de una fe viva («ortodoxia»).

Quien armoniza ambos polos («ortodoxia»/«ortopraxis»), lejos de obsesionarse por la inminencia del fin, se afanará por ir llenado su existencia de ilusión, optimismo y esperanza, para abrirse camino hacia ese mundo sin fin, que hoy los creyentes denominamos «cielo».

El cristiano adopta, por tanto, una actitud rayana en la estupidez cuando se deja hechizar por doctrinas ancladas en el miedo. Su único temor ha de estribar en vivir al margen de Cristo, ya que tal tesitura lo adentra en la frustración. Por el contrario, la genuina vivencia crística le permite ir erradicando de su vida toda fuerza nefasta (=pecado). Y ello le hace vislumbrar ya en el «más acá» las delicias del mundo futuro. Un porte hecho esperanza siempre resultará más rentable para el creyente que una actitud encogida por haberse suscrito al miedo.

5. Enseñanzas del Apocalipsis sobre el fin de nuestro mundo

El Apocalipsis es un libro que se está poniendo cada vez más de moda. Sobre todo entre quienes suscriben la tesis que el mundo está a punto de convertirse en escenario de un enorme cataclismo provocado por la lucha definitiva entre las fuerzas del bien y del mal. Sin embargo, ha de decirse en honor a la verdad que su mensaje jamás justificará esos encuadres tremendistas que tanto pululan hoy en ciertos sectores de la comunidad.

Resulta realmente triste ver cómo algunas sectas prodigan los lavados de cerebro entre quienes se dejan atrapar en sus redes. Y no es difícil observar cómo sus víctimas acaban pagando tributo al pánico, pues se pasan la vida tratando de inmunizarse contra los envites del anticristo. Quien así se comporta, queda castrado para el amor.

Siempre me ha parecido absurdo recurrir a la doctrina de un fin inminente para incitar a la conversión. Es cierto que la sociedad actual no facilita la vivencia del anuncio evangélico. Más aún, se dedica a ponerle trabas, pues el consumismo y el hedonismo rinden culto a la inconsciencia. Y ésta rezuma vacuidad. El ansia de poseer aleja, por otra parte, de cuantos problemas afectan al ser. Y la praxis testifica que -salvo honrosas excepciones- cuanto más se tiene, menos se valora lo que se es. Tal situación ¿puede acaso no engendrar angustia?

Me parece, por lo mismo, obligado que quien se aferra al mensaje crístico clame por un cambio radical de vida. Urge, en efecto, fijar un orden de valores donde el ser arrebate su primacía al poseer. ¿Cómo? Son muchos los proyectos esbozados al respecto. Todos me parecen, en principio, válidos con tal de anclarse en criterios de amor. Mas el amor ¿hace pactos con el egoísmo? ¡Jamás!

Ello induce a cuestionar la legitimidad de cuantos enfoques, aunque blasonen de cristianos, apuestan por el catastrofismo. A menos que yo lo entienda al revés, no es tal lo que proclama Jesús. Su anuncio gira más bien en torno a la positividad. Y en ella el ser clama por un protagonismo que nada ni nadie le debería disputar. Y es que cuando tal ocurre, se rompe la sintonía con el evangelio.

Juzgo desacertado todo afán de incentivar a los creyentes con el pánico ante un juicio divino, el cual se asocia a su vez con la destrucción de nuestro planeta. ¿Por qué no deponer los enfoques tremendistas invitando a la esperanza que infunde el saberse amado por Dios?

Tal es lo que se propone el autor del Apocalipsis. Redacta, en efecto, su obra para estimular a la comunidad acosada por la persecución. Y en traces así, sobra miedo faltando en cambio ilusión. Pues bien, tal es lo que brinda el autor sagrado a quienes -en situaciones límite- deciden hurgar en su obra. Hoy lo mismo que ayer.

Se impone, en consecuencia, bucear en el mensaje apocalíptico sin el menor atisbo de angustia. Sólo desde la serenidad que brinda el amor se estará en condiciones de asir su oferta. Y más aún en los momentos actuales donde todo creyente se sabe perseguido por esas fuerzas nefastas que, magnificando el poseer, lo inducen a minimizar el ser. Tal desajuste tiende a sumirlo en el caos. Pues bien, de él intenta librarlo el mensaje de este libro cuya imaginería simbólica quiere incentivar las vivencias de cuantos lo contemplan desde el optimismo esperanzador.

¿Por qué no tratar de regirse también hoy por tales criterios? Haciéndolo, se tiene garantizado el encuentro con esa oferta apocalíptica, válida para conservar la esperanza a pesar de la adversidad. Ésta jamás se ausenta de nuestro mundo. Mas aun así puede el creyente conservar su paz. Y activándola ¿cómo no ser cada vez más feliz?

6. Resortes para activar hoy una teología de la esperanza

En nuestros días la comunidad cristiana pone cada vez más énfasis en ahuyentar el desencanto. Y ello, dando la espalda al temor, invita a incubar esperanza. Tal es cuando menos el sentir de los más calificados teólogos. Cada vez se acentúa más su afán de forjar una teología de la esperanza con fuerza para estimular a los creyentes en un mundo cuajado de desencanto. Y es que -¿por qué callarlo?- vivimos en una sociedad cuyos planteamientos casi nunca se rigen por coordenadas de fe.

Debe advertirse al respecto que la cultura occidental ha estado durante siglos mediatizada por las doctrinas cristianas. Sin embargo, la posmodernidad no acepta tales mediaciones. Por eso tiende a situarse en un plano donde no primen criterios de fe. Y esta praxis le brinda una libertad de la que antes carecía. Mas aun así cabe preguntarse con Lenin: «Libertad ¿para qué?». De hecho nuestra cultura sigue siendo hoy heterónoma (=depende de otros condicionantes). Cierto que se ha sacudido el yugo religioso. Mas ¿se halla por eso inmune a las mediaciones socio-políticas y económicas?

Muchos creyentes de hoy, ante cambio tan drástico en la perspectiva cultural, han cedido al desencanto. Pero ¿por qué? Su reacción, aunque lógica, se antoja desacertada. Y es que la tradición bíblica invita a cimentar la esperanza sobre el pilar no tanto de la cultura cuanto de la religión y la fe. Ambas se mantienen inmunes a los envites de toda configuración cultural. Quienes acusamos desconcierto somos, en realidad, los creyentes.

Por eso apremia tanto activar hoy una teología de la esperanza. Y ésta invita a compartir que cuantos se mantienen fieles a los designios divinos no tienen motivos para desazonarse ante lo que eventualmente pueda ocurrir mañana. Por eso huelga toda zozobra ante una presunta cercanía del fin. El mundo se rige por unas coordenadas que sólo Dios es capaz de regular. A él incumbe, por tanto, todo dictamen sobre el futuro. Los creyentes hemos de anclarnos en nuestro presente, buscando la mejor forma de transpirar libertad. Y es que sólo siendo libres podremos dar sentido a nuestras vidas. A ello ayuda sobremanera el compromiso con Cristo.

Toda la teología cristiana ha de apostar, pues, por la libertad integral. Y ésta no hace jamás concesiones al trauma. En tal contexto ha de situarse el mensaje del Apocalipsis que hoy muchos tratan de manipular a su propio capricho. El Apocalipsis, con sus símbolos y descripciones dantescas, se me antoja un grito de libertad. Invita, en efecto, a afianzar los intereses divinos en este mundo donde tanto puja la injusticia. Y ello basándose, no en el miedo ante la inminencia del fin, sino en la ilusión de liberarlo de su lastre negativo. No en vano nuestro mundo ha sido hecho para que se adentre en la plenitud. Sólo que para ello ha de recorrer antes un complejo camino cuyo nombre es «evolución».

Considero, por tanto, vital encuadrar toda la oferta apocalíptica en un marco de esperanza. Y así lo está haciendo hoy un calificado sector de la comunidad eclesial. Cierto que tal encuadre dista aún mucho de ser exclusivo. Siguen abundando, en efecto, los planteamientos tremendistas. Incluso me atrevería a afirmar que se han ido acentuando en los últimos años, donde tanto se insiste en depurar la ortodoxia. ¿Por qué no apostar más en firme por una praxis acorde con el evangelio? Si tal se hiciera, impondría su ley la esperanza.

Tengo claro que toda la simbología del Apocalipsis viene vertida en módulos de esperanza. Y ella es sin duda el revulsivo ideal para sacudir el conformismo de cuantos se inhiben ante las injusticias. Sólo la lucha genera liberación. Y el hombre ¿puede ser feliz si no se libera? La respuesta viene dada por Jesús. Y éste no cesa de reiterar que sólo atemperando el poderío del pecado, se hará realidad ese mundo de plenitud por el que el hombre viene siempre suspirando. Más que temer por el fin de nuestro mundo, se impone anhelar la implantación de ese mundo nuevo donde se respiren aires de solidaridad hecha amor.

7. Criterios para afrontar el tema del fin del mundo

Esgrimiendo categorías bíblicas, resulta fácil saber cómo se ha ido fraguando la doctrina cristiana en torno al fin del mundo. Y ello garantiza que faltan motivos para temer, sobrando en cambio para mantener la más ilusionada esperanza. En realidad, el cristianismo comenzó asumiendo la expectación judía en torno al famoso «día» de Yahvé donde se suponía que iba a terminarse este mundo de opresión e injusticia para inaugurarse un mundo nuevo donde sólo tuviera acceso la paz que brota del amor.

Pues bien, tal ha sido la tesis que nuestra religión se ha afanado por formular cuantas veces -buscando el aval de la revelación bíblica- inquiere sobre el fin del mundo presente. Comprendo que no resulte fácil fijar criterios de actuación acerca de un tema tan controvertido. Sin embargo, para facilitar la labor a los lectores, me parece oportuno resumir las principales fases por las que atravesó la gestación de esta doctrina escatológica.

  • El profetismo bíblico, para alentar al pueblo, le garantizó que llegaría un «día» en el que Yahvé iba a aniquilar toda maldad e injusticia. Entonces el mundo presente abocaría a su fin, dándose con ello paso a un mundo nuevo donde sólo los justos disfrutarían de un bienestar paradisíaco, ejerciendo asimismo un dominio universal bajo el impulso directo del mesías.
  • Jesús de Nazaret engarzó con el sentir del pueblo judío. También él se interesó por fijar las lindes de ese mundo nuevo, vinculado con el reino que nunca cesó de anunciar. Sin embargo, aunque algunos textos parezcan sugerir lo contrario -¡fuerza del mito!-, nunca se propuso vaticinar lo que supuestamente ocurriría en un futuro imprevisible, cuando este mundo llegara a su fin. Para Jesús, tal fin se va haciendo realidad conforme las personas concretas, dando la espalda al pecado, encarnan el proyecto de vida que él vino a ofertar en nombre del propio Dios.
  • El cristianismo naciente trocó el «día» de Yahvé en el «día» de Jesús. Y confiaba que, al llegar éste envuelto en un halo de triunfo, la comunidad cristiana (=los justos) saborearía los bienes del reino mesiánico, dándose con ello fin al mundo donde impone su ley el pecado. Se creyó en un principio que el «día» de Jesús iba a llegar de inmediato («maranatha» -ven, Señor: 1Cor 16,22; Ap 20,20). Mas pronto se vio que tal venida debía relegarse para un futuro imprevisible, quedando con ello invitado cada creyente a explotar al máximo las posibilidades de su presente.
  • El cristianismo intuyó que el fin del mundo se iba efectuando conforme se afianzaba la presencia de Cristo en la interioridad de las personas. Y es que Jesús se autopresentó como la resurrección y la vida (Jn 11,25-26). Por tanto quien se adecuara a él, iría situándose allende el mundo actual (=muerte/pecado) para adentrarse en el mundo futuro (=resurrección/gracia).
  • La teología contemporánea se solidariza con tal enfoque, si bien trata de ajustarlo a las exigencias socio-culturales de hoy. Y ellas sugieren que el cosmos se rige por el ritmo de la evolución, por lo que su fin queda teóricamente vinculado con el momento en que el proceso evolutivo llegue a su culmen. Ello no obsta, sin embargo, para que el hombre pueda interrumpir tal proceso. Tiene, en efecto, la posibilidad de acelerar el fin cronológico de nuestro planeta. Mas sobre tal temática no se pronuncia la teología.
  • La reflexión teológica sobre el fin se ancla hoy en criterios no tanto cronológicos cuanto antropológicos. Insiste de hecho en mostrar cómo cada individuo puede llegar al fin del «eón» presente. Para ello precisa tan sólo ir cristificando su existencia. Conforme la fuerza de Cristo se afianza en su vida, le va alejando del mundo actual (=contingencia) y acercando al mundo futuro (=plenitud).
  • Este enfoque teológico engarza con el sentir de la revelación bíblica. Lo único que hace es liberar al «día» de Jesús de su entorno cronológico para encuadrarlo en un marco existencial. Y con ello se van desmontando cuantas especulaciones futuristas dan pábulo a la fábula o a la ficción, mientras se consolida la creencia de que Cristo es el auténtico fin de la humanidad (Ap 21,6; 22,13).

De ello se infiere que el cristiano de hoy carece por completo de motivos para alarmarse ante la presunta inminencia del fin. Nadie puede ejercer, al respecto, de futurólogo. En principio sólo cabe suscribir que, si el hombre no decide lo contrario, el proceso evolutivo de nuestro planeta seguirá el ritmo marcado por el creador. Y, según afirman los astrónomos, la tierra dista mucho de estar a punto del colapso. Mas, para que así sea en verdad, interesa que el ser humano no cometa ninguna torpeza, haciendo saltar por los aires su planeta. Ahora bien, sobre tales opciones guarda silencio la teología.

La reflexión teológica insiste cada vez más en que, siendo Cristo principio y fin de todo lo creado, cada creyente ha de cifrar su máximo empeño en cristificar su existencia. Ello lo va alejando del mundo presente, donde impera el pecado, y lo va introduciendo en el mundo futuro, donde impera la gracia. La teología no dice más al respecto. Quien saque otras conclusiones, podrá apoyarse en su fantasía o en su estupidez, pero nunca en la revelación de Dios.


 
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