Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 138
Jueves, 31 octubre a las 16:01:37

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 138 – 29 de octubre de 2002

SUMARIO

  1. El viejo comunista, por Ángel Palomino
  2. Operación princesa, por Miguel Ángel Loma
  3. Democracia imbécil, por Aleix Vidal Quadra
  4. La nulidad matrimonial y la violencia, campo actual de un combate permanente, por Enrique Hermana
  5. ¿Qué queda del peronismo?, por Alberto Buela


EL VIEJO COMUNISTA
Por Ángel Palomino

Han pasado más de sesenta y cinco años desde noviembre de 1936. Pero no todo puede ser borrado: Paracuellos del Jarama sigue mostrando la mayor fosa común de víctimas del comunismo en Occidente.

Lo recordamos; lo recuerdan, quieran o no, los que participaron en la matanza y los que la presenciaron más o menos de cerca, movilizados por las milicias rojas para trabajar en aquellas zanjas espantosas, y los millones de españoles que han tenido -tienen- ante sí la evidencia de tan señalado e infame ejemplo de barbarie al que -imperdonable omisión- nunca dedica RTVE un reportaje, un comentario, unos minutos de «Informe Semanal».

Sin embargo, la vieja propaganda nacida y perfeccionada en la KGB no abandona sus tópicos, sus falsas noticias convertidas en verdades por el estaliniano aparato tergiversador de la historia. Todavía afirman, dan por hecho -«lo sabe todo el mundo»- que el 18 de julio de 1936, un grupo de generales, obispos y terratenientes fascistas se alzó contra la República para destruir la legalidad democrática y esclavizar al pueblo.

Lo dicen, insisten, es una técnica, no falla: repetir, repetir. Ya han conseguido convertir en culpables a las víctimas de sus brigadas del amanecer, sus checas, sus patrullas depredadoras, sus comités. Las víctimas, en aquellos días de ira, fueron ellos y sus chequistas. Se lo creen: ya es verdad.

Cualquier comunista veterano, contemporáneo de quienes dejaron en España la marca identificativa, la tapia ensangrentada, la huella inconfundible de la realidad hispano soviética leninista, estalinista, ibarrurista, carrillista, debería callar cuando se habla de Paracuellos. Algunos cambian de conversación, encienden un cigarrillo, miran para otro lado. pero, a estas alturas de la antihistoria, casi todos creen, solamente, lo que ellos mismos han inventado.

En reciente entrevista, el viejo responsable histórico de lo ocurrido en Paracuellos, afirmó que, en ciertos momentos, los obispos son peligrosos: «Por ejemplo, en España en el treinta y seis». Quizá, por eso los mataban.

En 1936 fusilaron a 13; a los trece que pillaron. Pese a ser tan peligrosos, murieron perdonando a sus verdugos. El viejo comunista de Paracuellos, que ha pasado tantos años echando balones fuera, lo considera actualmente, un acto de lucha por la libertad y el orden. No lo vi, lo he leído en El Día-El Mundo de Baleares, pero sé que no se sonrojó. Los peces no se ahogan en el agua ni los comunistas en la mentira.

Trece obispos asesinados, y no todos en la calentura de julio del 36. A fray Anselmo Polanco, obispo de Teruel, lo fusilaron los hombres de Líster a pocos quilómetros de la frontera Francesa cuando, próximo el final de la guerra, hacían la última de sus memorables retiradas.

Se lo recuerdo al viejo comunista. Cuando oiga hablar de obispos o de represiones y, sobre todo, de Paracuellos, que encienda un pitillo, que mire para otro lado. Que no nos tire de la lengua.
 

OPERACIÓN PRINCESA
Por Miguel Ángel Lomas

En una monarquía parlamentaria como la española, pocas obligaciones se le exigen a un monarca que por prescripción constitucional es inviolable e irresponsable (bueno, la Constitución dice que su persona «no está sujeta a responsabilidad», que suena mejor). Menos aún se le exige al Príncipe heredero. Prácticamente una sola cosa: que se empareje adecuadamente y provea de sucesión a la Corona, por aquello de asegurar la continuidad biológica de la institución, que, según algunos, es una de las ventajas que ofrece la monarquía frente a otras formas de Estado más plebeyas. El cumplimiento de esta gozosa servidumbre por el joven Príncipe comienza a demorarse demasiado, preocupando a algunos padres de la patria, que no quieren ni pensar lo qué podría ocurrir si por causa de un malhadado suceso desapareciera nuestra altísima majestad, y operara la sucesión a la Corona en la dinastía Marichalar.

Cierto es que los monárquicos más conspicuos han tenido bastante culpa en el mantenimiento del celibato principesco; que hay que ver la que le montaron al pobre (es metáfora) heredero con su última relación conocida pero oficialmente «inexistente»: Que si la nórdica no le convenía porque se había paseado en ropa interior por algunas pasarelas de medio pelo; que con la de españolas que hay y tiene que ir a buscársela fuera; que si es mejor que sea de sangre regia y probada virtud; que si precisamente por esto último, mejor aún es que su sangre no sea tan regia; que si lo que tiene que ser es muy muy discreta; que si esto, que si lo otro... Parece como si nuestro, no ya tan, joven Príncipe no se decidiera a afrontar su amorosa obligación, no por desidia o desdén al emparejamiento (que es sangre de Borbón la que fluye por sus venas), sino porque hubiera perdido confianza en acertar con su elección.

Como es obligación de buenos españoles ayudar a la monarquía en sus necesidades, después de darle vueltas a la neurona juguetona que gobierna mis inquietudes regias, y de considerar la naturaleza del problema, he alumbrado la siguiente posibilidad.

Si en algo tan inane como es buscar una representanta para un hortera festival europeo, el invento de Operación Triunfo ha demostrado ser un gran acierto y de mayoritaria aceptación popular, ¿por qué no copiar tan democrática fórmula en un asunto de mucho mayor interés, intentando una Operación Princesa? La cosa consistiría en montar un concurso donde todas las aspirantes al trono se sometieran a un selecto cásting, y superado éste, las agraciadas pasarían a habitar una academia principesca donde se las educara a través de concienzudas sesiones teórico-prácticas de formación en protocolo, discreción, compostura, saber estar, y demás fatigosas materias que constituyen las labores cotidianas de una reina posmoderna. Posteriormente, el sano y nunca bien ponderado pueblo soberano, iría nominando y descartando a las más ineptas, quedando finalmente las más idóneas, que tras un examen final a cargo de los jaimepeñafieles, alfonsoussías y demás expertos de turno, pasarían a la fase finalísima. Las heroínas que consiguieran superar esta última criba, serían ofrecidas al heredero como un ramillete de núbiles damiselas donde pudiera elegir con quien compartir definitivamente la corona. Quizás, y como colofón apoteósico, lo más idóneo fuera que esta última decisión se produjera en un baile real o en una gala benéfica, y si por medio hay fuga del salón con pérdida de zapato, o cualquier episodio similar que añadiera más intriga a la cosa, mejor que mejor (al sano pueblo soberano le gustan mucho estos golpes de efecto).

Ésta puede ser la fórmula ideal para liberar a los monárquicos más conspicuos de la angustiosa espera que soportan ante la perezosa actitud de nuestro, cada vez menos, joven Príncipe. Bien sabemos que el pueblo soberano nunca se equivoca, y seguro que acertaba en la elección o, al menos, en los descartes. Además podríamos reciclar a las candidatas que no resultaran finalmente elegidas, lanzándolas al estrellato de nuevos programas del corazón, y así elevaríamos el tono de algunos platós televisivos.

La idea está ahí, considérese, es cuestión de probar... Experimentos más arriesgados venimos haciendo con asuntos de mayor gravedad, y total, lo peor que pudiera pasarnos es que al Príncipe no le gustase ninguna de las candidatas y nos quedemos como estamos. Mala suerte. Pero tal como se están desarrollando las cosas, tampoco sería mucho problema: entre avances de nacionalidades históricas, soberanismos compartidos, federalismos asimétricos, relecturas constitucionales y revisiones de estatutos autonómicos, cualquier día nos encontramos con la desagradable situación de que nuestro, ya nada, joven Príncipe se ha quedado sin territorio donde reinar, y que lo que debemos montarle no es una Operación Princesa sino el «Quién sabe dónde» de Paco Lobatón, para consolarle y explicarle qué sucedió con aquella «cosa» (Pujol dixit) que se llamaba España.
 

DEMOCRACIA IMBÉCIL
Por Aleix Vidal Quadras. Tomado de «La Razón», 27 octubre 2002

Si un persa del siglo XVIII llegase a España y se interesase por nuestro sistema penal, deberíamos explicarle que un individuo que cometa seis asesinatos con el pretexto de que desea liberar a un país en el que sus habitantes disfrutan de todas las libertades civiles y políticas además de ver plenamente reconocidos y garantizados sus derechos fundamentales, será condenado a doscientos noventa y ocho años de cárcel. El curioso extranjero nos preguntaría sin duda los motivos por los cuales un criminal tan alevoso y despreciable no es ejecutado en la plaza pública a lo que le responderíamos que una sociedad civilizada regida por los principios del humanismo liberal no puede de ninguna forma contemplar la pena capital porque ésta representa un castigo que por su crueldad e irreversibilidad nos colocaría como colectivo al mismo nivel abyecto que el culpable de tan horribles delitos, eso sin contar con la posibilidad, por remota que sea, de matar a un inocente. Nuestro enturbantado visitante seguramente se interesaría también por el tipo de justicia que reciben los deudos de los asesinados, a los que muy probablemente no complace en absoluto ver al verdugo de sus ausentes recluido en un establecimiento climatizado, con televisión, ropa limpia, atención médica, biblioteca y visitas periódicas de sus allegados, que en el caso de su pareja pueden ser realizadas en la intimidad. A eso le contestaríamos que el trato que debe recibir todo ser humano, por antisocial que haya sido su conducta, ha de mantenerse dentro del marco que merece su dignidad intrínseca por el simple hecho de haber nacido.

Ya tranquilo y convencido el persa, es verosímil que nos comentase que estas costumbres, aunque incomprensibles, le parecían admirables y que, al fin y al cabo, pasar toda la vida entre rejas no es una sanción baladí. En ese momento de la conversación procedería informarle que en cualquier caso el tiempo máximo en prisión es de treinta años, sea cual sea la condena y sea cual sea el delito, y que a dicho período se le aplican descuentos por trabajo y buena conducta que, una vez computados, son objeto de atenuaciones conocidas como tercer grado y libertad condicional. En definitiva, le diríamos al boquiabierto turista intersecular, que las tres centurias se transforman al final en trece años, tras los cuales el séxtuple matarife sale a la calle tan pancho. Ante su asombro indignado, nos apresuraríamos naturalmente a instruirle sobre los conceptos de arrepentimiento, reinserción y readaptación y le aclararíamos que el fin de la pena es educativo y no sólo represivo.

Antes de subir a la máquina del tiempo para regresar a su época, es bastante plausible que nuestro oriental huésped nos dijese que una democracia compasiva, generosa e incluso bondadosa le parecía un gran avance, pero que no se consideraba todavía preparado para vivir en una democracia imbécil.
 

LA NULIDAD MATRIMONIAL Y LA VIOLENCIA, CAMPO ACTUAL DE UN COMBATE PERMANENTE
Por
Enrique Hermana

Vivimos momentos de alta tensión informativa referente a la violencia doméstica. Los malos tratos en el hogar son noticia de cada día en los informativos. Las treinta y tantas muertes de mujeres y doce o trece de hombres, causadas en un año por sus cónyuges o compañeros, son aireadas como casos extremos o muestra de una realidad de violencia conyugal muy extendida en nuestra sociedad. Los políticos, nuestros permanentes salvadores, debaten cómo combatir esa violencia y corregir esa realidad, y anuncian leyes, organismos, vigilancia policial… el empleo de toda la panoplia de instrumentos a su servicio.

Ante los comentarios acerca de si esta ola de violencia es moderna, y consecuencia de algo corregible, anticipan inmediatamente el comentario de que es la manifestación de algo que ha existido siempre, pero que «antes no se denunciaba», o bien «la sociedad lo consideraba normal». Se trata de manifestaciones de un talante sobradamente conocido ya: Vivimos en el mejor de los mundos, y todo lo anterior ha sido peor. Debemos congratularnos de nuestra situación y no poner en cuestión ninguno de los soportes ideológicos de nuestra sociedad actual. Plantearse, por ejemplo, la posibilidad de que esta violencia doméstica sea consecuencia de la consagración actual del enfrentamiento entre sexos, resulta inadmisible para la cultura dominante

Requeriría un esfuerzo muy superior al admisible para este modesto comentario determinar si eso es una verdad o una falsedad. Resulta muy difícil establecer cuál era el nivel de violencia doméstica hace setenta u ochenta años y cuál es el actual. Cualquier impresión personal puede ser equívoca, y decir que no concibo a mi abuelo poniendo la mano encima de mi abuela no conduce a nada concluyente, evidentemente. Pero sí resulta evidente que los niños de entonces recibíamos más azotes que los que han recibido nuestros hijos. En el momento actual, cualquier golpe de un padre a un hijo está mal visto, y los castigos corporales en la escuela, algo que hace cincuenta años era habitual, nos parecen abominables hoy. Pero no lo eran entonces, pues un chico se cuidaba mucho de comentar a sus padres que el maestro le había pegado, no fuese a ser que recibiese algún golpe complementario de sus padres. Pero esta realidad histórica, que todos consideramos correcta y admisible, personalmente, pasa a ser intolerable cuando le aplicamos el criterio colectivo actual. Hemos pasado a considerar insoportable que un padre dé un cachete a un hijo y a considerar aquellos tiempos como salvajes e incivilizados (o peor aún, antidemocráticos). Vivimos muy condicionados por la opinión.

Sería interesante analizar en qué medida esos actos de violencia son alentados por la cultura dominante hoy, frente a la cultura anterior, cristiana, que tan concienzudamente se pretende erradicar. Pero no es ese el propósito de este comentario, sino el escándalo suscitado en los medios progres por la afirmación católica de que los malos tratos no pueden ser motivo de anulación del matrimonio, salvo que se demuestre que son anteriores al mismo. Ese escándalo ha derivado en comentarios tan estúpidos como que la Iglesia quiere a las esposas víctimas dóciles y silenciosas y afirmaciones por el estilo en boca de ignorantes de lo que tratan, condicionados por la opinión generalizada dominante.

La última manifestación de este condicionamiento colectivo de la opinión es la petición del ministro Zaplana a la Iglesia de que «reconsidere su posición» y admita los malos tratos como causa de nulidad matrimonial. Que la Iglesia haya manifestado que la evolución posterior no anula la validez de un Sacramento anterior resulta incomprensible para la mentalidad hoy dominante, que no consiente nada que le resulta incomprensible y exige consecuentemente su modificación. Eso irrita, curiosamente, a los más alejados de la Iglesia, que se empeñan en que la realidad de ésta ha de ajustarse a los esquemas mentales de ellos. No conciben que se manejen realidades sustanciales inmateriales. No les pasa por la cabeza lo que es un Sacramento y pretenden asociarlo a un contrato revisable periódicamente. No admiten que el Matrimonio cristiano difiera esencialmente del matrimonio civil.

Esa situación forma parte del conflicto cultural permanente entre la creencia y la increencia cristianas, agudizado por la preeminencia hoy de la increencia en los medios de comunicación. La hostilidad entre las dos actitudes humanas, o mejor de ésta última sobre la creencia, hace que la opinión de la Iglesia sea continuamente aireada y preferentemente criticada o combatida. Esa situación se agrava por la timidez de la que suelen hacer gala los dirigentes de la Iglesia, preferentemente los obispos, que siguen pidiendo perdón por sus actitudes anteriores de expresión con fuerza en la Sociedad española. Y que traducen hoy esa actitud de petición de perdón en una expresión timorata y suave de sus convicciones.

La misma Sociedad laica que destrozó el concepto del Matrimonio al aceptar el antitético del Divorcio, exige hoy que el Matrimonio religioso, el Sacramento, tenga una realidad difusa, de validez continuamente dependiente del talante de los cónyuges. No comprenden, o se niegan a comprender, la diferencia entre Separación y Nulidad. No admiten que una realidad anterior no pueda ser anulada hoy. No comprenden la sutileza de Monseñor Carles de que se puede revisar si hubo equivocación en declarar Matrimonio en su día lo que nacía nulo, pero no se puede anular lo que no fue nulo en ese día. Una vez más, no se admite la observancia de Leyes inmutables, no transformables a capricho de cada momento. Esa negativa a admitir una realidad superior de la calidad humana les impulsa a combatirla.

Pero no por combatir esa realidad religiosa, prescinden de sus manifestaciones. Los guiones de películas y obras literarias de todo tipo están llenos de ellas. Las confesiones, los matrimonios, las vocaciones religiosas de todo tipo están siendo empleados continuamente por los autores como motivo de interpretación, frecuentemente sacrílega. Arrastran el tremendo peso de haber tenido una educación religiosa, en sus colegios y familia, de la que ahora reniegan. Y les pesa. Quieren quitarse el peso de encima destrozando la sustancia del mismo. Tiene un serio problema, que les hace miserables, es decir dignos de conmiseración.

Pero resultan difícilmente sufribles, porque pretenden hacer daño continuamente en un cuerpo de creencia que, eso es lo malo, apenas se defiende. El pueblo creyente, que se adhiere masivamente a validez inmutable del Matrimonio, asiste asombrado a la tolerancia con que la Iglesia admite repetidos matrimonios religiosos de famosos que anulan la validez de los anteriores por el argumento irrefutable de que «entonces no sabía bien lo que hacía», al que sigue el difícilmente admisible «pero ahora voy de veras». Ello contribuye al desconcierto causado por noticias, opiniones y guiones destructivos, vertidos habitualmente en TV. En una TV controlada políticamente con un Partido que se proclama conservador.

Claro que de Centro, eso sí. E imbuido del espíritu de la Democracia Cristiana, lo que explica su tibieza.
 

¿QUÉ QUEDA DEL PERONISMO?
Por Alberto Buela

En el año 88 el nicoleño Roberto Karaman, uno de los más lúcidos analistas políticos del peronismo, apoyado en la proposición: Un movimiento de masas semejante no sobrevive a la muerte de su conductor, sostenía que el peronismo ha muerto.

Diez años después un politólogo de fuste como Horacio Cagni va a sostener algo semejante con el aditivo de que un mismo líder no sirve para dos circunstancias históricas distintas afirmando: el peronismo es la momia anquilosada de aquello que fue.

Si dos hombres sagaces sostienen una misma tesis en el lapso de una década, la prudencia nos indica que conviene repensar el tema. Primero para intentar encontrar una explicación para la conducta de miles y miles de argentinos que hoy día se siguen reuniendo en torno al peronismo en actos de todo tipo y segundo, para ver si estas afirmaciones son ciertas.

Creemos que está fuera de discusión que el peronismo ha sido el mito político movilizador más importante de Argentina en el siglo XX. Que tuvo diez años, 45-55, de plenitud en el poder. Que realizó una reforma social, cultural y política incompleta de la sociedad argentina. Y que el retorno traumático del 73-76 y sus posteriores participaciones en el poder del Estado con Menem, 89-99 y ahora Duhalde nada tuvieron que ver con la exaltación de las cuatro banderas del peronismo: La independencia económica, la soberanía política, la justicia social y el nacionalismo cultural. (Cfr. Perón, J: Proyecto Nacional, 1-5-74).

Existe una tesis ruin y cínica que sostiene que el peronismo ha tenido distintas máscaras: fue laborista en sus orígenes, fascista en su primer período, socialista en los setenta, socialcristiano en los ochenta con la renovación, neoliberal con Menem en los noventa y nada actualmente con Duhalde.

Corresponde ahora hacer la primera distinción. El peronismo siempre fue idéntico a sí mismo, un movimiento popular antisistema, no un partido. Los que fueron distintos han sido sus dirigentes. Y juzgar a un movimiento de masas por las falencias o características de sus dirigentes circunstanciales es confundir la gordura con la hichazón. El gravísimo problema del peronismo no es que falla como mito espurio o en su desarrollo ideológico, que dicho sea de paso, es de los más desarrollados: hoy la meditación europea y yanqui sobre los populismos y su vigencia está obligada a repensar la relación entre gobierno, Estado y pueblo, tema axial en la ideología peronista. La grave falla del peronismo es que en medio siglo de existencia no logró crear un mecanismo de elección de para sus dirigentes más genuinos. Y en este campo tiene todos los vicios de la partidocracia demoliberal burguesa y algunos más, producto de la creatividad de sus dirigentes que han usado al peronismo como coto de caza de sus ambiciones personales.

Todo indica que el próximo presidente argentino saldrá de las filas del peronismo y las posibilidades de acceder al poder sólo se dan a través de él, ergo todos somos peronistas. Esta es la marca registrada para ser presidente que los cinco «candidatos peronistas» ambicionan, dado que la izquierda va a buscar la abstención revolucionaria y los conservadores el ser testimonios para recambio, del próximo gobierno peronista que seguramente, piensan, va a fracasar.

El dilema es de acero, o el peronismo cambia sus métodos para elegir a sus dirigentes o el peronismo seguirá siendo la máquina de impedir el despliegue de la Argentina en todo su potencial. Al seguir siendo un movimiento de masas impresionante pero sin ninguna conducción clara y definida en cuanto a los fines y propuestas se transforma por eso mismo en una gran maquinaria esterilizadora de lo mejor que tenemos: el talento argentino en todos los dominios.

Al respecto decía Perón: No seamos un espejo opaco que imita, pero imita mal. Pensemos con cabeza propia. Y en este sentido es triste el espectáculo que ofrecen nuestros candidatos actuales: Uno quiere volver a Rousseau y su Contrato Social, otro insiste con más liberalismo, uno más con la especulación financiera internacional, aquél con promesas vanas de una sociedad burguesa y este otro con el trato preferencial a la DEA yanqui.

¿Si esto es peronismo, el peronismo dónde está?


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de El Risco de la Nava


Noticia más leída sobre El Risco de la Nava:
El Risco de la Nava - Nº 124


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: