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Altar Mayor - Nº 83 (16)
Domingo, 24 noviembre a las 10:23:22

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

Retazos de una novela histórica (1931/1934)
EL LEVANTAMIENTO DEL 10 DE AGOSTO

Por
Mario Tecglen

Una tarde de mediados de julio, Justo San Miguel lleva de nuevo a Marta, su novia, al Café Recoletos. Marta lo encuentra nervioso; preocupado. Se sienta con ella un ratito; el tiempo justo de tomarse un café, y después, disculpándose de que era sólo por diez minutos, la deja sola y se dirige, escaleras arriba, a la planta superior.

Todo el ambiente del café está contagiado de misterio. Gente joven y menos joven sube y baja constantemente por la escalera del fondo, y del piso superior trasciende a la planta baja un fuerte murmullo de voces y ruidos casi continuo.

Justo tarda cerca de una hora en volver. Ella, sola ante docenas de hombres, está pasando un mal rato. Cuando por fin le ve bajar la escalera, le pide, algo contrariada, que le explique qué cuernos está pasando; y Justo le confiesa, como un alto secreto, que no puede comentar absolutamente con nadie, que se está preparando una sublevación militar contra la República.

Marta está aterrada:

-De ninguna de las maneras te consiento que formes parte de ninguna primera línea. Ayúdales, de acuerdo, en todo lo que puedas, pero no te juegues la vida. ¡No quiero pensar que pueda pasarte algo! ¡Te necesito demasiado!

A partir de entonces, Marta, sola en Madrid, lleva demasiados días sin saber de él. Le dijo que se iba unos días con sus padres a una finca de campo que poseen en Los Yébenes, pero que volvería, como mucho, el domingo 7 de agosto y no ha sido así.

Sale para telefonearle a su casa. Nadie coge el teléfono y regresa preocupada. Vuelve a telefonearle al día siguiente, lunes 8, y también el martes 9, con idéntico resultado. Aquella noche crece su preocupación. Casi no duerme. Tiene miedo... un miedo intuitivo... enfermizo.

El miércoles 10 de agosto de 1932 se produce en Madrid y en Sevilla el anunciado Levantamiento Militar. Lo que se da en llamar la Sanjurjada por atribuírselo personalmente al General Sanjurjo que, aunque realmente ha sido su inspirador, la máxima responsabilidad del golpe recae en el Teniente General Barrera, al que se unen en Madrid los generales Cavalcanti, Fernández Pérez y Serrador; y en Sevilla, efectivamente, el general Sanjurjo.

A las tres de la madrugada, Justo San Miguel con el Capitán Fernández Silvestre y el Teniente Fernández Muñiz, más un nutrido grupo de oficiales independientes, una partida de unos treinta civiles, casi todos estudiantes tradicionalistas, y un escuadrón de la Remonta, se reúnen en el Hipódromo. Esperan la llegada de otras unidades del Ejército y de la Guardia Civil igualmente convocadas y comprometidas. Su lema es «Derribar un régimen de ignominia».

A las tres y media, ante el retraso del resto de las fuerzas, se preparan para salir, y a las cuatro menos cuarto, sin el menor indicio de las otras unidades, comienzan a caminar, Paseo de la Castellana abajo, hacia Cibeles. La fuerza total es de unos trescientos hombres y la mayoría van armados.

Disponen de un camión militar que conduce el Alférez San Miguel y deciden que se adelante con unos cuantos hombres.

Un poco antes, otro grupo mandado por el Capitán Batalla, intenta tomar por sorpresa el Ministerio de la Guerra. Lo encuentran en absoluta oscuridad. Se sitúan a la altura de la calle Conde de Xiquena e intentan forzar la entrada. Desde el interior reciben el «!Alto! ¿Quién va?», y ante el silencio suena la primera descarga de la noche.

La sorpresa no existe. Manuel Azaña, Presidente del Gobierno y Ministro de la Guerra, se encuentra advertido, con todo detalle, de lo que se proponen y les está esperando personalmente dentro del Ministerio.

Ante la imposibilidad de entrar en el recinto, Batalla ordena la retirada y se reúnen para dirigirse a Cibeles e intentar la toma del Palacio de Correos.

El grupo que venía del Hipódromo se detiene en Colón. El camión se adelanta, y al aproximarse a Cibeles, se encuentra con los que se retiran del Ministerio de la Guerra. Deciden unirse a los que esperan en Colón y, ya todos juntos, intentar tomar el Palacio de Correos.

Se acercan al edificio y lo encuentran rodeado de Guardias de Asalto. También allí los esperan. Lo intentan de todos modos y en la calle de Olózaga, casi esquina a Recoletos, el fuego graneado desde los setos del Paseo, donde los guardias de asalto se encuentran disparando desde la posición de cuerpo a tierra, provocan la desbandada dejando tendidos en el asfalto al capitán José María Serrano, al alférez Justo San Miguel, al estudiante tradicionalista José María Triana y al Sargento de la Remonta Alfonso del Oro.

Justo San Miguel, malherido, se dirige al Capitán Serrano que se arrastra hacia él con cuatro balazos:

-¡Qué embarque Josemari! Nos han dejado solos. Ni el Regimiento 31, ni la Guardia Civil... ni nadie. Esto ha sido una cabronada de la que creo que no voy a salir. Siento un balazo en el vientre que me corroe las entrañas. Si yo muero y tu logras salir de ésta, por favor, prométeme que vas a ver a mi novia, Marta Berbén, que vive en la Plaza Mayor. Dile que mis últimos pensamientos son para Dios y para ella. Que me recuerde siempre y que la quiero.

Empezaba a amanecer aquel día de San Lorenzo, cuando dos ambulancias de la Cruz Roja se detuvieron ante ellos. Al Capitán Serrano lo recogieron con vida y se salvó. Pero el estudiante José María Triana, el sargento picador de la remonta Alfonso del Oro y el alférez Justo San Miguel y Martínez Campos, habían dejado de existir.

Los Héroes del 10 de agosto es como se llamó, durante más de treinta y cinco años, la calle de Salustiano Olózaga, que va desde la Puerta de Alcalá al Paseo de Recoletos.

Aquellos pobres jóvenes, que cayeron defendiendo un ideal, español y cristiano, fueron los que, sin la menor duda, inspiraron el nombre de la calle.

A primera hora del miércoles día 10, en todos los periódicos sale en primera página la fotografía a toda plana de Manuel Azaña. El Héroe. El Defensor de la República.

Marta se aferra al ABC con toda la atención y mucho miedo. Comprueba que aquello que lee es el levantamiento anunciado por su novio en el Café Recoletos, y está tristemente convencida de que Justo ha tomado parte activa.

Al final de la noticia, después de todos los cantos a Manuel Azaña, y en sólo unas líneas, aparece la relación de los diez muertos habidos:

En primer lugar figura el Teniente de Caballería D. Manuel Fernández Muñiz, e inmediatamente después, con toda claridad, el Alférez del Cuerpo Jurídico Militar D. Justo San Miguel y Martínez Campos.

A la infeliz enamorada se le cae el periódico de las manos y nota que pierde la conciencia. Su madre, ignorante de la tragedia, se ha ido a la compra y está sola en la casa. Pasa un tiempo impreciso sentada en una silla y completamente alejada del mundo. Y, cuando vuelve a la realidad y puede caminar, se encierra en su cuarto a llorar. No quiere ver a nadie. Se niega a salir de la habitación.

Llegan todos a casa, comprenden la situación, y su padre aconseja dejarla en paz.

-Ya saldrá –dice- Si acaso tú, Pilar, llévale algún alimento. ¡Pobre Marta! ¡Qué mala suerte ha tenido! Y pobre Justo. Tan honrado. Tan educadísimo. Tan inteligente.

A primera hora de la mañana siguiente, un poco más repuesta, se acerca Marta al Ministerio de la Gobernación. Desde la conserjería la remiten a la Dirección General de Seguridad, dentro del mismo edificio; y allí, con una ausencia total de amabilidad que rayaba en la incorrección, le informan que los cadáveres se encuentran en el Depósito Municipal. Que no están permitidas las visitas, y que los entierros, a realizar por los familiares, están limitados por las autoridades a la familia consanguínea.

A los pocos días entiende que debe telefonear a sus padres y anunciarles su visita. Justo era hijo de los marqueses de Cayo del Rey, y la señora marquesa, demostrando muy poco interés por la muchacha, comienza por tenerla cerca de diez minutos esperando al teléfono, y cuando por fin se pone al habla, con un tono frío y alejado, le dice en pocas palabras que no se encuentra en condiciones de recibirla. Que llame pasado algún tiempo.

Marta tuvo que añadir a su profundo dolor, el palmario rechazo de la familia de su novio.

A primeros de septiembre recibe la visita de un sargento perfectamente uniformado que le lleva un recado verbal del Capitán Serrano. Con el mayor respeto le pide, de parte del Capitán, que vaya a visitarle cualquier tarde de cuatro a seis al Hospital Militar de Maudes.

Hacía varios días que quería llevar flores a la tumba de Justo y, obviando llamar de nuevo a los marqueses, telefonea a la Secretaría del Cuerpo Jurídico Militar del Ejército para ver si sabían dónde estaba enterrado el Alférez San Miguel. Inmediatamente, y con toda amabilidad, le informan que el oficial de complemento Justo San Miguel está enterrado en el Panteón de los Marqueses de Cayo del Rey de la Sacramental de San Isidro de Madrid.

Utiliza entonces la buena disposición de su amiga Rocío y salen en un taxi con un ramo de rosas blancas hacia el cementerio. La Sacramental de San Isidro, próxima a la ermita del Santo, constituye un cementerio reducido y muy selecto, con panteones familiares lujosos, pero demasiado próximos. La tumba de Justo se encuentra en lugar preeminente de un panteón familiar muy recargado y de gusto dudoso. Un guarda uniformado se lo abre y depositan el ramo de rosas blancas, después de rezar de rodillas una estación. Salen en el mismo taxi hasta los Cuatro Caminos, lo despiden, y entran en el Hospital Militar de Maudes.

El Hospital, diseñado por Antonio Palacios, el mismo arquitecto que proyectó el Palacio de Correos, pregona en sus formas y materiales que ha sido concebido por la misma mente. Y en una de sus grandes salas, que partiendo de un núcleo central, recibe luz por ambos lados, se encuentra el capitán José María Serrano, separado del resto de los enfermos por unas cortinas.

Está bastante repuesto de sus cuatro balazos. Y, sin conocerla, sabe de quien se trata. En el semblante refleja la emoción que le ha causado.

Rocío y Marta, ambas muchachas se acercan y le besan en la mejilla. Al duro capitán se le saltan las lágrimas. Se sientan al mismo lado de la cama. Serrano les confiesa la gran admiración que siempre había sentido por Justo San Miguel y la enorme pena que le atormenta.

-Has amado a un hombre admirable -le dice ostensiblemente entristecido.

A continuación le relata los últimos instantes de su vida con la voz entrecortada. Y al llegar al mensaje póstumo de Justo: «Dile que mis últimos pensamientos son para Dios y para ella. Que me recuerde siempre y que la quiero», Marta estalla con un llanto sin consuelo. Un río de lágrimas resbala continuamente por sus mejillas y por sus gestos parece que hasta le falta el aire.

Rocío, algo asustada, determina que la visita no puede continuar y se levanta; se despide, coge a su amiga del brazo, y con cierta violencia, salen ambas del hospital.

El capitán José María Serrano lo presencia todo sin articular palabra. La emoción y la pena lo tienen bloqueado.


 
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