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Altar Mayor - Nº 83 (11)
Domingo, 24 noviembre a las 10:40:04

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

RECALCITRANTES
Por
Martín Quijano

La reciente visita del Rey a la Exposición de fotografías del exilio republicano ha sido aireada por el forofo Anson como «muestra de la confraternización definitiva de las dos Españas», tras una guerra «ganada por la extrema derecha» y una larga posguerra impuesta con los mismos criterios. En la visita real, según reseña periodística, el Comisario de la exposición le espetó al Rey que «entre la Constitución republicana de 1931 y la Constitución de 1978, la vida española se reduce a "un largo paréntesis"». Le decía así al Rey que la mayor parte de su vida, hasta sus 41 años, había transcurrido dentro de un mero paréntesis sin importancia. Es decir, todos los hechos y logros que transformaron la España mísera de 1931 en la pujante de 1978, por los que los españoles nos felicitamos y nos damos tantos parabienes, surgieron como creación consecuente de la labor maravillosa del puñado de políticos iluminados que gestaron la Constitución de 1978.

No conozco la edad del Comisario, pero su interpretación simplona de nuestra Historia coincide con la manifestada por una generación de periodistas y comunicadores nacidos en los cincuenta y los sesenta, que dominan hoy la creación de opinión en los medios de comunicación, expandiendo su ignorancia y sus prejuicios acerca de ese «mero paréntesis». Esa ignorancia se plasma en múltiples obras, colaboraciones y reportajes, que van de los periódicos al cine, pasando por libros diversos. Las películas que hoy produce el cine español sobre nuestra guerra son, por lo menos, tan maniqueas como podían ser las producidas en los años cuarenta, aunque en sentido contrario. Y, desde luego, mucho más que las producidas en los cincuenta y sesenta, cuando «seguía dominando el espíritu de la extrema derecha» según Anson. Los nuevos libros de historia apenas tienen valor, pues renuncian a revisar la historia de la guerra (no les agrada reseñar por qué perdió el bando del que en múltiples facetas se consideran simpatizantes) magnifican y glorifican episodios menores y penosos como el de los maquis, y construyen una triste y penosa historia de una sociedad, la de la posguerra, pobre, pero ilusionada y eficazmente dinámica. La necesaria y conveniente revisión de los datos, tal como el de las víctimas de la guerra, se hace ahora con enfoques parciales de situaciones pequeñas o limitadas, eludiendo el esfuerzo del estudio integrador, en cifras y en talante. Y manejando, a tantas décadas de los hechos, distorsiones y exageraciones propias sólo del calor de lo reciente.

Se airea como gran acontecimiento el descubrimiento de la tumba de un asesinado en la zona nacional, se cuenta los sufrimientos de la mujer a la que cortaron el pelo, se exige la recuperación de los tripulantes de un submarino republicano hundido, se entrevista a antiguos brigadistas, a una mujer que alojó en su casa a un maqui… Se mantiene una tensión informativa procurando reavivar recuerdos desagradables, pero unilateralmente, sin pretender que el lector entienda aquel momento o las razones del enfrentamiento. Sin aludir a quién provocó el enfrentamiento, por supuesto, pues la responsabilidad del mismo se atribuye simplístamente a un militar que se levantó un día. Las razones humanas de quienes decidieron alinearse en uno de los bandos, el triunfador, son despreciadas de forma absoluta. No se les considera personas libres, sino meros súbditos del militar aquél.

Todo ello parece obedecer a un propósito de denigrar esa época que no debe ser considerada sino un paréntesis entre dos momentos felices. Al tratar de las nuevas misiones y nueva organización del Ejército, se encomia su alta calidad actual «frente a su papel opresor de otras épocas» y se da por sabido que aquel ejército oprimía y vejaba a sus soldados. Ignoran y mienten, negándose a conocer las virtudes de un ejército que, en condiciones precarias de material, fue capaz de disuadir de cualquier aventura en territorio español a los dos bandos enfrentados en la Guerra Mundial. Los mentores actuales de la opinión pública no son capaces de pensar con grandeza en la historia de sus padres, y tienden a rebajar la calidad de todo lo que les es propio.

Desdeñan todo lo ocurrido en aqurl «largo paréntesis» y demuestran su desdén por lo que procuran (y consiguen) ignorar. Pero se erigen en árbitros de la interpretación de lo que ignoran tan deliberadamente. Aleccionan a los españoles actuales a evitar la división que, según ellos, existió en la sociedad española durante cuarenta años, pero procuran establecerla ahora negando pan y sal a quienes pretendan proclamarse herederos del bando nacional. Ignoran la diferencia entre la proscripción oficial de los partidos y la unidad real de la sociedad. Procuran airear las diferencias recordadas de los primeros años de la posguerra como si hubiesen permanecido durante el resto de los cuarenta años. Procuran descalificar uno de los períodos más fructíferos de la historia de España, si no el que más, en la tarea de establecer las condiciones materiales y sociales básicas para evitar enfrentamientos. Con esa descalificación pretenden evitar algo impreciso: ¿el resurgimiento de aquellas ideas políticas?, ¿atribuirse méritos actuales por logros ajenos?, ¿justificar los problemas actuales por aquel pretendido sojuzgamiento? Resulta difícil distinguir entre esas u otras posibles motivaciones. Posiblemente la real sea un complejo conjunto de todas ellas, como consecuencia de la alineación anacrónica en uno de los bandos de pugnas pasadas.

Pero el resultado es nocivo. Aireando recalcitrantemente enfrentamientos pasados, mintiendo con las invenciones de enfrentamientos cuando ya no existían, están procurando recrearlos de nuevo. Una vez más confunden la política con la realidad. Una vez más, los políticos se afanan preferentemente en dividir a la sociedad en vez de procurar su cohesión, actual e histórica. Una vez más, la sociedad española tiene que recomponer, con serenidad y autocoherencia, el escenario ideológico en el que políticos alocados pretenden instalarla.

Parece una maldición de vigencia permanente.


 
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