Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 83 (10)
Domingo, 24 noviembre a las 10:43:01

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

DE JARRONES Y SOFISTAS
Por
Francisco Gelonch

Si en el futuro algún estudioso decidiera revisar los anales de la historia argentina de estos tiempos ciertamente se encontraría con noticias cuanto menos paradójicas y ejemplificadoras del descalabro moral y la inversión de valores que sufre nuestro país. Hallaría, por ejemplo, que hubo un deportista venerado por sus habilidades llamado Diego Maradona, el cual sufrió distintas sanciones en el ocaso de su carrera por consumo de cocaína. Junto a él por aquella época se encontraba un personaje de nombre Guillermo Cóppola quien alternaba el manejo de la vida de Maradona con un protagonismo constante en el mundillo de la farándula. Hubo también un Juez, Hernán Bernasconi, que osó procesar a Cóppola y a algunos amigotes por tráfico de drogas. Desde aquí podemos imaginar el rostro de estupefacción del historiador cuando descubra que el Juez terminó condenado a casi 10 años de prisión y el noctámbulo empresario, a quien también se había involucrado en el asesinato de un «colega» (Poli Armentano) años antes, caminando libremente por las calles declamando las virtudes de un sistema judicial capaz de purgarse a sí mismo en beneficio de la inocencia de un grupo de «perseguidos».

No está aquí en tela de juicio si Bernasconi es culpable o no de haber fraguado pruebas contra Cóppola & Cía., sino que se trata de intentar comprender cómo alguien que convivía con un drogadicto y que prácticamente organizaba la agenda diaria de la vida de Maradona jamás supo (o jamás se le preguntó en serio) quién le proporcionaba la cocaína al genial jugador. Y de la imposibilidad de justificar con un mínimo de seriedad semejante ceguera a la presunción de narcotráfico hay menos de un paso. Lo increíble es que el aparentemente culpable se halle sobresueldo por completo y que el magistrado que vio lo que nadie quiso ver duerma tras las rejas. Su cárcel por más que sea merecida, si es que forzó los medios para alcanzar su meta, es a todas luces una burla mayúscula a los conceptos de Justicia y de Verdad, una muestra gratuita y grotesca del paraíso de la corrupción que es Argentina.

¿A qué viene esta reflexión? A que estamos viviendo en el mundo de los sofistas, donde cualquier argumento, si tiene un desarrollo lógico, es aceptable más allá de la verdad o no de las premisas (porque sabido es en lógica que sólo accidentalmente una conclusión puede ser verdadera si las premisas son falsas). Lo peor es que nos hemos acostumbrado tanto ya a ese triste ejercicio de aceptar lo que no es veraz o por lo menos veraz del todo, que por admitir la validez de pequeños principios que pueden no ser falsos íntegramente, pero tampoco ciertos, terminamos obligados a concluir proposiciones y juicios que nos resultan abiertamente cuestionables. Claro que si no hemos cerrado las puertas a la continua gimnasia relativista de no rechazar el error evidente por considerar que todo es materia opinable, que todo juicio es válido y verdadero aunque más no sea para quien lo sostiene («...mantener mi ideología, buena o mala, pero mía…», cantaba Alejandro Lerner), vamos propiciando que poco a poco no puedan hallarse parámetros objetivos sobre la verdad (también dicen que la objetividad no existe). Sobre la base de un presunto «precepto» de nuestra democracia, y resalto el «nuestra» pues tal vez no sea un postulado del sistema democrático en sí, todo es válido, todo es lo mismo, todo depende del cristal con el que se lo mire y entonces ya nos encontramos, por ejemplo, con la igualdad jurídica entre quienes han asumido un compromiso de por vida (el matrimonio) y quienes simplemente han decidido unir sus vidas tomando los recaudos para no tener inconvenientes ante una eventual separación (el concubinato, discriminatoria palabra reemplazada por la «vida en pareja»). Bueno, a lo mejor el ejemplo no es el más oportuno porque olvidaba que ahora también tiene el mismo rango el primer matrimonio que el segundo, el tercero, etc. Pero sí vamos a entender esta igualación cuando vemos que se invoca el mismo derecho a trabajar en el caso de un carrero que gana el pan con el sudor de sus manos y de su caballo y el de un travestí que quién sabe con qué sudor gana su dinero. Mas, ¡oh, sorpresa!, mientras los carros no pueden transitar por el centro porque ensucian, alteran el tránsito o simplemente dan una mísera imagen de la ciudad; prostitutas, travestíes, gays, transexuales, etc., ofrecen sus servicios escandalosamente en conocidas zonas de la misma urbe y eso es tomado como una acabada demostración de libertad y falta de prejuicios (con respecto justamente a los prejuicios habría que aclarar que lo malo de ellos es que son juicios previos, sin conocer el objeto a los que se refieren, lo cual no es lo mismo que oponerse a algo que sí se conoce y que por eso mismo se rechaza).

Nuestra idiosincrasia es riquísima en aquello que los lingüistas llaman deslizamiento semántico y que consiste en ir alterando el significado de una palabra ya sea agregándole nuevos significados o aplicándola como sinónimo de otra, con lo cual generalmente se pierde el concepto original asignado esencialmente a ese significante. Cualquier opinión contraria a la cultura del hedonismo es tildada de prejuiciosa aunque provenga de un análisis exhaustivo, cualquier manifestación que por reafirmar su contenido esencial excluya a algo o a alguien será considerada discriminatoria, olvidando además que discriminar no es un acto en sí malo, ya que al sentido que usualmente se le da (que sí es negativo) debe agregarse el significado de separar una cosa de otra, de discernir las diferencias entre los objetos de la discriminación (¿acaso una madre que le prepara diferentes comidas a sus hijos según sus gustos no está discriminando?). A veces se habla de discriminación por el hecho de considerar un solo aspecto de los postulantes por ejemplo para incorporar a una empresa. Y convengamos en que hay aspectos que sí determinan la aptitud o no de una persona. ¿O no nos quejamos acaso de la inclusión de tal o cual jugador de fútbol en la Selección porque lo consideramos inepto para esa función? Reconozcamos de una vez y para siempre que la igualdad entre los hombres es algo principalísimo pero únicamente en cuanto a la dignidad como persona y a los derechos que le corresponden por el sólo hecho de ser, valga la redundancia, un ser humano. En lo demás, que puede ser esencial a la especie pero accidental en cada individuo, somos diferentes y tenemos capacidades diferentes, por lo que no todos podemos hacer lo mismo, no todos sabemos hacer lo mismo y no todos debemos hacer lo mismo. Si yo aquí sostuviera que es injusto que en una elección el voto de una persona instruida y que ha reflexionado sobre las personas y las propuestas de cada candidato, tenga el mismo valor que el de otro ciudadano que vendió su sufragio al precio de un colchón, creo que muchos dirían que sí, que es injusto pero que estaría excluyendo gente con un simple criterio cultural. Sin embargo el sofisma de nuestro sistema concluye en que hay que incorporar votantes sin distinción de criterios en vez de procurar que cada elector tenga todos los elementos de juicio (y la capacidad de juzgar educada) para que el voto sea responsable. Si yo aquí dijera que no cualquiera está preparado para ocupar un cargo político, alguno me calificaría como oligarca o fascista porque a lo mejor le estaría negando la posibilidad de ser elegido a las personas de los sectores más carecientes por su falta de preparación (como si la educación formal fuera la garantía de una formación en serio). Sin embargo en cualquier otro orden sí elegimos de acuerdo a la capacidad; no permitimos que cualquiera nos recete un remedio ni pondríamos a un mudo como telefonista por más que sea una excelente persona. ¿No será que desde la Revolución Francesa en adelante nos han metido en la cabeza una falsa idea de igualdad entre los hombres y que entonces tenemos miedo a reconocernos distintos, repito, no en cuanto a nuestro valor como seres humanos, sino en cuanto a nuestras capacidades y a lo que cada uno puede y debe hacer? ¿No será que nos olvidamos que la Justicia consiste en dar a cada uno lo que le corresponde y no a todos lo mismo? ¿Por qué le damos el mismo valor a un Tinelli que a un filósofo, a un docente que (ya sé que suena a burla si miramos los sueldos) a un futbolista? ¿No será que está tan metido en nosotros el cáncer del relativismo que ya no creemos ni siquiera en que existe la Verdad?

Pobre pueblo el argentino y pobre mundo el que vivimos. Negamos todo aquello que nos enaltece como personas y nos regodeamos como cerdos exprimiendo a fondo todas nuestras miserias, aún a costa de los demás. Consumimos sin distinguir qué y cómo. Y si no hemos sepultado a la Verdad al menos la tragamos junto a la mentira y las digerimos juntas sin darnos cuenta que nos estamos envenenando.

Y seguramente alguien me preguntará: ¿pero dónde está la Verdad, cuál es y cómo la reconozco? Como cristiano yo sé dónde buscarla. No obstante, para aquellos que no son creyentes, vale la pena cuanto menos intentar descubrirla. Hay una Verdad lógica, una Verdad natural, hay formas de reconocer si lo que me están diciendo es cierto o no. ¿O no sonreímos burlonamente cuando nos dicen que la inflación es de un 3 o un 8,4%, por decir cualquier cifra? Si vivimos rasgándonos las vestiduras porque la crisis argentina es ante todo una crisis de valores y una crisis de credibilidad. Eso quiere decir que hay valores, que hay una Verdad. Pongamos todo nuestro empeño en encontrar un paradigma ético acorde al valor y a la dignidad del hombre. Rechacemos las ristras de espejitos que nos quieren vender como argumentos para intentar eludir la búsqueda de la Verdad. No podemos seguir aceptando, por ejemplo, que en plena campaña electoral se discuta el modo de realizar las elecciones internas en vez de discutir qué se proponen hacer con el país. Es injusto que se detenga un proceso de revocatoria a un intendente porque en algún cajón del Concejo Deliberante haya uno o dos o cien pedidos de juicio político durmiendo. Es injusto que nuestros Códigos no castiguen al funcionario que perjudicó al pueblo (si delinquió debería ir preso, si se equivocó no debería poder ejercer nunca más un cargo por inepto) y que jamás se le obligue a responder con su patrimonio a los desfalcos o a los «errores» cometidos. Es faltar a la Verdad defenderse de una acusación invocando la parcialidad o el presunto carácter delictivo del acusador; la pregunta no debe ser «¿quién lo dice?» si no «¿es cierto o no?». Es falta a la Verdad darle rango constitucional a la división de poderes cuando a la vez se promueve en esa misma Constitución la representación de un Partido Político como única herramienta legal para llegar a los poderes Ejecutivo y Legislativo. ¿Acaso alguna vez algún constitucionalista denunció como ilegal la realización de una reunión entre un Presidente y los legisladores para acordar la aprobación de una ley o se investigó en serio si hubo contactos o presiones del poder político sobre un juez antes de una sentencia importante? ¿No fue «vox populi» que un día antes de que se conociera el fallo de la Corte Suprema que anula el recorte salarial a los estatales, varios legisladores intentaron «modificar» el pensamiento de los jueces a cambio de frenar el juicio político a los camaristas? ¿Se hizo algo a raíz del famoso papelito que Raúl Alfonsín sostenía en su mano, sentado en su banca del Senado, en el que se daba la directiva de demorar el ascenso de un juez? Basta de mentiras, por favor.

Los sofistas tenían como ejercicio de aprendizaje tener que demostrar con argumentos algo y luego demostrar también lo contrario. Ése es el arte que hoy se practica en nuestro país. Previo al «pacto de Olivos» todo el radicalismo estaba de acuerdo en que no se debía modificar la Constitución para permitir la reelección de Carlos Menem. Hubo miles de expresiones al respecto. Y luego de una reunión entre Alfonsín y Menem, todo el radicalismo debió recitar la lista de argumentos por los que sí convenía modificar la Carta Magna y dejar libre el camino al segundo mandato de Menem. ¿No era que en los Partidos los líderes actúan conforme a lo decidido en las bases? ¿O es que son verticalistas (palabra «antidemocrática»)? ¿Las instituciones fundamentales para la participación democrática no son democráticas? Milagros y paradojas de la política argentina que algunos llaman «grandeza política», otros «corrupción».

Hace unos días tuvimos un «paro» (así lo llaman nuestros escolares) en memoria del General San Martín. Desde hace años una suerte de realismo historicista nos llevó a «desnudar» a nuestros próceres, bajándolos del pedestal y resaltando sus viles intereses, sus miserias humanas para que así todo argentino entendiera que también eran seres humanos. Pero nos olvidamos que ellos, sin ponerme a discutir la veracidad o no de sus «defectos» (por razones de tiempo y espacio, no porque no sea importante), hicieron algo por eso que se llamaba Patria y debieron soportar penurias que hoy no toleraríamos sufrir voluntariamente. Por eso son próceres, por eso debemos honrarlos e imitarlos. No creo que nadie haya pensado alguna vez que fueron dioses bajados del Aconcagua (Olimpo criollo) o extraterrestres que se compadecieron de los habitantes del Virreinato. Es más, sus propias limitaciones le dan un valor superior a su obra, pero convengamos que por mostrar su humanidad caída dejamos de tomarlos como ejemplo. Y si vamos al caso varias de las figuras hoy más veneradas no son medidas de la misma manera. No se cuentan los crímenes del Che Guevara (¿o en Cuba, en el Congo o en la selva boliviana tiraba con balas de goma?), la total dependencia de la droga de John Lennon o la ignorancia supina de Maradona cuando habla de algo que no sea fútbol (en ese terreno ¡grande, Diego!), por citar algunos.

La Verdad a medias no es verdad aunque a veces se le parezca. Sólo su conocimiento permite avanzar en sentido correcto. Quienes no tienen la Gracia Divina de conocerla a través de la Fe en Dios (que no se tiene por merecimiento sino por Misericordia), sigan hurgando, por favor, los cajones de la vida, levanten la alfombra de lo superficial y de lo frívolo para ver si abajo está lo Real. Y si no la encontramos por lo menos preguntemos, nos interroguemos, que a lo mejor así aparece una respuesta. Vayamos a las fuentes, bebamos pero sigamos avanzando y no dejemos que nos tapen los ojos. Pero tengamos en cuenta que por más tinieblas que haya, no hay peor ciego que el que no quiere ver.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: