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Altar Mayor - Nº 83 (07)
Domingo, 24 noviembre a las 10:53:00

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

LA FELICIDAD (y 2)
Planteamiento de la religión budista

Por
Constantino Quelle

NOTA: En el texto hay tres llamadas: (1), (2) y (3) que han de ser sustituidas por los siguientes signos, correlativamente; triángulo con la punta hacia abajo; triángulo con la punta hacia arriba; y estrella de David.arriba

4. El dharma: mensaje de liberación (=felicidad)23

Para un cristiano la liberación se encuentra en la muerte. El símbolo de la cruz no permite dudar al respecto. Ahora bien, no se trata de la muerte en cuanto final de la existencia, sino en cuanto principio de la vida (Rom 6.4). Para un oriental, la realidad, aunque se explique de forma distinta, es idéntica. El Buddha vio que cuanto le rodeaba tenía que morir pues era fruto perecedero. Mas tal muerte tenía que ser plena para evitar un nuevo renacimiento. Quien vive para la muerte, finalmente acaba muriendo; quien vive para la vida, termina resucitando (=se ilumina).

Y la luz brilló en las tinieblas. Shiddharta murió al hombre viejo, al no-hombre y, recreándose conscientemente en el vacío absoluto de su mente liberada de todo pensamiento, alcanzó la iluminación búdica. Atardecía como en el paraíso del Génesis. Todo estaba allí, todo era bueno (Gn 1,1-31). Los amigos y parientes del Buddha, su hijo entre ellos, estaban ensimismados (dentro de sí mismos) escuchando atentamente sus enseñanzas. Estas pueden sintetizarse de acuerdo con el siguiente esquema.

4.1. Las cuatro nobles verdades

«¡Oh, monjes! por no haber comprendido, por no haber penetrado cuatro cosas, hemos vagado tanto tiempo, tanto yo como vosotros, en este círculo de la existencia. ¿Cuáles son las cuatro verdades? Son la noble verdad del sufrimiento, la noble verdad del origen del sufrimiento, la noble verdad de la cesación del sufrimiento, la noble verdad del camino que conduce a la cesación del sufrimiento. Es por no haber entendido estas cuatro verdades, por no haberlas comprendido cabalmente, que tanto yo como vosotros llevamos tanto tiempo rodando de existencia en existencia»24. Estas palabras del Buddha caían y siguen cayendo, a quien desee escucharlas, como un bálsamo de paz. Fueron dichas como todo lo que es auténticamente humano: desde la verdad. De ahí que en ellas todo se antoje noble y bueno. La creación vuelve incluso a re-crearse sin sufrimiento. Así lo indica con rotundidad el Buddha: «¿Cuál es, pues, la noble verdad del sufrimiento? Nacer es sufrir, envejecer es sufrir, morir es sufrir; la pena, el lamento, el dolor, la aflicción, la tribulación son sufrimiento; estar sujeto a lo que desagrada es sufrimiento, estar privado de lo que agrada es sufrimiento; no conseguir lo que uno desea es sufrimiento...»25.

Esta doctrina, como todo auténtico mensaje, trataba de cortar en su misma raíz el mal de la humanidad; éste no era otro que el sufrimiento. Nos acompaña desde el nacimiento hasta la muerte. Se impone, pues, cercenarlo desde el origen. Como el origen del pecado, como el pecado original. Ahora bien, lo primero que tiene que descubrir la mente es su existencia. Las cuatro nobles verdades insisten como una letanía mántrica tratando de despertar el consciente de quien escucha26. No es posible atacar y vencer la enfermedad si el paciente no es consciente de su mal. El sufrimiento, la angustia y el dolor se han introducido en la mente del no-hombre como si fuera una realidad del ser humano. Por ello, al igual que la carcoma, han ido minando la energía del ser, creando la destrucción e incapacitándole para ser feliz. ¿Cómo conseguir la felicidad? Alcanzando ante todo la liberación. Ésta comienza por reconocer que en nuestra mente se han introducido la destrucción y la muerte a través del sufrimiento. Cuando estemos capacitados para aprehender que el sufrimiento es el origen de nuestra infelicidad, habremos iniciado el carnino (tao) hacia la felicidad.

Y desde «aquellos tiempos» que son estos, el Buddha siguió diciendo a sus monjes: «¿Cuál es, pues, la noble verdad del origen del sufrimiento? Es el deseo que, indisoluble del deleite y de la pasión, persiguiendo el placer por doquiera, os lleva a renacer una y otra vez»27. Cuando el ciego se levantó y siguió a Jesús por el camino, comenzó a ver (Mc 10,52). Cuando el iniciado ve que el sufrimiento cercena su existencia, comienza a intuir. La mente lúcida experimenta que si hay sufrimiento, existe un origen del que brota y se alimenta. El pecado, aunque se formule con vocablos distintos, siempre tiene la misma génesis. ¿Cuál es, en realidad, el origen del sufrimiento? O dicho con otras palabras: ¿Por qué no somos felices? Los oídos del iniciado se retrotraen en el tiempo hasta alcanzar la inocencia original y allí escuchan por primera vez la retadora respuesta: el origen del sufrimiento es el deseo.

El no-hombre pasa su no-existencia deseando objetos y sujetos. Cuando los consigue desea no perderlos; cuando los pierde desea recuperarlos. Si lo conseguido le agrada, su dicha es efímera pues sabe que, tarde o temprano, lo efímero caduca y se pierde. Si lo conseguido le desagrada, deseará que la desdicha desaparezca, para que, tarde o temprano, nuevos objetos ocupen su mente y así la rueda del sufrimiento continúe su eterno girar. La mente, inmersa en este devenir inconsciente, se repliega sobre sí misma, asiéndose, cual si de una tabla de salvación se tratase, al capricho del deseo. No se da cuenta que la carcoma corroe la madera y que su destino inexorable es hundirse en las aguas de la esclavitud. Hay que alejarse del deseo, hay que crucificar al «ego» para que el auténtico ser que todos llevamos dentro consiga renacer.

«¿Cuál es, por su parte, la noble verdad de la cesación del sufrimiento? El completo cese del deseo exige renunciar a él, liberarse y despegarse de él. Pero este deseo, ¿dónde se abandona, dónde se disuelve? En todo lo que hay de agradable y deleitoso en el mundo, ahí es donde se abandona, ahí es donde se disuelve el deseo»28. Sólo desde el mundo de muerte que ha engendrado el sufrimiento a través del deseo, esas palabras búdicas resultan inteligibles. ¿Cómo desechar el deseo de las cosas y personas que nos producen placer? ¿No es acaso el placer y la felicidad lo que andamos buscando?

Su reino, tampoco es de este mundo. Hay que ponerse en camino, como el ciego, hacia el mundo de la iluminación, hacia la luz, y es desde ella que la visión se hace posible. Se impone morir al deseo, que es pura ilusión creada por nuestro «ego». ¿Puede desear algo quien lo tiene todo? El deseo es el espejismo de nuestra ignorancia. La ignorancia de creernos desposeídos de todo nos hace desear lo que, de hecho, ya poseemos: la felicidad. Al ser ignorantes de este tesoro, vamos forjando ilusiones. Pero el espejo no es la verdad. Cada vez que deseamos atraparla, se escapa. El Buddha en su iluminación vio el «ego» (=espejo) y el ser (=verdad). La felicidad no había que desearla en nada ni en nadie, pues estaba desde los orígenes en uno mismo. La falsa imagen del «yo», creada por el espejo de la ilusión, era fruto de nuestra ignorancia: «Llegará un día que hasta el gran océano se secará, se enjugará y dejará de existir. Llegará el día que hasta la gran tierra se consumirá, se deshará y dejará de existir. Pero yo os digo que no llegará nunca el día en que se agote el sufrimiento de los seres que, impedidos por la ignorancia y trabados por el deseo, reanudan una y otra vez el ciclo de las existencias»29.

La ignorancia produce deseo, el deseo produce sufrimiento, el sufrimiento nos obliga a girar en la ruleta de la muerte sin permitirnos conocer la vida y la felicidad en plenitud. Cuantos rodeaban al Buddha y escuchaban su palabra, meditaban en su interior sabiendo que si no recorrían por ellos mismos el camino (=tao), la verdad seguiría oculta en el espejo de su ilusión. Con palabras búdicas: «Los grandes señalan la ruta, pero uno mismo tiene que recorrerla».

«¿Cuál es la noble verdad del camino que conduce a la cesación del sufrimiento? Entregarse a los placeres de los sentidos es cosa baja, indigna, vulgar, innoble y nada provechosa; entregarse a mortificaciones rigurosas es cosa dolorosa, innoble y nada provechosa. Éstos son, oh monjes, los dos extremos que evita el camino del medio, comprendido a la perfección por el perfecto, el camino que proporciona la visión y el conocimiento, y que conduce a la paz, al conocimiento directo, a la iluminación, al nirvana. Este es el noble óctuple camino que conduce a la cesación del sufrimiento»30.

El «dharma» o enseñanza de la liberación que expone el Buddha a continuación se adentra, como toda verdad, en la sabiduría popular: los extremos nunca son buenos. Vivir entregado a los placeres es convertirse en esclavo de esos placeres, pero vivir mortificado contra el cuerpo y los sentidos es convertirse en esclavo de la lucha que genera dicha mortificación. La sabiduría consiste en optar por el camino del medio. Ni la sed de placer ni la sed de mortificación son el camino adecuado. La ponderación en todo cuanto nos rodea, actuamos y pensamos es la medida correcta para alcanzar la iluminación. La liberación no se obtiene castigando al cuerpo ni premiándolo. Toda mente que crea esto vuelve a caer en las redes del deseo y por tanto en la rueda del sufrimiento. La intuición del camino del medio, para un occidental, si no la practica desde la sabiduría popular antes mencionada (=los extremos nunca son buenos), difícilmente podrá asimilar la que realza cómo los extremos se tocan. La filosofía de un oriental es distinta, pues parte del binomio yin y yang. Todo es yin y todo es yang. Por ello la realización del uno se encuentra en la tensión que lleva del uno al otro y viceversa31.

Las verdades que se intuyen no necesitan razonamiento. No obstante, y a pesar de que cualquier ejemplo no pasa de ser un mito, pondremos uno. El hombre tiende hacia la mujer igual que ésta tiende hacia el hombre. El germen del hombre es la mujer y el de ésta el hombre. Uno tiende hacia el otro porque sólo así pueden completarse. En esta tensión de los opuestos (hombre/mujer), justo en la mitad está el camino del medio que realiza a ambos. Cuando el hombre y la mujer dejan de ser ellos y se funden en el otro, surge la visión correcta donde cada uno encuentra el camino. Ahí es donde el yin es yang y el yang es yin o incluso donde ambos desaparecen para encontrarse en el camino donde el ciego y el sordo comenzaron a ver y a oír. Al situarse en la pérdida de identidad del «ego», el ser renace hacia un ámbito distinto del mundo de la experiencia. Hacia un ámbito de la realidad el yin y el yang configuran al hombre. Creó Dios al hombre: varón y mujer lo creó (Gn 1,27). El hombre del paraíso cristiano, como el del nirvana oriental, surge allí donde ambos se encuentran, se fusionan, se pierden y al encontrarse hacen posible la exclamación: «ésta sí que es carne de mi carne» (Gn 2,23).

El camino del medio es tan budista como bíblico. La verdad transciende cualquier cultura. El yin, como principio femenino, se representa como un triángulo con la punta hacia abajo (1) descendiendo hasta hundirse en la madre tierra; el yang, como principio masculino, se representa como un triángulo con la punta hacia arriba (2) ascendiendo para elevarse hasta el padre cielo. La fusión de ambos pertenece, no podría ser de otra forma, al misterio que envuelve todo acontecer religioso. Así, el resultado de esta fusión es la pérdida del yin y del yang: el nacimiento de la estrella de David (3), símbolo de la verdad bíblica, de la estirpe del hijo del hombre, de la universalidad de la fe, santo y seña de los hijos nacidos de lo alto: Jesús, hijo de la estirpe de David32.

En aquel día, después de enumerar el Buddha las cuatro nobles verdades, con el fin de que todo hombre de buena voluntad comprendiese que había sufrimiento, origen del sufrimiento, cesación del sufrimiento y un camino que lleva a esta cesación, expuso cuál era el camino que llevaba a este cese: el camino óctuple.

4.2. El noble sendero óctuple

«Éste es el noble óctuple camino que conduce a la cesación del sufrimiento, y que está integrado por:

1. La recta opinión: modo correcto de ver y comprender.

2. 2. El recto propósito: modo correcto de pensar y querer.

(Ambos forman la sabiduría/=paññâ).

3. La recta palabra.

4. La recta conducta.

5. El recto sustentamiento.

(Los tres forman la moralidad/=sîla).

6. El recto esfuerzo.

7. La recta atención.

8. La recta concentración.

(Los tres forman la concentración/=samâdhi)33.

4.2.1. La sabiduría

Para alcanzarla hay que tener una recta opinión. ¿Y cómo se tiene una recta opinión? Comprendiendo las cuatro nobles verdades. Se ve, por tanto, que el principio del camino óctuple es la comprensión óntica del sufrimiento como raíz de la ignorancia. No es posible alcanzar la sabiduría sin la comprensión de las cuatro nobles verdades, resulta inviable sin una recta opinión. De esta forma tan admirable y pedagógica engarzó el Buddha las cuatro nobles verdades con el camino óctuple. El yin y el yang se hacen patentes tanto en su doctrina (cuatro nobles verdades) como en su disciplina (camino óctuple). No puede realizarse ésta si no se comprende aquélla. Ahora bien, para tener una recta opinión hay que precederla de un recto pensamiento o propósito. No se puede dar en la mente una recta opinión si el pensamiento donde se forja la opinión es incorrecto. Igual que no se puede dar una recta acción si el pensamiento es incorrecto. El pensamiento es anterior a la acción. ¿Cómo pretender realizar acciones correctas si el pensamiento donde se forjan está enfermo? El evangelio se hace el mismo interrogante cuando afirma: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). Toda acción que emana de un pensamiento incorrecto conducirá al sufrimiento. Y si el sufrimiento, como se está viendo es producto del no-conocimiento o ignorancia de la realidad, hay que erradicar dicha ignorancia para que la sabiduría vea las cosas y las personas tal y como realmente son.

4.2.2. La moralidad

Está compuesta por la recta palabra, la recta conducta y el recto sustentamiento. Aquí no se trata de pensamientos o acciones mentales, sino de acciones exteriores a quien las piensa. La palabra es uno de los frutos del pensamiento. Y como dice el refrán: por la boca muere el pez. El Buddha dirá: «A ver, hombre, dinos qué sabes de eso. Si no sabe nada, dice: no sé nada; si sabe algo, dice: sé esto y aquello; si no ha visto nada, dice: no vi nada; si ha visto algo, dice: vi esto y aquello. Nunca dice a sabiendas nada que no sea cierto, ni en beneficio propio, ni en beneficio de otros, ni por nada del mundo»34. Seiscientos años después, pero también en «aquellos tiempos» otro hombre dijo: «Que vuestro sí sea sí y vuestro no, no» (Mt 5,37; Sant 5,12). Las groserías, las calumnias, los chismes, las discordias, etc., generan muerte y sufrimiento en quien las pronuncia. La recta palabra se complace en la concordia, une y jamás separa, por ello libera y se hace imprescindible en el óctuple camino.

Si la palabra es buena, la acción de quien la produce no puede ser mala. La recta conducta brota de quien piensa y habla correctamente. Quien no destruye con la palabra es incapaz de destruir con la acción. Es humilde y bondadoso para con todo ser viviente. No hiere, no mata, no roba: «Toma solamente lo que le ofrecen y con ello se contenta, viviendo con ánimo puro y honesto»35. La recta conducta que exige el Buddha recuerda la normativa mosaica dictada en el Sinaí (Ex 20,1-20). La ley de Moisés se recapitula en el precepto evangélico: «Ama al prójimo como a ti mismo» (Mt 12,28-34).

La verdad es una en sus infinitas facetas. Aquí y allí, ahora y entonces existe una ley suprema: no hagas lo que no quieres que te hagan. ¿Por qué? Porque el mal que pretendes dar, lo recibes. Porque cualquier acción tanto si es mala como si conduce al mal, ha sido previamente pensada por quien la ejecuta. El deseo de este pensamiento engendra, antes de hacerse realidad con la acción, sufrimiento. Desde este recto discernimiento de la realidad se revelan como nuevas estas palabras: la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Todo empieza y termina en uno mismo. Tanto el cielo como el infierno.

Para terminar esta tríada del comportamiento recto o moralidad, aparece en la doctrina búdica el recto sustentamiento. El camino del medio que muestra el Buddha no puede olvidar este mundo, aunque su reino se halle fuera de sus fronteras. El Buddha no se retira del mundo. Siddhalta transcendió el mundo y llegando a la auténtica morada humana donde renació a su ser original, retornó a este mundo para mostrar el camino. La clara visión de la realidad transformó al muerto Siddharta en el resucitado Buddha. Pero el viejo Siddharta seguía habitando en el joven Buddha y aquél reclamaba unas lícitas necesidades que había que cubrir. ¿Cómo cubrirlas?: «He aquí que el buen discípulo evita las malas maneras de ganarse el sustento y se lo gana solamente con ocupaciones lícitas: eso, oh monjes, es el recto sustentamiento sometido a corrupción, que arroja fruto provechoso dentro del ámbito de la existencia»36.

4.2.3. La concentración

Nada de cuanto llevamos dicho podría llevarse a cabo sin una adecuada concentración que, a su vez, abarca un recto esfuerzo y una recta atención. Para «ver» y, en consecuencia, para practicar esta doctrina que conduce al nirvana (=felicidad), se impone un noble y recto esfuerzo. La visión penetrante y trascendida del «ego» sólo es posible con una atención y esfuerzo continuados. Ellos permitirán que el individuo se concentre en la verdad y no en el engaño. Este esfuerzo, que no es otra cosa que el trabajo de cultivarse a sí mismo desde el interior, no es tarea fácil. Renacer implica recorrer el útero de este mundo abandonando los placeres (placenta) que nos envuelven y atravesar la puerta de la ignorancia que, como un gran himen, obstaculiza el alumbramiento. El esfuerzo de este parto es titánico, pero no por el «nuevo mundo» que nos aguarda, sino por el «viejo mundo» que nos retiene. Los obstáculos a vencer, como siempre, no están en el exterior, sino en el interior de nuestra mente.

El esfuerzo deberá conducirnos a pensar lo que deseamos pensar y a no permitir al «ego» que piense por nosotros. Así, cuando esté escuchando, no haré otra cosa que escuchar; cuando esté hablando, toda mi atención se concentrará en el buen hablar. Lo mismo cuando coma, beba, ande, etc. Mi ser estará pleno, consciente en aquello y sólo en aquello que esté realizando en ese instante. La recompensa a este esfuerzo es alcanzar la recta atención, que no es un simple estar atento. Se trata de la plena consciencia de cuanto sucede en nuestra mente libre de perjuicios e interpretaciones previas o futuras. La recta atención nos lleva a vivir el presente porque fuera de él nada existe. El aquí y ahora nos abren la puerta a la eternidad; el pasado y el futuro nos introducen en las fauces del tiempo, de la muerte, del devenir de las cosas que ayer fueron y mañana no son.

Una recta atención contempla al cuerpo como lo que es, a las sensaciones como lo que son, sabiendo cuando nacen en la mente, sintiendo si son agradables o desagradables pero sin quedarse en ellas, porque, a su vez, como está contemplando a la mente como lo que es y no por su consecuencia (los pensamientos), el odio, la pasión y todas las sensaciones mentales, aunque sentidas, son dominadas. La contemplación de la mente nos conduce a observar, como ante un televisor, los fenómenos o factores mentales que nos atormentan y producen sufrimiento tales como el desasosiego, la ansiedad, la duda, etc. La mente se recrea en estos sufrimientos porque, no estando atenta al origen de estos fenómenos, se ve imposibilitada a cortar su continuo fluir. En definitiva, y por último (y en principio), la recta concentración lleva a la mente a un punto central donde la energía plena del individuo, al no tener pensamiento alguno que la separe del Ser, se unifica con todos y con todo, se religa consigo mismo y con la creación.

El Buddha seguía y sigue inmóvil bajo la higuera mostrando el camino interior que lleva al conocimiento del sufrimiento y por lo tanto al encuentro con la felicidad. Alcanzar la sabiduría es renunciar a la ignorancia. La ignorancia no se destruye sabiendo más cosas, sino sabiendo penetrar en la verdad de las cosas. No se trata de aprender de memoria, por ejemplo, tal o cual filosofía, religión o pensamiento para explicar la verdad. La verdad, cuando se vive, cuando se encarna, no necesita explicación alguna. Tal y como proclama el evangelio, la letra -por muy religiosa que sea- mata. La verdad transciende cualquier doctrina que pretenda abarcarla.

Esta breve exposición no nos permite desarrollar la doctrina expuesta. Sin embargo, antes de finalizarla, consideramos oportuno aludir a una de las técnicas que, tal como la ha desarrollado la tradición de oriente, permite alcanzar el pensamiento puro, la conciencia y el despertar. Nos referimos al «koan» zen37.

5. El nirvana: fin del sufrimiento

Todo el conocimiento y la disciplina del Buddha fueron expuestos cuando Siddharta «volvió» del camino y recorrido interior, que en oriente, por nombrarlo de alguna manera, se le denomina «tao» (el sentido de lo innominado, lo sin nombre, lo totalmente otro)38. Su meditación había durado miles de vidas pues la rueda de la historia había sido transcendida. Al no tener pensamiento alguno en su mente, el tiempo había desaparecido. El ayer y el mañana no existían. Sólo el presente eterno y feliz era experimentado en su búdica realidad. Alcanzar esta meta no es fácil pero, sí posible. Para ello, y por supuesto dándose por asumidas todas las condiciones expuestas, existe una técnica que vamos a ilustrar con un ejemplo, denominada «koan». Éste es una especie de encrucijada o de acertijo que no tiene solución, al menos solución desde una mente lógica, razonable. El «koan» no puede ser pensado ya que está formulado para conseguir la paralización de todo pensamiento. Es como una piedra que sirve para golpear una puerta. Cuando ésta se abre, la piedra no sirve y se tira39.

El «koan» es como una doctrina. Ahora bien, dado que no existe doctrina que alcance el infinito del Ser, se trata de una doctrina que trata de romper los esquemas del pensamiento lógico. Desde el ámbito cristiano diríamos que el «koan» es como las prescripciones de Jesús en el sermón del monte. Quien no cumpla sus preceptos no entrará en el reino de los cielos, pero lo paradigmático comienza cuando el creyente comprueba que el cumplimiento de dichos preceptos es imposible40. La mente ante este enigma se paraliza. Esto es lo que trata de hacer el «koan»: paralizar los pensamientos que abocan a la muerte, para descubrir conscientemente el origen de todo pensamiento. La energía pura sin pensamiento alguno: el Ser, la experiencia del nirvana.

Seguidamente exponemos ante la atenta mirada del lector un «koan» que ha de ser meditado pero jamás pensado, ya que en el momento en que se piensa, entra la duda y con palabras de Mumon: «Si duda un momento será como alguien que durante días espera el paso de un cortejo bajo su ventana, pero cuando llega cierra los parpados y no lo ve».

El dedo de Gutei. «Cada vez que preguntaban al maestro Gutei respondía únicamente levantando un dedo. Hubo un discípulo que empezó a imitarle y cuando alguien le preguntaba qué había explicado el maestro sobre la ley, a su vez levantaba el dedo. Gutei le sorprendió una vez en esta acción y tomando un cuchillo le cortó el dedo. El discípulo gritó de dolor y salió corriendo. Entonces Gutei, con una voz muy fuerte, lo llamó. El discípulo se volvió a verlo. En ese momento Gutei, a su vez, levantó un dedo. El discípulo repentinamente alcanzó la iluminación»41.

Gutei, el maestro, también había alcanzado la iluminación con el dedo de su maestro Zen Tenryu. Ahora bien, si alguien pretende alcanzar la iluminación fijándose en un dedo... Cuando un dedo señala la luna, sólo los tontos se quedan mirando el dedo. Al «koan» no hay que mirarlo, hay que verlo, no hay que pensarlo, hay que vivirlo, meditarlo, sentirlo, encarnarlo. Si dejamos que la mente lo piense, ni mil vidas podrían descubrir su verdad. El «koan» se formula para neutralizar el devenir del pensamiento y hacer surgir, re-nacer el yo original que todos llevamos dentro. Para la mente ordinaria el «koan» es un absurdo. «Si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, sácatelo y tíralo; es preferible que pierdas una parte de tu cuerpo a que seas arrojado entero al infierno. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y tírala...». Poco es el dedo, Jesús está dispuesto a perder la mano entera (Mc 9,47). De que le vale al hombre tener todos los miembros si vive en continuo sufrimiento. El cuerpo tiene que ser uno con la mente. Cuando no es así, preferible perderlo antes que perderse.

El discípulo de Gutei, imitaba al maestro. Levantaba un dedo como quien se aprende la Biblia de memoria, pero no alcanzaba a descubrir el mensaje que encerraba. Como el más fervoroso seguidor de cualquier religión que se queda preso en los preceptos que la componen, sin descubrir la religiosidad que la hizo posible. Como el fanático que confunde su creencia con la fe. El discípulo, tanto de Gutei como de Jesús, había confundido el conocimiento con la sabiduría. Gutei, cuando vio lo que ocurría, llamó al discípulo y al ver que se limitaba a reproducir su gesto, le cortó el dedo. Este salió corriendo, despavorido de dolor. Gutei aprovecha el instante y lo llama; el discípulo escucha, se para, se vuelve y «ve» al maestro que tiene el dedo levantado. Y es en ese instante cuando alcanza la iluminación.

Siempre que el maestro llama, si el discípulo está preparado, escucha, oye, tiene oídos y no orejas. Gutei llamó y en ese instante el dolor del discípulo era tan intenso que se olvidó de sí mismo. No había pensamiento alguno en su mente. Su cuerpo y él eran una misma realidad: dolor. Oyó al maestro. Se volvió y lo miró. Allí estaba como siempre con su dedo levantado. Pero ocurrió el milagro. Al no estar, como siempre, pensando y como consecuencia, separando su realidad de la del otro, «vio» por primera vez la imagen real del maestro y en ella se vio a sí mismo. Ahora no podía imitar al maestro (=no tenía dedo), pero la energía que hacía posible este movimiento (levantarlo) estaba ahí, sin dedo, no obstante, por primera vez la «veía», la «sentía». El dedo de Gutei era su dedo. El dolor del discípulo era el dolor del maestro, la separación había desaparecido: Gutei y el discípulo eran una misma y eterna realidad.

El discurso lógico de nuestro pensamiento no puede comprender esta realidad porque la mente nos ha hecho creer que el yo es algo separado del tú. Necesitamos, como el discípulo de Gutei, a alguien que nos despierte del sueño y nos religue, nos salve de nuestro error. El yo y el tú, Adán y Eva, el yin y el yang forman al hombre sin dicotomía alguna. Sólo quien intuya esta verdad podrá asimilar el misterio que encierran las palabras evangélicas: «Tomó Jesús el pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a los discípulos dijo: tomad y comed, esto es mi cuerpo» (Lc 22,19). No existe diferencia alguna entre el pan y el cuerpo de Cristo igual que no existe entre Cristo y el mensaje, entre Gutei y el dedo, entre el discípulo y Gutei. Todo forma parte de la unidad porque ella forma parte del Todo. «Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio. La ley de Moisés ordena apedrear a éstas... Tú ¿qué dices?... Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en tierra» (Jn 8,6).

El dedo de Jesús como el de Gutei continúa ahí para quien quiera verlo. La ley de los escribas y fariseos como la de cualquier religión enmudece ante ese dedo. La metáfora del tajo en el dedo o la de arrancarse el ojo que no sabe ver o la de maldecir la higuera que no sabe dar frutos, encierran el mismo mensaje. Descubrirlo es renacer al mundo al que hemos sido llamados. Quien encuentra este tesoro, como en el pasaje evangélico de la mujer adúltera, no puede tirar la piedra porque caería sobre el brazo de quien la lanza. Sólo quien es capaz de transcender la visión del dedo, aunque para ello haya que cortarlo de un tajo, será capaz de paralizar la rueda del sufrimiento y alcanzar la plena liberación: el nirvana (=la felicidad).

6. Conclusión

La doctrina budista encamina al creyente hacia el conocimiento del sufrimiento. Este es el primer paso para adentrarse en el camino que conduce a la felicidad. Todo el «dharma» trata de parar la rueda del sufrimiento que no es otra que el devenir del tiempo. El tiempo sólo existe en la mente que lo crea. Fuera de dicha mente todo es presente, es decir, eternidad. Descubrir esta premisa es encontrarse con la verdad. El hombre de todos los tiempos, al margen del nombre que tenga, ha de salir más allá de su devenir si quiere encontrarse con el misterio. El misterio no deviene, es. Y lo que es no tiene ayer ni mañana, sencillamente, es. Lo que ayer «fue» y mañana «será» no es. El Ser siempre se manifiesta en el presente, aquí y ahora. Cuando el hombre se encuentra con el Ser, enmudece. La denominación que oriente da a lo innombrable es «tao». El «tao» es lo que es y lo que no-es. Y ello porque el ser existente emana del no-ser inexistente.

La palabra no puede en su finitud abarcar el infinito. Al igual que el nombre que puede expresarse no es el nombre. Siddharta tuvo que acallar todos sus pensamientos con el fin de que el discurso lógico de su mente muriese. Asimismo el «ego», fruto del pensamiento, no debe confundirse con el yo (Ser). Gautama en el silencio meditativo se encontró con el maestro que llevaba dentro (el Buddha). Todo hombre tiene un maestro común y como afirma el dicho oriental: cuando el alumno está preparado llega el maestro.

Desde esta visión cristiana del misterio, afirmamos que sólo el Padre puede revelarnos la verdad. Cualquier verdad pensada es mentira o dicho de forma más intuitiva es no-verdad. Y ello porque la verdad, como la felicidad o como la vida no tiene contrario. Simplemente son y no pueden no-ser. De ahí que quien se deja alcanzar por la resurrección o por el nirvana -distinta palabra que pretende expresar la misma verdad- no puede hablar de muerte o sufrimiento. Podrá -¡qué duda cabe!- experimentar el dolor de su existencia material, pero jamás el sufrimiento que implica creer en la muerte. La vida no puede creer en lo que, para ella, no existe. Por esta razón quien alcanza el nirvana no vuelve a reencarnarse, y quien alcanza la resurrección no puede morir42.

El Buddha alcanzó la iluminación y mostró sus cuatro nobles verdades siendo la cuarta el camino óctuple que conduce a la cesación del sufrimiento. Cesado el sufrimiento, la verdad resplandece y las últimas palabras del Buddha aletean en el silencio eterno del Hijo del hombre recorriendo cualquier devenir que pretenda ser trascendido: «Oh monjes, todo esto que yo he comprendido por experiencia propia, que yo os he enseñado, y que vosotros habéis aprendido, todo esto hay que practicarlo, hay que cultivarlo, ejercitarlo con asiduidad, para que esta misma vida de pureza se conserve, y perdure por mucho y mucho tiempo para el bien y la felicidad de muchos, para compasión del mundo, para el bien y la felicidad de todos los seres humanos y divinos»43.


 
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