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Altar Mayor - Nº 83 (06)
Domingo, 24 noviembre a las 10:55:10

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

LA DESGRACIA DEL HOMBRE NORMAL
Por
Antonio de Oarso

Es signo de la época -raro e insólito signo- que por mor de la revolución contracultural y contramoral, el hombre corriente y normal se vea agredido mediáticamente, y hasta por su entorno social, con mensajes que hieren sus íntimas convicciones y hasta su sentido común. Y debe ser cuidadoso con la expresión de su pensar, pues si se topa con gente aleccionada por el discurso dominante, gente adocenada y sin juicio crítico, puede ser objeto de repulsa y de una retahila de dicterios.

Hago una distinción entre el hombre normal, instruido o poco instruido, cuyo pensar y sentir se mantienen en un nivel de salud aceptable, y esa otra gente, quizás leída e instruida, pero instruida pésimamente, a la que llamo adocenada y sin juicio propio. Obviamente, me resulta más respetable el hombre ordinario y normal, aún en el caso de que apenas lea los periódicos (y hasta precisamente por ello) que aquél que los lee mucho y asimila dócilmente su discurso.

Las agresiones al hombre normal provienen desde distintos ángulos. Si del campo moral se trata, su sano sentido ético se verá herido por continuas provocaciones. Desde la generalizada (y alentada) promiscuidad sexual de los adolescentes y la amplia acogida legal de la sodomía, con tentativas cada vez más acusadas a legalizar la pederastia, hasta la admisión del aborto con todos los honores y su conversión en una industria floreciente y mortífera.

Si quiere encontrar algún apoyo en el clero ante estas ofensas a su sensibilidad, se llevará una decepción. Ni una carta pastoral, ninguna homilía dominical, destinadas a estos temas básicos. Más fácil es que se produzcan cartas pastorales con fuerte contenido político. Aunque lo más frecuente es que cartas y homilías se refieran al amor y al remedio de las injusticias sociales, materias ambas que no supondrán molestia alguna para sus autores. Porque de lo que se trata es de no provocar a la sociedad, amoldándose camaleónicamente a los «vientos de la Historia».

Encontrará solaz el hombre normal en las artes y las letras siempre y cuando haga caso omiso de casi todo lo producido en los últimos cuarenta años. Es decir, tendrá que trasladarse a una época pasada. En el cine actual no encontrará más que truculencias temáticas y amaneradas exposiciones con abundancia de ruido y estimulaciones al sobresalto y el escalofrío. En literatura, más de lo mismo. Y, campeando victoriosamente en tales producciones, la inevitable pornografía. En el Teatro, por ejemplo, se va imponiendo lo que se llama «sexo explícito», término que ya es de por sí lo suficientemente explícito para que haya que explicarlo. Y, sin llegar a estos extremos, los desnudos en los escenarios son bastante comunes desde hace ya muchos años. Y resulta risible el espectáculo que ofrece el gran número de señoras maduras en las colas de los teatros con la plausible intención de poder ver a uno o varios hombres con las vergüenzas al aire.

El festivismo banal y compulsivo y una pornografía igualmente compulsiva imperan en la televisión. Todo son chirigotas, muecas tontas, chistes soeces y facilones, chabacanería degradadora y desnudos reiterados. El desnudo, sobre todo el del hombre, es el socorrido recurso cuando no existe arte. Hay que ganarse el condumio como sea, y esta es una forma fácil y cómoda que permite mantener el intelecto en reposo.

Se podrá decir que también se programan documentales interesantes en la televisión. Pero hasta estos documentales son presentados siguiendo las reglas inconmovibles del discurso dominante. No hace mucho, pude ver un trozo de uno que trataba de los pueblos aborígenes de América y comprobé el respeto con que mostraba sus costumbres ancestrales y la hostilidad empleada al tratar de la labor de los europeos en aquellas tierras. Capté una frase que se refería a los conquistadores y exploradores expañoles: «...llegaron para incivilizar, es decir, para cristianizar a estos pueblos». Apagué el televisor en seguida, pues el combinado de idiotez y perversidad suele resultar explosivo. Y no me parece adecuado adoptar posturas de burla o ironía. El asunto es grave y por tal hay que tomarlo.

Es grave que el hombre normal se vea zaherido de forma continuada, persistente, por mensajes de este o parecido jaez. Es grave que su sentido moral, su sentido estético, su sentido de la historia y hasta su sentido común se vean burlados, vilipendidados, hostilizados continuamente. Así lo han entendido un filósofo como Julián Marías, o un escritor como Juan Manuel de Prada, que han escrito al respecto. Han sabido captar el estado de ánimo desalentado, desazonado, de este hombre normal al que me refiero. Porque aunque quizás constituya una mayoría, carece de los resortes para conseguir que su pensar y su sentir sean expresados de forma idónea, por lo menos en cuantía y calidad suficientes para notar alguna sensación de comodidad y arropamiento.

Los órganos de expresión están en otras manos. En las de intelectuales de medio pelo al servicio de los grandes poderes. Son personas relacionadas no con el hombre normal sino con el adocenado. Sus mensajes, una y otra vez repetidos, se dirigen al rebajamiento de la dignidad del hombre, es decir, a su derrota. Ellos mismos son derrotistas por vocación, aunque no se consideren así. Pues su deseo de trastocar el orden de valores que mal o bien rigió hasta hace cuatro o cinco décadas, parte del odio a la excelencia que surge cuando el hombre dirige sus acciones al servicio de un ideal superior. Esto último exige un esfuerzo, y el derrotista aborrece el esfuerzo. No creo que sea desacertado decir que la última revolución, la de los años sesenta, fue impulsada en medida importante por el amor a la molicie y la indolencia.

La coartada, la justificación, ha de venir de descubrir infamia en los valores, costumbres y hechos del pasado. Puesto que aquellos valores exigían esfuerzo y superación, el domeñamiento del instinto y la predominancia del espíritu, se ha de rebuscar en la vida privada de los prohombres de aquella época todo lo que pueda suponer alguna mácula o deshonra, al objeto de poder proclamar a los cuatro vientos la hipocresía de aquellas gentes. Pero no queda ahí la cosa. La denuncia de la hipocresía es el primer paso. El segundo, y definitivo, es la condena de los propios valores como represivos, falsos, y puros instrumentos de poder.

La ley del instinto, del capricho, de la satisfacción de todo deseo, va siendo promulgada por estos derrotistas mediáticos, sustituyendo perversamente el antiguo código basado en la ley natural y en el encauzamiento de las pasiones por la razón.

El resultado es una realidad degradada, basada en una libertad falsa e imaginaria, que humilla al hombre normal, pues no sabe cómo defenderse de ella, como no sea abstrayéndose por completo en su privacidad.

Sin embargo, el mundo siempre va evolucionando, y no hay por qué suponer que esta evolución haya de ser necesariamente y siempre a peor, por lo menos en su totalidad. De hecho, comienzan a percibirse algunas fisuras en el poderoso edificio construido por el progresismo derrotista. Fisuras escasas, es cierto, pero que quizás pudiesen agrandarse con una labor consciente de socavamiento. Y es que las conciencias de las gentes, aun las de los hombres adocenados, ofrecen algunos signos de hastío, de hartazgo del discurso único dominante.

Al hombre normal puede servirle de alivio considerar que hay muchos que piensan como él, aunque no se atrevan a manifestarlo. Que el ambiente social y cultural generado por los medios de comunicación es en gran parte imaginario, virtual. Que hay, sí, mucha gente como él, que siente y piensa a la manera tradicional, acorde a la ley natural, y que nunca dejará de haberla, pues esto constituiría una anomalía de imposible consistencia.

Es necesario que evite el contagio y que aprenda a percibir las señales del derrotismo que están omnipresentes en su derredor. En cuanto a las personas, el derrotista no es difícil de identificar. Se caracteriza por un conjunto de opiniones monótonamente expresadas.

Sobre los conflictos políticos dirá que todas las partes deben dialogar y hacer concesiones mutuas (con independencia de que a alguna de ellas le pueda asistir la razón y no deba hacer concesión alguna); que cualquier solución es mejor que derramar una sola gota de sangre humana; que la paz es el máximo bien del ser humano y que lo peor son las posturas rígidas e inmovilistas. Es característica de la izquierda política española, es decir Llamazares y demás.

Sobre acontecimientos históricos, siempre encontrará la manera de enjuiciarlos en detrimento de las posiciones occidentales cristianas: horrores de las Cruzadas, horrores de la Inquisición, horrores de la conquista y civilización de América, horrores de la colonización de África... Con el indefectible resultado de que indios, negros y amarillos son gentes inocentes y con culturas respetables, en contraste con la codicia, rapiña y brutalidad de los europeos cristianos. Consúltese a Manuel Vázquez Montalbán o a Eduardo Haro Tecglen.

En cuestiones morales, encontrará justificaciones para el aborto, presentando al efecto situaciones trágicas y excepcionales de la madre, y se enfurruñará cuando uno le señale la imposibilidad de que los muchos millones de abortos que se cometen en el mundo anualmente se deban a situaciones excepcionales y trágicas. Llegará a decir entonces que es dudoso que el feto sea un ser humano (Javier Sádaba). Respecto de la clonación, encontrará algunos argumentos en su defensa. Será favorable a la manipulación de embriones humanos con fines terapéuticos. Y también defenderá la eutanasia en determinados casos (haciendo caso omiso de que tal práctica ha de extenderse igual que el aborto, y que los «determinados casos» se convierten en realidad en «todos los casos», salvo excepciones para salvar la cara). Es decir, en cuestiones morales el derrotista se manifestará como un discípulo de Javier Sádaba, aun si no lo conoce.

En cuestiones culturales y artísticas, su criterio consistirá en repetir lo que le digan los medios de comunicación, pues carece de juicio propio, siendo como es un hombre derrotado espiritualmente. Es decir, admitirá toda la basura, toda la obscenidad, que le sirvan, siempre que lleve el marchamo de lo moderno, avanzado y rebelde, por muy adocenadas y sin significación auténtica que se hayan vuelto estas expresiones.

En el aspecto social, será un decidido feminista y abominará del «machismo». Encontrará machismo hasta en las conductas más normales. En realidad, cuando un hombre hable de machismo con cierta frecuencia, es muy probable que se trate desgraciadamente de un derrotista. Lo que se confirmará por descontado si mira con displicencia el matrimonio tradicional, ve con afectada simpatía a los homosexuales, y trata de los múltiples divorcios y uniones y desuniones sentimentales (para emplear el término al uso), así como de la promiscuidad sexual de los adolescentes y jóvenes, con la placentera indiferencia del que piensa que la sociedad marcha buenamente por el camino de la modernidad.

En materia religiosa, condenará sin dudar los tiempos preconciliares, será un admirador sin reservas de Juan XXIII, muy crítico con Pío XII por su presunta connivencia con los nazis y con Pablo VI por haber ejercido una labor de freno en la marcha del Concilio Vaticano II, muy favorable a la tesis de que todas las religiones son buenas, entusiasta de un cristianismo pacifista y adogmático que aspira a una difusa fraternidad universal (es decir, el cristianismo que hoy en día predomina profusamente en los mensajes clericales), partidario del matrimonio de los sacerdotes, benevolente con un hipotético sacerdocio femenino, etcétera. En este aspecto religioso el prototipo es Enrique Miret Magdalena.

No todos los derrotistas exhiben con idéntica rotundidad todos y cada uno de los estereotipos mentados, pues nada es perfecto en esta tierra y, por tanto, el derrotista perfecto tampoco existe; aunque bien es cierto que hay bastantes que se acercan mucho a esta inasible perfección. Lo que sí resulta casi seguro es que si alguien muestra alguno de los tics señalados, los demás estarán en situación de salir a relucir, a poco que se tercie, pues todos ellos forman una ristra bien unida por un eje constituido por la debilidad moral.

Al hombre normal le cabe el deber de mantenerse firme en sus convicciones y no dejarse contaminar por estas personas y estos medios de comunicación tan flojos y desmolarizados. Hay que percibir su abyección y debilidad, disimuladas con alborotos de artificiosas rebeldías, inventadas reivindicaciones, mixtificaciones históricas, reformas religiosas a la baja y falsos mensajes de paz y amor.

Como en este mundo tampoco hay nada eterno, también el progresismo derrotista irá desvaneciéndose -comienza ya a cuartearse- y lo apropiado ha de ser procurar, cada cual dentro de sus posibilidades, acelerar este proceso resolutorio.


 
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