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Altar Mayor - Nº 83 (05)
Domingo, 24 noviembre a las 10:58:26

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

LA MEMORIA COMUNISTA
Por Ángel Palomino

Lo que va quedando del horror comunista es la historia que la KGB inventó a lo largo de los años en que dominó la URSS y -desde allí- medio mundo asesinando libertades, asesinando vidas y haciendas, asesinando economías públicas y privadas, religiones y naciones, mientras se apoderaba de la cultura burguesa, de la realidad, de la independencia intelectual creando falsos prestigios con un ejército de compañeros de viaje, de tontos útiles, de prósperos comunistas propietarios de industrias y fincas de recreo: artistas y directores de cine, novelistas, picassos, portabellas, bardémenes, tuñonáceos, semprúnidos, tamamelucos, comunistas declarados, y toda la patulea de «intelectuales» de izquierda y abajofirmantes de manifiestos inspirados por los talentosos creativos de la III Internacional y sus delegados catequistas y sobornantes -corruptores de cerebros, artes y oficios- tan estratégicamente situados en el mundo capitalista.

Hoy, catorce años después del sofocón del Muro de Berlín y doce del irreversible desplome de la URSS, continúan manipulando, pervirtiendo el ya desbaratado y confuso tinglado de la cultura, manteniendo como verdades históricas las falsedades antihistóricas y como prestigios artísticos, políticos y sociales los de los llamados «intelectuales comprometidos» -se da por descontado que el «compromiso» es con la democracia y la libertad frente a los poderosos, los fascistas, los que no son marxistas-, prestigios falsos patrocinados por la más sanguinaria de las dictaduras, la fallecida, pero aún viva en ellos que conservan la etiqueta, conceden las nuevas etiquetas a mediocres sumisos y mantienen las descalificaciones y desprestigios creados en los felices tiempos de la KGB: la brutalidad represiva del macarthismo y la conducta inhumana de los gobernantes que vencieron al comunismo.

Hoy, Reagan -que arruinó a la URSS y causó el desplome del imperio con pies de barro- sigue siendo insultado y menospreciado por la «intelectualidad» y por los políticos de todos los colores. Permanecen los odios de un comunismo muerto. Y aunque la mayor parte de los comunistas cambiaron de nombre su partido o lo disfrazaron (sin borrarlo de los presupuestos del Estado) en entidades de emergencia -Izquierda Unida, Socialismo Fetén, Unidad Antifascista, Izquierda Libre- y otras sombrillas que les permitirán vivir en la opulencia profesional mientras haya socialistas descontentos, los más creativos deciden que lo mejor es no crear, mantener la marca y la sigla, decir que lo hacen orgullosos de su pasado de luchadores para, así, beneficiarse de la organización y el nombre del Partido -que recibe millones del contribuyente- y seguir declarándose comunistas revolucionarios marxistas democráticos. Sí, porque Marx tenía razón, esa es su nueva coartada, Stalin no, Stalin hizo otra cosa; en realidad, Rusia nunca fue comunista, así le ha ido, qué lástima. Lo peor es el daño que nos ha hecho a los comunistas.

Aún tienen poder. No tanto como para prohibir una romería o declarar persona no grata al Presidente de los Estados Unidos; ni siquiera para utilizar los aviones y helicópteros reservados a los ministros; los que usaba don Alfonso Guerra para ir a Sevilla a ver los toros. Lo más que tocan de poder es alguna alcaldía. Pero tienen un poder colosal sobre los partidos llamados «democráticos», en causas como los derechos del marica o los del delincuente. Y el poder de la venganza; todos los partidos obedecen o no se oponen a la venganza comunista por la derrota de la URSS en España. Nadie se opone a los homenajes a brigadistas o bandoleros; nadie se opone a que la revolución de Asturias -primeras batallas de la Guerra civil- sea glorificada por quienes arrasaron Oviedo con un ejército rojo de veinticinco mil milicianos; nadie se opone abiertamente a que se denigre a Franco y se le inventen historias propias de las dictaduras comunistas. Es la guerra que no cesa contra monumentos y símbolos; es la propaganda en la TV del Estado y su cadena de radio; libelos y reportajes delirantes contra el Caudillo que salvó a España de la miseria y el terror de Rumania, de Albania, de Hungría… de Cuba, que a la vista está.

Aún funciona, y funcionará mientras dure el poder de quienes recibían favores de Moscú y los «intelectuales» que temían tanto al comunismo, que se comprometieron con la mentira y recibieron, a cambio, la fama.

Aún tienen poder; no tanto como para dar, directamente, órdenes a los ejércitos. Pero pueden escandalizarse porque en Madrid se rindan honores a la Bandera de España con la presencia de unas secciones de tropa presentando armas cuando un cornetín vibrante y marcial da entrada al Himno Nacional. Los comunistas no tienen poder para prohibirlo. Pero sí para poner en acción a sus asalariados atrincherados en el aparato político y a sus competidores en el mercadeo electoral, los socialistas que no pueden quedarse atrás, a sus «intelectuales comprometidos» -enquistados en prensa, radio y televisión, en redacciones y tertulias, en programas de humor- para abroncar a quienes se atrevan a sacar a la calle nuestra Bandera.

Bullen millones de banderas vascas, gallegas, catalanas, andaluzas. Pero la española sólo puede ser exhibida -y hasta aclamada- en las gradas de los campos de fútbol cuando juega la selección nacional.

Fuera de los estadios, la bandera de España es: una provocación intolerable.


 
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