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Altar Mayor - Nº 83 (04)
Domingo, 24 noviembre a las 11:01:44

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

EL EÓN EN SCHMITT Y DE ANQUIN
Por Alberto Buela

Ambos tienen varias y sustanciales coincidencias: Fueron coetáneos, Nimio de Anquín nació en Argentina en 1896 y Carl Schmitt en Alemania en 1888. Fueron filósofos, uno más específicamente metafísico, el europeo del derecho y jurista. Los dos terminaron en la politología. Ambos fueron, en definitiva, stricto sensu pensadores católicos, ni progresistas ni conservadores, sino sólo y nada más que católicos, que incorporaron en su bagaje cultural una sabiduría bimilenaria.

Es probable que no se hayan conocido, aún cuando De Anquín estudió en Marburgo en 1926 y fue designado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Maguncia. Y Schmitt en esa época vivía en Alemania y luego vivió en España, lugar a donde viajó más de una vez el cordobés.

Pero es probable que se hayan leído, porque los dos llegaron a publicar en la misma revista Dinámica Social que durante los años cincuenta se editó en Buenos Aires. Además De Anquín cita a Schmitt, aunque el germano no lo hace con el argentino. Por otra parte ello es bastante lógico, dado que al tener los europeos el monopolio de la filosofía, casi nunca se honran en citarnos a «los bolitas». No nos engañemos, el mundo boli, aún para las grandes cabezas europeas, sigue siendo una anécdota pintoresca y nada más.

Ahora bien, a estos lugares en común queremos agregar en esta meditación el tema del eón, que aparece en la obra de ambos.
 

El concepto de eón

El concepto llega al mundo griego desde la eschatología (escatoV) ??y no escatología (skatwV) ?que significa estudio de los excrementos, de los antiguos persas, desde la tradición de Zaratustra o Zoroastro.

El eón indica el concepto de grandes ciclos temporales pero no de tiempo cíclico, que es algo diametralmente distinto. Los eónes son unidades no normalizadas de tiempo. Es decir, no indican un período de tiempo regular y establecido, pueden ser de mayor o menor duración uno de otro. Marca, de alguna manera, el ritmo eterno de los tiempos que están más allá o sobre el desarrollo histórico mundano.

Dejando de lado la miríada de corrientes gnósticas que han hecho del concepto de eón un amasijo incomprensible de opiniones de las más diversas, arbitrarias e irreflexivas, podemos decir del eón que tiene como puntos de partida las grandes figuras históricas. Se toman regularmente a Zaratustra para significar el eón iranio, a Sócrates o Platón para el eón griego y a Jesucristo para el eón cristiano.

El término griego de eón es aiwn (aión) que significa duración casi ilimitada de tiempo. Su equivalente latino es aevum, que fue entendida como edad o época. El término eón se utiliza en geología y paleontología para indicar los larguísimos espacios de tiempo que ocupan las distintas edades.

Anotemos al pasar la vulgarización del término, hoy en Argentina la compañía petrolera Repsol-YPF, publicita a diario uno de sus aceites bajo el nombre de Elaión.
 

La opinión de Schmitt

El último representante del ius publicum europaeum, como gustaba ser considerado, hablando del imperio cristiano medieval sostiene que «El concepto decisivo de su continuidad, de gran poder histórico, es el de katechon. Imperio significa en este contexto la fuerza histórica que es capaz de detener la aparición del anticristo y el fin del eón presente, una fuerza "qui tenet", según las palabras de San Pablo [...]. Unicamente el imperio romano y su prolongación cristiana explican la persistencia del eón y su conservación frente al poder avasallador del mal».

En Schmitt el tema es claro, en este su texto más significativo, nos referimos a El Nomos de la Tierra, el eón es el eón cristiano que adquiere todo su sentido metapolítico como impedimento a la aparición del anticristo. Pero el nacimiento del eón cristiano está, de alguna manera, preconcebido en la fortaleza estoica del substinere, del saber soportar la adversidad y seguir luchando. Es por ello que Schmitt mismo se define como Epimeteo cristiano. Esto es, aquél que ha obrado y las cosas no le salen bien del todo. Hablando en criollo Epimeteo es el sufrido, el que transforma la penuria, el hambre, la fatiga, la discriminación, los inconvenientes más diversos en fortaleza.

Pero al mismo tiempo se produce una retroalimentación y ahora el estoicismo romano, en la figura de Séneca (4-65) o del poeta Lucano, recibe «del origen de nuestro eón, la luz tenue del suicidio estoico. Pero no es más que una luz lunar, como la de todos los intentos de una religión humanista, y no es capaz de construir formas sacramentales».

El suicidio entendido como el morir suave de los paganos al estilo de las plantas, es rechazado por Schmitt y reemplazado por el apotegma: Vollbringe, was du musst, es ist schon (Cumple sin dilación con lo que debes cumplir).

Con la aparición de la ONU y la espuria unidad de mundo propuesta, Schimitt se inclina a pensar en una salida a través de la creación de grandes espacios, «un equilibrio de varios grandes espacios que creen entre sí un nuevo derecho de gentes en un nuevo nivel y con dimensiones nuevas» con lo cual afirma la posibilidad de vigencia del eón cristiano aún en el futuro, aunque no por mucho tiempo.

En este último aspecto retoma una vieja tesis según la cual la humanidad recorre en su despliegue el camino de los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Y así afirma: «Esto, referido a nosotros, significaría que hemos entrado en la edad del fuego, de las explosiones y del motor a explosión, y que de las cenizas de esta edad renacerá un ave fénix que señalará el comienzo de un nuevo eón».

Así la unidad técnica del mundo hace posible la muerte técnica de la humanidad y por lo tanto se llegaría al punto culminante de la historia del ser humano. Reaparece así la idea del suicidio estoico como único sacramento «humano, demasiado humano» al decir de Nietzsche.
 

La opinión de De Anquín

El filósofo argentino se ha ocupado específicamente del tema del eón en un trabajo de 1971, titulado Argentina en el nuevo eón del mundo, publicado luego dentro de un volumen de ensayos titulado Escritos Políticos.

Para el autor el término eón significa «el mundo en el transcurso de su vida eterna, cumple una edad y asiste simultáneamente a la caducidad de todas sus instituciones, y entra en otra para recomenzar su existencia».

De entrada podemos observar cómo de Anquín adscribe a la visión de la eternidad del mundo, a su vez explicada por la ciclicidad eónica de la historia.

Se apoya para ello en un escrito juvenil de Aristóteles Peri FilosojiaV? en donde el griego muestra su interés por los miles en números redondos del intervalo que expresan los ciclos naturales y necesarios de las verdades humanas (Cfr. Jaeger, W.: Aristóteles o Berti, E.: La filosofía del primo Aristóteles).

En el fragmento 6 de este escrito primerizo, Aristóteles traza un paralelismo entre Zaratustra y Platón que de Anquín va a retomar agregándole a estas dos figuras emblemáticas de los eónes iranio y griego la figura de Cristo como sede del eón cristiano. Y así sostiene que «el eón zaratústrico es teogónico, el griego es ontológico y el cristiano es teológico», para continuar a renglón seguido con la afirmación que le da el tono a todo su trabajo: «Todas las circunstancias que nos rodea nos dicen que el eón cristiano ha cumplido su ciclo».

De Anquín busca defender su tesis mostrando que la conciencia del hombre ha tenido dos húespedes: el ser eterno greco parmenídeo y el Dios creador judeo-cristiano. Así, el ateísmo contemporáneo, al negar la existencia del Dios creador, declara innecesaria su presencia. Otro factor concurrente es el reemplazo de la teología trinitaria por la teología liberal como la sostenida por Rodolf Bultmann en Nuevo Testamento y Mitología (1948), que propuso la eliminación de las afirmaciones mitológicas del Nuevo Testamento como punto de partida de una comprensión adecuada del mismo.

Va a sostener de Anquín que «el nuevo eón se ha iniciado ya, posiblemente hace cien años». Ello lo ejemplifica con la aparición de tres obras de tres filósofos que serían algo así como la partida de defunción del eón cristiano. La Fenomenología del Espíritu de Hegel, la Política Positiva de Comte y el Manifiesto Comunista Marx y Engels.

Comienza así a producirse el desplazamiento del Dios creador por el regreso del Ser eterno. Este desalojo de un huésped por otro plantea el problema de la cohabitación de ambos en la conciencia del hombre occidental. En este sentido de Anquín sostiene que puede existir una cierta cohabitación entre el Dios ágape de los cristianos y el Ser eterno, porque la creatura «no se siente un desterrado del reino de lo divino», cosa que no sucede con le Dios judío y sus creaturas, «donde no ha más contacto que el mando y la obediencia, no hay comunidad ontológica que posibilite una mediación».

«La gran palabra símbolo para la conciliación -va a sostener en su último trabajo- es participación. Repito que participación no es analogía, pues aquélla es inteligible y pertenece a la ontología del Ser eterno inmanente; mientras que ésta es teológica y pertenece a la analogía equivocante del Creador trascendente».

Esto quiere decir que entre el principio de dualidad radical e irreductible, entre el Dios creador judío y las creaturas, por un lado, y el principio unívoco del Ser eterno greco parmenídeo, por el otro, no existe ninguna posibilidad de cohabitación en la conciencia del hombre.

El fin del eón cristiano se produce por el dualismo radical fundado en la lejanía del Dios creador y segundo por la restauración de la autoconciencia del hombre, producto de la filosofía hegeliana del Ser eterno. El símbolo de nuevo eón es el Zeus pantokrator que como nuevo César se apoderó de la libertad política del hombre. «Recojámonos en nuestro hogar y cuidemos allí el fuego sagrado de nuestra historia real [...] No hay otra amistad que la que podamos hallar en nuestros connacionales [...] No aceptemos la mano del poderoso pues es nuestro enemigo natural [...] Seamos implacables con los traidores a la Patria [...] Eliminemos de la formación de nuestros hijos los elementos irracionales que roen el alma de los jóvenes [...] Para templarnos ante el futuro y no amilanarnos ante algún dolor que suframos: Duro es el destino».
 

Conclusiones

De la exposición de los dos autores se puede colegir que el eón es un término de uso más o menos habitual en un época determinada, el período que va de los años cuarenta a setenta. Recordemos aquí al pasar el trabajo del filósofo mejicano José Vasconcelos titulado Nuestro Eón (1958) con fecha de publicación intermedia entre los dos comentados.

Tanto en Schmitt como en de Anquín el término es utilizado en su sentido metapolítico, esto es, como megacategoría que condiciona o crea las condiciones de la acción política.

En el alemán el sentido del eón cristiano no ha perdido totalmente su vigencia y puede restaurarse a través de la creación de algún Gran espacio que se funde en la impronta cristiana, como podría ser el caso de un espacio suramericano.

En el argentino, éste sostiene el fin del eón cristiano, incluso puesto de manifiesto desde hace ya cien años, aunque deja abierta una puerta para la cohabitación con el ser inmanente que lo ha venido a reemplazar a través de la idea de participación que genera el Dios ágape.

Sus visiones de la historia son distintas. Así Schmitt sostiene una visión lineal de neto corte cristiano, en tanto que de Anquín adhiere a la visión cíclica de la historia de raíz greco-irania.

En donde ambos coinciden es en el carácter no cristiano del cesarismo como típica forma de poder, y ante este nuevo César, la respuesta de De Anquín, sin él barruntarlo o a pesar de su postura filosófica, es la del Epimeteo cristiano de Schmitt. Esto es, está fundada en el saber soportar, en la fortaleza del substinere.

Finalmente hay que tener en cuenta que el fin de un ciclo o un período o un eón no es necesariamente el fin de los tiempos, sólo le corresponde el privilegio o la especificidad de unir en sí mismo el fin de un ciclo con el fin de los tiempos al eón cristiano con la parusía o segunda venida de Cristo.

Es por ello que no podemos hablar del fin de eón cristiano sin hablar del fin de los tiempos, porque el acontecer histórico tiene para el cristianismo un principio y un fin y sus hechos son singulares e irrepetibles, no es cíclico como en el mundo pagano del ser inmanente.


 
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