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Altar Mayor - Nº 83 (02)
Domingo, 24 noviembre a las 11:07:56

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

Cristianismo y europeidad
JUBILEO, PEREGRINACIÓN, DIGNIDAD HUMANA (1)
Por Luis Suárez Fernández - Catedrático. Académico de la R. A. de la Historia

1. Si pudiéramos hacer un repaso, más completo del que estas pocas páginas nos permiten, acerca de lo que la presencia de la Iglesia, durante dos Milenios, ha significado en el devenir histórico de la Humanidad, sin duda comprenderíamos un aspecto esencial. Conservando, explicando y comunicando una Fe que invita al hombre a concentrar su atención en la búsqueda de la santidad -no existe, desde su punto de vista, tarea alguna que pueda compararse con ésta- se ha conseguido dar pasos de gigante en favor de la dignificación de la persona humana. Es natural, porque se trata de conseguir la perfección de ésta. Tropiezos muy serios en el camino han afectado a la velocidad de la marcha, pero no la han impedido. La santidad, esto es, ponerse al lado de Dios en lugar de alejarse de él, aceptando la doctrina de la Fe y los valores que ella indica, permite descubrir cuánto hay de bueno en la naturaleza humana. Sobre todo esto y «cruzando el umbral de la esperanza» invita el Papa a meditar ejecutando un nuevo esfuerzo para la conversión, palabra que no significa otra cosa que volver al camino.

Fijemos, en consecuencia, nuestra atención sobre este punto: es el hombre, miembro de la Iglesia, el que se enfrenta con el tercer Milenio. Para la Iglesia todos los hombres son hermanos, pero dicha hermandad no se refiere a su condición de criaturas sino a que Cristo se hizo hombre en un determinado momento de la Historia. Imperaba en Roma Octavio Cesar, a quien calificaban de Augusto, y la tierra de Israel estaba gobernada por Herodes a quien gustaba que llamasen el Grande. La Iglesia, en cuanto depositaria de la Fe, permanece en la Verdad que comunica de modo infalible, aunque para ello tiene que valerse de formas externas que cambian con el tiempo: por eso tiene que permanecer vigilante entre ambos extremos, el que encarnan aquellos que quieren modificar la doctrina para ajustarla al «signo de los tiempos» y los otros que preferirían atenerse a expresiones y normas que el tiempo ha convertido en desfasadas.

La Verdad contiene el orden moral establecido por Dios, comunicado a los hombres por el mismo Dios; por eso puede decirse que el Decálogo es una explicación acerca del orden íntimo de la Naturaleza. En consecuencia, la Iglesia tiene que establecer un diálogo permanente con los poderes de este mundo, en relación con los cuales sus fieles deben considerarse súbditos, a fin de mostrar, recordar y defender dicho orden moral, sin el que no es posible alcanzar la plenitud de la naturaleza humana. Esa conducta no supone ingerencia en los asuntos temporales sino más bien lo contrario: las aspiraciones totalitarias de los Estados postmodernos desbordan el ámbito de sus competencias para penetrar en el orden moral.

En relación con esos mismos hombres, con cada uno de ellos en cuanto persona individual concreta, un Jubileo viene a ser un acto profundo de reconversión, balance en los resultados de la conducta, y proyecto para ajustar la vida a esa norma verdadera y libre. Pues la existencia humana es, en sí, una peregrinación para la que se dispone de un tiempo variable, por consiguiente incierto, durante el cual cada ser humano debe realizarse a sí mismo. Esto, que es válido para todo hombre, varón o mujer, debe serlo más para un cristiano puesto que dicha realización apunta a otra existencia mejor, en plenitud de Verdad, que es la salvación prometida por Jesucristo. En relación con esta meta todos los demás fines de la existencia, aunque importantes en sí, resultan secundarios.
 

2. En 1300, año final del siglo XIII, cuando ya se vislumbraban las primeras sombras de división y crisis en la sociedad cristiana, el Papa Bonifacio VIII (Benito Gaetani) instituyó el primer año jubilar para la Iglesia católica. Invocaba, al recurrir a este nombre, la tradición bíblica que establecía, cada cierto número de años, siete o cincuenta, dependiendo de las dimensiones que convenía dar al acontecimiento, una especie de suspensión de todas las deudas y todos los contratos, imponiendo un retorno al punto de partida, para comenzar de nuevo. Aquella instauración en el tránsito entre dos siglos, nueva en la extensión que quería darse, no lo era sin embargo en las condiciones que implicaba el gran perdón. Las deudas pendientes debían cesar, las servidumbres ser sustituidas, y los odios reconciliados a fin de que la limpieza del alma permitiese la regeneración de muchas personas. Poco afectó a los grandes de este mundo, pero en el común de los cristianos la respuesta superó, con mucho, los cálculos que entonces se hicieran. Conviene señalar que el nuevo año jubilar cristiano iba mucho más lejos de lo que fuera la costumbre hebrea.

Pues el Papa efectuaba una conjunción entre la fecha que señala el año postrero de un siglo cualquiera y el sentido que, de antiguo, tenían las peregrinaciones: se trataba, pues, de que los que iban a Roma pudiesen lucrar el perdón de sus pecados, y la remisión de las tristes secuelas que dejan detrás. El viaje, fatigoso, extraordinariamente duro y rodeado de peligros como eran los de aquellos tiempos, no proporcionaba el perdón por su propia virtud, pero constituía, desde luego, una «verdadera y fructuosa penitencia». Además, y como sucedía con el largo caminar compostelano, permitía operar una especie de ruptura entre el pecador y la comunidad humana de la que formaba parte y a la que retornaba cumplido el voto como si se tratara ya de un hombre nuevo. Fue por estos años cuando Dante Alighieri redactó esa definición: «sólo es peregrino el que camina hacia la tumba de Jacobo, romero el que va a Roma, palmero el que se dirige a Jerusalem».

El Jubileo daba la oportunidad de alcanzar, por vía de reconciliación sacramental y mediante esa verdadera y fructuosa penitencia, la absolución incluso de aquellos pecados que por su especial malicia estaban reservados a la persona del Papa. La Iglesia quería añadir algo más en aquella especial ocasión de lugar y de tiempo, la eliminación del «reato de pena que deja la culpa después de confesada». A esto se llamaba indulgencia y había sido otorgada anteriormente a los que, con grave riesgo de su vida, iban a Jerusalem. Espacio y tiempo, Roma y el jubileo, eran identificados. Como en todas las acciones en que intervienen los hombres, se produjeron después abusos: si la penitencia se sustituye por la limosna, cambio correcto, se corre el peligro de que alguien presente las cosas como si se tratara de otorgar bienes espirituales a cambio de dinero. Pero tales abusos, muy utilizados como argumento en la crisis espiritual del siglo XVI, no deben apartarnos de la profunda y gratificante calidad que conlleva la indulgencia, base fundamental para el mensaje de esperanza. Desde Roma se estaba enviando a los hombres un mensaje: por graves que sean los pecados cometidos, nunca es demasiado tarde; hasta el último minuto el arrepentimiento con esa verdadera y fructuosa penitencia, permite la renovación del ser humano. Al final, don Juan Tenorio se salva. Este mensaje es una de las aportaciones decisivas del Cristianismo a la cultura europea; en él se hallaba el germen de muchas doctrinas de las que ahora nos gloriamos.

La conmemoración del año 2000 fue una buena ocasión para dar un repaso a la Fe, signo de la Iglesia, Verdad revelada por el mismo Dios. Una aceptación meramente pasiva, como la que ejercemos acerca de otros aspectos de la realidad, no es propia del cristiano. No se trata simplemente de saber, sino de vivir las consecuencias de ese saber que conduce a la filiación divina: «el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica», tal es el mandato evangélico. De ahí la coherencia que adquiere el mandato de «poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas». De modo que cada cristiano tiene, en esta coyuntura, dos obligaciones muy serias: profundizar en la Fe, enterándose de las obligaciones que conlleva -el Papa ha organizado por esta causa las cuatro grandes catequesis recogidas en importantes libros- y, luego, tratar de obrar en «compromiso» con esa fe. En la medida en que estas dos acciones se ejecuten por un gran número de cristianos, podrá decirse que el Jubileo marca el comienzo de la nueva evangelización anunciada.

Jubileo menor cada siete años y Jubileo mayor cada cincuenta eran la institución del viejo Israel, un balance que conllevaba lo que podíamos llamar borrón y cuenta nueva. Las deudas se cancelaban, las tierras se devolvían, los cautivos eran liberados. La Iglesia de nuestros días, desde circunstancias sociales distintas, viene a pedir la misma contabilidad: es el momento de disolver las ataduras que ligan a muchas cosas, la mayor parte de las cuales son buenas aunque se ha mostrado hacia ellas excesivo aprecio, tratando de encontrar lo que verdaderamente importa, esto es, la Fe con sus consecuencias. Ella debe revestir o colorear todas las cosas de este mundo, convirtiéndolas, esto es, volviéndolas hacia Dios. En ese recomenzar, nos recuerda Juan Pablo II, está la fidelidad, esto es, el ejercicio de la fe. La virtud que mejor se corresponde con dicho ejercicio es la obediencia.

Del mismo modo que no basta con permanecer en actitud pasiva ante la Fe, tampoco en la obediencia, que ha de ser activa, es decir, dotada de júbilo, fuerte alegría interior. En la Iglesia católica, los sacramentos, que transmiten a los fieles la vida, proporcionan al mismo tiempo la seguridad de que la Iglesia es, toda ella, un cuerpo vivificado por el Espíritu Santo.
 

3. La Iglesia se encuentra íntimamente vinculada a Israel: en no pocas ocasiones ha declarado que ella es el verdadero y definitivo Israel. De ahí que muchas cosas esenciales hayan pervivido, empezando por la palabra griega ecclesia que parece simple traducción de knesset, esto es, asamblea de una comunidad (kahal según los hebreos) que está en el origen del griego sinagoga. No olvidemos que Israel se definía a sí misma como el kahal de Yahvé, la comunidad de Dios. La Iglesia, fundada por Cristo, es también su comunidad. Sin embargo, esa Iglesia, cuando se compara a sí misma con la Comunidad antigua, se considera a sí misma enriquecida porque, además de humana, es divina, Cuerpo místico de Cristo. Ella custodia la Verdad, administra los sacramentos y es depositaria del tesoro de gracia de los méritos de Jesucristo y de los santos.

De ahí la penitencia, el perdón y la indulgencia, que conforman lo que es verdaderamente Reino de Dios, incoado en este mundo aunque no tenga en él su cumplimiento. Todo ello forma parte de una continuidad en la tarea durante los últimos dos mil años de la Historia del mundo. Pero dada la naturaleza del hombre, necesitada siempre de señales gráficas y concretas, es evidente que algunas ocasiones son especialmente adecuadas para tomar la decisión de volver al camino. De ahí que la Iglesia necesite ofrecer fechas singulares, oportunidades señaladas. De Israel parece haberse heredado también otra cosa: las frecuentes desviaciones que pretendían hacer de la Promesa de Dios una solución para los problemas temporales. Esa tentación ha adquirido una especial frecuencia en nuestros días, como si la misión encomendada por Cristo a la Iglesia consistiera en mejorar las relaciones sociales entre los hombres: se ha llegado, ingenuamente, a colocar la práctica de la beneficencia por encima de la comunicación de la doctrina acerca de la Fe. Así surgen constantemente las decepciones. Pues la verdadera misión de la Iglesia consiste en ayudar al hombre en este denodado intento de alcanzar la plenitud de su naturaleza, caminando al encuentro de Cristo, que es plenamente hombre.

Esto no significa un desentendimiento de las otras necesidades: sucede que cuando la Humanidad avanza en esta línea del perfeccionamiento moral, que conlleva la búsqueda de la paz, el amor al prójimo, la conservación de la Naturaleza y tantas otras cosas, las ventajas para la sociedad se tornan inmediatamente visibles. Porque la desviación en el orden moral influye negativamente sobre todos los aspectos de la naturaleza humana. Volviendo sobre el tema de la peregrinación no debe olvidarse que lo importante en ella no es la distancia a recorrer y la fatiga que eso comporte, sino el estado de ánimo con que se emprende. Pues «peregrinar» era siempre modo existencial: no se trataba de viajar como peregrino sino de «ser» peregrino. De ahí el atuendo con que se revestían los que iban por el camino hacia la tumba de Jacobo. Un revestimiento en la conciencia debe ser lo adecuado, en nuestros días.

Emprendía la marcha un hombre «viejo»; buscaba, en él, mediante oración y penitencia, un refuerzo de la conciencia en la Verdad; regresaba, si la peregrinación era fructuosa, convertido en hombre «nuevo». En la meta, con alegría -manjoya no es sino el grito decisivo de «mon joie»- estaba el lugar que era santo, no sólo porque invitase a la devoción con sus reliquias sino porque, mediante las indulgencias otorgadas, transmitía santidad. No debe olvidarse que toda peregrinación es una «alliyah», un ascenso, aunque no sea necesario subir caminos empinados para llegar allí. Lo explicaba muy bien San Juan de la Cruz en esos versos nucleares de su Subida al Monte Carmelo. El místico abulense, que tenía amplia experiencia en ese proceso de elevación en el espíritu -«volé tan alto, tan alto que le di a la caza alcance»- resumía todo el caudal de su experiencia en una sola frase: «a la tarde te examinarán en el amor».
 

4. El Papa Juan Pablo II nos recuerda ahora que un tiempo jubilar es precisamente aquél que permite al hombre, mediante profunda introspección, entrar en un camino de conversión y penitencia, recuperando aquello que, por sus propios medios, no le sería posible alcanzar: la amistad con Dios. Podríamos añadir que, por el hecho mismo del jubileo, que es coincidencia entre peregrinación y penitencia, se comunica a la entera sociedad humana, incluyendo a los no católicos, un mensaje radical de esperanza. Es lo que se filtra en algunos programas televisivos que no se proponían, en modo alguno, propaganda católica, aunque ésta aparecía como una consecuencia natural de la simple exposición de los hechos. De esa postura jubilar forma parte esencial esa demanda de perdón para cuantas acciones han realizado los cristianos en contra de lo que dice la doctrina misma de la Iglesia.

Siempre debe admitirse como posible una reconciliación con el prójimo y el mundo si se dan las condiciones esenciales: reconocimiento de la profundidad del mal cometido y vehemente deseo de rectificar. Esto no es de ahora. Hace siglos, en muchas ciudades europeas, la peregrinación a Santiago era considerada como pena suficiente para ciertos delitos, incluyendo el homicidio cuando no comportaba la gravedad de aleve, muerte bajo seguro o asesinato. Dante, cuya frase hemos recordado, estuvo entre los peregrinos que lucraron el primer Jubileo. La Iglesia ha hecho más frecuentes los Jubileos a fin de dar a cada generación cuando menos la ocasión de beneficiarse con uno de ellos. Ya no se trata de viajar inexcusablemente a Roma, pues lo esencial consiste en efectuar la profunda conversión de que tan necesitado se encuentra el mundo actual. La Iglesia necesita disponer de seres humanos renovados para emprender así la construcción de la nueva edad que se inicia en el tercer Milenio «con renovada fidelidad a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que ha dado nueva luz a la tarea misionera de la Iglesia» (carta Incarnationis Mysterium).

Probablemente ningún otro acontecimiento del siglo XX ha revestido la importancia de este Concilio. No fue convocado, como sucediera en anteriores ocasiones, para examen y juicio de doctrinas que se apartaban u oponían a la fe de la Iglesia, sino para hacer una reflexión en profundidad sobre el depósito que ella custodia, empleando el lenguaje que corresponde a nuestro tiempo. Al mismo tiempo, en actitud de servicio, se trataba de decir al mundo que para los problemas que la aquejan -no se trataba en modo alguno de restarles importancia-, la Iglesia tenía respuestas que resultaban válidas para los no creyentes. Afirmaba también de manera absoluta que nadie puede ser estorbado en el pleno ejercicio de su religión. No podemos deducir que esta demanda radical de libertad implicara la menor duda acerca de la conciencia que la Iglesia tiene de que ella posee y transmite la Verdad. De este modo, con palabras nuevas, volvían a hacerse patentes los aspectos capitales de la doctrina enseñada durante siglos. Yerran quienes creen que se hizo exposición de doctrinas nuevas; la novedad estaba precisamente en esa exposición, en los términos empleados, acordes con el lenguaje de la contemporaneidad.

Aquí y ahora, no podemos perder de vista dónde estamos y cuáles son las coordenadas de nuestro tiempo. Mediante un proceso largo, que comenzó ya en el siglo XVIII aunque sólo ahora ha alcanzado las últimas consecuencias, Europa, que comenzó su trayectoria llamándose Cristiandad, se ha visto acometida por un proceso de profunda secularización que ha alcanzado incluso a una demanda del silencio o la muerte de Dios. Quiere decirse, con ello, que Dios ha sido silenciado y que, en consecuencia, se reclama una absoluta y radical autonomía del hombre. En las postrimerías del primer Milenio también se vivieron etapas de decaimiento, aunque bajo perspectivas distintas, ya que no se llegó a la negación sistemática de Dios, como sucede ahora. Pero se hizo entonces un gran esfuerzo de recristianización, que permitió alcanzar la plenitud del siglo XIII que puso a esa que entonces se llamaba Cristiandad en la cumbre de todas las civilizaciones.

Parece importante recordar, en este empeño, que las generaciones actuales deben sentir, para la reconstrucción de «europeidad», de qué modo en la raíz misma de esa cultura que, como un eje, forman Israel y la Cristiandad, se encuentra el hecho mismo de la conversión, la capacidad del hombre para remodelarse y rehacerse. Para decirlo en términos más simples: todo hombre, cualquier hombre, la sociedad misma que ellos conforman, es susceptible de regeneración. Para ello sólo resulta imprescindible el retorno a la Verdad, con que hoy no se cuenta, pues sólo ella es capaz de proporcionar una conciencia recta acerca de lo que el ser humano es y está en este mundo, no arrojado en él como una angustia entre dos nadas sino como quien está llamado a transformarlo. Tal es el camino y la razón de la esperanza.

Curioso fenómeno el que se produjo en 1999 con ocasión del Año Santo jacobeo. En medio de altibajos, llegó a reconocerse la importancia que las peregrinaciones han tenido en la construcción de «europeidad». Por eso los enemigos de la cristiandad procuraron descubrir leyendas capaces de desvirtuar el sentido profundo. Pero a la larga fueron muchos los que encontraron, en el camino, una especie de afirmación de sí mismo, en lo que tiene de santo y bueno. Las piedras milenarias de la catedral cuentan una historia que es fácil de entender, la de los reyes y profetas de la Antigua Alianza, la de los apóstoles, santos y monarcas de la Nueva. En el centro de todo está Cristo, Dios y Señor de la Historia, según ha definido el Concilio Vaticano II. Todo ello contiene una invitación a vivir ese espíritu que es el que forma la Cristiandad.
 

5. Para un cristiano, la Iglesia no está formada únicamente por la Jerarquía y los religiosos: a todos los fieles, incluyendo los laicos, corresponde la misión de evangelizar, algo que significa, en principio, vivir rectamente como cristianos, con naturalidad, sabiendo que están destinados a ser «fermento y alma de la sociedad humana». Fray ejemplo es más importante que el más fecundo de los predicadores, aunque sin empañar la necesidad de los segundos. El siglo XX se caracteriza por la aparición y desarrollo de los movimientos laicales. Un lema propuesto por San Pío X, «instaurare omnia in Christum», sirvió de base para que el santo Josemaría Escrivá de Balaguer, ya en los primeros años de creación de su conocido movimiento, recordara que era preciso «poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas». Una doctrina que el Concilio ha expuesto en forma muy concreta pidiendo a los hombres una respuesta a la llamada universal a la santidad. Dicha respuesta, aunque es personal, individual y concreta, tiene siempre efectos sociales.

Haciendo un repaso a la trayectoria de la Iglesia en el tiempo, se descubre que su línea de progreso no es absolutamente continua. Algunas veces, como si Dios interviniera para dar un impulso, se produce un salto de naturaleza cuántica, cuyos efectos resultan luego permanentes, enriqueciendo a la propia Iglesia con una nueva dimensión. Sucedió así a principios del siglo VI, cuando San Benito organizó la «vía de perfección», creando el monacato y descubriendo para la vida cristiana esas tres dimensiones que en otras páginas hemos recordado. A principios del siglo XIII San Francisco y Santo Domingo crearon, desde el desprendimiento absoluto, nuevos caminos que permitían la transformación de la sociedad urbana. En el XVI San Ignacio puso en marcha el gran ejército de la misión, el saber y la educación que constituye la Compañía de Jesús. Y en el XX ha surgido el Opus Dei que se propone movilizar a los laicos para hacerlos contemplativos en medio del mundo. Ninguno de estos grandes movimientos es transitorio: dotan a la Iglesia de nuevas dimensiones, que pronto suscitan versiones plurales, pero que se hacen permanentes.

Los grandes cambios se caracterizan siempre por venir acompañados de fenómenos de resistencia, lógicos, pues nada se hace a los hombres tan difícil como cambiar. En 1928, cuando el Beato Escrivá comenzó su tarea, muchos no le comprendieron: se llegó a decir, a lo sumo, que había llegado «demasiado pronto». Y, sin embargo, en aquella empresa, asumida al principio por un puñado escueto de jóvenes, a 11 que tuvo que incorporar mujeres sin pasar mucho tiempo, estaba ya implícito el salto que significa el Concilio Vaticano II en sus dos afirmaciones más revolucionarias: es llegado el momento de que se haga efectiva esa llamada universal a la santidad, y de que los laicos abandonen la actitud pasiva que durante largo tiempo les fue asignada, para entrar en línea de actividad. Los movimientos laicales, ahora muy numerosos –el Pontificado de Pablo VI puede considerarse como una especie de plataforma de lanzamiento- constituyen la que podríamos llamar quinta dimensión de la Iglesia, característica del tercer Milenio. Entiéndase bien: esto no significa disminución de la importancia de las cuatro anteriores, antes al contrario: en la Iglesia los nuevos impulsos se comunican también a los ya existentes.

El año 2000 se inscribe en una perspectiva histórica que es término de llegada. Por razones que no son del caso, la sociedad civil ha puesto interés en hacerle servir de punto de partida: ha tenido que cambiar necesariamente los sistemas informáticos. Para los cristianos se trata de algo muy diferente: sabemos que ya se han cumplido con creces los dos mil años de aquel acontecimiento sustancial que fue el nacimiento de Jesús, el Cristo; lo que en este momento conmemoramos, se corresponde con los años de vida oculta, aquellos en que precisamente en Nazareth el Niño iba creciendo en edad y sabiduría a los ojos de los hombres. Quedan por delante dos decenios hasta que empiece la manifestación pública: tiempo para crecer hacia dentro, para trabajar sin ruido, para convertirse en instrumento. El fracaso sería que el tercer Milenio no contemplara como objetivo primordial esa renovación que el mundo necesita.

La palabra jubileo o jubilar hunde sus raíces en el concepto de alegría. Muchas veces el Beato Escrivá invitaba a esa «alegría del que se sabe hijo de Dios». Y el poverello de Asís manifestaba alegremente su amor por todas las cosas de este mundo, como Teresa de Jesús recordaba qué triste cosa es ser un santo triste. Hay, tras esta expresión, un acto de voluntad: todos los hombres son llamados, pero de ellos depende que den respuesta. Veinte siglos se han cumplido ya desde que se produjera el nacimiento de Jesús, un poco menos desde que Él fundara su Iglesia con un puñado de hombres que no formaban parte de sectores sociales de relieve. Un tiempo de trabajo para la Iglesia y quienes la componen; de dificultades también. Fruto de él es la existencia de un copioso patrimonio, a veces comparado con un tesoro, que la Iglesia posee y administra pasándolo de una generación a otra, con la esperanza puesta en que se siga enriqueciendo.

Volvamos a lo que Burckhardt nos enseñaba: como sucede con todo patrimonio heredado, podemos adoptar en relación con él una de estas dos actitudes extremas y enfermas, aferrarse al mismo, inmovilizándose como si nada pudiera ni debiera hacerse, o rechazarlo para lanzarse a un proyecto de radical innovación. Ambas posturas se han dado con resultados que pueden considerarse negativos. Sin duda no han tenido en cuenta la parábola de los cinco talentos que deben ser empleados para conseguir otras ganancias. A esto último nos invita el Papa actual, Juan Pablo II: anunciar a Jesús, Dios y perfecto hombre, desde la entrega (Totus tuus), sin miedo, en el mundo de hoy, con sus problemas y sus necesidades, bien abiertos los ojos, como el prudente padre de familia a que alude el Evangelio, que sabe sacar de su experiencia fórmulas nuevas y viejas para resolverlos.
 

6. Los extraordinarios avances que la ciencia experimental ha alcanzado en las dos últimas generaciones, contrapesados por un retroceso en el campo de las Humanidades, han sido para los cristianos una oportunidad de descanso, al tiempo que de aparición de nuevos problemas. Ha terminado el tiempo en que los investigadores creían encontrarse con una Naturaleza autosuficiente, un Universo infinito y en equilibrio que se basta a sí mismo. Cada vez se abre más a la conciencia de los hombres la imagen de un Universo, inmenso como corresponde a la inconmensurable grandeza de Dios, que tuvo sin embargo un comienzo y que se desarrolla de acuerdo con un plan inteligente. Los científicos católicos ya no tienen necesidad de defender sus creencia porque éstas aparecen como una congruente plataforma de apoyo: una doctrina acerca del ser creado resulta más congruente con el pensamiento científico que el recurso al azar. En las nuevas descripciones acerca del tiempo y del espacio descubrimos un Universo que canta la gloria de Dios. Los Salmos se leen ahora con nuevos acentos, nuevas y expresivas dimensiones.

Es imposible olvidarse del hecho de que la Cristiandad sigue escindida en tres grandes sectores y de que las otras dos religiones que invocan al mismo Dios inefable valiéndose de peculiares expresiones, permanecen lejos de ella y, en ciertos casos, se muestran radicalmente enemigas. También a ellas afecta el problema de la división. De ahí la consecuencia: la mayor parte de la Humanidad acepta la existencia de un principio de Trascendencia, pero las diferencias entre sectores y grupos son fuertes, a veces radicales, como sucede con el que se ha dado en llamar fundamentalismo islámico. Con toda probabilidad no hay tarea que revista tanta importancia para el tercer Milenio como la de establecer el diálogo que debe permitirnos descubrir hasta dónde llegan las partes comunes, sobre las que debiera construirse la nueva imagen del hombre. Pues los enfrentamientos e incomprensiones se alinean entre las causas que han permitido el avance decisivo del materialismo hedonista; y aquí está el verdadero daño para la dignidad de la naturaleza humana. Cualquier creencia en Dios trascendente, aunque sea parcial o escasa, significa una posesión de verdad. El ateismo y el agnosticismo son hechos negativos y, en consecuencia, estériles.

Se esgrime la tolerancia como un bien. Pero desde esa radical neutralidad llamada laicismo, se reclama la supresión de cualquier signo religioso en la vida social, debiendo reducirse las creencias religiosas y sus manifestaciones al ámbito de lo estrictamente privado. Una sociedad aconfesional se define a sí misma como provista únicamente de signos que reduzcan a Dios al silencio. Es una de las curiosas logomaquias de nuestros días. El resultado es que el ciudadano plenamente normal, el gobierno de verdad aceptable, deben abstenerse de manifestar cualquier clase de creencia. La tolerancia, en consecuencia, margina lo religioso. Pero ningún sentido tiene el amor al prójimo cuando se predica desde una existencia consuntiva, que ve en la vida esa angustia entre dos nadas a que antes aludíamos. Y cuando falta el amor, el hombre se torna incomprensible.

Muy recientemente la Sede romana ha recordado a los cristianos que la doctrina de la Iglesia, invariada desde el principio de su constitución, obliga a reconocer que existe una sola Verdad, cuya certeza absoluta procede de la revelación de Jesucristo. Precisamente por esta razón las otras creencias, que se encuentran en un grado variable de aproximación al contenido de esa Verdad, deben ser tratadas como valores positivos. Ningún fruto puede obtenerse del diálogo con el ateismo, porque se trata de una simple negación. El comienzo del Milenio urge a los cristianos a avanzar en la vía recomendada por el Concilio y que llamamos ecumenismo: escuchar y, al mismo tiempo, hacerse oír son dos dimensiones prácticas que tiene ese diálogo. No se trata de ceder parcelas de la Verdad ni de alcanzar acuerdos como si fueran parte de una negociación.

En esta conducta dialogante existe una dimensión que no conviene olvidar en manera alguna. Los cristianos tenemos el deber de reconocer en la conducta actuando de manera distinta a como la doctrina de Jesús nos exige; en otras palabras sustituimos el mandato evangélico por nuestra propia valoración de los hechos. De este se debe pedir perdón, lo que comporta el compromiso de no repetir el error. El «otro» es y debe ser tratado siempre como prójimo, semejante, en esa hermandad sustancial que procede del hecho de que todos los seres humanos son criaturas de Dios y están llamadas a la salvación. El mandamiento de amor que se encarna en el cristianismo, no se limita a quienes con nosotros comparten ideas y creencias sino que se extiende a todos. La discriminación es siempre negativa mientras que el acercamiento al prójimo comporta siempre valores positivos. Del mismo modo que no toleramos que un hermano se pierda en la enfermedad y se siente el deber de curarlo, tampoco debe consentirse la permanencia en el error: el mundo necesita ser salvado.


 
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