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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 142
Martes, 26 noviembre a las 20:14:33

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 142 – 26 de noviembre de 2002

SUMARIO

  1. Demolición de la Historia, por Antonio Castro Villacañas
  2. Hispanidad e Imperio, por Aquilino Duque
  3. La bicoca de la roca, por Miguel Ángel Loma
  4. La desgracia del hombre normal, por Antonio de Oarso
  5. Comentarios, por Españoleto


DEMOLICIÓN DE LA HISTORIA
Por
Antonio Castro Villacañas

La amnistía pactada por los sindicatos y partidos políticos de la oposición -autobautizada como democrática»- con los últimos gestores del Estado franquista -empeñados en demolerlo y enterrarlo- fue un aspecto más de la «Tra(ns)ición», que tuvo importantes consecuencias para la memoria histórica de la Guerra de Liberación Nacional y del Estado de convivencia y comprensión que poco a poco se iba construyendo tras ella. La amnistía quiso ser una especie de «borrón y cuenta nueva» con el pasado, que interesaba sobre todo a los opositores responsables de crímenes contra la humanidad (comunistas y socialistas históricos, como Pasionaria y Carrillo) y a los jóvenes «franquistas» necesitados de obtener un «pase» de calificación «democrática». Ello imponía el olvido deliberado y «necesario» de toda la historia anterior a 1978, incluidos ciertos y significativos juramentos. Era preciso escribir una nueva Historia Oficial de España, puesto que las versiones franquista y antifranquista no servían al nuevo poder establecido, bajo una óptica superadora de los antagonismos que determinaron el inicio y la duración de la antedicha guerra.

Así comienza, debidamente alterado por mí para darle su verdadero sentido, el manifiesto redactado por un grupo anarquista empeñado en reivindicar el papel de sus correligionarios en la Guerra y en resucitar cuanto pueda servir de base para que los españoles no superen la historia del periodo 1936-1978.

Con este objeto vienen reclamando desde hace tres años que se les envíen cuantas noticias y datos demuestren las barbaridades e injusticias cometidas por los franquistas. No quieren saber nada de otras injusticias y barbaridades.

¿Tendrá esto algo que ver con la reciente actividad política dedicada a recordar y exaltar tan solo un cierto pasado?

Seguiré comentando en estas notas tal propósito y dichas actividades.
 

HISPANIDAD E IMPERIO
Por Aquilino Duque

En el ritual de los premios «Príncipe de Asturias» parece ser de rúbrica, como diría Clarín, la lanzada al moro muerto. El último de los galardonados que me consta que lo hiciera fue ese difunto viajante de comercio que es uno de los viudos que quedan de Marilyn Monroe. Creo que Günther Grass también pasó lo que yo llamo la prueba de la baba. No creo que dicha prueba fuera una ordalía para ninguno de los dos. A muchos se les premia precisamente por sus credenciales en esas democráticas proezas. Uno, por ejemplo, que no tuvo necesidad de pasar por esas pruebas denigrantes fue Álvaro Mutis, cuyo discurso fue una maravillosa oración de fervor hispánico y censura de la modernidad. Álvaro Mutis se abstuvo de asestar la ritual lanzada, seguramente por elegancia dialéctica, y probablemente por haberlo hecho con bastante antelación. Eso fue cuando en una entrevista concedida en 1981 en Bogotá, contrapuso su idea grandiosa del «Imperio» a «esa cosa mefítica… que es la Hispanidad», ideada, según él, «por un gallego de mala fe». Me cuesta trabajo creer que Mutis, a menos que estuviera beodo, hipótesis que no censuro, atribuyera a un gallego «esa cosa» que inventó un vasco, Vizcarra, y que otro vasco, Maeztu, contrapuso a la idea jerárquica de un Imperio como único respiradero espiritual, en pie de igualdad, para los «españoles de ambos hemisferios».
 

LA BICOCA DE LA ROCA
Por Miguel Ángel Loma

Después del referéndum que se han organizado los llanitos en Gibraltar, cualquier grupete de okupas que se apodere de una casa, de una finca o de un terrenito ajeno, puede considerarse legitimado a montarse otra consulta de similar naturaleza, y así, tan democráticamente, decidir entre ellos solitos a quién pertenece la soberanía del suelo ocupado.

Comprendo que no estamos ante una identidad de situaciones, porque cuando los okupas invaden un inmueble lo suelen hacer de tapadillo y por la grosera razón de pernoctar bajo un techo más o menos firme, sin la grandeza que supone expulsar por las armas a sus legítimos habitantes invocando el sagrado nombre de la paz. También percibo que los okupas carecen de visión mercantil y que si llegan a montar un chiringuito comercial en la finca ocupada, suele ser algo bastante pobretón que no da ni para comprar champú, y que dista mucho de constituir un respetable paraíso fiscal.

Pero reconozcamos que tampoco cuentan los okupas con la poderosa protección internacional que otorga el cobijarse bajo determinadas banderas, ni se les permite el progreso que proporciona el contrabando, las sociedades fantasmas y otros negocietes oscuros, ni gozan de la solidaria colaboración de los legítimos propietarios como la que tan gentilmente les ofrecemos los españoles a los llanitos: guardando cola a sus puertas para engordarles los bolsillos, abriéndoles la verja de par en par para que puedan pasearse en sus cochazos por nuestras autopistas, poniéndoles a su disposición campos de golf y lujosas urbanizaciones donde se pegan los homenajes que se pegan a base de jamón (de pata black, of course), pescaíto frito y langostinos; primitivos productos de una primitiva cultura y de una gente tan primitiva como la nuestra, que todavía anda alegando zarandajas jurásicas sobre el cumplimiento de un tratado internacional y todo eso del honor de los compromisos; cuando ya se sabe que no hay más honor que el que da la pasta, y de ese honor tienen mucho los llanitos, sólo hay que ver sus lujosos chalés en Sotogrande o en la Costa del Sol.

No obstante, y pese a estas insignificantes diferencias, considero que si los okupas gozaran de las mismas facilidades y privilegios con los que cuentan los llanitos, lo mismo también ganaban por goleada su referéndum y tampoco querrían devolver la finca. Si yo fuera Aznar, encargaría a Boyer y a toda esa gente tan inteligente de la macrofundación para el Análisis y los Estudios Sociales, que investigasen por qué extraña razón los llanitos son tan unánimes en su negativa a pertenecer al estupendísimo y superguay Estado pluriplural español, envidia de Europa y paraíso de los más inquietos de popa.
 

LA DESGRACIA DEL HOMBRE NORMAL
Por Antonio de Oarso

Es signo de la época -raro e insólito signo- que por mor de la revolución contracultural y contramoral, el hombre corriente y normal se vea agredido mediáticamente, y hasta por su entorno social, con mensajes que hieren sus íntimas convicciones y hasta su sentido común. Y debe ser cuidadoso con la expresión de su pensar, pues si se topa con gente aleccionada por el discurso dominante, gente adocenada y sin juicio crítico, puede ser objeto de repulsa y de una retahila de dicterios.

Hago una distinción entre el hombre normal, instruido o poco instruido, cuyo pensar y sentir se mantienen en un nivel de salud aceptable, y esa otra gente, quizás leída e instruida, pero instruida pésimamente, a la que llamo adocenada y sin juicio propio. Obviamente, me resulta más respetable el hombre ordinario y normal, aún en el caso de que apenas lea los periódicos (y hasta precisamente por ello) que aquél que los lee mucho y asimila dócilmente su discurso.

Las agresiones al hombre normal provienen desde distintos ángulos. Si del campo moral se trata, su sano sentido ético se verá herido por continuas provocaciones. Desde la generalizada (y alentada) promiscuidad sexual de los adolescentes y la amplia acogida legal de la sodomía, con tentativas cada vez más acusadas a legalizar la pederastia, hasta la admisión del aborto con todos los honores y su conversión en una industria floreciente y mortífera.

Si quiere encontrar algún apoyo en el clero ante estas ofensas a su sensibilidad, se llevará una decepción. Ni una carta pastoral, ninguna homilía dominical, destinadas a estos temas básicos. Más fácil es que se produzcan cartas pastorales con fuerte contenido político. Aunque lo más frecuente es que cartas y homilías se refieran al amor y al remedio de las injusticias sociales, materias ambas que no supondrán molestia alguna para sus autores. Porque de lo que se trata es de no provocar a la sociedad, amoldándose camaleónicamente a los «vientos de la Historia».

Encontrará solaz el hombre normal en las artes y las letras siempre y cuando haga caso omiso de casi todo lo producido en los últimos cuarenta años. Es decir, tendrá que trasladarse a una época pasada. En el cine actual no encontrará más que truculencias temáticas y amaneradas exposiciones con abundancia de ruido y estimulaciones al sobresalto y el escalofrío. En literatura, más de lo mismo. Y, campeando victoriosamente en tales producciones, la inevitable pornografía. En el Teatro, por ejemplo, se va imponiendo lo que se llama «sexo explícito», término que ya es de por sí lo suficientemente explícito para que haya que explicarlo. Y, sin llegar a estos extremos, los desnudos en los escenarios son bastante comunes desde hace ya muchos años. Y resulta risible el espectáculo que ofrece el gran número de señoras maduras en las colas de los teatros con la plausible intención de poder ver a uno o varios hombres con las vergüenzas al aire.

El festivismo banal y compulsivo y una pornografía igualmente compulsiva imperan en la televisión. Todo son chirigotas, muecas tontas, chistes soeces y facilones, chabacanería degradadora y desnudos reiterados. El desnudo, sobre todo el del hombre, es el socorrido recurso cuando no existe arte. Hay que ganarse el condumio como sea, y esta es una forma fácil y cómoda que permite mantener el intelecto en reposo.

Se podrá decir que también se programan documentales interesantes en la televisión. Pero hasta estos documentales son presentados siguiendo las reglas inconmovibles del discurso dominante. No hace mucho, pude ver un trozo de uno que trataba de los pueblos aborígenes de América y comprobé el respeto con que mostraba sus costumbres ancestrales y la hostilidad empleada al tratar de la labor de los europeos en aquellas tierras. Capté una frase que se refería a los conquistadores y exploradores expañoles: «...llegaron para incivilizar, es decir, para cristianizar a estos pueblos». Apagué el televisor en seguida, pues el combinado de idiotez y perversidad suele resultar explosivo. Y no me parece adecuado adoptar posturas de burla o ironía. El asunto es grave y por tal hay que tomarlo.

Es grave que el hombre normal se vea zaherido de forma continuada, persistente, por mensajes de este o parecido jaez. Es grave que su sentido moral, su sentido estético, su sentido de la historia y hasta su sentido común se vean burlados, vilipendidados, hostilizados continuamente. Así lo han entendido un filósofo como Julián Marías, o un escritor como Juan Manuel de Prada, que han escrito al respecto. Han sabido captar el estado de ánimo desalentado, desazonado, de este hombre normal al que me refiero. Porque aunque quizás constituya una mayoría, carece de los resortes para conseguir que su pensar y su sentir sean expresados de forma idónea, por lo menos en cuantía y calidad suficientes para notar alguna sensación de comodidad y arropamiento.

Los órganos de expresión están en otras manos. En las de intelectuales de medio pelo al servicio de los grandes poderes. Son personas relacionadas no con el hombre normal sino con el adocenado. Sus mensajes, una y otra vez repetidos, se dirigen al rebajamiento de la dignidad del hombre, es decir, a su derrota. Ellos mismos son derrotistas por vocación, aunque no se consideren así. Pues su deseo de trastocar el orden de valores que mal o bien rigió hasta hace cuatro o cinco décadas, parte del odio a la excelencia que surge cuando el hombre dirige sus acciones al servicio de un ideal superior. Esto último exige un esfuerzo, y el derrotista aborrece el esfuerzo. No creo que sea desacertado decir que la última revolución, la de los años sesenta, fue impulsada en medida importante por el amor a la molicie y la indolencia.

La coartada, la justificación, ha de venir de descubrir infamia en los valores, costumbres y hechos del pasado. Puesto que aquellos valores exigían esfuerzo y superación, el domeñamiento del instinto y la predominancia del espíritu, se ha de rebuscar en la vida privada de los prohombres de aquella época todo lo que pueda suponer alguna mácula o deshonra, al objeto de poder proclamar a los cuatro vientos la hipocresía de aquellas gentes. Pero no queda ahí la cosa. La denuncia de la hipocresía es el primer paso. El segundo, y definitivo, es la condena de los propios valores como represivos, falsos, y puros instrumentos de poder.

La ley del instinto, del capricho, de la satisfacción de todo deseo, va siendo promulgada por estos derrotistas mediáticos, sustituyendo perversamente el antiguo código basado en la ley natural y en el encauzamiento de las pasiones por la razón.

El resultado es una realidad degradada, basada en una libertad falsa e imaginaria, que humilla al hombre normal, pues no sabe cómo defenderse de ella, como no sea abstrayéndose por completo en su privacidad.

Sin embargo, el mundo siempre va evolucionando, y no hay por qué suponer que esta evolución haya de ser necesariamente y siempre a peor, por lo menos en su totalidad. De hecho, comienzan a percibirse algunas fisuras en el poderoso edificio construido por el progresismo derrotista. Fisuras escasas, es cierto, pero que quizás pudiesen agrandarse con una labor consciente de socavamiento. Y es que las conciencias de las gentes, aun las de los hombres adocenados, ofrecen algunos signos de hastío, de hartazgo del discurso único dominante.

Al hombre normal puede servirle de alivio considerar que hay muchos que piensan como él, aunque no se atrevan a manifestarlo. Que el ambiente social y cultural generado por los medios de comunicación es en gran parte imaginario, virtual. Que hay, sí, mucha gente como él, que siente y piensa a la manera tradicional, acorde a la ley natural, y que nunca dejará de haberla, pues esto constituiría una anomalía de imposible consistencia.

Es necesario que evite el contagio y que aprenda a percibir las señales del derrotismo que están omnipresentes en su derredor. En cuanto a las personas, el derrotista no es difícil de identificar. Se caracteriza por un conjunto de opiniones monótonamente expresadas.

Sobre los conflictos políticos dirá que todas las partes deben dialogar y hacer concesiones mutuas (con independencia de que a alguna de ellas le pueda asistir la razón y no deba hacer concesión alguna); que cualquier solución es mejor que derramar una sola gota de sangre humana; que la paz es el máximo bien del ser humano y que lo peor son las posturas rígidas e inmovilistas. Es característica de la izquierda política española, es decir Llamazares y demás.

Sobre acontecimientos históricos, siempre encontrará la manera de enjuiciarlos en detrimento de las posiciones occidentales cristianas: horrores de las Cruzadas, horrores de la Inquisición, horrores de la conquista y civilización de América, horrores de la colonización de África... Con el indefectible resultado de que indios, negros y amarillos son gentes inocentes y con culturas respetables, en contraste con la codicia, rapiña y brutalidad de los europeos cristianos. Consúltese a Manuel Vázquez Montalbán o a Eduardo Haro Tecglen.

En cuestiones morales, encontrará justificaciones para el aborto, presentando al efecto situaciones trágicas y excepcionales de la madre, y se enfurruñará cuando uno le señale la imposibilidad de que los muchos millones de abortos que se cometen en el mundo anualmente se deban a situaciones excepcionales y trágicas. Llegará a decir entonces que es dudoso que el feto sea un ser humano (Javier Sádaba). Respecto de la clonación, encontrará algunos argumentos en su defensa. Será favorable a la manipulación de embriones humanos con fines terapéuticos. Y también defenderá la eutanasia en determinados casos (haciendo caso omiso de que tal práctica ha de extenderse igual que el aborto, y que los «determinados casos» se convierten en realidad en «todos los casos», salvo excepciones para salvar la cara). Es decir, en cuestiones morales el derrotista se manifestará como un discípulo de Javier Sádaba, aun si no lo conoce.

En cuestiones culturales y artísticas, su criterio consistirá en repetir lo que le digan los medios de comunicación, pues carece de juicio propio, siendo como es un hombre derrotado espiritualmente. Es decir, admitirá toda la basura, toda la obscenidad, que le sirvan, siempre que lleve el marchamo de lo moderno, avanzado y rebelde, por muy adocenadas y sin significación auténtica que se hayan vuelto estas expresiones.

En el aspecto social, será un decidido feminista y abominará del «machismo». Encontrará machismo hasta en las conductas más normales. En realidad, cuando un hombre hable de machismo con cierta frecuencia, es muy probable que se trate desgraciadamente de un derrotista. Lo que se confirmará por descontado si mira con displicencia el matrimonio tradicional, ve con afectada simpatía a los homosexuales, y trata de los múltiples divorcios y uniones y desuniones sentimentales (para emplear el término al uso), así como de la promiscuidad sexual de los adolescentes y jóvenes, con la placentera indiferencia del que piensa que la sociedad marcha buenamente por el camino de la modernidad.

En materia religiosa, condenará sin dudar los tiempos preconciliares, será un admirador sin reservas de Juan XXIII, muy crítico con Pío XII por su presunta connivencia con los nazis y con Pablo VI por haber ejercido una labor de freno en la marcha del Concilio Vaticano II, muy favorable a la tesis de que todas las religiones son buenas, entusiasta de un cristianismo pacifista y adogmático que aspira a una difusa fraternidad universal (es decir, el cristianismo que hoy en día predomina profusamente en los mensajes clericales), partidario del matrimonio de los sacerdotes, benevolente con un hipotético sacerdocio femenino, etcétera. En este aspecto religioso el prototipo es Enrique Miret Magdalena.

No todos los derrotistas exhiben con idéntica rotundidad todos y cada uno de los estereotipos mentados, pues nada es perfecto en esta tierra y, por tanto, el derrotista perfecto tampoco existe; aunque bien es cierto que hay bastantes que se acercan mucho a esta inasible perfección. Lo que sí resulta casi seguro es que si alguien muestra alguno de los tics señalados, los demás estarán en situación de salir a relucir, a poco que se tercie, pues todos ellos forman una ristra bien unida por un eje constituido por la debilidad moral.

Al hombre normal le cabe el deber de mantenerse firme en sus convicciones y no dejarse contaminar por estas personas y estos medios de comunicación tan flojos y desmolarizados. Hay que percibir su abyección y debilidad, disimuladas con alborotos de artificiosas rebeldías, inventadas reivindicaciones, mixtificaciones históricas, reformas religiosas a la baja y falsos mensajes de paz y amor.

Como en este mundo tampoco hay nada eterno, también el progresismo derrotista irá desvaneciéndose -comienza ya a cuartearse- y lo apropiado ha de ser procurar, cada cual dentro de sus posibilidades, acelerar este proceso resolutorio.
 

COMENTARIOS
Por Españoleto

EL ASOMBROSO ACOMODAMIENTO AL ABORTO

Se vaticina una próxima rectificación del Senado americano prohibiendo el aborto por decapitación del feto cuyo parto se ha provocado, pues se reúne la doble circunstancia de que el Senado ha conseguido mayoría republicana, y que Bush no es Clinton, y no aplicará el veto con la desfachatez con que éste lo hizo hace tres años. Esa circunstancia, junto con la denuncia de un periodista madrileño de la desfachatez criminal con que operan las instalaciones abortistas en España, pone de relevancia la acomodación de nuestra sociedad a una salvajada como el aborto. Los «progres» han conseguido un éxito asombroso en el adormecimiento de nuestras conciencias, personal y colectiva. Se siente tan seguros que recientemente ha podido escribir Rosa Montero en El País: «Hay que vigilar a algunas ONG, que se han revelado antiabortistas».
 

A CONFESIÓN DE PARTE….

El Ministro argentino de Producción (extraño nombre, pues sugiere una división del país exclusivamente entre productores y rentistas) ha declarado que lo que le pasa, y ha pasado, a Argentina es que «está gobernada por hijos de puta». Es una forma franca de diagnosticar una situación en la que la sociedad se ha resignado a pensar que todos los políticos son, o tienen intención de ser corruptos. Se trata de algo asombroso: Una sociedad prestigiosa, capaz de generar lumbreras en todos los ámbitos del conocimiento, y de estimular de forma ejemplar la educación pública, consiente que la demagogia impere en la clase política, considerándola consustancial. Es un peligro del que han de guardarse continuamente todas las sociedades, pero las naciones con su culto instituido a «los padres de la Patria» parecen tener una especial propensión a caer en ella.
 

Mr.STRAW DESCUBRE LO YA SABIDO

El Ministro inglés de Asuntos Exteriores ha dicho, en una entrevista, que buena parte de los conflictos internacionales actuales proviene de la colonización inglesa. Se refería a al subcontinente Índico y África. No mencionaba la media decena de países minúsculos del Caribe. Ni a Gibraltar. Pero la opinión coincide con la de millones de personas no inglesas, y particularmente españolas, que saben que la directriz de la actuación inglesa ha sido siempre el poder, sin escrúpulos morales, pese a lo que lo han cacareado. Los países europeos entregados al comunismo saben algo de ello. Y no digamos el nido de víboras que es la Palestina/Israel actual.

Hace unos días, Carlos Fuentes decía al Rey que España era el único país que se había cuestionado la legitimidad de su poder. Y el que sufre más intensamente la Leyenda Negra, en cambio, podía haber añadido.
 

UNA DECLARACIÓN DEL PARLAMENTO NAVARRO

En el año 2001, el Parlamento Navarro adoptó una declaración, propugnada por el grupo Elkarri, nacionalista «manso», diciendo que loa presos encerrados en el Fuerte de San Cristobal, sobre Pamplona, que protagonizaron la gran fuga de 1937, «eran demócratas que luchaban por la libertad contra el fascismo sublevado». En aquella ocasión se fugaron unos 780 presos, adueñándose del penal y procurando pasar a Francia por los montes (unos treinta km en línea recta). Sólo tres lo consiguieron. 590 fueron capturados y devueltos al penal, y 180 murieron en diversos episodios de la fuga, como consecuencia de la eficacia de los perseguidores y la decidida colaboración de todos los aldeanos del trayecto en la persecución.

Sesenta y cinco años después, los parlamentarios navarros consideraron conveniente ofender la memoria y convicciones de sus padres, diciendo que sus contrarios «luchaban por la libertad» .Es decir, que sus padres luchaban por sofocarla.


 
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