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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 154
Martes, 18 febrero a las 20:34:09

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 154 – 18 de febrero de 2003

SUMARIO

  1. El Tejo: La actitud de algunos católicos, por Antonio Castro Villacañas
  2. La Iglesia, entre el CIS y la BBC, por Miguel Ángel Loma
  3. Sobre la represión franquista, por Capitán Bebb
  4. La síntesis de los treinta, por José Manuel Cansino
  5. Católicos en acción, por Miguel Rivilla San Martín


EL TEJO
Por Antonio Castro Villacañas

LA ACTITUD DE ALGUNOS CATÓLICOS

Declaro que por ser católico del montón, pecador y arrepentido, no acabo de entender las divergencias que sobre temas fundamentales de nuestro tiempo mantienen algunos católicos ejemplares, esos que siempre van por el mundo dando a conocer cuál es su actitud religiosa y andan envueltos en ella como capa protectora que les permite hacer lo que más les conviene. Como simple católico de filas, y de las últimas, procuro orientar siempre mi vida con el magisterio de la que considero mi santa madre, la Iglesia, sobre todo en cuanto se refiere a materia de doctrina y dogmas o de moral y buenas costumbres. Por eso no entiendo que otros católicos (sin duda más listos, más buenos o más puros que yo) se permitan -cuando les conviene- mantener posturas públicas -no me interesa su vida privada- divergentes de lo que la Iglesia siempre ha mantenido y mantiene como ejemplar y conveniente para todos.

Así, por ejemplo, nunca he llegado a comprender por qué siguen considerándose católicos determinados obispos, muchos clérigos y numerosísimos fieles vascos cuando defienden, justifican, excusan, o simplemente no condenan los asesinatos y demás actos violentos etarras, y no hacen cuanto deben y pueden para impedirlos o evitarlos, a pesar de que como católicos oficiales de sobra saben que uno de los fundamentales preceptos de nuestra religión es el «no matarás» y de que la Santa Sede ha declarado más de una vez que todos los terroristas y sus cómplices son seguidores de Caín y no de Cristo. Por eso yo, católico y español del montón, rezo de vez en cuando para que los Setienes, Arzallus, Ibarreches, etc., e incluso los Oteguis y demás etarras, se arrepientan de sus crímenes activos o pasivos y vuelvan a ser ciudadanos corrientes, tras cumplir -eso sí- la penitencia pública que les fuere impuesta por los tribunales laicos y eclesiásticos competentes en la materia, entre ella la de ser declarados vitaliciamente inhábiles para el ejercicio de cualquier función pública.

De igual manera, teniendo en cuenta que el Papa y sus asesores algo saben en materia de moral y actitudes individuales y colectivas, y que algo han dicho sobre las circunstancias que rodean al tema de Iraq y las exigencias intemporales que deben existir para justificar la violencia y la guerra, según la Santa Sede hasta ahora no cumplidas en el caso iraquí, no acabo de entender cómo nuestro ministro de Defensa, notorio californio de Cartagena y declarado militante de una respetable agrupación religiosa, y sus demás colegas miembros de nuestro Gobierno que han presumido siempre de su filiación católica, mantienen en este punto una postura más cercana a la Casa Blanca que al Vaticano.

Que yo no entienda cómo se puede ser católico al margen de la Iglesia se debe, no hay duda, a que los católicos públicos y notorios -obispos, clérigos, políticos, por ejemplo- tienen derecho a mantener posturas y actitudes que no se nos permiten a cuantos como yo somos simples católicos de tercera.
 

IGLESIA ESPAÑOLA: ENTRE EL CIS Y LA BBC
Por Miguel Ángel Loma

La situación que atraviesa la Iglesia en España constituye un ejemplo, nada ejemplar, de la confusión ideológico religiosa que caracteriza nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad donde la blasfemia es expresión habitual en las conversaciones de la calle, de la radio y de la televisión; donde las burlas directas hacia el Papa y hacia los postulados de la fe católica son carta de acreditación para quien se considere artista, intelectual o libérrimo pensador de vanguardia; donde las leyes disolventes hacia la llamada peyorativamente «familia tradicional» (uno con una para toda la vida) proliferan por los parlamentos autonómicos a la misma vez que se protegen y fomentan las denominadas «nuevas familias» (uno/a, varios/as con uno/a, varios/as «mientrasdureelamó»); donde las rupturas, divorcios, nulidades y asesinatos conyugales están sustituyendo a la muerte natural como modo de extinción del matrimonio; donde hasta hace muy pocos meses las madres de familia numerosa eran tachadas de conejas insolidarias con el Tercer Mundo; donde el culto al sexo y el hedonismo han llegado al límite de la imbecilidad humana; donde crece la aceptación social del crimen del aborto y todo el boyante negocio que genera a su alrededor; donde los poderes públicos promueven el reparto de preservativos y el uso de píldoras abortivas entre adolescentes como si se tratase de inocuos elementos festivos o de benéficas pastillas Juanola; donde la ignorancia religiosa y la irracionalidad se han convertido en terreno abonado para el florecimiento mercantil del ocultismo, espiritismo, echadores de cartas al margen del servicio de correos, videntes, tridentes, sectas, séctimas y hasta octavas; donde se magnifican, multiplican y divulgan a bombo y platillo todos los errores y torpezas de algunos eclesiásticos a la vez que se silencia la generosa labor callada del resto, la inmensa mayoría; donde las vocaciones religiosas languidecen y se extinguen en las mismas diócesis en que triunfa el politiqueo nacionalista de sus obispos... En resumen: una sociedad manifiestamente neopagana y donde la crítica corrosiva a la Iglesia y la descalificación pública y privada a todo lo que ésta representa casi es norma de obligado cumplimiento, pero integrada mayoritariamente por católicos, ya que según las últimas encuestas del CIS, el 80% de los españoles se sigue declarando católico.

Y en esta línea de incoherencia, y en armónica convivencia con todas estas conductas y manifestaciones no simplemente laicistas sino directamente anticristianas, también nos encontramos con que en esta misma sociedad proliferan las celebraciones cívicorreligiosas más fastuosas y multitudinarias, no exentas de la activa participación de las mismas autoridades políticas que, cinco minutos antes de sumarse a la cabecera de los festejos, acaban de lanzar el último eructo ofensivo contra la religión católica. Un extraño y pacífico maridaje en el que no sólo es bienvenido y apoyado cualquier tipo de «evento festivo religioso» por las autoridades civiles, sino generosamente publicitadas y difundidas desde los Ayuntamientos y Autonomías, en tanto forman parte de «nuestras ricas tradiciones populares», y sobre todo, porque actúan como poderosos reclamos de atracción turística.

Se podría concluir que cuanto más indiferente u hostil hacia el catolicismo se va convirtiendo nuestra aún mayoritaria sociedad católica, y cuanto más se ridiculizan y marginan los valores y creencias cristianos, más se reclama la presencia del boato eclesial, el movimiento de casullas e incensarios, las procesiones de Cristos, Vírgenes y santos por las calles de nuestras ciudades, y la utilización de elementos religiosos en híbridos actos de confusa naturaleza. Mientras más se ignora y ridiculiza el contenido, más se reclama el brillante manto del continente. Mientras más se desprecia el fondo y la doctrina, más se reclama la forma y la parafernalia eclesiástica. Atrás quedaron los tiempos de las correrías con la tranca detrás de curas y monjas. Hoy la estrategia es otra, más sutil y más dañina, al menos para las conciencias: «Si no puedes vencerles, no hace falta siquiera que te unas a ellos; asígnales el papel de comparsa, convénceles de que todo lo que signifique sacar la fe del almario es un grave atentado contra el laicismo de Estado, y finalmente ellos solitos se arrastrarán hacia nuestras posiciones. La pendiente actúa a nuestro favor».

Pero lo más preocupante es que todo esto suceda con la aquiescencia de una parte de la jerarquía eclesiástica española, y con la entusiasta colaboración de relevantes personajes públicos que se presentan como católicos comprometidos con su fe. Unos y otros parecen ajenos a la realidad que se cuece, incapaces de analizar la gravedad de la situación actual y de comprender que el objetivo final no es otro que reducir la fe al último rincón de la conciencia, y transformar a la Iglesia en una inocua empresa prestadora de servicios rituales respecto a aquellos actos que el Estado no ha sido aún capaz de emular. Me refiero a la llamada BBC: Bodas, Bautizos y Comuniones. Quizás lo más conveniente fuera comenzar recuperando la relevancia que se merecen la administración y recepción de estos sacramentos, para evitar mayor despiste en la ya muy confusa población católica española. Porque si sorprendente resulta que en la triste realidad social que padecemos un 80% de españoles se declare católico, la sorpresa adquiere caracteres surrealistas cuando en esas mismas encuestas observamos que sólo un 42% de españoles declaran creer firmemente en la existencia de Dios.
 

SOBRE LA REPRESIÓN FRANQUISTA
Por Capitán Bebb

Aunque no somos partidarios de recordar hechos que debieran olvidarse por todos los españoles, de vez en cuando nos vemos obligados a exhumar alguno de ellos como respuesta a las iniquidades a las que continuamente asistimos. Por ello publicamos en esta ocasión el documento que oportunamente nos ha llegado a través del correo electrónico. Sin duda esclarecedor.

Aún no ha sido estudiado en profundidad la llamada «represión franquista». Voy a contar dos ejemplos que desmontan esta teoría que intentan sostener ahora de «que todos somos iguales...»

Un farmacéutico muy amigo de mi padre fue asesinado por los rojos mediante el consabido «paseo». Lo denunció el mancebo de su propia farmacia al que había tratado como a un hijo, enseñándole el oficio y pagándole generosamente. El empleado canalla fue encarcelado tras la Liberación, librándose del fusilamiento por la magnanimidad de nuestro Invicto Caudillo.

Al cabo de algunos años, el hijo del farmacéutico, que heredó la farmacia de su padre, fue junto con el mío a unos cursillos de cristiandad. Sin premeditarlo, ni mucho menos, encontraron en el cursillo (celebrado en el Monasterio de los Jerónimos de Murcia) al mancebo traidor. La reacción de aquél hijo de mártir fue la de un verdadero cristiano y la de un auténtico caballero: perdonó públicamente en la «ultrella» al coautor del asesinato de su padre. Vive (el asesino) en la actualidad, aunque muy anciano. Es de mi barrio.

En mi propia familia, asesinaron a un tío abuelo mío, sacándolo de su casa a las tres de la mañana y dándole el paseo: dos tiros en la cabeza al estilo de Calvo Sotelo. Su crimen era ser suscriptor del ABC, ir a misa y haber prosperado con la representación de una conocidos laboratorios farmacéuticos. Se había comprado a base de firmar letras un Ford de 8 caballos y con este vehículo llevaba a las farmacias de la provincia las medicinas que le pedían. No se pudo determinar quién del barrio lo había denunciado y, al terminar la contienda, los del Servicio de Investigación de Falange fueron a casa de mi tía abuela a hablar con ella y preguntarle quién podía haber sido el chivato. Ni que decir tiene que lo sabía, y con pruebas, pero se negó a dar información al respecto explicando que se trataba de un padre de familia y que su deber como cristiana era perdonar y tratar de olvidar pues ya se había derramado demasiada sangre en España.

Los falangistas se fueron de casa de mi tía abuela bastante frustrados. Eran de los que no habían pegado un tiro en el frente, o sea de los del aluvión apuntados tras la guerra que querían hacer méritos en el Nuevo Régimen. Varios de éstos, en la llamada traición, digo transicíón, se apresuraron a afiliarse al PSOE, como es natural. Siempre hay que estar cara al sol... que más calienta, claro.

Mi padre, oficial de Artillería,  fue designado durante una temporada por la Superioridad para oficiar de defensor en algunos consejos de guerra. Tuvo bastante éxito, incluso con acusados con delitos de sangre, sacando del atolladero a más de uno. Tras su fallecimiento, hace unos doce años, sus hijos pudimos leer sus papeles privados y encontramos un oficio por el que se conmutaba la pena de muerte a un individuo por la de treinta años de reclusión. Nos quedamos estupefactos cuando pudimos comprobar que se trataba de uno de los que atracaron la tienda en donde trabajaba una hermana de mi padre causándole la muerte mediante un disparo de Máuser. Llevaban monos azules e insignias del Partido Comunista. Lo había defendido atendiendo su deber de cristiano. Mi progenitor está enterrado en la misma fosa que mi tía Carmen, asesinada en el atraco.

Tras la misa funeral de mi padre, a la salida, nos saludaron tres señores muy mayores. Nos dijeron que eran republicanos defendidos por él en Consejo de Guerra y que habían salvado la vida gracias a su intervención. Habían venido a darle su último adiós asegurándonos que lo tendrían en su recuerdo mientras vivieran. Nos quedamos, mis hermanos y yo, de piedra. Mi padre era de los que hacían una cosa con la mano derecha y no se enteraba ni la izquierda.

Lo anteriormente descrito demuestra que todos somos diferentes. Unos son unos hijos de Satanás y otros nacieron de buena madre. Hay de todo como en botica.

Quiero hacer constar que en la actualidad, en las Provincias Vascongadas viven las buenas gentes una situación espantosa de aislamiento, opresión, persecución y muerte, provocada por el nacionalismo, con la ayuda inestimable, salvo poquísimas excepciones, del clero «católico» vasco. Quien no piense de igual forma que los nacionalistas puede estar muerto en cualquier momento o tiene que irse de allá a tierras más cálidas. Mi padre me recordaba que la situación en la zona roja era similar, por no decir igual a la de estas entrañables provincias, con la diferencia de que no matan a curas sino que los curas (o curas renegados, que es peor) son coautores, cómplices, encubridores de los asesinos de gentes que simplemente no son nacionalistas. Hablar de esto sería otra historia.
 

LA SÍNTESIS DE LOS TREINTA.
Por José Manuel Cansino

El ahora célebre autor de «Soldados de Salamina» -Javier Cercas- ha definido a Falange Española como «un expediente de urgencia en tiempos de confusión». Naturalmente, el señor Cercas, cuyo valor como novelista parece probado, no ha demostrado gran rigor como conocedor de la Historia Contemporánea de España. Por esta razón, su definición de Falange vale lo que la que yo pueda dar acerca de la génesis sociopolítica del movimiento independentista en la región chilena de la Araucaria.

Para Stanley G. Payne, que a diferencia de Cercas, sí es una autoridad en la materia, el movimiento político que se agrupa en torno a FE-JONS a mediados de los años treinta, es el resultado de una reacción frente al riesgo de la desmembración política de España al calor del peso nacionalista en el marco de la II República, peso que desemboca en los estatutos de autonomía aprobados en ese momento y que tan desafortunada vigencia garantizaron los constituyentes de 1978 (D. Gabriel Cisneros y demás políticos posfranquistas incluidos). Esa génesis del falangismo fundacional lo diferencia -en opinión de Payne- de las corrientes totalitarias nacidas en Italia y Alemania cuyo origen debe explicarse como reacción popular frente al avance marxista.

Es esta tesis de Payne la que fundamenta la lectura de Falange como «guardia de la porra» de las derechas al ser éstas las víctimas propiciatorias de la revolución marxista en España. Revolución que ya había mostrado sus credenciales en Asturias y Cataluña acompañando sus campañas sangrientas de un soberano corte de mangas a la «legalidad republicana».

Una revisión «des-prejuiciada», es decir, sin prejuicios, del programa político de las JONS, de FE y de FE-JONS (para respetar el orden cronológico correcto de las organizaciones falangistas) derriba la tesis de Payne. El antiliberalismo económico de los falangistas nunca hubiera podido convivir políticamente con la derecha económica por mucho que José Antonio prometiera a Goicoechea el oro y el moro a cambio de unos cuartos que, por otra parte, el Jefe Nacional pedía a cualquiera que se prestase buscando paliar la maltrecha economía falangista.

Por tanto, la Falange Española fundacional no fue sólo ni esencialmente un movimiento político contrarevolucionario, ni fue ideológicamente sólo una organización política conmovida ante el problema de la Unidad de la Patria, pues ya existían partidos políticos conservadores y tradicionalistas ocupados de levantar exclusivamente esta bandera.

Con mayor o menor éxito (y en eso discrepamos del derrotismo postulado por el prof. Moisés Simancas) Falange significó un vuelco cuantitativamente apreciable en la conciencia política española de la mano de una afortunada síntesis de misticismo poético, pragmatismo político y frescura en los cuadros que la lideraron.

Setenta años después es tan buen momento como cualquier otro para revisar qué queda de tan afortunada síntesis.

El componente poético de la lucha, ese que inspiraba la Falange de la pluma (o la Falange ideal que reconocen personajes tan dispares como Ignacio Sotelo o Francisco Umbral) desapareció en una lenta agonía que inauguró el «Descargo de conciencia» de Pedro Laín Entralgo y acaso clausuró la muerte de Rafael García Serrano. La Falange de la Transición ha despreciado un «frente cultural» que tan rentable ha sido primero para la izquierda, luego también para la derecha y ahora para todo aquel que pueda pagar una Fundación que genere ideas, una estructura editorial que las divulgue y una red mediática que las popularice.

El segundo elemento de la síntesis de la Falange fundacional fue el pragmatismo político que supo diagnosticar con acierto los males de España y ofrecer algunas soluciones imaginativas a tan graves carencias. Ejemplos fueron la nacionalización de la Banca cuando aún el Banco de España era una entidad privada, la reforma agraria cuando España era fundamentalmente un país agrícola o la educación popular cuando la mayor parte de los españoles eran analfabetos. Desafortunadamente muy poco de este pragmatismo se percibe al analizar los programas políticos de las organizaciones falangistas actuales en los que abundan las consignas manidas, las declaraciones vagas que más bien parecen brindis al sol o los planteamientos esencialistas que difícilmente encuentran respaldo doctrinal. Si Falange superase el cinturón mediático que la silencia y consiguiera dirigirse en igualdad de condiciones a una sociedad española «desprejuiciada» habría que ver a quiénes y a cuántos somos capaces de convencer los falangistas.

Finalmente, de la triple síntesis fundacional -mística, pragmatismo y juventud- aún conservan las organizaciones falangistas el tercer elemento de la triada, la juventud. Excepción hecha de algún grupo que supervive más gracias a una discutible sentencia que a una vida política activa, el resto de organizaciones dispone de unos cuadros dirigentes jóvenes.

Si se insiste en afrontar el futuro en lugar de administrar la eutanasia política a un movimiento por el que no apostaron ni la mayoría de los falangistas del Régimen (prueba de ello es que sus apellidos se encuentran con facilidad en la clase dirigente del Partido Popular) deben retomarse los dos elementos que faltan.

En primer lugar deben activarse laboratorios de ideas, lugares de encuentro, de debate y de contrastación de propuestas políticas. Esta debe ser la labor de las fundaciones y centros de estudio.

En segundo lugar, debe tomarse buena nota de aquellas ideas frescas que, entroncando con los valores de la libertad, justicia y dignidad, permitan explicar con rigor y entusiasmo lo que los falangistas entendemos hoy por Patria, Pan y Justicia.

Para ambos menesteres, la capacidad de liderazgo y de entendimiento de la juventud dirigente resulta crucial. Suyo es el reto.
 

CATÓLICOS EN ACCIÓN
Por Miguel Rivilla San Martín

La retirada de la Ley de Familia que el PP ha «congelado», presionado por las 75.000 firmas en contra, puede considerarse un claro triunfo de la PROFAM y de cuantos sintonizamos con sus objetivos, la inmensa mayoría católicos. Una ley, que discriminaba a la familia, equiparándola a las parejas de hecho u otras situaciones convivenciales, ha sido aparcada no tanto por motivos o criterios religiosos o morales, sino merced a la presión de los votantes, en su mayoría del PP.

He aquí el camino a seguir por los católicos en el futuro. Está comprobado que el principal móvil de los partidos es el del voto. Pues bien, en vez de quejarse, lamentarse, escribir pastorales o cartas a los medios, que apenas producen ningún efecto práctico, o dejar todo a la figura y autoridad del Santo Padre, lo que deberíamos hacer todos los que nos sentimos vinculados por nuestra fe católica, es organizarnos como partido político o grupo de presión.

Buen ejemplo nos dan otros colectivos que no comparten nuestra fe y que están a la vista de todos. Si queremos hacer eficaces nuestros valores cristianos en una sociedad plural, democrática y laica que no laicista, no cabe otra senda que encuadrarse en organizaciones como la PROFAM o ser católicos en acción. Esto es lo que está pidiendo a gritos el sentido común, la fe que profesamos y la Jerarquía de la Iglesia católica.


 
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