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Altar Mayor - Nº 84 (56)
Jueves, 27 febrero a las 20:48:24

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

GLOBAL O NO GLOBAL
Por Benigno Pendás - Profesor de Historia de las Ideas Políticas

Esta es la cuestión, en términos hamletianos. O el tema de nuestro tiempo, cuando preferimos citar a Ortega. Los manuales de Historia, si es que alguno sobrevive, dirán en el futuro que antes del once de septiembre hubo un nueve de noviembre. Berlín, 1989: nadie derramó una sola lágrima ante el derrumbamiento de la gran estafa ideológica y moral en que se había convertido el sedicente socialismo científico. Pero la izquierda segura de sí misma, indiferente ante la lógica de los hechos, no ha perdido su buena conciencia. El comunismo, escribe F. Furet en un libro espléndido, El pasado de una ilusión, ha sobrevivido como mito político y como idea social a los crímenes y fracasos de la Rusia soviética. En un sentido más amplio: el izquierdismo, el progresismo o -aquí y ahora- la actitud antiglobalización comparten lo que llama el escritor francés (ex comunista, como tantos) «odio común a la burguesía», que es como decir a la sociedad moderna: liberal, individualista, capitalista, ajena a dogmas y verdades establecidas. En Moscú lo tenían más claro; cuenta el desdichado Walter Benjamín una escena curiosa que observa en un mercadillo: un icono en venta, situado entre dos retratos de Lenin, aparece como «un prisionero entre dos policías».

Es arriesgado jugar a las profecías en materia social y política, como bien saben los lectores imparciales de Marx y de Spengler. Pero no creo equivocarme si digo que el movimiento contra la globalización dejará poca huella en la historia de las ideas, vieja disciplina que no se deja impresionar por algaradas callejeras. Leo con la mejor disposición No logo, libro de cabecera de los manifestantes más voluntariosos. Miro con curiosidad algunas páginas de los teóricos de «Otro mundo es posible». La mezcla es, con perdón, alucinante: restos de serie del ecologismo militante, porque, aunque parezca increíble, algunos «verdes» soportan el fervor patriótico e industrialista de sus jefes alemanes; glorias pretéritas como D. Cohn-Bendit y sus camaradas de ocasión; seguidores del nimio consuelo titulado Small is beautiful; ingenuos partidarios de la «deconstrucción» del poder corporativo y empresarial; zapatistas y otros nostálgicos del Ché Guevara; oenegés subvencionadas, de aquí y de allá; también cristianos de base y pacifistas de oficio. Remito al lector interesado a un artículo muy reciente (enero de 2002) de D. Green y M. Griffith, La globalización y sus descontentos, en International Affairs, con buena información y objetividad anglosajona.

Los últimos fichajes no mejoran el panorama. Me niego a incluir en el comentario a los amigos del terrorismo, porque estoy convencido de la buena fe de quienes defienden una alternativa: no deberían mezclarse con criminales. Estaba pensando, en un terreno muy distinto, en burgueses maduros, que leyeron de jóvenes En el camino de Kerouac o aquellos libros incoherentes que proclamaban el nacimiento de una contracultura para solaz de quienes desconocían la cultura auténtica. Han pasado los años y acumulan muchos cargos, pero todavía quieren más: las imágenes juveniles del pop art se repiten por definición, da lo mismo Mao que Marilyn. El gremio antiglobal es, por tanto, abigarrado y variopinto. Todo ello confirma la idea de que no es propicia «la vocación de nuestro tiempo» para el pensamiento político, expresión que, como es notorio, tomo en préstamo de alguien, aunque sería más prudente asumir el riesgo de ser acusado de plagio que arriesgarme a citar a Savigny.

Tampoco los teóricos de la globalización ofrecen gran cosa. No se olvide que todas las civilizaciones cierran su ciclo histórico con una fase universalista, que da lugar a las escuelas filosóficas correspondientes: estoicos cosmopolitas, cínicos antisistema, epicúreos que van a lo suyo. Pero la economía global es, sin duda, fuente de oportunidades y energía, porque permite, escribe Manuel Castells, que ciertas actividades funcionen como unidad en tiempo real a escala planetaria. David Held dice cosas interesantes al respecto en Democracia y orden global, entre otras obras. No está el mundo en condiciones de destruir riqueza ni expectativas sólo para satisfacer el ego de los espíritus sensibles. Si se trata de denunciar el poder imperial americano, más vale que nos dejen en paz, porque los antiglobalización son hijos perfectos del sistema. De Seattle a Génova, de Porto Alegre a Barcelona... fasten your seat bealts: ¿quién paga, por cierto? Se comunican por Internet, comen pollo frito de Kentucky, compran «No logo» en supermercados y centros comerciales y financian sus «manifiestos, escritos, comentarios, discursos», que decía el poeta, con las subvenciones del Estado opresor.

¿Tienen razón en algo? En todo caso, están en su derecho de expresarse y manifestarse, de forma, por supuesto, pacífica y democrática. Algo hay de verdad en determinadas críticas. Pero «la derecha» (por simplificar el nombre del enemigo) apenas da motivos: se limita a gestionar dignamente una economía asustadiza y a trampear con una sociedad confusa. La cumbre de Barcelona puede ser ambiciosa desde el punto de vista del europeísmo oficialista, pero no es probable que pase a la historia de la alta política internacional, aunque la toma de postura en el conflicto de Oriente medio no es asunto menor. Para decir lo que pienso: gritan y se agitan contra la injusticia y la desigualdad, pero no ofrecen nada interesante, ni útil, ni atractivo. Molestan a los líderes y tal vez consigan acabar con las cenas de gala y las fotos de familia..., pero el mundo no se arregla con tan poca cosa.

Y, al final, pagan los de siempre: el buen padre de familia, diría el Código Civil, sufre atascos, riesgos e incomodidades; el comerciante honrado, habla ahora el Código mercantil, teme por la luna del escaparate, pierde clientela, padece el acoso de algunos bárbaros. Si es valiente, increpa al manifestante que tontamente se cree grande y soberbio... Pobre infeliz. Si el chico o la chica «progresista» escoge bien su «itinerario», llegará un día a ser ministro de algo importante y promoverá reformas con los votos del ciudadano que baja apresurado la persiana de su establecimiento. Hace años ya se rieron de la boda pretenciosa del pequeño burgués, cuando estaba de moda Bertolt Brecht. Se volverán a reír años más tarde, cuando cambien la calle por la moqueta del palacio y el hotel de lujo. En este punto es muy injusto el mundo globalizado.

Si hay carga policial... se verán imágenes, no siempre significativas, de cristales rotos y semáforos destruidos; se oirán ruidos de sirenas y griterío... Alguien podría decir: A horse! A horse! My kingdom for a horse. Como algunos no hemos hecho la reválida, conviene aclarar a quienes sólo manejan tópicos que no se trata de George W. Bush durante un fin de semana tejano. Se trata, para acabar como empezamos, de William Shakespeare, Ricardo III, 5, 4, 13.


 
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