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Altar Mayor - Nº 84 (54)
Jueves, 27 febrero a las 20:52:59

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

ECONOMÍA Y CULTURA DE LA SATISFACCIÓN
Por Jesús Fernández Briceño

La presidencia española de la Unión Europea se desarrolla sin sobresaltos, superado el ecuador de la cumbre de Barcelona, mientras José María Aznar recorre las cancillerías de los países miembros y atiende las reivindicaciones de los candidatos a incorporarse como socios de pleno derecho a una Europa próspera y democrática. Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal Americana y Willem F. Duisenberg, presidente del Banco Central Europeo, han lanzado mensajes de moderado optimismo y los últimos indicadores publicados auguran el final de la crisis económica. Todo parece indicar que está listo para zarpar un nuevo barco hacia el progreso (lastrado para las empresas españolas por el crack de Argentina), aunque esta vez nadie garantiza el punto de destino. En un reciente libro publicado conjuntamente por destacados protagonistas de las finanzas, la política y la universidad como George Soros, Paul Volcker, Anthony Giddens y Manuel Castells se abordan las claves del nuevo capitalismo. Sus autores insisten en la inestabilidad como motor del cambio y se afirma que la nueva economía está basada en mercados financieros globales «sistemáticamente inestables». El profesor Castells va más allá y habla de una burbuja permanente que explota y se vuelve a hinchar sin solución de continuidad, sin que sean útiles las viejas teorías sobre los ciclos económicos.

Todos los procesos de cambio abren un inagotable mercado de oportunidades al mismo tiempo que generan falsas expectativas y graves frustraciones. Quizá esta realidad explique el éxito sin precedentes de un pequeño libro que se ha convertido en un best-seller y en manual de obligado estudio en las escuelas de negocio. ¿Quién se ha comido mi queso? o cómo adaptarse a un mundo en constante cambio, escrito por Spencer Johnson, médico y psicólogo, ha sido traducido ya a 30 idiomas y ha vendido millones de ejemplares. Mediante una sencilla parábola este libro nos describe un mundo en constante transformación. Se trata de un cursillo de adaptación al cambio en todos los ámbitos de la existencia que ha sido de gran utilidad para ejecutivos obligados a reciclarse por la avalancha de las nuevas tecnologías.

Dos ratoncitos «Oli» y «Corri» y dos hombrecillos «Kif» y «Kof» viven en un laberinto. Estos cuatro personajes dependen del queso para alimentarse y ser felices. Un buen día y sin que sepan explicar cómo su preciado sustento desaparece, y tras caer en la desesperación, tienen que ingeniárselas para sobrevivir buscando un nuevo queso. Esta fábula tiene su moraleja: todo cambia aunque no nos demos cuenta y a veces de forma violenta e inesperada. Lo más importante es reconocer ese cambio. El queso es cualquier cosa que queramos alcanzar, la felicidad, el trabajo, el amor, el laberinto es el mundo real con zonas desconocidas y peligrosas, callejones sin salida, oscuros recovecos, pero también habitaciones llenas de queso que hay que saber encontrar.

Recientemente en estas mismas páginas Miguel Ángel Rodríguez hacía hincapié en esa afirmación que no por ser conocida pierde un ápice de su vital importancia: la información es poder -si lo sabrá él-. Anticiparse a los hechos a través del conocimiento de las claves que conforman la realidad no tiene precio, ni para un alto ejecutivo, ni para un gobernante, ni para quien aspire a serlo, ni, en términos más generales, para una sociedad dispuesta a incrementar su desarrollo económico y social. Pero para conseguir este objetivo se necesita formación, equipaje tecnológico, no sólo la cultura del esfuerzo que predica la ministra de Educación Pilar del Castillo como antídoto contra la ignorancia de nuestros bachilleres, sino medios que, a través del conocimiento, nos permitan no ser arrollados por la burbuja que de forma tan certera ha definido el catedrático de Berkley Manuel Castells y que va a condicionar las relaciones de producción, inversión y aprendizaje.

Al llegar a este punto vuelve a sonar la voz de alarma ya que el billete para el futuro cuesta más de 15.000 millones de euros (dos billones y medio de nuestras viejas pesetas) y se necesitarán cuando menos entre cuatro y seis años para alcanzar la media europea de equipamiento y formación que nos permita aprovechar las ventajas de la denominada Sociedad de la Información. Esta cifra, por ejemplo, supone multiplicar por cuatro el coste del Plan Hidrológico Nacional que tiene su programa estrella en el trasvase del Ebro con unas inversiones previstas de 4.200 millones de euros.

La necesidad de abordar un programa de inversiones de tipo tecnológico, casi intangible para el electorado, sin recurrir a la obra publica que, aunque polémica, siempre es más fácil de vender para un político de cualquier ideología, necesita un aldabonazo, un revulsivo, una llamada a rebato para que de forma coordinada trabajen empresas y administraciones públicas en este proyecto. Se trata de no perder, igual que ya ocurrió en el XIX, el tren del desarrollo industrial con graves consecuencias para nuestra historia, que no se han superado hasta fecha muy reciente, según ha puesto de manifiesto el Consejo Empresarial para la Sociedad de la Información (CESI). Concretamente, con esta llamada de atención se trata de buscar el consenso que caracterizó en 1996 la estrategia económica y social para lograr que España no perdiera el tren del euro, la liberalización y la convergencia con Europa, decisión que se vio recompensada por la consecución de lo que nuestros ministros de Economía y Hacienda, Rodrigo Rato y Cristóbal Montoro, acuñaron con el término de círculo virtuoso.

El presidente del Gobierno José María Aznar ha impulsado de forma decidida la voluntad de España para subirse en marcha a este tren de las nuevas tecnologías y ahora el reto estriba en acceder a los vagones de primera clase como corresponde a una economía que está entre las diez más importantes del mundo. Quince mil veinticinco millones de euros es el precio que marca la diferencia entre nuestro modesto billete y el de la clase preferente de la media europea, aún lejos del vagón de cabeza ocupado por los líderes de la Sociedad de la Información (Holanda, Suecia y Dinamarca). De esta inversión, según el CESI, el 80 por 100 corresponderían al sector privado y el 20 por 100 restante al público, a través de los Presupuestos.

La masificación del acceso a las nuevas tecnologías no debe hacernos caer en el espejismo, que ya apuntó Ortega y Gasset en 1937 en su obra cumbre La rebelión de las masas, de creer cumplido nuestro objetivo sólo por la cantidad y no por la calidad, si es prioritariamente una masa amorfa, «lo mostrenco social» y carente de valores e identidad la que accede a las nuevas herramientas. La necesidad del trinomio educación-inversión-tecnología se hace cada vez más patente para no caer en una red hiperconectada cuyos usuarios no sean capaces de convertir la información en conocimiento, plegándose a intereses bastardos que se adueñen de su voluntad en su propio beneficio. Decía Ortega de forma premonitoria: «La muchedumbre, de pronto se ha hecho visible, se ha instalado en lugares preferentes de la sociedad. Antes, si existía, pasaba inadvertida ocupando el fondo del escenario social; ahora se ha adelantado a la batería, es ella el personaje principal, ya no hay protagonistas, sólo hay coro». Y el coro es manipulable.

Hace diez años, el prestigioso economista John Kenneth Galbraith dedicó uno de sus clarividentes libros a La cultura de la satisfacción. En el fondo trataba de definir el autor qué queremos y cuánto estamos dispuestos a pagar por ello. Las sociedades occidentales, sobre todo las clases más favorecidas, se sienten satisfechas y asumen como una meta el estado actual de las cosas: el reparto de poder político, la gestión y toma de decisiones económicas, la ubicación de los centros neurálgicos de la información y, por extensión, el control de la red. Qué podemos decir hoy, además, espoleados por la avalancha de trágicas noticias sobre el consumo de drogas y de pastillas de «éxtasis» por los más jóvenes. La cultura de la satisfacción prima incluso por encima de la cultura de la salud. Luis María Anson con su perspicacia habitual se hacía eco en una de sus últimas «Canela fina» de este fenómeno al comentar las «razones y sinrazones de la televisión privada» y el auge de la telebasura denostada por una mayoría de ciudadanos aunque una minoría considerable las respalde. La inversión en tecnologías de la información debe ir pareja a la inversión en educación que contribuye a formar ciudadanos más libres aunque menos dóciles para los políticos.

Pero la propia dinámica de los acontecimientos internacionales con los que ha irrumpido el siglo XXI nos demuestra que la anhelada meta de seguridad y prosperidad lejos de haberse conseguido está no sólo distante, sino también en entredicho. Un simple telediario nos hace reflexionar acerca de la fragilidad de nuestro mundo y de que cuanto más espectaculares son los logros mas lejos está la meta. Pío Baroja, en el Árbol de la Ciencia, hace confesar a su protagonista que no cree en la Astronomía porque no es útil a la humanidad -qué diría ahora ante la conquista del espacio- y de nuevo Ortega nos recuerda que lo esencial para que exista la plenitud de los tiempos es ver realizado un deseo antiguo, pero a veces no caemos en la cuenta de que estos siglos tan satisfechos, tan logrados, pueden estar muertos por dentro. «La auténtica plenitud vital no consiste en la satisfacción, en el logro de la arribada. Hay siglos que por no saber renovar su deseo mueren de satisfacción». O en palabras más sencillas de Cervantes: el camino es siempre mejor que la posada.


 
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