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Altar Mayor - Nº 84 (53)
Jueves, 27 febrero a las 20:55:21

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

LA CONSTRUCCIÓN DE LA EUROPA DEL FUTURO
Propuestas de la Conferencia Episcopal Española al Consejo para el Debate sobre el Futuro de la Unión Europea

La Iglesia Católica ha contribuido y quiere seguir contribuyendo al proceso de integración europea desde sus orígenes, considerando la Unión Europea (UE) como el primer y principal ámbito para «servir el bien común de todos [...] a fin de asegurar lo más posible la justicia y la armonía», por usar las palabras del Papa Juan Pablo II. Los valores y los principios que han guiado el proceso de integración europea, como la dignidad de la persona humana, la solidaridad y la subsidiariedad, son reconocidos y promovidos por la Doctrina Social de la Iglesia. No se identifica la Iglesia con ninguna fórmula concreta, pero se siente obligada a proclamar de nuevo ante los europeos de hoy que la salvación de todo hombre -y también del europeo de hoy y de mañana- es Jesucristo.

La unidad de los europeos no será el producto del azar, ni del influjo de la geografía, ni del mero impulso de la historia, ni sólo de los intereses económicos y políticos. Es preciso que los europeos tomen la decisión libre de vivir unidos, en un marco de derechos humanos plenamente garantizados, con adhesión viva a los valores de la verdad, la justicia, la libertad, la solidaridad, que se fundamentan en la dignidad de la persona humana que tiene su fuente en el Dios creador y trascendente. La realización concreta de esta unidad requiere inteligencia y generosidad, largas negociaciones, progresivos reajustes, conocimiento y estima mutua. Esta unidad requiere una madurez moral. Para ello, la aportación moral y espiritual de las Iglesias es indispensable. Ninguna institución humana puede mover eficazmente el corazón de los hombres hacia el bien, de forma desinteresada. Sólo Dios puede hacerlo.

Observamos que en el ámbito, principalmente cultural y social, la Europa de hoy presenta sus aspectos positivos: se afianzan los valores de la libertad, la democracia, una gran sensibilidad por los derechos humanos, la justicia, la ecología, la dignidad de la mujer, etc. Se advierte la necesidad, sin embargo, de una renovación espiritual y ética ante el grave avance del proceso de «despersonalización» y del terrorismo. La familia, célula básica de la sociedad, reclama la máxima atención de los gobernantes y de todas las instituciones religiosas, sociales y culturales. Sin embargo, en el campo religioso, la Europa de hoy está marcada por una secularización y descristianización crecientes, con sus consecuencias que afectan a la privatización de la fe y a una disminución del sentido de la pertenencia eclesial.

Desde las exigencias éticas se impone afirmar una primera urgencia fundamental: concentrar todos los esfuerzos para la realización del bien común europeo en la perspectiva de una auténtica solidaridad. Análogamente a lo que ocurre en toda sociedad y en todo Estado, el bien común europeo -como afirmaba Juan XXIII- tiene que ser considerado como la razón de ser y el objetivo de la misma unidad europea.

Hay otra urgencia que ya fue subrayada fuertemente por los Papas de este siglo, especialmente desde Pío XI a Juan Pablo II y por los más significados teólogos católicos. Se trata de la necesidad de superar la visión de un Estado exageradamente nacionalista sin que esto suponga la negación de los valores de cada nacionalidad.

Es necesario avanzar hacia una cada vez más real, auténtica y correcta limitación del principio de la soberanía de los Estados, superando los tímidos pasos hacia una Europa más solidaria que respete también, en su justa medida, el llamado principio de subsidiariedad. Los cristianos y todos los hombres de buena voluntad tienen que comprometerse en la construcción de una Europa que esté al servicio de todo el mundo.

La nueva Europa tiene necesidad de redescubrir la dimensión moral y el parámetro humano interior de todo progreso y de todo desarrollo. En otras palabras, necesita un suplemento de alma del cual toda acción social y política tiene intrínsecamente necesidad si quiere de verdad estar al servicio del hombre y de todo hombre. Los cristianos de Europa no pueden olvidar esto y tienen que actualizarlo por medio de sus actividades sociales y políticas. No puede pensarse en una sociedad digna del hombre sin el respeto a los valores trascendentes. Cuando el hombre se constituye a sí mismo como la medida de todo, sin referirse a Aquél del cual todo proviene y al cual este mundo está destinado, pronto se convierte en esclavo de su propia finitud. Juan Pablo II alude a la importancia de la fidelidad de Europa a su herencia cristiana con estas palabras: «Es mi deber subrayar con fuerza que si el sustrato religioso de este continente fuese marginado en su papel inspirador de la ética y en su eficacia social, no sólo sería negada toda herencia del pasado europeo, sino también estaría gravemente comprometido un futuro digno del hombre europeo, quiero decir, de todo hombre europeo, creyente o no creyente».

En la perspectiva actual del futuro de Europa destaca con evidencia la necesidad de construir la verdadera Europa del espíritu. Es necesaria, además, una renovación cívica, moral y espiritual. Solamente con esta condición se podrá contribuir positivamente a la construcción de la Europa de los ciudadanos y de los pueblos.

Es cierto que a la Iglesia no le incumbe aportar soluciones técnicas, pero ella es depositaria de elementos propios para impulsar y acompañar las grandes opciones morales del presente y del futuro de una Europa unida. Es menester colaborar en la construcción de Europa desde su propia historia y desde su personalidad colectiva con la aportación original de unos valores humanizantes.

Como recuerda el cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, España puede ofrecer su aportación singular a la construcción europea: «Nuestra nación no puede olvidar cuáles han sido sus más señeras aportaciones a la historia política y espiritual de Europa y del mundo en la Edad Moderna. Me refiero -continúa el Cardenal-Presidente- a la teoría filosófico-jurídica y teológico-jurídica de la dignidad de la persona y de sus derechos inalienables que han alumbrado los mejores pensadores de la Escuela de Salamanca de los siglos XVI-XVII [...] un actualizado estudio de la doctrina y las aportaciones hispánicas en toda su hondura filosófica y teológica permitirá tratar y resolver -aplicando los principios evangélicos- los problemas más delicados del derecho a la vida, de los derechos sociales y culturales -la solidaridad- y de la adecuada protección del matrimonio y de la familia, que son los que subyacen a los interrogantes más acuciantes que en el presente se hace la sociedad europea».

El reconocimiento y aprovechamiento creativo de esta fecunda historia ayudará, por otra parte, a abrir la recta perspectiva para ordenar debidamente las relaciones de las instituciones europeas con la realidad religiosa de los pueblos europeos; de forma especialmente singular, con las confesiones cristianas y la Iglesia. «La forma -afirma el cardenal Rouco- como actualmente se están planteando estas relaciones es claramente discriminatoria, históricamente miope y de efectos nada buenos para el futuro del proyecto de Unión Europea», como ha recordado Juan Pablo II en el discurso de este año ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede.

Europa posee una precisa identidad cultural (de inconfundibles raíces greco-romano-cristianas) que es la que la hace capaz de integrar a otros sin pérdida de su propio ser y personalidad histórica.

Para Juan Pablo II «la historia de la formación de las naciones europeas va a la par con su evangelización; hasta el punto de que las fronteras europeas coinciden con las de la penetración del Evangelio. Después de veinte siglos de historia, no obstante, los conflictos sangrientos que han enfrentado a los pueblos de Europa, y a pesar de las crisis espirituales que han marcado la vida del continente [...], se debe afirmar que la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo, y que precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes desde las que han madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria».

«Y todavía en nuestros días -continúa el Papa- el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, del profundo sentimiento de justicia y libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan». Por eso el Santo Padre lanzó desde Santiago de Compostela un grito lleno de amor: «Europa, ¡vuelve a encontrarte! Sé tu misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tu puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo [...] La Iglesia es consciente del papel que le corresponde en la renovación espiritual y humana de Europa. Sin reivindicar ciertas posiciones que ocupó en el pasado y que la época actual ve como totalmente superadas, la misma Iglesia se pone al servicio, como Santa Sede y como comunidad católica, para contribuir a la consecución de aquellos fines que procuren un auténtico bienestar material, cultural y espiritual a las naciones».

En el centro de la imborrable conciencia de Europa están el hombre como persona libre e imagen de Dios, igual en su dignidad, titular de derechos fundamentales inviolables; la idea de verdad y del derecho natural; la memoria bíblica de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo confesado como Hijo de Dios. Sólo así cabe hablar de un punto de partida auténtico y veraz para el ejercicio noble e integrador de una verdadera tolerancia frente a tendencias en el fondo «suicidas» de la cultura europea que la fragmentan y disgregan. Ante los peligros de posibles atomizaciones o rupturas, la Iglesia presenta su experiencia bimilenaria de reciprocidad entre lo particular y lo universal que sigue ofreciendo para el enriquecimiento de la cultura europea.

El futuro de la Unión Europea corre paralelo a su madurez moral, religiosa y espiritual. En esta importante tarea formativa la Iglesia no puede ni quiere quedar al margen. Es «consciente del lugar que le corresponde -son palabras de Juan Pablo II- en la renovación espiritual y humana de Europa».

La convocatoria de la Convención Europea ofrece a los ciudadanos y a numerosas instituciones, asociaciones y comunidades de la sociedad -tanto en los Estados miembros como en los países candidatos- una posibilidad única de implicarse directamente en la construcción de la Europa del mañana. El éxito de la Convención estará determinado por su capacidad de proponer el fortalecimiento de la contribución de la Unión Europea a la paz y a la prosperidad en Europa, así como por su contribución en la promoción del desarrollo, de la justicia y de la libertad en el resto del mundo. El éxito de la Convención dependerá también de que los ciudadanos de la Unión Europea la perciban como una comunidad de valores, que les invite a participar y contribuir plenamente y a todos los niveles.

Los valores y las condiciones sobre los que se funda una comunidad transcienden las decisiones particulares de carácter político o legal. Ellos son la fuente de la que emanan los derechos fundamentales. Un texto constitucional que pretenda movilizar a los ciudadanos debería reconocer también el conjunto de fuentes a partir de las cuales los ciudadanos extraen sus valores, de aquí que, como ha solicitado el Secretariado de la Comisión de Episcopados de las Comunidades Europeas, «el futuro Tratado Constitucional de la Unión Europea debería reconocer la apertura y la última alteridad ligadas al nombre de Dios. La inclusión de una referencia a la Trascendencia constituye al mismo tiempo una garantía para la libertad de la persona humana».

La legislación y la política de la Unión Europea no sólo afecta a los individuos, sino también a las estructuras y a los organismos a los que los individuos pertenecen libremente. Por ello, se ha de reconocer la libertad religiosa en sus dimensiones individual, colectiva e institucional; no sólo en cuanto forman parte de las tradiciones constitucionales comunes de los Estados miembros, sino también a nivel de la misma Unión Europea.

Al mismo tiempo, se ve claramente que los retos de la sociedad no pueden resolverse mediante una simple intervención de las instituciones políticas. En este contexto, juegan un papel de soporte las organizaciones sociales intermedias que tienen un arraigo legítimo en la sociedad. Los dirigentes políticos deberían reconocer este papel y apoyarse en la experiencia y en el conocimiento de tales sectores. Por ello se subraya la importancia del principio de subsidiariedad en sus dos dimensiones, vertical y horizontal, y se recomienda el reconocimiento explícito de este principio en el futuro Tratado Constitucional. Las Iglesias y confesiones religiosas representan, salvaguardan y estimulan aspectos importantes para el fundamento espiritual y religioso de Europa. Están al servicio de la sociedad, principalmente en los campos de la educación, de la cultura, de los medios de comunicación y de lo social. Juegan un papel importante en la promoción del respeto mutuo, en el diálogo y en la reconciliación entre los pueblos de Europa del Este y del Oeste. De aquí que en el futuro Tratado Constitucional de la Unión Europea, debería reconocerse la específica contribución de las Iglesias y comunidades religiosas. El Tratado debería prever igualmente la posibilidad de un diálogo estructurado entre las instituciones europeas y las Iglesias y comunidades religiosas.

Esta contribución que presenta la Conferencia Episcopal Española al Consejo para el Debate sobre el Futuro de la Unión Europea, se propone con la esperanza de que los trabajos de la Convención conduzcan a un conjunto equilibrado de propuestas que sean capaces de guiar a la Unión Europea: una Unión que no se base sólo en realidades y en datos del pasado, sino que se funde en las necesidades para el gobierno del futuro.

Si es verdad que en virtud del mensaje cristiano se afianzaron en las conciencias los grandes valores de la dignidad y de la inviolabilidad de la persona, de la libertad de conciencia, de la dignidad del trabajo y del trabajador, del derecho de cada uno a una vida digna y segura y, por tanto, a la participación de los bienes de la tierra, la Iglesia, como señala Juan Pablo II «vuelve a proponer estos valores hoy con nuevo vigor a Europa, que en estos momentos corre el riesgo de caer en el relativismo ideológico y de ceder al nihilismo moral». Por eso, el Papa expresa su más profundo deseo para este continente: «Que la Unión Europea sepa encontrar nueva inspiración en el patrimonio cristiano que le es propio, ofreciendo respuestas adecuadas a las nuevas cuestiones que se plantean especialmente en el campo ético», ya que «cada vez que Europa saca de sus raíces cristianas los grandes principios de su visión del mundo, sabe que puede afrontar su futuro con serenidad».


 
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