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Altar Mayor - Nº 84 (51)
Jueves, 27 febrero a las 21:00:49

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

¿QUÉ ES EUROPA?
Por Francisco Rodríguez Adrados, de la Real Academia Española

No es fácil contestar a esta pregunta, porque hay muchas Europas a lo largo del tiempo y del espacio. Y los elementos que la han conformado y, sobre todo, el primero de ellos, el griego, son también complejos. La virgen Europa, raptada por el Toro-Zeus a través de las aguas y los tiempos, fue madre fecunda de pueblos. Hay que redescubrirla en ellos.

Yo escribí hace tiempo en ABC sobre «Grecia como pequeña Europa». Más tarde, en otro artículo, «La fisión del átomo», especulé sobre sus crisis creadoras y sobre su aparente agotamiento. Pero ha sido, últimamente, un ciclo en que he participado sobre «España en Europa y Europa en España», el que me ha hecho replantearme el tema.

Hay muchas Grecias. Pero es la Grecia creadora, la que hizo nacer la idea del hombre y del individuo, la Ciencia, el teatro, la democracia, la historia crítica, la que de algún modo, a través de enormes vacíos y enormes reacciones, llegó siempre más lejos y vive en nosotros. Es hoy Europa. Hizo explotar antiguas religiones y mitos, primitivas danzas, tiranías y aristocracias, elogios bombásticos de los reyes guerreros. Se quebraron cascarones solidificados, sistemas rígidos y atados: y nació nueva vida, nacieron nuevos sistemas.

Y así una y otra vez, piénsese en el Renacimiento y el Barroco y la Ilustración y el Liberalismo y todo lo demás. No fue el modelo griego sólo, llegaba debilitado a través de mil vías extrañas, enemigas incluso: de romanos, cristianos antiguos y medievales, musulmanes. Hubo terribles recaídas: sociedades cerradas, clasismo, monarquías absolutas de origen divino, olvido de la Ciencia y el teatro, historias que eran meros cronicones.

Podría seguir: artesanos anónimos en vez de artistas, sociedades estratificadas, ideales caballerescos. Pero el modelo griego, un modelo humano, llegó de todos modos por vías indirectas y si fue eficaz fue porque respondía a tendencias de la naturaleza humana. No hay avance sin modelo, pero el modelo se abre, deja paso a instintos creadores. Una vez y otra vez.

Esa impronta griega, audaz y peligrosa, es la que ha revivido tantas veces tras letargos y reacciones, es la que marca a Europa. Claro que es peligrosa: trae la ruptura y el cambio, avanza por vías novedosas e imprevisibles. Procura felicidad e inspiración. Pero también, llegado un límite, cansancio del cambio, inseguridad, revoluciones varias. Invita por ello, de cuando en cuando, a buscar una sociedad, una política y un sistema de ideas más estable. También este deseo está en la naturaleza humana. Uno y otro se alternan, luchan. También en Grecia.

Pero antes de nada, conviene llamar la atención sobre el contraste entre lo griego y lo no griego; o, si quieren, entre lo europeo y lo no europeo. No es cuestión cronológica. La cultura griega y la europea tienen cronologías lineales: avanzan según el tiempo corre. Las culturas pregriegas tienen una facies constante, y da igual que se trate de los sumerios y egipcios, ya en el tercer milenio antes de Cristo, o de las culturas de los altiplanos de México y Perú, que conocimos en el siglo XVI, pero venían de lejos. En todas ellas (y en China, en la India, en los países musulmanes, por ejemplo) hallamos, del principio al final, esa facies constante de las formas artísticas, de los sistemas sociales y políticos, de la religión. Nada comparable a la orgía de cambios y de formas de griegos y europeos.

El eje Grecia-Europa es diferente: por eso no vale la antigua tesis de Spengler de las culturas paralelas, como seres biológicos. Ha infiltrado, contaminado si quieren, asimilado, a las culturas con que se ha encontrado, de los romanos, celtas, germanos y eslavos a los pueblos de América. Es la punta de lanza de la historia.

Claro que la asimilación a veces se reduce a una capa superficial (necesitan teléfonos, coches, hospitales y hasta un poco de libertad). Y hay culturas que resisten más y otras que resisten menos: la musulmana es la que más, pese a la existencia, en los siglos del IX al XI, de elites filogriegas (que ayudaron, es notable, a traernos a nosotros la cultura griega). Y existe el fenómeno del rechazo: a veces especialmente virulento, así el del integrismo islámico, se sienten invadidos. O se intenta combinar una europeización utilitaria con un sistema político cerrado, así en China. Difícil situación. Quieren los avances de Europa, no sus riesgos.

Estoy dando un rodeo. Hay, decía, varias Grecias, incluida la cristiana y bizantina, que buscaban sistemas cerrados en política y religión: una Grecia en cierto modo antigriega, aunque nos trajo los escritos de la Grecia antigua. Y hay varias Europas a lo largo de los tiempos y en varios continentes.

La cultura americana, que viene de la europea, es ya en parte otra cosa y ahora refluye sobre nosotros. Y está esa Europa-barniz de que he hablado. Pero en lo esencial, nos hallamos ante un grupo de culturas que podríamos llamar helenocéntricas: coinciden en su idea de la libertad e igualdad, en sus géneros dramáticos, científicos, artísticos. Y en su lenguaje culto y científico, que es prácticamente griego. Hay, claro, grados, variedades y cambios.

Pero vuelvo a un tema que anuncié antes. Desde la misma Grecia vino ya la reacción contra la apertura igualitaria. Ya desde el siglo V a.C., cuando en Atenas Protágoras declaraba al hombre medida de todas las cosas, se perdía la guerra del Peloponeso, estallaba la guerra civil y las gentes desertaban de la política y de los valores absolutos: para algunos todo estaba permitido, sólo el placer era respetable.

Vino entonces la primera de las reacciones que intentaron «atar» o «cerrar» una sociedad «desatada» o libre. Sócrates, Platón, Aristóteles, más tarde los estoicos, más tarde los cristianos fueron sus voceros. Reacción moralista y teológica.

Varias de las conquistas griegas -el teatro, la democracia, la libertad- se perdieron. No hay tranquilizante que no se cobre algo. A partir de aquí, habría que escribir la historia del combate apertura/cierre siglo tras siglo. De cómo incluso estas fuerzas de cierre o atadura traían mucho del humanismo griego. De cómo las aperturas se renovaban.

Todo este conjunto complejo, rico y peligroso, es Europa. Con el tiempo, fuerzas como el Socialismo o la Iglesia entraron en el juego de la libertad y la democracia, buscaron conciliaciones. Y hasta se están buscando a los problemas de los nacionalismos. Lo malo es que cuando unos se repliegan, otros renacen y aun nacen.

Y hay otro fenómeno que no querría dejar sin desflorar. Llamémoslo cultura americana o globalización, hay hoy tendencias universales, amadas y aborrecidas, que vienen, en definitiva, de la raíz europea. Son una mutación más. Pero resultan preocupantes. Reniegan de la historia: ven un universo nuevo, universal y acrónico, el pasado lo tachan. Y tachan la antigua literatura y pensamiento, que consideran muertos, productos de «dead male whites», machos blancos y muertos, alguien ha dicho. La tecnología es la única de las bellas artes que para esta visión subsiste.

¿No será esto demasiado? Nunca se había llegado a tanto, la noción de los logros humanos de todos los tiempos era una constante. ¿Será que, tras explotar tantas formas y crear productos prodigiosos, las últimas formas que explotan, los átomos que se desintegran, dejan ya un mínimo rescoldo, no recubrían formas con vocación de vida? ¿Que no queda ya en reserva ninguna idea que nos gane, salvo el hedonismo practicista?

La Humanidad ha ido creciendo, uniéndose, superando los peores momentos. Ahora hay un progreso y una vida común. O, al menos, existe el programa. Pero, a la vez, crece una duda cada vez más angustiosa sobre el futuro del espíritu del hombre.


 
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