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Altar Mayor - Nº 84 (43)
Viernes, 28 febrero a las 12:29:18

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

LA OTRA INMIGRACIÓN
Por
Enrique Antigüedad

Llevan viniendo varias décadas y aparentemente se van a quedar aquí. En determinadas zonas del litoral mediterráneo han constituido colonias estables que incluyen sus propias asociaciones de ocio, sus propios negocios hosteleros con sus peculiaridades nacionales y sus propios supermercados donde pueden obtener los productos que están acostumbrados a consumir. Poco a poco van introduciéndose en otros sectores habitualmente relacionados con los servicios a sus compatriotas, aunque, cada vez más, van buscando también a los clientes «indígenas», a los españoles.

El fenómeno de los residentes permanentes provenientes de otros países de la Unión Europea en España va en aumento y nada hace suponer que no se extiendan cada vez más las zonas en que estos ciudadanos se van asentando.

Originariamente, los precios asequibles y las condiciones climáticas favorables de nuestro país debieron ser el reclamo para que los turistas escandinavos, británicos y alemanes, mayoritariamente (si bien todas las nacionalidades europeas están representadas), decidieran que el lugar donde pasaban sus vacaciones anuales se convirtiera, de hecho, en su lugar de residencia permanente cuando llegara el momento de la jubilación. Las actuales condiciones de libertad de movimiento de personas y capitales dentro del espacio de la Unión Europea han facilitado este trasvase de población, y habida cuenta que el clima no ha empeorado y los precios, con haber subido bastante, aún se encuentran, en términos generales, por debajo de los que hay en los países de origen, la demanda de viviendas para habitar más de seis meses al año sigue aumentando.

La legislación española obliga, precisamente, a que se tome ese límite de los seis meses como factor para hacer que una estancia más o menos larga se convierta en una situación de residencia en España. Más de seis meses de permanencia al año hace necesario solicitar la Tarjeta de Residente en España, un derecho reconocido por los tratados de la Unión y cuyos requisitos de obtención son, en resumen, que se pueda demostrar que se dispone de medios para vivir legalmente en España y que se cuenta con cobertura sanitaria suficiente para poder garantizar al Estado español que la permanencia del ciudadano extranjero no va a suponer un coste a las arcas nacionales. La realidad es que acceden a la residencia en España quienes así lo desean y es difícil controlar a los que deciden no llevar a cabo este trámite administrativo, puesto que, al no existir el control de fronteras, es difícil saber realmente quiénes son los que permanecen en España más de 180 días al año, ya que exceptuando los casos en que el ciudadano extranjero desarrolla una actividad remunerada en España, y es por ello controlado por algunas administraciones (Hacienda y Seguridad Social, etc.), todo extranjero podría decir que acaba de llegar ayer y sería casi imposible demostrar lo contrario.

El fenómeno, desde el punto de vista económico, es positivo para España. La presencia permanente de extranjeros ociosos es una fuente de ingresos para muy diversos sectores de la economía española y además menos voluble que los que genera el turismo, puesto que son pocos los extranjeros que, tras haber decidido trasladarse a España, deciden más tarde volver a sus países de origen. Esto está íntimamente relacionado con una concepción familiar muy diferente de la nuestra y por un apego a la tierra propia mucho menor en los europeos del norte que en los españoles. Es fácil encontrar en las costas españolas británicos, por ejemplo, que dejaron atrás familiares en el Reino Unido, a los cuales no ven en años, que casi ni se enteran en caso de fallecimiento y qué fue de los parientes que se fueron a España. El desarraigo familiar es un hecho que a nosotros aún nos resulta chocante, puesto que algo de nuestra naturaleza hispana siempre nos atrae de manera casi involuntaria a los lugares más cercanos a nuestros familiares y siempre intentamos estar cerca de nuestras familias, de las cuales dependemos mucho, no sólo en el terreno afectivo, sino también en demasiadas ocasiones en el económico, algo que no sólo se percibe en la tardía emancipación de los hijos, sino también en la cobertura que en muchas ocasiones deben dar las familias a personas que el Estado abandona a su suerte cuando las cosas no van bien, situaciones demasiado frecuentes que no crean conflictos sociales precisamente por la existencia del fuerte vínculo familiar que aún persiste en España, al igual que en el resto de países hispanos. En los países del norte de Europa los jóvenes, al comenzar sus estudios secundarios, normalmente abandonan el domicilio paterno por largas temporadas y después de poco tiempo es relativamente normal que se acceda a la independencia aún cuando la economía no sea demasiado estable (los sistemas de protección del desempleo y las prestaciones estatales a favor de los jóvenes que están comenzando su vida independiente, superan en la mayor parte de los casos las que existen en la muy liberal España).

Bien distinto es el asunto de la integración. Así, cuando se trata este tema se tiende a diferenciar la inmigración económica, coincidente normalmente con los inmigrantes no comunitarios y que provienen de zonas deprimidas, considerando muy arriesgada su aceptación en España por motivos de integración, es decir, por su escasa integración, además de achacarles relaciones con la delincuencia y la pérdida de derechos laborales (estas dos últimas acusaciones deberían hacerse sobre todo a las legislaciones vigentes en materia de extranjería, que al no contemplar la regularización continua, empujan a la marginalidad a gran número de personas que han llegado a España en situación de desesperación que les llevan a delinquir o a tener que trabajar en situación irregular. No es en todo caso este el tema que nos ocupa). Lo cierto es que obviando los aspectos laborales de la inmigración comunitaria, que por cierto es probablemente la que más capacidad tenga para competir con los trabajadores españoles, entre otros motivos por ser su preparación semejante o superior en casos a la de estos y por disponer además de los mismos derechos laborales (no precisan de permiso de trabajo), se puede decir sin temor a equivocación que es la cultura proveniente de Europa la que está ejerciendo mayor influencia sobre la sociedad española y que en gran medida esta penetración se lleva a cabo a través de los turistas y de los residentes permanentes en España. Es por ello de esta inmigración de la que más debe temerse a la hora de defender nuestra identidad.

Saber proteger nuestra cultura y nuestras tradiciones en aquellos aspectos más beneficiosos no ha de implicar en ningún caso la cerrazón a la influencia de los demás. Ante este hecho no caben excepciones, y si bien es necesario exigir en todos los casos la integración, es absurdo querer unir a integración impermeabilidad a las influencias externas. La experiencia demuestra que suelen integrarse menos los inmigrantes comunitarios que los no comunitarios y eso es relativamente fácil de comprender puesto que los comunitarios, en su gran mayoría, necesitan menos ayuda de la sociedad y las instituciones españolas por ser autosuficientes, mientras que los no comunitarios en general son más dependientes y a través precisamente de esa dependencia existe, si hay voluntad política para hacerlo, una mayor capacidad del Estado para poder empujarles a la integración.

Los residentes comunitarios no se mezclan demasiado con los españoles. En algunas ocasiones incluso han llegado a pretender que en sus zonas de influencia han de ser ellos, por ser mayoría, los que deben regir los destinos de ese territorio. El caso de los alemanes en Mallorca es el más claro, pero igual podría suceder en determinadas localidades alicantinas con respecto a los escandinavos o los británicos. Lo cierto es que en la mayor parte de las ocasiones la cosa no pasa de ser una desvergonzada creación de guetos en los que las colonias extranjeras prefieren cerrarse a la convivencia con los españoles y tratan de alguna manera de reproducir su manera de vida en un país extranjero despreciando de forma pacifica la idiosincrasia del país que les acoge.

Esta realidad, fácilmente constatable al acercarse a determinadas zonas turísticas del mediterráneo y los territorios insulares, no sería difícil de corregir si las administraciones se ocuparan de incentivar la creación de un tejido productivo en las zonas turísticas de manera que se convirtieran en receptoras no sólo de residentes extranjeros sino también de población autóctona en edad laboral, lo cual compensaría la presencia extranjera y facilitaría la integración, algo que se produce con gran facilidad fuera de los guetos, pero que se convierte en una ardua labor casi siempre abocada al fracaso cuando se fomenta, por desidia o inhibición, la separación de los extranjeros en sus propias colonias impermeables.

La globalización, la mejora infinita de las comunicaciones y el mayor conocimiento que las personas tienen del mundo que las rodea, han propiciado estos grandes movimientos de una zona a otra y en el caso que nos ocupa, el de los residentes de origen comunitario, al menos podemos decir que su emigración no ha sido obligada por la necesidad o las circunstancias políticas, lo cual deja entrever que estos residentes «voluntarios» no supondrían un problema de exceso de población para España en ningún caso puesto que siempre optarían por volver a sus países de origen si las circunstancias empeoraran. Ese caso, el abandono de España de estos residentes quizás más perjudicaría que beneficiaria, al menos en el aspecto económico.

Incorporar a nuestra relación con los extranjeros, comunitarios o no, el concepto de Patria, entendido éste como el deseo de formar parte de un proyecto común cuyo buen fin beneficia a todos, porque a todos influye, es probablemente el gran reto de la sociedad española de este principio de siglo. Romper con el concepto de extranjería y promover la participación comprometida y total de los residentes extranjeros en España, que es nuestra Patria no tanto por ser el lugar donde hemos nacido, sino por ser el lugar donde desarrollamos nuestra vida, en un quehacer ambicioso y solidario que la lleve a un destino satisfactorio para todos, en el que quepan distintas nacionalidades y distintos pareceres, pero en el que todos decidamos transitar el mismo camino sin crear tensiones que desvíen la nave del rumbo que entre todos nos señalemos.

Si no se asume este reto lo más probable es que las tensiones originadas por la xenofobia aumenten cada día. Al individualismo de cada persona se le añadirá el individualismo de cada nacionalidad y de esa manera será imposible tener una «Patria», algo que, por cierto, sería interesante saber si de hecho tenemos hoy en día los españoles.


 
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