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Altar Mayor - Nº 84 (36)
Sábado, 01 marzo a las 16:34:57

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

REFLEXIONES SOBRE LA UNIÓN EUROPEA
Tendencias sobre sus características; sus Fuerzas Armadas
Por Rafael Luna Gijón

Preámbulo

En estas IX Conversaciones en el Valle se han expuesto y contemplado los más variados aspectos de lo europeo en sí mismo (desde el concepto derivable de su Historia) y de las distintas concepciones que se barajan de la Unión Europea como supuesta culminación de una futura Europa. Pero el tema no se agotó en dichas conversaciones, pues si bien se abordaron, como digo, no pocos de sus aspectos, existen otros más, dignos de ser también expuestos, que pueden enriquecer aquel encuentro de criterios. Esto es lo que modestamente me propongo; por supuesto sin ánimo alguno ni capacidad de descubrir aspectos inéditos de la temática europea.

Para sistematizar mi aportación me propongo desarrollar aquí dos aspectos de la cuestión:

1. Esquema de las tendencias que se debaten sobre las características –futuras pero próximas- de la Unión Europea

2. Las Fuerzas Armadas Europeas, sus modelos posibles, su situación actual.

Aparentemente, podría decirse que los dos aspectos son compartimentos estancos con escasísima relación entre uno y otro, pero no es así. Pienso, por el contrario, que lo segundo ha de venir necesariamente derivado de lo primero, razón por la cual el «Esquema» trato de exponerlo en primer lugar. Pero es que, además, a mayor abundamiento, la indefinición que en la «praxis» se observa en la cuestión militar europea es consecuencia natural –entre otras razones- de la propia indefinición que hasta hoy existe sobre el «modelo» de Unión Europea que se quiere o se deba adoptar.

1.- Esquema de las tendencias que se debaten sobre las características –futuras pero próximas- de la Unión Europea

Guste o no, se va a la unidad europea. Podrá adoptar ésta uno u otro «modelo» institucional o constitucional de entre los que se ofrecen o barajan; podrán existir o no países y partidos con un «euroexcepticismo» más o menos acusado -Gran Bretaña es el prototipo de ellos por razón de su Historia y sobre todo por sus especialísimas y prioritarias relaciones de todo tipo con los Estados Unidos– y aunque estoy convencido de que alguno de los «modelos» constitucionales que se ofrecen es inviable y perjudicial (el «modelo» federal), más tarde o más pronto la unidad europea será un hecho; con unas u otras características en lo constitucional y en lo operativo, con más o menos naciones en ella integradas, pero es o será –salvo grave impedimento no previsible- un hecho geopolítico probablemente irreversible.

No es que yo bendiga como español –ni muchísimo menos- todo lo derivado de la actual UE ni de su antecesora la CEE (Comunidad Económica Europea), pero precisamente por haberse llegado a la actual UE a través de un larguísimo proceso «constituyente» –primero la Comunidad del Carbón y del Acero, luego la citada CEE y ahora la repetida UE- hace que sea imposible, de hecho, desandar tan largo camino institucional recorrido. Tal vez no sea seguro ir mucho más allá, constitucionalmente, del actual «status» de UE, pero estoy convencido de que no habrá pasos atrás. Sentado todo lo cual, paso a desmenuzar la temática concreta del repetido primer epígrafe; lo intentaré hacer de la forma más extractada y esquemática posible.

· Potencialmente, el conjunto de países europeos –los hoy integrados en la UE más los en espera de integrarse- tiene más que sobrada entidad como para constituir una de las más grandes potencias mundiales, capaz de medirse de «tú a tú» con USA por ciencia y cultura, población, técnica, economía, etc.,… menos por potencia militar.

· De lo potencial a lo real y efectivo hay un vacío que Europa no ha llenado y que probablemente no será capaz de llenar: le falta el catalizador que aglutine esos medios en una «unidad de destino», sin el cual el haz de vectores que representan sus diversos países constitutivos no será capaz de generar una resultante; catalizador que históricamente han querido serlo personas (Carlos V, Napoleón, Hitler, etc.) o naciones (España, Francia, Alemania), o doctrinas…; ninguna de las cuales o de los cuales prosperó porque a unos y a otras les faltaba, no ofrecían -entre otros- estos elementos imprescindibles: unidad institucional, unidad de lengua, destino o meta colectivas a alcanzar, etc.

· ¿Existen ahora tales cosas? En modo alguno. A lo sumo se pretenden o se ofrecen con la unión estos sustitutivos: convivencia pacífica, plenitud económica y competitividad, erradicación de las limitaciones en lo personal y en lo económico representadas por antiguas «fronteras», seguridad interna colectiva, capacidad de intercambio lingüístico –pero no idioma común-, etc.

· ¿Qué falta de entre las cosas decisorias para llegar a ser una gran nación única y potente? Unidad constitucional, poder político unitario, voluntad de competir con USA en los grandes problemas mundiales, un Ejército único de dimensión continental capaz de proyectarse en fuerza en el mundo, definir el por qué y el para qué trascendentes de la unión, etc.

· ¿Qué le sobra que, por ello, merma su capacidad unitaria? Le sobran protagonismos nacionales insolidarios, proliferación partidista y un número abrumador de protagonismos personales a menudo insolventes.

Precisamente porque todas ésas constituyen el conjunto de las características de lo europeo –y de ello son conscientes la inmensa mayoría de sus líderes salvo algunos románticos y algún iluso- el núcleo decisorio de esos líderes se afana en aportar el catalizador que falta. ¿Como cuál? Pues mediante el estudio y la definición –a cargo de la denominada «Convención» que preside Giscard- de una Constitución para la Europa del próximo futuro; lo cual es una pura artificiosidad porque por muy certera que sea esa «ley de leyes» europea no podrá llenar el vacío existencial que he esbozado antes.

En el seno de esa «Convención», y fuera de sus deliberaciones, entre otras características que debe revestir la futura UE, se debaten o patrocinan dos modelos constitucionales: el federal y el confederal. El primero se esgrime basándose en el «modelo USA», como si la estructura nacional de los Estados Unidos fuese equiparable al conjunto europeo, cuando ni siquiera hay un no definido mínimo común; como si un conjunto de Estados-Nación con Historias centenarias tantos de ellos (sobre pueblos en algunos casos milenarios), pudiera equipararse a una nación nacida ex–profeso bajo modelo federal. (Lo federal lo patrocina algún país –en especial Alemania- porque dadas las características institucionales de este modelo, aspira a ser el catalizador real de ese catalizador formal que se pretende sea la citada Constitución).

El sistema confederal debería y podría ser el modelo aplicable en lo político al futuro de la UE y con él conseguiría coordinación, operatividad y conjunción de esfuerzos a la par que se salvaguardaban las entidades nacionales, una buena parte de sus respectivas soberanías, sus peculiaridades culturales, etc. (Añado un matiz importante: confederal en lo político pero federal en lo económico; la coexistencia de ambos sería beneficiosa). Pero de este modelo confederal no se habla porque se está con la obsesión de hacer un imposible: que Europa sea una única Nación con un único y futuro Estado, cosa que sólo se alcanzaría con el modelo federal (obviamente en teoría).

Hay tres factores que harán prácticamente imposible el alcance de esa quimera federalista: la insolidaridad con tal proyecto de Gran Bretaña; la presión de los Estados Unidos, que no lo vería con buenos ojos por razones obvias de liderazgo y competencia; ...y el realismo más elemental de las sociedades nacionales europeas si sus Instituciones básicas son capaces de imponerse sobre la pleyade de políticos y «ensayistas» snobs y utópicos.

Por lo demás, el actual status institucional de la UE es bastante parecido al modelo confederal; bastarían retoques y no grandes reformas en ese status para proporcionarle las características típicas del confederalismo que antes he esbozado. Cabe esperar de la racionalidad y de la sensatez de los líderes europeos que se decidan por esta solución; así, al menos, quiero creerlo.

2. Las Fuerzas Armadas Europeas, sus modelos posibles, su situación actual.

Aunque haya sido prolijo y algo extenso el análisis hasta aquí reseñado, era imprescindible su tratamiento pues sólo desde él podía abordarse la cuestión de las Fuerzas Armadas europeas, tanto en lo que se refiere a sus modelos posibles como a su situación actual.

Desde ambos modelos o soluciones constitucionales hasta aquí analizadas, ¿cuáles serían las características de las Fuerzas Armadas europeas? Veámoslo muy sucintamente:

· Desde el modelo federal: Ejército único; mando único; doctrina única; Cuartel General único; etc.; aunque pudieran existir unidades específicas para y a cargo de algunos países.

· Desde el modelo confederal: Ejércitos nacionales, aunque con coordinación europea para según qué acciones exteriores; doctrina única; sistemas de armas básicos unificados; aceptación de la posibilidad de defensa nacional –de cada país- de sus intereses propios; Cuartel General con competencias para la coordinación pero como mando único en los casos de esas supuestas acciones exteriores en común; etc.

¿Responde a este último esquema la actual configuración de las Fuerzas Armadas de la Unión Europea? Muy poco, por decir algo, pero esto se verá seguidamente.

Ese escaso parecido estriba en dos factores: uno, el del exiguo entusiasmo que entre los propios miembros de la UE suscita el «pasar a mayores» en ese terreno; otro, el del rechazo que ejercen los Estados Unidos ante cualquier plasmación real del proyecto.

En cuanto a lo primero, el escaso entusiasmo dentro de la UE ha quedado demostrado fehacientemente en no pocas ocasiones; por ejemplo, y como muestra más palpable, con motivo de la prolongada crisis en la ex–Yugoslavia, particularmente en Kosovo, donde se fue a remolque de la decisión americana de intervenir contra Belgrado y ello bajo las siglas de la OTAN y no en nombre de ningún organismo defensivo europeo, que brilló por su ausencia como tal órgano específico de la UE.

En el seno de la UE todo son iniciativas parciales a falta de una decisión global europea plenamente vinculante; así, tenemos la «Eurofuerza Operativa Rápida» (EUROFOR); el «Eurocuerpo», sujeto ahora a una profunda reforma pues pasa de ser una unidad de fuerza pesada a tener una configuración más ligera como fuerza de reacción rápida, etc.; órganos parcialmente compartidos por algunos países miembros, que no por todos ellos ni mucho menos.

La UEO, como órgano defensivo europeo no termina de perfilarse conceptualmente ni, menos aún, de plasmarse en una realidad operativa. Tal ente comunitario –proyecto anterior a la propia UE pues arrancó cuando lo europeo era sólo CEE- quiso representar algo parecido a lo que antaño se denominaba como «el pilar europeo de la OTAN», nacido muy lejanamente del «ideario» de De Gaulle que, al ser rechazado por USA, motivó la decisión degaullista de abandonar el mando militar integrado en la Alianza Atlántica. («Pilar europeo de la OTAN» que en el pensamiento del presidente francés significaba liderazgo militar de Francia en todo el ámbito otanístico europeo, lo que por supuesto no iba a tolerar USA, omnímodo líder de la OTAN entonces y siempre, y con plena razón entonces pues se estaba en los momentos más decisorios de la confrontación con la URSS, a la que sólo podía enfrentarse con efectividad nuclear USA).

Otras iniciativas europeas como la «IDE» («Iniciativa de Defensa Europea») no han prosperado –aunque se siga hablando residualmente de ella- por la cerrada oposición de Washington que ve en ella una fragmentación de la OTAN a cargo de los socios europeos de ésta; oposición yanqui ahora con menos fundamento al haber desaparecido la URSS y el Pacto de Varsovia y, simultáneamente, no haberse definido con claridad y rotundidad suficientes los nuevos fines y estrategia de OTAN. (Suplida esta insuficiencia, acaso parcial y temporalmente, por causa de los sucesos del 11 de septiembre en USA y la subsiguiente campaña de Afganistán).

Dentro de este cuadro general de precariedades defensivas europeas –sólo he tocado aspectos parciales que se podrían multiplicar y prolongar- hay cuestiones que pese a parecer exclusivamente puntuales contribuyen a configurar ese status de precariedad en cuanto a suficiencia defensiva europea. Así, por ejemplo, en la Revista Española de Defensa (nº 166 de diciembre de 2001), al tratar la actualidad de algunos de los aspectos parciales antes esbozados, se dice concretamente: «La coordinación de las políticas europeas de armamento es otra de las necesidades que deberá impulsar España durante la Presidencia de la Unión Europea en el primer semestre del año próximo. El objetivo es poner en común programas que vengan a cubrir las carencias del transporte estratégico y los sistemas de mando y control». La cuestión no es baladí, pues una organización multinacional defensiva que no cuente con una política unificadora de medios, sistemas y de armamento, o que tenga que recurrir a países ajenos a ella para proveerse de lo fundamental o de la mayor parte de sus sistemas de armas, es tanto como no tener una organización defensiva propia. Hasta ahora, salvo aspectos parciales armamentísticos de origen europeo, Washington ha venido imponiendo mayoritariamente lo suyo bajo la justificación de la deseable unificación de sistemas y métodos. (Duro lo tiene España en este sentido, cosa que ha comprobado por sí misma y dentro de nosotros mismos en el caso «Leopard» entre la firma alemana y la americana que compitieron por la «Santa Bárbara»).

Otro aspecto aparentemente de alcance puntual pero que, lejos de ello, es básico para una propia estructura defensiva europea, es la cuestión del sistema de satélites «Galileo», proyecto nítidamente comunitario. En la prensa del 13 de diciembre pasado se podía leer: «EE.UU. presiona a la UE para abortar su sistema [...] y expresa su preocupación por el posible uso militar» (Falta decir que en materia de navegación por satélites USA posee el sistema GPS del que dependen ahora los europeos). En cuanto al «posible uso militar» del sistema «Galileo» por parte de Europa ello es obvio, naturalmente que lo podríamos usar con toda la razón y derecho; otra cosa es que se use.

He optado por este método de ofrecer aspectos parciales de los proyectos, intenciones y omisiones de Europa en lo defensivo y, simultáneamente, las actitudes de USA y OTAN ante ello, por entender este método como el más adecuado para que una mayoría de lectores no técnicos en la materia tomen conciencia de la complejidad del problema y, consecuentemente, de las enormes dificultades para impulsar una política defensiva europea propia, que cuenta nada menos que con estos otros parámetros en cuanto a dificultad:

· No existe una voluntad ni unánime ni firme por parte de los países de la UE de ir a la creación de una estructura completa y propia de orden defensivo; por otro lado ello sólo sería posible si el modelo político europeo fuese el federal.

· Para «guardar las formas», hay en la UE no pocos «ensayos» parciales que comparten grupos de países; «ensayos» parciales que no son partes de un todo proyectado y en vías de ejecución.

· Los Estados Unidos, por ejemplo, que ante crisis como la de los Balcanes han afeado con razón las inhibiciones y excesos de cautelas europeos, sin embargo, paradójicamente, no están dispuestos a admitir que la UE tenga autonomía defensiva propia y suficiente, ni siquiera como componente unitario europeo de la OTAN.

· Milagros tendrían que hacer los órganos e instituciones gestores de la UE para lograr compaginar, operativamente, tan contradictorios supuestos o puntos de partida y llegar a soluciones efectivas a gusto de todos y con la predisposición de todas las partes; lo veo tarea imposible, francamente, máxime si el intento ha de enmarcarse necesariamente en un plazo relativamente breve cuando se llevan más de 10 años sin abordarlo decididamente.

Hasta aquí mis reflexiones sobre aspectos tan importantes para la definición y puesta en práctica de una unidad europea que, hasta ahora, y salvo en sus planteamientos económicos en los que ha avanzado grandemente –aunque en ellos se le podrían hacer serios reparos objetivos y subjetivos en ámbitos nacionales- se ha definido más por lo retórico que por lo efectivo.


 
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