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Altar Mayor - Nº 84 (33)
Sábado, 01 marzo a las 16:41:42

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

LA EUROPA QUE VIENE
Por Ángel Palomino - Escritor

En el proyecto de Ley de Normalización de la Coexistencia con la Fauna aprobado por el Congreso de Europa no figura la palabra «corrida»: tampoco «toro»; se prohibe cualquier festejo, ceremonia, acto considerado cultural, tradicional, religioso, folklórico, artístico e, incluso, político en el que se maltrate o falte al respeto a uno o varios animales. O en el que, por cualquier procedimiento, sea o no cruento, se les dé muerte pública con carácter de espectáculo, actividad lúdica o práctica tradicional.

El acontecimiento histórico -la primera Guerra de la Independencia Española del siglo XXI, incruenta, gracias sean dadas al Señor- se inició por sus pasos contados y no de sopetón. Como en siglos anteriores, el Gran Episodio venía precedido de pequeñas -y a veces grandes- acciones de guerra no declarada. Antes del 2 de Mayo de 1808 España estaba invadida por los ejércitos de Napoleón; antes del estallido de las Comunidades, los flamencos del séquito de Carlos V estaban hinchando las narices de los súbditos de doña Juana la Loca; antes de julio de 1936, España estaba cosida a puñaladas de guerra civil y los cañones habían hablado a gritos en Oviedo y Barcelona. Y en el mismo Madrid.

La semilla del conflicto nunca fue, en apariencia, para tanto: cosas como la viejecita del 2 de mayo. En este caso fue una diputada pequeña, escuálida, austríaca y revolucionaria políticamente reciclada en verde ecológico: Anna Jodrell. Había luchado por la purificación de todo, la economía, los bienes terrenales aquí y ahora, el aire, el agua, la tierra, la enseñanza, la política, la electricidad, el Polo Sur, la religión, el Polo Norte. Pensaba -y no le faltaban razones- que todo es un asco, el hombre, la familia, la aldea, la urbe, la justicia, la democracia, la dictadura, el capitalismo... Adiestrada en Bulgaria por instructores rumanos y soviéticos, puso algunas bombas en su país, Austria, en Alemania y Francia, sacó banderas y pancartas frente a Reagan y Nixon, tiroteó de lejos a soldados de la ONU y de cerca a ciudadanos condenados a muerte por su organización terrorista. Al caer el Muro de Berlín se acercó a Moscú a pedir instrucciones y le dijeron más o menos:

-Cerramos la tienda: hazte verde.

-Ya soy verde, a mi estilo y al vuestro, vengo luchando por eso diez años, nunca he sido comunista comunista, lo mío es más fuerte: la praxis.

-Olvida la praxis, las pistolas y las bombas; preséntate en esta dirección, en Viena, te alistarán en el partido ecologista y serás diputada verde: es la única forma que nos queda de luchar por la revolución, de hundir al capitalismo.

Fue Anna Jodrell quien presentó, con vocecita suave, el texto de la Ley de Coexistencia con la Fauna: un asalto asesino, una dentellada directa a la yugular de la Seña de Identidad: así, sin más, rebautizaron algunos políticos a la Fiesta de los Toros. Con esa denominación se defienden sesuda, convincente y democráticamente idiomas que no habla nadie, agresivas recetas de gazpachos que perjudican seriamente la mucosa gástrica, pañolones agarenos, conciertos de cencerro, bragas de esparto y zalagardas que tiñen de sangre a danzantes, tamborileros y parches de tambor. El político puede lo mismo defender la cultura del eructo que el arte churrigueresco metiéndolo todo junto en el saco de las señas de identidad: nadie se atreve a denostarlas, ni siquiera a burlarse de ellas, de la cultura de pan enriquecido con aceite -que no es exactamente cultura sino dificultades colectivas en el área sectorial del jamón y los huevos fritos- de la cultura del taco y hasta del cuesco. No podían defender la fiesta nacional como corrida de toros, pero sí como irrenunciable seña de identidad. Y lo es de verdad; alguna vez tenía que serlo de verdad; pero la vocecita de Anna Jodrell se había anticipado a largarle al toro español un sablazo alevoso y pescuecero. Muy poquito a poco, por rumores más que por noticias, el pueblo se fue enterando de la amenaza total que se iniciaba con aquella agresión. Y poquito a poco se dieron cuenta los españoles de que la Corrida no es un espectáculo para aficionados: la llevan en la sangre. Eso es una seña de identidad y podría ser causa, quizá, de la primera Guerra Civil Fría en territorio europeo unificado por macromercaderes y micropolíticos bajo la bandera del euro.

La propuesta del parlamento europeo fue asumida entusiásticamente por el gobierno de comisionados de la Unión que aprobó y publicó un borrador de Norma de Obligado Cumplimiento en la que se hablaba de ecología, derechos i-na-lie-na-bles de todo ser vivo, bárbaras costumbres inadmisibles en este tiempo, y otros tópicos de la hipersensibilidad intolerante. Los pensadores y gomosos intelectuales de tertulia, los columnistas de cajón y los políticos fanáticos del compromiso y el lenguaje políticamente correcto, situaban su opinión y su discurso, desde los años noventa, en «los albores del Siglo XXI»; les sonaba bonito, original, culto; y condenaban «prácticas inhumanas que harán a nuestros descendientes contemplarnos, desde el futuro, como a salvajes».

Surgieron asociaciones de ultra-animalistas. Ya no se contentaban con la condena de costumbres vituperables como la de arrojar una cabra desde la torre de la iglesia; denunciaban que en Italia se simulan contiendas, cargan a los caballos con bestias humanas y pesadas armaduras y fuerzan su pacífica voluntad obligándoles a realizar actos agresivos; en Bersteh eligen cada año la vaca más tetuda y le ponen una banda de miss y un horroroso bikini; los perros de San Bernardo trabajan algunos días doce o catorce horas y, además, son caricaturizados por los dibujantes de chistes; en los carnavales figuran animales disfrazados, y, lo que es peor, individuos disfrazados de animales; en los circos se abusa de monos, perros, caballos, elefantes, se humilla a leones, tigres, panteras y los insultan llamándolos fieras. Se trataba de imponernos un mundo indio de vacas sagradas; pero no sólo vacas, también perros sagrados, loros sagrados, multazo al dueño de un loro que pronunciase palabras malsonantes que lesionan la dignidad del loro; las granjas avícolas tendrían obligatoriamente un psicólogo de gallinas... La normativa provocó un gran debate en España tal como habían previsto los urdidores de la batalla: muchos problemas, para que hablen de todo menos de las corridas de toros.

En países «más europeos» más habituados a tratar respetuosamente a los animales e incluso mimarlos con delicadezas que niegan al género humano, apenas hubo debate; la gente estaba de acuerdo; no había opiniones en contra. En España sí: una explosión. Pero la gente iba al chiste del loro, risas a cuenta de los psicólogos para gallinas, defensa de la cultura del toro ensogado, el faldamenté, la cencerrada al matrimonio del viudo y otras costumbres pintorescas, y, a veces, bárbaras. Del toro se hablaba, pero era uno más entre los numerosos temas que la normativa inspiró, entretenidos como estaban en reírse del ultraproteccionismo, de lo injusto que es defender a los bichos de inocentes agresiones que tanto divierten al pueblo, y no hacer nada por defender a las mozas del faldamenté que autoriza a los mozos a perseguirlas en pandilla, acorralarlas en las calles del pueblo y levantarles las faldas sin más propósito que pasar el rato, pues para otros fines, los levantamientos se han hecho, desde muy antiguo, con la máxima discreción.

Sólo algunos, que en muchos casos ni siquiera eran aficionados a los toros, advirtieron que, con tal normativa, Europa había dictado pena de muerte contra la fiesta y esta vez iba en serio: se disponían a ejecutarla.


 
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