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Altar Mayor - Nº 84 (31)
Sábado, 01 marzo a las 16:45:58

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

EN BUSCA DE LA EUROPA PERDIDA
Por José María Permuy Rey

Como católicos y como españoles no podemos dejar de observar con preocupación el proceso de construcción de una Unión Europea que, como viene denunciando desde hace meses el Santo Padre, se está fraguando al margen de las raíces cristianas del continente y en detrimento de la independencia de las naciones europeas.

No se trata de oponerse a toda idea de unidad europea, ni mucho menos.

Ni siquiera a la creación de un nuevo marco institucional y constitucional.

Se trata de reclamar que el nuevo ordenamiento jurídico de la Unión Europea se inspire en la Tradición católica, que junto con la filosofía de Grecia y el derecho de Roma, constituyó el fundamento metafísico de la vieja Europa cristiana: la Cristiandad.

En palabras de Juan Pablo II, «la grandiosa síntesis entre la cultura de la antigüedad clásica, principalmente romana, y las culturas de los pueblos germánicos y celtas, síntesis realizada sobre la base del Evangelio de Jesucristo, caracteriza la formación del continente. En efecto, Europa, que no constituía una unidad definida desde el punto de vista geográfico, sólo con la aceptación de la fe cristiana llegó a ser un continente que, a lo largo de los siglos, logró difundir sus valores en casi todas las demás partes de la tierra, para el bien de la humanidad. Al mismo tiempo, no se puede dejar de constatar que las ideologías que causaron ríos de lágrimas y de sangre en el siglo XX surgieron en una Europa que quiso olvidar sus fundamentos cristianos».

«Al reconocer este dato histórico en el proceso actual hacia un nuevo ordenamiento institucional, Europa no podrá ignorar su herencia cristiana, puesto que gran parte de lo que ha producido en los campos jurídico, artístico, literario y filosófico ha sido influido por el mensaje evangélico. Por tanto, sin ceder a ninguna tentación de nostalgia, y sin contentarse con una duplicación mecánica de los modelos del pasado, sino abriéndose a los nuevos desafíos emergentes, será preciso inspirarse, con fidelidad creativa, en las raíces cristianas que han marcado la historia europea. Lo exige la memoria histórica, pero también, y sobre todo, la misión de Europa, llamada, también hoy, a ser maestra de verdadero progreso, a promover una globalización en la solidaridad y sin marginaciones, a contribuir a la construcción de una paz justa y duradera en su seno y en el mundo entero, y a acoger tradiciones culturales diversas para dar vida a un humanismo en el que el respeto de los derechos, la solidaridad y la creatividad permitan a todo hombre realizar sus aspiraciones más nobles.

»El nuevo ordenamiento europeo, para ser verdaderamente adecuado a la promoción del auténtico bien común, debe reconocer y tutelar los valores que constituyen el patrimonio más valioso del humanismo europeo, que ha asegurado y sigue asegurando a Europa una irradiación singular en la historia de la civilización. Estos valores representan la aportación intelectual y espiritual más característica que ha forjado la identidad europea a lo largo de los siglos y pertenecen al tesoro cultural propio de este continente. Como he recordado otras veces, atañen a la dignidad de la persona; el carácter sagrado de la vida humana; el papel central de la familia fundada en el matrimonio; la importancia de la educación; la libertad de pensamiento, de palabra y de profesión de las propias convicciones y de la propia religión; la tutela legal de las personas y de los grupos; la colaboración de todos con vistas al bien común; el trabajo considerado como bien personal y social; y el poder político entendido como servicio, sometido a la ley y a la razón, y "limitado" por los derechos de la persona y de los pueblos.

»Será preciso que, aun respetando una correcta concepción de la laicidad de las instituciones políticas, den a los valores antes mencionados un profundo arraigo de tipo trascendente, que se expresa en la apertura a la dimensión religiosa.

»Esto permitirá, entre otras cosas, reafirmar que las instituciones políticas y los poderes públicos no tienen un carácter absoluto, precisamente a causa de la "pertenencia" prioritaria e innata de la persona humana a Dios, cuya imagen está impresa indeleblemente en la naturaleza misma de todo hombre y de toda mujer. Si no se hiciera así, se correría el peligro de legitimar las tendencias de laicismo y secularismo agnóstico y ateo que llevan a la exclusión de Dios y de la ley moral natural de los diversos ámbitos de la vida humana. Como ha demostrado la misma historia europea, la que pagaría trágicamente las consecuencias sería, en primer lugar, toda la convivencia civil en el continente.

»Construir la nueva Europa fundándola en los valores que la han forjado a lo largo de toda su historia y que hunden sus raíces en la tradición cristiana es beneficioso para todos, sea cual sea la tradición filosófica o espiritual a la que pertenezcan, y constituye el sólido fundamento para una convivencia más humana y pacífica, porque es respetuosa de todos y de cada uno».

Lamentablemente, los constructores de la nueva Europa siguen derroteros muy distintos al señalado por el Papa.

No es de extrañar, pues, que el Vicario de Cristo, tras conocer el texto de La Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea, embrión de una futura Constitución de Europa, haya afirmado: «no puedo ocultar mi desilusión por el hecho de que en el texto de la Carta no se halla insertada ni siquiera una referencia a Dios, el cual, por lo demás, es la fuente suprema de la dignidad de la persona humana y de sus derechos fundamentales. No se debe olvidar que la negación de Dios y de sus mandamientos fue la que creó, en el siglo pasado, la tiranía de los ídolos, que se manifestó en la glorificación de una raza, de una clase, del Estado, de la nación y del partido, en lugar del Dios vivo y verdadero. Precisamente a la luz de las desventuras del siglo XX se comprende cómo los derechos de Dios y del hombre se afirman y se niegan al mismo tiempo.

»El texto elaborado para la "Carta europea" no ha colmado las justas expectativas de muchos. En particular, la defensa de los derechos de la persona y de la familia podía haber sido más valiente. En efecto, es más que justificada la preocupación por la tutela de estos derechos, no siempre comprendidos y respetados adecuadamente. Por ejemplo, muchos Estados europeos están amenazados por la política favorable al aborto, legalizado casi en todas partes, por la actitud cada vez más posibilista con respecto a la eutanasia y, últimamente, por ciertos proyectos de ley en materia de tecnología genética que no respetan suficientemente la calidad humana del embrión. No basta enfatizar con grandes palabras la dignidad de la persona, si después se la viola gravemente en las normas mismas del ordenamiento jurídico».

Y es que los ideales que inspiran la actual Unión Europea distan mucho de acomodarse a las verdades doctrinales y a las exigencias morales del cristianismo, y están más en la línea de los promotores del llamado Nuevo Orden Mundial. Un proyecto totalitario y absolutista, sincretista, relativista, liberal, partitocrático y capitalista, enemigo encarnizado de la Iglesia y de las Patrias, uno de cuyos objetivos es la instauración de un Gobierno mundial, detentado por los principales magnates de la alta finanza internacional.

El modelo de Unión Europea que se nos ofrece –claramente masónico-, anulada la soberanía de sus Estados miembros, y desterrado el cristianismo de su vida social y política, no es más que un paso intermedio en la consecución de ese Gobierno mundial, caricatura simiesca e impía, reverso y negativo, del magnífico ideal -defendido por nuestro Carlos V- de la Universitas Christiana.

¡Vano intento de construir un «mundo feliz» sobre bases falsas e inconsistentes!

¡Qué razón tenía San Pío X!: «No se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo».

«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. Entonces aquella energía propia de la sabiduría cristiana, aquella su divina virtud, había penetrado profundamente en las leyes, instituciones y costumbres de los pueblos, en todos los órdenes y problemas del Estado; cuando la religión fundada por Jesucristo, colocada firmemente sobre el grado de honor y de altura que le correspondía, florecía en todas partes secundada por el favor de los príncipes y por la legítima tutela de los magistrados; y el sacerdocio y el imperio, concordes entre sí, departían con toda felicidad en amigable consorcio de voluntades e intereses. Organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes muy superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de ellos, y quedará consignada en un sinnúmero de monumentos históricos, ilustres e indelebles, que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá nunca desvirtuar ni oscurecer.

»Si la Europa cristiana domó las naciones bárbaras y las hizo pasar de la fiereza a la mansedumbre, de la superstición a la verdad; si rechazó victoriosa las irrupciones de los mahometanos; si conserva el cetro de la civilización; si se ha mostrado guía y maestra de todos los pueblos en toda clase de laudable progreso; si ha procurado a los pueblos el bien de la verdadera libertad en sus diferentes formas; si con muy sabia providencia ha creado tan numerosas y heroicas instituciones para aliviar a los hombres en sus desgracias, no hay que dudarlo, muy obligada viene a la religión, en la que encontró inspiración para acometer y ayudar para llevar a cabo cosas tan grandiosas.

»Habrían permanecido ciertamente, aun ahora, estos mismos bienes si la concordia entre ambas potestades hubiese durado también; y mayores se podrían esperar si la autoridad, el magisterio y los consejos de la Iglesia los acogiese el poder civil con mayor fidelidad, generosa atención y obsequio constante».

Roguemos a Dios, y luchemos con todas nuestras fuerzas y el auxilio de su gracia, para que nos conceda recuperar el espíritu evangélico, perenne e inmortal –y por ello nunca viejo ni caduco- de esa Europa perdida que tan maravillosamente evocara León XIII en su encíclica sobre la constitución cristiana de los Estados.


 
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