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Altar Mayor - Nº 84 (26)
Sábado, 01 marzo a las 16:56:50

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

REFLEXIONES SOBRE EUROPA
Por Federico García Martínez  - Lic. en Derecho. Funcionario de la OIT. Ginebra

Mi participación en las muy interesantes «IX Conversaciones en el Valle», dedicadas este año al tema de Europa, me han animado a presentar en Altar Mayor algunas reflexiones con el único propósito de contribuir al debate permanente sobre este asunto tan vasto y complejo, pero tan capital para nuestro futuro. Debo comenzar indicando que estas reuniones me confirmaron una vez más la gran variedad de ideas, enfoques y opiniones que despierta la cuestión de la integración europea, al menos entre quienes nos interesamos por el futuro de nuestro Continente y, por lo tanto, de España. Desde quienes en las discusiones expresaron sus críticas, e incluso su rechazo, a la Unión Europea hasta los que manifestaron una actitud favorable al proceso integrador, todos los participantes pusieron de relieve la importancia de este asunto que tan directamente afecta a todos los ciudadanos europeos. Personalmente, no me parece que haya ninguna otra opción válida en las circunstancias del mundo que nos ha tocado vivir que no sea la integración de las naciones europeas.

Ahora bien, el problema empieza a la hora de saber qué Europa queremos y qué Europa nos vamos a encontrar al final de este largo y difícil proceso de integración. Mi impresión es que actualmente existe en la opinión pública europea bastante confusión a este respecto, lo que no es sorprendente dado el desconocimiento tanto de lo que realmente sucede «en Bruselas», en términos prácticos, como de lo que entraña la identidad europea en sus aspectos históricos, morales, políticos y económicos, a pesar de que esta identidad está suficientemente clara. Como nos recordó con su acostumbrada pertinencia el profesor Luis Suárez, Europa es un espacio, un modo de ser y una cultura, es decir, una síntesis del antropocentrismo griego, del derecho romano y de la trascendencia del cristianismo.

A grandes rasgos cabe señalar que la unidad de la Cristiandad o de Europa, que se fraguó en la Edad Media, se fue quebrando a lo largo de los siglos y tras los muchos avatares de la historia europea, gloriosos y menos gloriosos, nuestro continente acabó en el siglo XX sumido en los catastróficos enfrentamientos ideológicos y guerreros que le llevaron a la ruina económica y moral. Esta situación desastrosa y la amenaza del comunismo soviético al término de la Segunda Guerra Mundial impulsaron a recuperar la idea de la unidad europea para acabar de una vez por todas con los casi permanentes conflictos entre las naciones de nuestro viejo Continente.

Esta idea fructificó hace justo cincuenta años cuando unos clarividentes líderes políticos pusieron en marcha el proceso de integración europea con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la famosa CECA, que poco a poco se fue consolidando, ampliándose a cada vez más países, desde los seis iniciales, y a mayores campos de competencia y está llegando en nuestros días a uno de sus momentos estelares con el próximo ingreso en la Unión Europea de los países del Centro y del Este de Europa. Esto obliga a replantear a fondo las instituciones, las funciones y las competencias en todo el conjunto de la Unión, dado que lo que valía para seis y luego quince miembros ya no vale para los veinticinco o más que van a constituirla. Como se sabe, para facilitar esta tarea tan compleja se ha encargado a la Convención sobre el futuro de la Unión, presidida por Giscard d’Estaing, la redacción de un proyecto de Constitución, más o menos federal o confederal, que se someterá a la consideración de los Estados Miembros.

Y aquí es donde surgen las incógnitas que lógicamente preocupan a todo el mundo. ¿Tendrán los políticos actuales la suficiente altura de miras y el suficiente espíritu europeo como tuvieron los que iniciaron el proceso de integración en 1952? O, por el contrario, ¿asistiremos al trapicheo de mercado persa con que habitualmente nos obsequian los políticos? ¿A qué tipo de Unión se llegará? ¿Estarán los Estados Miembros dispuestos a abandonar aún más parcelas de soberanía nacional? Es decir, ¿cómo van a repartirse las competencias entre los órganos comunitarios y los Estados nacionales? ¿Qué aportes económicos deberán hacerse a la Unión y cómo se redistribuirán? Estos son sólo ejemplos entre otros muchos interrogantes que nos indican que este ejercicio no será nada fácil, ya que contentar a todas las partes se asemeja un poco a tratar de conseguir la cuadratura del círculo.

Porque, pese a la existencia de hecho en los países europeos de cierta comunidad de identidad y de pertenencia, junto a intereses lógicamente más prosaicos, se tiene la impresión de que no todas las partes involucradas en la negociación intentan objetivos claros sobre el futuro de la Unión, mientras los intereses de todo tipo sí que estarán bien presentes. Baste con recordar la ya habitual disputa entre países grandes y países pequeños por alcanzar las más altas cotas posibles de poder. Además, de todos es conocido el déficit de solidaridad existente en la Unión en beneficio de las ventajas puramente nacionales. Recuérdese a este respecto la posición de Francia en el reciente conflicto de la isla de Perejil en el que, de hecho, prevalecieron sus intereses comerciales y ex-coloniales en Marruecos. En numerosos casos, la política europea en el ámbito nacional también es objeto de enfrentamientos entre las distintas fuerzas políticas, lo que complica la consecución de los necesarios consensos. Un ejemplo lamentable de esta situación lo hemos visto últimamente con ocasión de la Cumbre de Sevilla cuando la izquierda política y sindical hizo todo lo necesario para que constituyese un fracaso del gobierno español, felizmente sin conseguirlo. O también, la insistente pretensión de muchas autonomías de participar directamente en reuniones de los órganos de la Unión Europea donde los Estados Miembros sólo pueden estar representados por sus gobiernos nacionales.

En este contexto, pues, no es extraño que, como ya hemos indicado, exista bastante confusión y falta de interés sobre estos asuntos en la opinión pública. Como ejemplo revelador de esta situación vale la pena mencionar una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre el interés con que se seguían las noticias de la pasada Cumbre de Sevilla según la cual el 77’7% de los encuestados manifestaban que las seguían con poco o ningún interés. Por mi experiencia europea me atrevo a decir que el mismo porcentaje, más o menos, se daría en cualquier otro de los catorce países de la Unión. Hay que tener en cuenta que el proceso de integración es a veces de difícil comprensión por su complejidad técnica y porque avanza lentamente. Pero no debe olvidarse que la clave del éxito es que las decisiones se tomen con el acuerdo de todos. Parece muy apropiada la opinión de que la integración camina dando dos pasos adelante y uno atrás.

Pero, por otra parte, cada avance en la integración choca con frecuencia con intereses creados y con privilegios de países o de grupos sociales. Muchas decisiones de los órganos de la Unión dan lugar a un alud de protestas y críticas de quienes se sienten perjudicados, porque es muy humano estar de acuerdo en los principios con tal de que sus consecuencias prácticas no nos afecten personalmente. Pese a todo, está claro que la integración llevará a una homogeneización de normas y de valores, lo que no significa que Europa vaya a unificarse plenamente. El camino se sigue recorriendo hacia más integración a pesar de las reservas y los frenos que se oponen a ello, como se ha visto, por ejemplo, con el rechazo del Reino Unido, Dinamarca y Suecia a entrar en el euro. Por cierto, que este caso, junto a otros de la misma naturaleza, podrían marcar una evolución interesante en diversos campos de integración «a la carta» en el futuro de la Unión.

Por último, quiero terminar este artículo con una consideración de carácter más general que siempre conviene tener presente. El mundo de las relaciones internacionales, como se sabe, es muy duro y en él nadie regala nada pese a su apariencia de cortesía y diplomacia. Y en el ámbito de la Unión Europea, las negociaciones sobre cualquier asunto son aún más difíciles. A veces parecen mezquinas, pero no debe olvidarse que muchas de las decisiones que se toman tienen una repercusión económica inmediata. No caben, pues, la ingenuidad ni el quijotismo ya que a la hora de la verdad los principios suelen pasar a un segundo plano y lo que importa es el poder, la influencia, el prestigio o el vil metal. Por eso, confiemos en que nuestros representantes en las futuras rondas de negociación sepan defender los intereses españoles con inteligencia, tesón y realismo sin que, por supuesto, tengan que olvidarse de los principios.


 
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