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Altar Mayor - Nº 84 (25)
Sábado, 01 marzo a las 16:59:45

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

ALGUNAS UTOPIAS SOBRE LA NACIÓN EUROPEA
Por
Manuel Parra Celaya - Dr. en Pedagogía

«La historia de toda nación [...] es un vasto sistema de incorporación».
Ortega y Gasset

¡Cuántas veces habremos repetido la cita de Ortega para referirnos a la creación y unidad de España y para refutar aldeanismos y particularismos insolidarios? Casi a renglón seguido, brotan de nuestra memoria las palabras del capítulo segundo de la España Invertebrada, las ya tópicas del «proyecto sugestivo de vida en común»: «Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo». Y solemos enlazar estos asertos con la reivindicación joseantoniana acerca de instalar el concepto de patriotismo sobre bases distintas a las románticas y, casi por asociación de ideas, al igual que las cerezas salen engarzadas del cesto, nos vienen a la mente «La gaita y la lira» o el «Ensayo sobre el nacionalismo» y tantos textos familiares para algunos...

Mas no dejemos que las palabras se conviertan simplemente en ritos; en línea de esfuerzo, logremos que sean concepto y norma, si es que las hemos elevado racionalmente a la categoría de axiomas, y seamos capaces de vislumbrar su adaptación a otros marcos de referencia, al aquí y ahora, con mirada amplia y abierta.

Es evidente que esa unidad histórica que llamamos España sigue siendo cuestionada, con más fuerza «legal» -no «legítima»- que nunca, merced a la consagración del Estado de las Autonomías y, sobre todo, a sus raíces y fundamentos reales; persisten aldeanismos y particularismos, consentidos o bendecidos, pero, paralela y paradójicamente, se está produciendo un vasto proceso de incorporación llamado Europa. Dicho en otras palabras: mientras persisten los separatismos interiores se está gestando un proceso nacional superior, guste o no guste en sus extremos, dirección y recorrido.

La gestación puede llegar a buen término -al alumbramiento de Europa como Nación- o malograrse en el camino, pero no puede negarse la existencia del proceso (acaso un avatar más de un proceso ininterrumpido de Occidente, con sucesivos abortos y fracasos). No hay por qué alarmarse por ello: la Historia es dinámica y tiende hacia las integraciones sucesivas, movida por el «eón de Roma», aunque sufra retrocesos animados por el «eón de Babel». Quizás la suprema meta utópica sea esa «armonía de la Creación», que también nos viene a la mente a algunos en nuestra fraseología familiar.

Si aceptamos lo anterior, debemos volver sobre las palabras de Ortega y, sin dejar de aplicarlas en el caso de España, tener la osadía de llevarlas, por elevación, simultánea o complementariamente, al caso de la Europa en gestación.

¿Qué «grupos» (en el léxico de Ortega) van a integrar potencialmente la nueva nación europea? ¿Qué «grupos» van a constituir esa «comunidad» de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades? Inicialmente los que han constituido el escalón anterior de integración histórica: las Naciones-Estados europeas, las que ya están en la UE, las que dudan, las que solicitan el ingreso...

Pero, si seguimos aceptando la tesis orteguiana, debemos estar de acuerdo en que «en toda auténtica incorporación la fuerza tiene un carácter adjetivo». Permítaseme una pirueta intelectual y, cambiando la letra y el trasfondo de las palabras del filósofo, pero no el espíritu, no hablemos de fuerza militar o guerrera -impensable en el proceso actual de unidad europea-sino de «fuerza económica», que puede llegar a ser, quizás, más avasalladora y dominante que la otra. En el presente proceso integrador, para que sea fructífero, la fuerza económica debe tener un carácter adjetivo, mientras que lo sustantivo deberá seguir siendo un «dogma nacional» europeo. Sólo con esa condición se asumirá el europeísmo -a mí me gusta más «europeidad», como «españolidad» o «catalanidad»- por parte de todos los grupos o Nacional-Estado sumados al proceso.

No olvidemos que, entre esos «grupos» también habrá que tener en cuenta una masa variopinta, heterogénea y escasamente europea de entrada: la procedente de la inmigración exterior a Europa, sean cuales sean su color de piel, lengua, religión o cultura de origen. La inmigración es, quién lo duda, un conjunto de problemas y de angustiosas situaciones en el presente, pero, además, un formidable reto de futuro; a condición de que Europa asuma criterios de «interculturalidad» y no de «multiculturalidad», esto es, que sea capaz de arrumbar con el mito progresista del relativismo entre culturas y de superar la realidad socio-económica del gueto.

Los grupos integradores de la nueva «nación» quedan así definidos: Naciones-Estado, ya europeas por tradición y cultura, e inmigración extraeuropea. Pero también, siguiendo a Ortega, nos seguirá faltando el principal aglutinador: ese «dogma nacional» o «proyecto sugestivo», similar al que, en el Imperio Romano, determinó que los grupos diferentes, primero conquistados por lo adjetivo -la fuerza- fueran ganados por lo sustantivo y formaran parte activa del proceso de romanización.

¿Cómo puede ser, en paralelismo histórico, el «dogma» que asegure el proceso de Europeización? Es lógico que, en principio, sus raíces estén asentadas en lo que constituye una tradición y una cultura, con el factor religioso en primera línea, configurador de aquella «Cristiandad» de antaño. Nada de eso es desechable.

Pero no bastan las alusiones al pasado, del mismo modo que no bastaban para la unidad de España las referencias al Apóstol Santiago en Clavijo. Es preciso un poderoso esfuerzo de imaginación para proponer la «tarea» de futuro, para elaborar el «dogma europeo», cuyos componentes axiológicos básicos arrancarán indudablemente de la fuentes históricas. Por ello la Nación europea deberá también arrumbar, acaso paulatinamente, con el mito del «fin de la Historia» y todo lo que él conlleva, en tanto que ni las ideologías neoliberal ni socialdemócrata ni las estructuras «democráticas» al uso se han mostrado atrayentes en el grado y en el contenido, ni cuantitativa ni cualitativamente, para «europeizar» los componentes integrables.

Se suelen denostar los fallidos intentos «europeístas» de la Historia (Carlomagno, Carlos V, Napoleón, Hitler) por parciales en sus enfoques y unidireccionales en su sentido. ¿No lo es también el intento de gestar Europa desde la única perspectiva del Sistema triunfante y vigente? ¿No está augurando también un nuevo aborto de la Nación europea?


 
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