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Altar Mayor - Nº 84 (24)
Sábado, 01 marzo a las 17:01:50

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

PRESENTIMIENTO Y VISITAS EUROPEAS
Por Jesús López-Cancio

Preámbulo

Europa no es simple geografía –ese solar antiguo en el que el nuestro se halla contenido-, ni un conjunto de pueblos próximos a España, contiguos pero ajenos. Europa es una comunidad humana, acopio de cultura y civilización singular y expansiva, unas veces convulsa y otras reflexiva y magistral. En ella España se halla integrada como consecuencia de la remota y compartida fluencia greco-latina y el reflejo cristianizado de la germanía en nuestro propio hogar. Hubo un tiempo en que decir cristiandad era sinónimo de Europa en su diversidad latino-eslava; hoy decir Europa es situar el origen y magisterio de la actual civilización occidental, que ya excede del marco continental de origen y se refleja, con diversos mestizajes, en América y zonas de Asia y África. Europa es la forja de nuestra compleja y compartida personalidad; compleja en la relación doméstica, única en la confrontación universal. Europa es, también, el aplacamiento de la ansiedad existencial, con los duales recursos de la razón y la fe. Es históricamente el campo ensangrentado por muchas guerras de linajes y estados, de hegemonías y rebeliones, de agravios y alianzas, tantas veces contradictorias. Hoy, en fin y sobre todo, es un proyecto de consolidación política de la unidad evidente, y de la imperiosa necesidad de ayuntar las íntimas variedades para obtener la dimensión indispensable que nos haga audibles y respetables en el coloquio global de los pueblos.

De todo esto se incluyen, en este número de Altar Mayor, trabajos en los que personas especializadas aportan atinadas y oportunas reflexiones sobre las cuestiones más interesantes relacionadas con el temario general de las últimas «Conversaciones en el Valle». Yo me limitaré, como otras veces -descendiendo de la categoría a la anécdota- a contaros algunas experiencias personales de las que podáis deducir la conveniencia de rectificar algún tópico histórico, o que os ayude a la reflexión filosófica, descansando, para ello, en el previo alivio de esta «confidencia».
 

Cuándo oí hablar de Europa

Supe de Europa –aparte del mapa mural en que me la mostró el Padre Félix en la educación Primaria, y antes de enfrentarme con el latín y el francés en los primeros cursos de la Secundaria-, escuchando con arrobo las referencias alemanas y francesas de Gonzalo, un tío mío, honorario, pero entrañable y de toda la vida. Había estudiado en Dresde ingeniería industrial, en los «felices años 20». La generosidad de sus padres –fraternales amigos de mis abuelos- y el favorable cambio del marco respecto de la peseta, le permitieron un elevado nivel de vida y trato social, que su sensibilidad y afán cultural extendió, sobre todo, al campo musical y plástico. Por él me llegó la primera noticia de Mahler y de Kokoschka; de la amistad con este último supe, en Madrid, por el propio pintor. Era, mi tío, un extraordinario conversador en el que no resultaban pedantes sus frecuentes puntualizaciones en alemán o francés, luego traducidas; y un lector de amplio espectro, gran memoria y oportunas citas. A él le debo la iniciación en el conocimiento temprano de muchos autores europeos, y a mantenerme ecuánime entre la radicalidad de las tesis de Ortega y Unamuno: europeizar España; españolizar Europa.

Durante la última Guerra Mundial, padeció el íntimo desgarramiento de ser ferviente germanófilo y furibundo antinazi. Para él, indeclinable liberal, yo era el único falangista tratable. Gracias a mi querido pariente no sentí nunca los Pirineos como un valladar entre España y el resto de Europa, sino como grapadura continental sobre un territorio con riesgo de insularidad.
 

La Europa convulsa

Hubo un tiempo de adulteración y decadencia de las democracias liberales que propició el nacimiento europeo de anticuerpos autoritarios, que optaron por dos vías contradictorias: el internacionalismo marxista y el totalitarismo nacional. La ambición progresiva del nacional-socialismo alemán, hizo inevitable la segunda guerra europea, cuya victoria decidieron los EE.UU. España, malherida como consecuencia de su Guerra Civil, permaneció no beligerante, por motivos conocidos; pero los vencedores de la contienda le negaron los beneficios del Plan Marshall y la cercaron despiadadamente. Los mismos que arrasaron Dresde con fines terroristas, no aceptaron la simple actitud agradecida de España hacia quienes madrugaron en el reconocimiento de sus nuevos gobernantes. Para ellos, nuestra comprensible neutralidad, no había sido suficiente, máxime desde su alianza con la URSS. Más tarde, cuando los dos nuevos imperios «enfriaron» sus relaciones, brilló para Norteamérica la luz anticomunista de España, ésta fue amnistiada y, aunque tardíamente, ayudada hasta cierto punto.
 

Nueva etapa europea. Viaje a Alemania

La nueva actitud norteamericana influyó en el trato y consideración de España y los españoles en Europa. Primero como migrantes necesarios, luego como valor reconocido. Es en este tránsito cuando viajo a Alemania –aún dividida-, como Presidente de la Comisión Organizadora de los «Concursos Internacionales de Formación Profesional», asistido por Faustino Ramos, Albert y Galea. Cerca de Bonn, entonces capital de la República Federal, la Delegación germana distribuyó el concurso en varias ciudades del Rhin septentrional, cuyas principales empresas industriales contribuyeron individual y colectivamente al éxito de una idea social, profesional y económicamente positiva para la promoción vocacional y ánimo de perfección de la obra encomendada a cada aprendiz o joven obrero. Las autoridades –y los empresarios- locales y nacionales, del Presidente de la República al último oficial de taller, contribuyeron al éxito y transcendencia de la «olimpiada laboral», de iniciativa española. Duisburg, Essen, Dusseldorf y Bonn, quedan en nuestra memoria como ejemplo y estímulo del aprovechamiento de una idea sin fronteras. En un almuerzo compartido con los empresarios participantes y sus técnicos colaboradores, mostraron todos un gran interés por la recuperación económica española y una espontánea simpatía por nuestro país; tuve por ello que improvisar unas palabras de agradecimiento y dar noticia de la confianza que nos inspiraban los nuevos planes de desarrollo emprendidos por el gobierno español.

Recuerdo también con gran complacencia el espíritu de colaboración de un grupo muy selecto de ingenieros técnicos (entonces aún peritos industriales en España) emigrados de nuestra patria, que se sintieron orgullosos del alto nivel y destacada actuación de sus compatriotas aprendices, precisamente allí, en Alemania. Por nuestra parte oímos de ellos parejos elogios de boca de sus respectivos jefes.

Del eco social del Concurso dio muestra la presencia sucesiva de ministros, la de Willy Brants, alcalde de Berlín, y la clausura y entrega de diplomas de mano del Presidente de la República Heinrich Lübke, en acto solemne celebrado en Bonn. Por cierto que, de aquella ceremonia, me llamó la atención la culta y prudente apertura y cierre musical del acto, propiciadores del aplauso unánime y sentido de la concurrencia, que sólo parcialmente pudo enterarse de los laudatorios parlamentos pronunciados en idioma distinto al suyo.

Pero quizá el clímax supremo para los aprendices fue el alcanzado en el emporio industrial de la KRUP, en el que fueron recibidos y agasajados, más asombrados ante aquel estimulante ejemplo del poder del trabajo.
 

En la Exposición Universal de Bruselas

Coincidiendo con la Expo del Atomiun, se celebró en Bruselas un nuevo evento internacional de formación profesional; pero no me referiré a él en este comentario, que dedicaré a una anécdota española con ella relacionada.

Nada más llegar a la capital belga me puse al habla con el Director del Pabellón español, Miguel García de Sáez, navarro de Lecumberri quien, por su acreditada sensibilidad y capacidad gestora, había sido encargado de cambiar el contenido del pabellón de los exágonos, adaptándolo a la mentalidad multitudinaria de la «Expo». Fueron aceptadas sus propuestas, salvo una que se consideró oportuno someterla a la opinión del Jefe de Estado, como así hizo personalmente Miguel, acompañado del Ministro correspondiente. Consistía la consulta en decidir la autoría de un cuadro pintado al óleo por el artista español de más renombre universal, que había de presidir nuestra muestra. De Sáez entendía que el hombre indicado era Picasso, mas no se atrevía a hacer la gestión directamente, habida cuenta de la actitud política del pintor malagueño. Formulada a Franco la sugerencia, éste convino en que puesto que el tal genio era ciudadano español en posesión del correspondiente pasaporte, la exhibición de una obra suya en el pabellón dependía sólo de la respuesta del autor a la solicitud de nuestro Comisario en Bruselas. Las gestiones de éste no obtuvieron el resultado apetecido, por lo que acudió a Salvador Dalí en demanda de una obra suya. De ahí el «Santiago sobre caballo encabritado y semillero» que presidía el pabellón, a partir de su reapertura. Pero Picasso no fue vetado.

Bruselas, luego capital de la Unión Europea, entonces lo era, ocasionalmente, como exhibidora universal de Europa. Antes, mucho antes, aquellos solares habían sido cuna y cobijo, respectivamente, de Carlos, nieto de Isabel y Fernando, y de Luis Vives; con ellos la unidad del continente en cristiandad vivió años decisivos, tanto para la política como para la religiosidad eclesiástica.

Visité Gante y Brujas, en las que mi corazón astur tuvo pálpitos mesetarios y valencianos: memoria de español. España se vive en Europa y ésta tiene en nuestra tierra su propia modulación.
 

Mi visita a Londres

Viajé a Londres invitado por el Scout inglés. Me acompañó el Jefe del Servicio de Campamentos, Victoriano de Miguel (Vitín). Me interesaba conocer en su origen un movimiento juvenil en el que se inspiraron, metodológicamente, las OO.JJ. y el Frente de Juventudes; en cuyos equipos dirigentes participaron, por cierto, no pocos antiguos «exploradores», entre ellos mi colaborador y acompañante.

Diversas ideologías pudieron ayudarse con el soporte «escultista» de actividad al aire libre, amor a la naturaleza y convivencia en «patrulla». Nunca comprendí, por ello, el afán de ocultar entre nosotros ese antecedente, aunque hubiese tenido espurias utilizaciones por parte de otros. Convencido de que en nuestro caso había acreditado el método su bondad para ayudarnos a inspirar a los jóvenes voluntad de servicio y actitud fraterna de clases, regiones y personas, así como a fortalecer primacías de la justicia, la norma y el trabajo, me propuse acomodar sin ambages esta útil herramienta.

La comisión de recepción en Londres estaba integrada por directivos y profesionales; los unos muy acogedores y los otros competentes informadores, precisos y exaudirentes. El mismo día de nuestra llegada, compartimos cena en el hotel en que nos alojamos y logramos en ella anular prejuicios y crear un clima de sincera relación amistosa. Al día siguiente, en la sede urbana de la organización, la entrevista con la cúpula dirigente se hizo fácil y concluyó siendo afectuosa y franca, a la par que suficiente. Levantada la sesión, uno de los concurrentes, persona de relieve en la City, nos invitó a visitar el Palacio de los Orfebres, y otro, alto dirigente del Parlamento, a asistir a su solemne apertura. Acepté ambas. El parlamentario me confesó que era escocés y reconoció que había muchos connacionales suyos que influían en Londres, aunque sin estridencias. Militaba en el laborismo. El ceremonial solemne, me trasladó a otra época y me sugirió el cómico ensueño de D. Esteban Bilbao presidiendo, empelucado, un desfile de apertura de esta índole, camino del hemiciclo de las Cortes Españolas.

Pero la invitación más conmovedora e inesperada fue la de uno de los expertos profesionales. Me llevó a su casa para que conociese el hogar de una humilde familia trabajadora. No había avisado a su esposa, quien afanada en el cuidado de sus hijos, acunaba al más pequeño y recogía la vajilla en que había cenado con los mayores. Se deshizo en disculpas por el estado de la casa y luego se extendió en elogios de su condado original y coincidió con su marido en la espesa igualdad del vecindario londinense, en donde todos se sentían importantes, pero incapaces de ayudarse mutuamente. El marido me dijo: «En el condado sabíamos quién era el Conde y quién el Pastor, y los que éramos equiparables o subordinados; aquí todos somos lores menesterosos». No olvidaré aquella fraternal acogida y advertencia.

En la segunda jornada de estancia en Londres visitamos el campamento central de la organización, en donde se preparaban, dotándolas de equipo y advertencias, las patrullas que se disponían a realizar sus proyectos internacionales. Recuerdo los consejos de un instructor a sus pupilos: «Y no olvidéis que, cuando pongáis el pie en el continente, los extranjeros sois vosotros, no sus habitantes».

Fui presentado en el campamento a la viuda de Baden-Pawel, venerable señora que me acogió con afectuosa deferencia y una pizca de ironía británica, que también usamos en mi tierra por lo que nos fue fácil el entendimiento al explicarle los motivos de mi incompetencia sobre la Sección Femenina que a ella interesaba.

Aunque no quisimos revestir de carácter oficial nuestro viaje a Inglaterra, me mantuve en constante comunicación con Luis Jordana Fuentes, hermano de Jorge y, a la sazón, Secretario de Embajada en la española en Londres. Nuestros anfitriones adoptaron también esta actitud y, en su consecuencia, fuimos invitados a un acto de exhibición de las Fuerzas Armadas, presidido por la Reina, y se me facilitaron contactos académicos para el conocimiento directo de la organización y funcionamiento de los internados de enseñanza media, con vistas a la extensión de los Colegios Menores.

Como final de esta confidencia británica, anoto la emoción que me produjo la asistencia a misa dominical en la Catedral Católica de Londres, a la que me acompañó mister Hils, anglicano amigo nuestro, quien nos recogió a la terminación de la liturgia. Lleno el templo de fieles, su participación en cánticos y rezos denotaban una devoción nueva, no rutinaria, sino sentida en cada ocasión como respuesta humillada y alegre ante la evidencia sacramental de Cristo. Ello me inspiró la reflexión de que, entre la imposición autoritaria de la clerecía y el acoso martirial, existe un espacio, libre de contaminación espuria, en el que brilla comunitariamente la devoción personal y se hace patente la fe de la Iglesia. No olvidaré nunca aquella coincidencia orante con los católicos ingleses, en la que fui alejado de la costumbre y retenido en la comunión.

Otro día, acaso, os comunicaré otros recuerdos europeos. Ahora podéis continuar la lectura de reflexiones más doctas, auspiciadas por la culta convocatoria de nuestro Presidente Luis Suárez Fernández.


 
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