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Altar Mayor - Nº 84 (19)
Sábado, 01 marzo a las 17:24:50

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

EL ALMA DE EUROPA
Por Adolfo Iranzo - Economista y periodista

El viejo continente necesita a Jesucristo para no quedarse sin alma y no perder lo que la ha hecho grande en el pasado y aún hoy suscita la admiración de los demás pueblos.
Juan Pablo II

Con la perspectiva histórica que nos proporcionan los dos mil años de historia del cristianismo no podemos menos que sorprendernos de la enorme potencia del mensaje de Cristo, que ha sido capaz de insertarse, mayoritariamente, en los tres continentes que constituyen la civilización occidental: Europa, América y Australia; y tener una presencia muy significativa en el resto del mundo.

En estos momentos en que se está redactando una Constitución para la Unión Europea formada por los pueblos cristianos de Europa, el Papa se pregunta «¿No es significativo que se haya excluido de la Carta de Europa toda mención explicita a las religiones y, por tanto, también al cristianismo?». El Papa considera que este hecho es antihistórico y ofensivo para los padres de la nueva Europa.

Es innegable que gracias al mensaje cristiano se han afirmado los grandes valores de la dignidad y la inviolabilidad de la persona, la libertad de conciencia, la dignidad del trabajo y el derecho a una vida digna.

Es preocupante el enfriamiento creciente del sentimiento religioso en casi todo el hemisferio occidental, el desvanecimiento de los valores esenciales de nuestra cultura cristiana, el laicismo, y el secularismo agnóstico y ateo, que supone la exclusión de Dios y de la ley moral natural de todos los ámbitos de la vida humana y que vacía de contenido la significación vital de los miembros individuales de nuestra sociedad actual. En la actualidad, Europa corre el riesgo de caer en el relativismo ideológico y ceder al nihilismo moral, considerando a veces bueno lo que es malo, y malo lo que es bueno.

Pero si analizamos, aunque sólo sea someramente, la historia del cristianismo desde los primeros tiempos, podremos ver que su largo camino, desde la propagación hasta nuestros días, junto a tiempos estelares, ha tenido que superar numerosas e intensas crisis que han llenado de angustia y amargura largos períodos de su existencia.

Desde los primeros años, el cristianismo no sólo tiene que defenderse de las persecuciones decretadas por los emperadores romanos, que enviarían a multitud de fieles al martirio. Desgraciadamente, las crisis dogmáticas y las discusiones jerárquicas dividieron entre sí a los seguidores de Cristo y, sólo desde una interpretación taumatúrgica de la historia, se puede explicar que se hayan superado tantos y tan graves obstáculos a la propagación de la fe cristiana.

El siglo II fue pródigo en conflictos disciplinares y teológicos. El Papa Aniceto tuvo que enfrentarse a la división que se produjo entre los cristianos sobre la cuestión de la fecha de celebración de la Pascua. Los orientales situaban esta celebración en el 14 de Nisán, o sea el día decimocuarto de la luna de marzo; mientras que los occidentales la ponían en el domingo siguiente. En este mismo siglo, cuando la Iglesia cristiana de los primeros tiempos seguía sometida y perseguida por las autoridades del Imperio Romano, aparece la primera herejía rigorista. El Papa Sotero tiene que enfrentarse a las doctrinas de Montano, sacerdote de Cibeles convertido al cristianismo, por las que se pretendía la inminencia de la segunda venida de Jesús y se afirmaba que los profetas estaban por encima de los obispos. El montanismo, tan semejante a algunas tendencias de nuestros días, proseguirá su actividad hasta bien entrado el siglo V. Durante este mismo tiempo, San Ireneo, al refutar el dualismo y la teoría de la emanación, dejó en situación precaria al gnosticismo valentiniano que, tratando de salvar la distancia entre Dios y el hombre, recurría a unos intermediarios a los que llamaban «eones», uno de los cuales habría sido el demiurgo y otro, el «eón superior» que fue Jesucristo. Veían en él al ser que nos da a conocer a Dios, pero ignorando o negando su calidad de Mesías, de Verbo Encarnado; desconocían igualmente la Trinidad y la Resurrección de Jesús.

En los primeros años del siglo III se producen las primeras discusiones sobre la Trinidad, subrayando la distinción de las personas, pero subordinando una a otra. Éste era el caso de Hipólito, el primer antipapa de la historia. A mediados del siglo la soberbia humana, que ocupa el primer lugar entre los pecados capitales y que no dejará de estar presente en una buena parte de las crisis de la Iglesia durante los dos milenios siguientes, provoca el cisma novaciano entre Cornelio y Novaciano. Mientras Novaciano se negaba a perdonar a los cristianos que habían apostatado durante la persecución de Decio, Cornelio se mostraba dispuesto a concederlo bajo la condición de la adecuada penitencia. Un sínodo desautorizó a Novaciano.

En el siglo IV se produce el acontecimiento más importante para la Iglesia de Cristo desde su fundación. En primer lugar, la conversión al cristianismo del emperador Constantino en el año 312, que redujo notablemente la presión sobre los cristianos. En el año 380, por el Edicto de Tesalónica, el emperador Teodosio declara al cristianismo como religión oficial del Imperio. Pero años antes, hacia el año 314, el Papa Silvestre I tiene que enfrentarse a la herejía donatista iniciada por Donato, obispo de Casae Nigae (Numibia). Afirmaban los donatistas que no se podía administrar válidamente ningún sacramento a quién hubiese cometido un pecado grave. La intromisión de Constantino puso también de manifiesto la presión del poder civil sobre el papado, que habría de prolongarse durante muchos años en ese mismo siglo y se produciría también, en numerosas ocasiones, a lo largo de los dos milenios de la cristiandad. Mucho más grave fue la doctrina predicada en torno al año 318 por Arrio, Presbítero de Alejandría, que negaba la divinidad del Verbo. La herejía arriana se propagó rápida y profundamente por toda la cristiandad, hasta el punto de que tuvo que intervenir el propio emperador Constantino que convocó, en el año 325, el primer concilio ecuménico en Nicea de Bitinia, presidido por Osio, obispo de Córdoba, en el que se condenó el arrianismo. No obstante, el arrianismo permaneció vivo durante muchos años, bajo distintas interpretaciones, en una buena parte de la comunidad cristiana. En España estuvo vigente hasta el III Concilio de Toledo, celebrado el año 589; en Europa, permaneció hasta el siglo VIII; en la actualidad, los coptos ortodoxos practican una de sus variantes: el monofisismo, según la cual se unen en Jesucristo lo divino y lo humano en una sola naturaleza.

En la segunda parte del siglo IV, coincidiendo con el papado de Dámaso I, se produce un cisma con el diácono Ursino y tienen lugar las luchas intestinas entre los partidarios de diversas sectas (valentinianos, donatistas, novacianos, luciferianos...).

Los llamados Padres de la Iglesia: San Jerónimo, San Agustín, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo y San Basilio contrarrestaron admirablemente las dificultades dogmáticas que amenazaron seriamente a la Iglesia de Cristo. A finales del siglo, el Papa Siricio vería el término del cisma provocado por Ursino y resolvió hábilmente la extraña doctrina predicada por Prisciliano, mezcla de cristianismo, maniqueísmo y panteísmo astrológico. El maniqueísmo se basaba en la coexistencia de los principios antagónicos del bien y del mal. El panteísmo defendía que sólo hay una sustancia y, tanto Dios y el mundo, como el espíritu y la materia, se identifican.

A principios del siglo V, en los tiempos del Papa Inocencio I, comenzaron a propagarse las doctrinas del monje Pelagio que exaltaban las fuerzas del libre albedrío y negaban la necesidad de la gracia divina, quedando ésta reducida a los dones naturales concedidos por Dios al hombre. La herejía pelagiana fue excluida de la comunión eclesiástica. Durante el pontificado de Celestino I, el monje Nestorio, patriarca de Constantinopla, afirmó la existencia de dos personas en Jesucristo; una unión de las dos naturalezas (divina y humana) puramente accidental; concluyendo que María es madre de Cristo pero no de Dios. El segundo concilio ecuménico, celebrado en Éfeso en el año 431, condenó el nestorianismo. A mediados de siglo, bajo el pontificado de San León Magno, el abad Eutiques de Constantinopla negó la naturaleza humana de Cristo. El sínodo convocado por el patriarca Flaviano condenó la doctrina de Eutiques, el monofisismo; y el Papa envió su famosa «Carta dogmática» (agosto de 449) sobre las dos naturalezas de Jesucristo, con ocasión del conciliábulo promovido por el emperador Teodosio II, durante el cual los adversarios de la ortodoxia suscitaron sangrientos motines de los que fueron víctimas muchos obispos opuestos a los errores de Eutiques. La enconada problemática relacionada con la naturaleza de Cristo aconsejó la convocatoria del tercer concilio ecuménico, que se reunió en Calcedonia en el año 451. En este concilio quedó definida como verdad dogmática la siguiente proposición: «Creemos en un único e idéntico Hijo, Jesucristo Nuestro Señor, completo en su divinidad y completo en su humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, compuesto de un alma racional y de un cuerpo, consustancial al Padre por su divinidad, consustancial con nosotros por su humanidad, semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado. Confesamos no un Hijo partido o dividido en dos personas, sino uno solo y mismo Hijo, Unigénito, Dios, el Verbo, el Señor Jesucristo».

El Papa San León Magno tuvo también dos importantes intervenciones históricas que acrecentaron el prestigio de la Iglesia de Cristo: en el año 452 frente a Atila que pretendía la conquista de Roma y frente a Genserico en el año 455 que consiguió el respeto de la vida de los romanos durante el saqueo de Roma.

En plena desintegración del imperio romano, ante un mundo que se hundía, y acosada por las divisiones internas y la necesidad de establecer las definiciones dogmáticas, la iglesia acertó a empalmar las viejas civilizaciones, griega y romana, con los nuevos tiempos, ejerciendo un impulso decisivo en la formación de la mentalidad europea. Mediante su pensamiento filosófico y teológico, San Agustín había proporcionado a la Iglesia ideas capaces de regir la construcción de una nueva cultura en la que se aprovechara todo lo bueno del pasado. San Ambrosio fue el primero en formular el ideal del Estado cristiano. San León trató de llevar este ideal a la práctica. En aquellas circunstancias, puede decirse que representó la gran solución para llegar a una convivencia humana basada en el derecho animado por el Evangelio. En aquellos momentos se estaba iniciando el proceso generador de esa realidad histórica que conocemos con el nombre de Europa y que alcanzará su máximo grado de expresión con el pontificado de san Gregorio I el Grande, a caballo entre los siglos VI y VII.

Después del Concilio de Calcedonia, las diferencias latentes entre la Iglesia oriental establecida en Constantinopla y la occidental de Roma se fueron enconando progresivamente. El emperador Basilisco proscribió el arrianismo y el nestorianismo pero aceptó el monofisismo, en contra de lo establecido en el Concilio; y en el año 484 se consumó la ruptura entre la Iglesia de Oriente y Roma, siendo Papa Felix III y Acacio patriarca de Constantinopla. El primer gran cisma entre Oriente y Occidente duraría treinta años, hasta la subida al trono del emperador Justino I. El 28 de marzo del año 519, día de Jueves Santo, el Patriarca Juan II de Capadocia firmaba el formulario de reunificación. Pero la adhesión no fue unánime porque ni el patriarca de Alejandría Dióscoro II, ni el de Antioquia Paulo secundaron el gesto iniciado por el patriarca constantinopolitano.

El siglo VI tampoco estuvo exento de nuevas tentaciones heréticas. En el año 543, el emperador Justiniano, que se había erigido en «defensor de la fe», escribió un tratado contra algunas ideas origenistas. En este mismo año el emperador promulgó un edicto por el que quedaban proscritas las obras, de corte nestoriano, de Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa, que defendían una cierta separación entre la humanidad de Cristo y su divinidad. El V Concilio Ecuménico (II de Constantinopla), convocado bajo la presión de Justiniano, condenó esa doctrina aunque se negó a condenar a Teodoro, Teodoreto e Ibas, y reafirmó las conclusiones dogmáticas de los cuatro concilios ecuménicos anteriores. Según las teorías origenistas el Hijo está subordinado al Padre y el Espíritu Santo al Hijo; se afirma la eternidad de la materia; se niegan las penas del infierno; y se asevera la preexistencia y trasmigración de las almas.

A finales del siglo VI tiene lugar el pontificado de San Gregorio I el Grande que se caracterizó por su gran genio organizador: reguló el celibato eclesiástico, se opuso al nombramiento de obispos laicos y luchó contra la simonía, estableció los Nuevos Sacramentos y el Antifonario que reúne los cantos y la música litúrgica de la Iglesia Católica. La solidez de la obra organizativa de Gregorio Magno se forjó en el siglo VII en el que se producirían las invasiones islámicas que afectaría a antiguas provincias imperiales de Asia, África, Sicilia, Cerdeña y España, al tiempo que desaparecerían definitivamente las Iglesias arrianas de Italia, España y las Galias. Gracias a la acción misionera, más allá del Rin y del Danubio surgen nuevas provincias episcopales sólidamente unidas a Roma. Poco a poco, se pone en marcha el largo proceso que conducirá a la formación de una Europa cristiana, cuyo signo más patente puede situarse en el acto de coronación de Carlomagno como emperador de Occidente en el año 800.

Durante el siglo VII vuelve a repetirse entre oriente y occidente una constante en la Historia de la Iglesia: la ausencia de un sincero deseo de unidad se enmascara bajo alambicados razonamientos teológicos. Una nueva herejía cristológica se interpone entre la Iglesia Oriental y la Iglesia de Roma. Esta vez es el monotelismo que, paradójicamente, surge como medida de acercar posturas doctrinales opuestas. Sergio, patriarca de Constantinopla, ofreció al emperador Heraclio una nueva formula de fe en relación con las dos naturalezas (divina y humana) de Cristo: el monotelismo afirma que en Cristo existen dos naturalezas pero una sola voluntad, la voluntad divina. Esta doctrina es una reiteración refinada del monofisismo de Eutiques y niega que Cristo fuera a la vez verdadero Dios y verdadero hombre. Heraclio promulgó en el año 638 un decreto imperial –la Ekthesis– totalmente favorable al monotelismo, que fue aceptado por el Papa Honorio I, pero condenado por su sucesor Severino. En el año 680, siendo Papa Agatón I, y cuando el creciente poder del Islam estaba en efervescencia, se convoca el VI Concilio Ecuménico (III de Constantinopla) que condenó la herejía monotelista y confirmó la doctrina de los cinco concilios ecuménicos precedentes. Las actas conciliares fueron aprobadas por el Papa León II en el año 682 y en ellas se encerraba el espinoso tema de la «cuestión de Honorio» acerca de la conducta seguida por ese Papa en relación con la Ekthesis. Este tema fue objeto de minuciosa atención en el Concilio Vaticano I a la hora de definir la infalibilidad pontificia.

En el siglo VIII, durante los pontificados de Gregorio II y Gregorio III, entre los años 715 y 741, se inicia un claro e inevitable movimiento de despegue de la Santa Sede con respecto a Bizancio, al tiempo que se progresa en la consolidación del reino de los francos y la evangelización de los pueblos germánicos. Hacia mediados del siglo Pipino el Breve entregó al papa los territorios del exarcado bizantino de Ravena y sus ciudades, la Pentápolis (Ancona, Fano, Pesaro, Rímini y Semigallia). Poco después pasarían a depender también de la Santa Sede las ciudades de Faenza y Ferrara. Sucedía durante los pontificados de Esteban II y Pablo I. Habían nacido los Estados pontificios y el Papa era ya un verdadero soberano temporal. El Estado pontificio se mantendría hasta el año 1860. Aquellas posesiones seculares habrían de ocasionar a la Iglesia no pocos problemas, que comenzaron, inmediatamente, a la hora de buscar un sucesor para Pablo I.

A finales de siglo, en el año 785, la emperatriz Irene convocó el II Concilio de Nicea (VII Ecuménico) para condenar la herejía iconoclasta que prohibía la representación en imágenes de Cristo y de la Virgen. Poco después, en el año 794, un concilio celebrado en Frankfurt se pronunció contra una teoría arcaica cuyo derecho a utilizar reivindicaba la Iglesia española: el adopcionismo. Según esta herejía, Jesucristo, en cuanto hombre, sólo era hijo adoptivo de Dios. Este mismo siglo contempló la invasión que se produjo en España por parte del Islam en el año 711 y que se propagó rápidamente por toda la península ibérica hasta que fue detenida en Poitiers, en el año 732, por Carlos Martel, poniendo fin así a la expansión árabe en Occidente.

El día 23 de diciembre del año 800, en la misa del día de Navidad, el Papa León III coronó a Carlomagno, rey de los francos, como emperador de los romanos. Este acto, que sólo debiera haber significado la titulación de «defensor de la Iglesia», fue interpretado como haber entrado también en el «gobierno de la Iglesia» y fue el origen de las dificultades y conflictos que luego surgirían entre poder temporal y poder espiritual. Carlomagno fue el verdadero dueño de la Iglesia, decidiendo en cuestiones teológicas y litúrgicas, interviniendo en el nombramiento de los obispos y reformando por cuenta propia la jerarquía. En el año 811, en la catedral de Aquisgran, sería el propio Carlomagno quien ordenara a su hijo Ludovico que se ciñera, el mismo, la corona imperial, con todo el simbolismo religioso que ello implicaba.

En el siglo IX, después de un corto período de esplendor vigoroso en el que se produce una importante actividad reformadora y misional prosiguiendo la evangelización del centro y este de Europa, va a seguir un período de casi un siglo en el que la Iglesia se precipita, más que hacia la mediocridad, hacia una triste corrupción. La simonía, el concubinato y la relajación de costumbres estaban a la orden del día. Durante todo el siglo X y el XI el Papado quedará a merced de los señores feudales italianos, bajo cuyas presiones serán elegidos y tendrán que actuar los obispos de Roma.

En el siglo IX, año 869, se celebró el IV Concilio de Constantinopla (VIII Concilio Ecuménico) para dirimir la cuestión dogmática referente a la procedencia de las personas divinas. Mientras los orientales afirmaban que el Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo, en Occidente se sostenía que la tercera Persona procede de las otras dos como de un único principio. En las discusiones desempeñó un papel estelar Focio que excomulgó y depuso al Papa Nicolás I y proclamó la igualdad jerárquica entre el obispo de Roma y el patriarca de Constantinopla. Focio fue condenado y depuesto pero su actitud fue el prolegómeno de la definitiva separación entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente que se produciría en el año 1054.

En el siglo X, año 962, Juan XII coronó emperador a Otón I el Grande. Este acto fue el punto de arranque del Sacro Imperio Romano Germánico que duraría hasta 1806, cuando fue suprimido por Napoleón Bonaparte.

El siglo XI registró uno de los hechos más tristes y más lamentables de la historia eclesial. En el año 1054 se consuma la separación entre las iglesias cristianas de Oriente y Occidente con una responsabilidad compartida entre el patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario y el cardenal Humberto de Silva Cándida, canciller de la Iglesia. La bula de excomunión en contra el patriarca y de cuantos le siguieren depositada por el cardenal en el altar mayor de Santa Sofía y el anatema de Cerulario contra la Iglesia de Roma, supuso la ruptura entre ambas Iglesias, hasta nuestros días. En 1965, al final del Concilio Vaticano II, se levantaron ambas excomuniones, pero este gesto de perdón recíproco no ha servido para poner fin a las diferencias, que aún subsisten y que deberían ser superadas por una voluntad eficaz de una expresión común de la fe apostólica y de sus exigencias.

Durante el primer milenio de su existencia, las dificultades que ha tenido que superar la Iglesia católica se han centrado en los problemas relacionados con la evangelización y propagación de la fe cristiana, la lucha por la supervivencia, la defensa contra la intromisión de los poderes temporales y la presión ejercida por la expansión del Islam. Desde el punto de vista interno, ha tenido que luchar contra la corrupción, la relajación de las costumbres y la soberbia humana entre sus propias jerarquías. Desde el punto de vista dogmático, la atención se centró en torno a la interpretación del misterio de la Santísima Trinidad. Pero el mensaje de Cristo salió triunfador y consiguió implantarse sólidamente en toda Europa.

El segundo milenio no ha sido tampoco parco en el planteamiento de dificultades y problemas. Hagamos sólo una sucinta síntesis histórica de las crisis y acontecimientos más relevantes. En el siglo XIV se produce el triste acontecimiento de la disolución de la orden de los templarios, a quienes no se atrevió a condenar el XV Concilio Ecuménico celebrado en Vienne, en los años 1311 y 1312, después de estudiar escrupulosamente las actas del proceso. A finales del siglo XIII se produce el Gran Cisma de Occidente, que no se resolvería hasta mediados del siglo XIV. La existencia simultánea de varios papas provocó un grave desconcierto en las conciencias al tener que repartir fidelidades y obediencias. En pleno cisma, en el año 1415, se convocó el XV Concilio Ecuménico de Constanza que depuso a uno de los papas cismáticos (Juan XIII) y tuvo que enfrentarse a las nuevas herejías derivadas de las doctrinas sostenidas por Jhon Wycliffe, que defendían la autoridad de la monarquía frente a las pretensiones romanas, propugnaban la secularización de los bienes eclesiásticos, predicaban el igualitarismo religioso y social apoyado solamente en los textos bíblicos, condenaban las indulgencias, sostenían la suprema y exclusiva autoridad de las Escrituras y concebían el proyecto de una Iglesia desligada del papado. El Concilio de Constanza también condenó a Jan Hus, que no hizo sino combatir la simonía y los abusos de la jerarquía eclesiástica que prometía indulgencias a sus partidarios. Se ha considerado que Hus fue víctima de una situación en la que era imposible saber dónde estaba la autoridad dentro de la Iglesia. Su muerte en la hoguera desencadenó las guerras husitas (1419-1436).

El XVI Concilio ecuménico de Basilea de 1431, que puso fin al cisma, trató de afirmar la doctrina de la superioridad del concilio sobre el Papa, lo que supuso un serio embate para el papado como institución y dio lugar a un largo conflicto que se halla en la base del nacimiento del galicanismo (doctrina que se proponía limitar el poder del Papa) y, de alguna forma, explica el movimiento de protesta en contra de Roma que va a protagonizar Martín Lutero, unos años más tarde. Pese a todo, no faltaron hombres insignes que ayudaron a superar aquellos tiempos de confusión y desorden: Gerson, Dionisio Cartujano, Juan Rode, Vicente Ferrer, Catalina de Siena, Raimundo de Capus, Juan Dominici, Fra Angélico, Bernardino de Siena, Coleta de Corbie, Pedro de Villacreces, Tomas de Kempis, y otros muchos que hicieron posible la reforma que necesitaba la Iglesia. En 1453, la caída de Constantinopla en poder de los turcos iniciaría una nueva Era histórica. Los años finales del siglo estuvieron marcados por unos pontificados turbulentos, un lujo en constante aumento, una venalidad desenfrenada, nepotismo y una notoria corrupción. En 1492, el descubrimiento de América abrió un nuevo horizonte evangelizador, a través fundamentalmente de España, que ganó para el cristianismo al Nuevo Continente.

El siglo XVI, el 31 de octubre de 1517, Martín Lutero fija en la puerta del castillo de Wittemberg sus 95 tesis que marcaron el comienzo de la reforma protestante. En 1534 Enrique VIII se autoproclama «cabeza suprema de la Iglesia inglesa»; acaba de nacer el anglicanismo. El Concilio Ecuménico de Trento, celebrado entre los años 1545 y 1563, se ocupó de oponer a la reforma protestante la verdadera reforma católica que necesitaba la Iglesia. Se conoce como la contrarreforma. Durante las deliberaciones del Concilio se establecieron las bases de la profunda reforma católica que experimentó la Iglesia Católica a partir de entonces, aunque ya nunca retornaron a su seno las iglesias protestantes separadas. El siglo XVI fue tiempo de guerra religiosa y tiempo de actividad de los tribunales de la Inquisición, pero fue tiempo también en el que despierta un poderoso impulso misionero y en el que el cristianismo será llevado a América y al Extremo Oriente por Francisco Javier. Con él, dejaran su huella indeleble, Cayetano de Tienne, Ignacio de Loyola, Luis de Granada, Juan de Ávila, Teresa de Jesús, Bartolomé de los Mártires, Pedro de Alcántara, Juan de la Cruz... y tantos otros, que fueron capaces de encarrilar nuevamente a la Iglesia Católica hacia su sagrado magisterio.

Tras el Concilio de Trento, son muchas las dificultades que tiene que superar la Iglesia Católica y el Cristianismo en general. Pero merece la pena comentar someramente el fenómeno de la Ilustración, que germina durante el siglo XVIII y cuyas secuelas permanecen incrustadas en nuestra sociedad actual y constituyen la amenaza más seria de vaciar de contenido los valores esenciales de nuestra civilización y de nuestra cultura. La Ilustración nace como movimiento cultural europeo con la intención declarada de «disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la razón». Como expresó D’Alembert, «la Ilustración discutió, analizó y agitó todo, desde las ciencias profanas hasta los fundamentos de la revelación, desde la metafísica hasta las materias del gusto, desde las disputas de los teólogos hasta los objetos del comercio, desde la ley natural hasta las leyes arbitrarias». Los «ilustrados» pensaban que a partir de ellos habría que hacer borrón y cuenta nueva. El pasado ya no podría dar lecciones a nadie. Se estaba a punto de «alumbrar» una época totalmente «diferente».

El resultado ha sido la introducción de unos nuevos «valores humanos» que han de tener influjo en los hombres y en la sociedad, en sustitución de los antiguos, que se consideran caducos, con el evidente peligro, que estamos padeciendo, de que el culto a tales valores nuevos arrasan con todo lo que no sea atribuible a ellos, convirtiéndolos en absolutos desprovistos de la relación adecuada al ser y al bien total del hombre.

La Iglesia, entonces, como ahora, se encontró, y se encuentra, con un camino erizado de dificultades para cumplir su misión de luz y guía de la humanidad. Pero se han superado, en condiciones límite, situaciones inimaginables. Una vez más, la esperanza está en la vigencia del mensaje ecuménico de Cristo, alma de Europa, que a pesar de tantas y tantas contrariedades, internas y externas, que ha tenido que superar su Iglesia; y a pesar de las desviaciones de sus mentores más conspicuos, como hemos tenido ocasión de rememorar en el sucinto resumen histórico anterior; no sólo se ha mantenido sino que se ha extendido a todos los confines del orbe, y sigue iluminando la convivencia social en una parte muy numerosa de la humanidad. Es nuestra responsabilidad, como creyentes convencidos de la superioridad moral de nuestra vieja cultura cristiana, luchar con los medios a nuestro alcance por su mantenimiento, su firmeza y su actualización permanente.


 
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