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Altar Mayor - Nº 84 (17)
Sábado, 01 marzo a las 17:29:24

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

EUROPA
Por Antonio Castro Villacañas

Nada más sencillo ni difícil que tratar de escribir un artículo sobre Europa, sobre todo si queremos sintetizar en él cuanto nos inspira desde un punto de vista personal, como individuo aislado y como miembro de un conjunto humano, tan imponente realidad política.

La primera dificultad se nos presenta en cuanto debemos fijar qué Europa ha de ser objeto de nuestra atención: la mítica, la geográfica, la cultural, la histórica... Todas y cada una de ellas merecen ser tratadas con especial miramiento y cuido. Para los españoles, por ejemplo, siempre ha resultado muy sugestivo que tan hermosa criatura fuera raptada por un toro bien cuajado en edad y potencia. Partiendo de ese mito, bien podemos afirmar que los españoles siempre hemos visto Europa como algo digno de deseo y dominio. Algo a la vez tan nuestro como ajeno, y no sólo por tener los Pirineos de frontera casi infranqueable: a la postre, siempre han existido portillos y pasos para atravesar la montaña, sin contar que los mares Cantábrico y Mediterráneo también han servido de camino cuando ha hecho falta. El ser un apéndice geográfico de la masa continental ha dificultado, pero no impedido, el intercambio cultural e histórico, dotándole de especiales caracteres. Sin ánimo de profundizar en el tema, basta considerar que la importante presencia de hispanos en Roma, la Marca Hispánica, el Camino de Santiago, el dominio de las Dos Sicilias, la ventura italiana, la desventura flamenca, el Imperio, la Reforma, Napoleón, los estudios en Roma, París o Munich, etc., constituyen señales importantes de una relación continua, profunda y fértil.

Fruto de ella es, no puede dudarse, que los españoles compartamos con el resto de los europeos -sin necesidad ahora de analizar cuántos y cuáles son los pueblos que tienen este común denominador- una serie de valores de especial trascendencia cultural y política que facilitan la construcción, en primer término, de un lugar de encuentro, convertido después en zona de intercambio mercantil y mutuo apoyo económico, simultáneamente en foro cultural y artístico, para llegar luego a corte de soberanía y dominio. Esta Europa del futuro, basada en una civilización que ella elaboró sobre la herencia primordialmente recibida de Grecia y Roma a través del cristianismo, es la que hoy en realidad nos interesa perfilar y construir.

¿Sobre qué valores se ha de levantar y vivir la nueva Europa? Parece fuera de duda que sobre los de respeto y apoyo a las personas individuales y colectivas, su libertad, igualdad y solidaridad. Como todos y cada uno de ellos admiten diferentes interpretaciones conviene apuntar que nosotros hemos de escoger y mantener la cristiana por ser la históricamente constitutiva de la Europa antigua y duradera, además de resultar válida y fecunda para la mayoría de los europeos actuales.

Evidente parece también que la nueva Europa no puede construirse sobre los débiles cimientos de la voluntad o el dominio de un hombre o un pueblo, como en otros momentos de su historia intentaron los cesares romanos, Napoleón o Hítler. Sus arquitectos y alarifes han sido, son y deben seguir siendo las naciones soberanas hoy existentes. Sin el debido y merecido respeto a su personalidad no podrá edificarse nada duradero y sólido; sin su peculiar aportación al quehacer común resultará especialmente difícil que la nueva Europa prospere. Cómo puede y debe hacerse el que tal respeto no se convierta en definitivo obstáculo al común propósito es algo que merece ser estudiado y discutido cuanto convenga, sin que ello pueda suponer ni un sustancial retraso en el logro del esencial objetivo ni un desprecio o apartamiento de las personalidades nacionales integrantes del común proyecto. Lo fundamental y definitivo es consolidar, perfeccionar e incrementar la Unión ya alcanzada. El hacerlo mediante la fórmula de una Asociación cada vez más o menos estrecha de Naciones o Estados, una Confederación, o una República Federal, es algo tan importante como poco urgente. Ya lo avisó nuestro poeta: se hace camino al andar. La propia historia de la Europa nueva así nos lo enseña. Ello no quiere decir que sea ilegítimo preferir e incluso desear una de esas fórmulas. Desde tal perspectiva nos atrevemos a decir que a partir de los actuales Estados Libres Asociados se debe llegar a la Federación de Estados, de modo que Europa cada día se afiance más como una realidad y una fuerza política, económica y social independiente, necesaria para equilibrar y guiar el desarrollo del mundo de este siglo y los venideros. La forma en que debe concretarse o darse a conocer tal Federación es algo relativamente secundario, que exige un previo período de discusión y acuerdos.

Entre los temas que deben ser tratados en ese período parece evidente que deben figurar estos:

a) La construcción de la Unión Federal Europea debe hacerse garantizando que no supone ni permite la destrucción de la específica realidad identificadora de cada uno de sus miembros.

b) Los Estados unidos en la Europa Federada tan solo someten su soberanía nacional a los acuerdos y medidas que prometen y realizan el bien común de todos los europeos, reservándose el fundamental derecho a cuestionar cuanto suponga un evidente perjuicio para sus ciudadanos.

c) La diversidad cultural y social de sus Estados constituye una de las mayores y fundamentales riquezas de la Europa federada.

d) La nueva Europa tiene como principal base de actuación el respeto a los derechos de sus ciudadanos y a la voluntad democrática con que los ejercen en sus respectivos ámbitos nacionales y en el común ámbito europeo. En consecuencia, no facilitará que sobre ellos predomine ningún tipo de intereses burocráticos, clasistas, económicos, tecnocráticos o supranacionales.

e) Principio fundamental de la nueva Europa ha de ser la efectiva realización de la debida solidaridad entre todos sus ciudadanos, sus distintas categorías sociales y sus diferentes territorios y pueblos, de modo que cada día se avance más y mejor en pro de su armonía y de la sustancial igualdad de unos y otros.

f) Entre las principales preocupaciones europeas deben estar la protección de los ambientes urbanos y campesinos; el cuidado de la natalidad, la infancia y la vejez; el atender tanto a las zonas en peligro de despoblarse como a las superpobladas; un adecuado tratamiento de los barrios periféricos o marginales de las ciudades; y la ayuda al mundo pesquero o campesino, en busca de su prosperidad y desarrollo.

g) Europa debe conseguir y mantener la fuerza económica, cultural y militar necesarias para no vivir sometida a ninguna clase de hegemonías.

h) Es fundamental para Europa el poseer y desarrollar adecuadas políticas de seguridad interna y actuación exterior.

i) Europa debe sentirse responsable de la situación en que se encuentren los países europeos no integrados en ella, y de los no europeos necesitados de ayuda y desarrollo, preparando y realizando los convenientes programas de actuación al respecto.


 
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