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Altar Mayor - Nº 84 (16)
Sábado, 01 marzo a las 17:31:07

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

EUROPA Y LOS TRABAJADORES
Por Licinio de la Fuente - Ex Ministro de Trabajo

Cuando apenas los últimos rescoldos de la Segunda Guerra Mundial se habían extinguido, y empezaban a cicatrizar los desgarros sangrientos de la división y el enfrentamiento de las naciones europeas, hombres con visión de futuro como Shuman, Adenauer, De Gasperi, Monnet... pusieron la primera piedra de una Europa unida. Esta primera piedra tenía un puro sentido económico, pero abrió un proceso imparable. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la CECA, fue la semilla de la que hoy es la Unión Europea (UE). Han sido cincuenta años de andadura en los que a algunos les parecerá que se ha ido muy deprisa y a otros nos parece que lo fundamental está por hacer. Estoy seguro de que los creadores de la CECA, si vivieran, se alinearían en este segundo bando. Ellos eran conscientes de la amplitud del problema y muy ambiciosos en el planteamiento y concepción de Europa.

Por entonces -estaba yo en Segovia como Abogado del Estado-, me invitaron a dar una conferencia en un ciclo que organizaba la Diputación Provincial. Los organizadores me dejaron tema libre, si bien pensaban en algo de tipo administrativo o fiscal. Se sorprendieron cuando les anuncié el tema. Iba a hablar de Europa y de la importancia del proceso de integración que comenzaba y de la necesidad de acelerarlo y abrirlo a otras áreas. Dije entonces, y sigo pensando ahora, que si Europa quería seguir teniendo un papel significativo en el mundo, si quería defender no sólo su economía, sino sus valores y su cultura, que era lo que le había dado una proyección universal, tenía que unirse hasta llegar a constituir la nueva Patria de los Europeos. Fue seguramente una de las primeras conferencias que se dieron en España sobre el tema (estábamos a principios de los cincuenta) y en ella anticipé ideas que fueron madurando en conferencias sucesivas hasta culminar en una que pronuncié en la Cámara de Comercio de Madrid a principios de los sesenta, y que me atreví a titular ya «¿La Europa de las Patrias o una Patria Europea?». La primera idea respondía al concepto de De Gaulle, tan celoso de preservar «la grandeza de Francia». La segunda es la que defendíamos y seguimos defendiendo los que entendemos que sólo cuando los europeos se sientan unidos e integrados en un destino común, en una Patria común, Europa volverá a ser por fin algo significativo en el mundo. A la altura de nuestro tiempo, los «nacionalismos» de todo tipo se han quedado trasnochados y son un impedimento para el avance. El concepto Nación-Estado es creación y corresponde a necesidades y situaciones de otro tiempo. No digamos ya los «nacionalismos» localistas, que como nostalgias medievales parecen ser el glorioso futuro, retrógrado e insolidario, de los planteamientos de algunos políticos españoles (aunque no quieran llamarse así, son españoles y sin España no serían nada).

Las controversias y las dificultades, las fuerzas centrípetas y centrífugas, que han presidido la andadura de estos cincuenta años de integración europea, siguen vivos y plantean ahora como entonces el reto de hasta dónde queremos llegar. ¿Bastará con lograr acuerdos económicos cada vez más amplios y rigurosos? ¿Bastaría con defender la economía europea en el conflictivo mundo de la competencia y la globalización? ¿Será sostenible una Unión «Económica Europea»? ¿O habrá que profundizar más? ¿Por qué no se atreven todavía la mayoría de los dirigentes de los Estados a hablar de la construcción de «Europa», sin distingos? Hay que reconocer que no es fácil. Pero en primer lugar habría que proponérselo. Y ser imaginativos. Y soltar lastre. El lastre de conceptos que nos son familiares, entrañables, pero que corresponden a otro tiempo y a otro mundo. Entre ellos el de Estado-Nación que creó el liberalismo de los siglos XVIII y XIX. Hay que buscar otras formas de integración de Europa.

Nos encontramos en un momento crucial, cuando se está elaborando un proyecto de Constitución Europea. Parece que una Ponencia del PPE ha elaborado un anteproyecto de texto ambicioso e integrador. Pero las manifestaciones de la mayoría de los Jefes de Estado y de Gobierno están llenas de reservas y reticencias. Es como si no fueran conscientes de que cada vez Europa y los Estados europeos significan menos en el Mundo y van a remolque de otros en los problemas importantes, sin que su voz atenuada y dividida suponga algo más que una opinión.

Necesitamos una Europa unida, en lo económico, en lo social, en lo político... Y en lo cultural, la gran aportación de Europa al mundo en que vivimos.

Los trabajadores europeos necesitan también esa unión. Es posible que inicialmente suponga ciertos traumas y que, desde luego, sean necesarios esfuerzos especiales de formación y culturización, pero al final, si el trabajador puede tener a Europa como horizonte de su futuro laboral, no cabe duda de que se habrán abierto para él nuevas posibilidades de realización y promoción personal.

¿Por qué la integración social va tan detrás y tan a remolque de la integración económica? Es posible que sea inevitable en una concepción pura o básicamente capitalista de la economía, que es la que hoy predomina en Europa y en el mundo. Pero incluso pensando en la pura concepción económica, el trabajo no tenía que haberse quedado atrás en el proceso de integración. Porque, incluso desde el punto de vista exclusivamente económico, y prescindiendo de otras valoraciones (de las que a mi juicio no se puede prescindir), ¿acaso el trabajo no es la primera fuerza económica, la más importante, la que potencia y hace rentables los demás recursos? ¿Por qué no se piensa que la «movilidad» del trabajo (de todo tipo) puede crear tanta riqueza como la «movilidad» de los capitales, de las producciones, de los avances tecnológicos...? ¿Y por qué no se piensa en que la «riqueza» del hombre es algo más que los recursos económicos?

Para nosotros, el trabajo no es sólo la primera fuerza económica, sino que el trabajador es el primer factor de integración humana y social. O llegamos a hacer la Europa de los trabajadores, o no habrá Europa. Puede haber una Europa de los políticos, pero no habrá una Europa del pueblo. Hilvanaremos y recoseremos los trozos de la Europa descompuesta, y hasta crearemos organismos comunes para enfrentarnos a otros en los problemas económicos. Pero, por encima de los hilvanes y recosidos, Europa requiere una integración social y humana que se está dejando en segundo plano y que sólo pueden hacer los trabajadores, los trabajadores manuales, los intelectuales, los científicos, los artistas, los creadores y dirigentes de Empresas, los difusores de la cultura... Ese es el ancho mundo del trabajo que hay que integrar si de verdad queremos hacer Europa. La forma política cómo se haga, es en cierto modo instrumental y secundaria y no hay por qué atenerse a módulos tradicionales o de otro tiempo. No hay por qué ceñirse al concepto de Estado, ya sea unitario, federal o confederal. No hay por qué poner a una construcción nueva un armazón antiguo. El instrumento tiene que ser el más adecuado para conseguir el fin. Pero a veces parece lo contrario.

Para esa integración social y humana de los europeos hay que recorrer un largo y difícil camino lleno de obstáculos y problemas. Ese es nuestro gran reto.

En primer lugar hay que declarar y conseguir una igualdad de derechos y de trato para todos los europeos, en cualquier lugar de Europa y en cualquier actividad o profesión. Pero no basta, no nos engañemos, con una igualdad teórica, formal o declarada, hay que conseguir una igualdad real.

En segundo término, en vez de poner barreras, hay que fomentar la movilidad. Y esto tenemos que hacerlo entre todos, no es un problema sólo de los Estados, de los administradores. Es un problema de la sociedad, de los hombres. ¿Y se está haciendo algo por crear esta conciencia social e intelectuales, de los técnicos, de los que se dedican a la cultura o al arte, a la creación y dirección de empresas...

Comprendo que el camino no es fácil. Pero es el camino que hay que andar. O no llegaremos. Dar al trabajo, a la actividad del hombre en cualquier campo un horizonte europeo, creo que vale la pena. Creo que es, de verdad, el futuro. Por largo y lleno de curvas, y cuestas, y baches, que sea el camino.


 
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