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Altar Mayor - Nº 84 (13)
Sábado, 01 marzo a las 17:39:46

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

EL DILEMA EUROPEO
Por Juan Velarde Fuertes - Catedrático. De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

Existe un dilema europeo que permanece desde la Edad Media, al plantearse la cuestión de la expansión de su economía. Por una parte, los pueblos recordaban de qué modo, desde la Revolución del Neolítico, la navegación en el Mediterráneo había consolidado bienestar y culturas importantes en sus orillas. Roma supo liquidar a sus adversarios todos a lo largo de un complicado proceso y esa Pax Romana fue un factor importante de prosperidad. Pasó a añorarse cuando en la Edad Media la invasión de pueblos centroeuropeos y nórdicos dio al traste con todo esto en el Mediterráneo occidental. Sin embargo, en el Mediterráneo oriental, Bizancio peleó para que este desarrollo no se interrumpiese. El enlace con Venecia y, a partir de ahí, con el interior de Europa, fue muy importante.

Más adelante, la irrupción del Islam creó otro nuevo elemento colosal de perturbación para el tráfico entre los pueblos bañados por estas aguas. Estas tensiones, al convertirse en bélicas y llegar hasta el siglo XVIII, con procesos tan importantes como la islamización parcial de los Balcanes; con las presiones españolas, a partir del siglo XV; en el Norte de África; con la acción de corsarios berberiscos ante las costas españolas y de corsarios cristianos frente a las turcas, van a coexistir con el descubrimiento, colonización y auge de América. Por eso frenaron el papel del Mediterráneo hasta reducirlo al de un mar secundario que bañaba países pobres. Así estaban las cosas cuando estalló la Revolución Industrial en 1783. Naturalmente que el creciente peso del tráfico por el Atlántico disminuía la importancia de este problema mediterráneo para España y para la Europa que va desde el Cabo de San Vicente al Báltico.

Como consecuencia de todo esto era claro el desequilibrio del mundo mediterráneo y del atlántico, que se va a acentuar tras el estallido de la revolución industrial. Salvo el débil desarrollo de Noruega, es evidente que llama la atención el despegue muy lento del Mediterráneo. En vísperas de la I Guerra Mundial, se mantiene la persistencia de esta realidad, a pesar de haberse abierto el Canal de Suez y de que el poderío británico había liquidado cualquier posibilidad de actividad corsaria en el Mediterráneo.

Cuando damos un paso más, para tener la mayor cantidad de información posible, al observar el desarrollo de 1950 a 1992, los ritmos del crecimiento pasan a ser muy esclarecedores. Existe un despertar evidente en el Mediterráneo, pero de los 27 países que se pueden estudiar, en toda Europa y en el Magreg, peor aún que los países que estuvieron sometidos a regímenes comunistas, es el comportamiento en desarrollo de nuestro vecino Marruecos.

Así como por el Sur parece clara la voluntad de convergencia -salvo, repito, el caso de Marruecos-, por el Este las cosas son muchísimo menos evidentes. La compañía de rumanos, checos y eslovacos, polacos y rusos y otros pueblos de la Unión Soviética a las cifras de desarrollo de Marruecos, e incluso el escaso ritmo de desarrollo de Yugoslavia y Bulgaria, muestran que en Europa existe otra situación fronteriza. También capaz, si se la impulsa, de mejorar el conjunto de la economía de la Unión Europea, aunque asimismo responde a algo así como un mandato histórico de oposición a una serie de fuerzas culturalmente muy lejanas, que procedían del Este, de Asia. En estos linderos orientales también existía una expansión nórdica –recordemos, por ejemplo, a los varegos y la fundación de Rusia-, pero igualmente se hizo presente una gigantesca presión religiosa, aquí pagana, procedente de Oriente. En Laponia, en las orillas del Báltico, en las tierras polacas y ucranianas, en el borde del Imperio de los Habsburgo –basta recordar a Hungría y el antecedente de los hunos-, se experimentan presiones muy fuertes. Por eso aquí existió una actividad bélica continua que se une, en más de un sentido, a tensiones con un naciente Imperio ruso que decidió recoger el testigo de Bizancio, y crear una tercera Roma. En el lugar del choque, comenzó a escucharse una expresión germana que explicaba la estrategia básica de esa parte de Europa: Drang nach Osten. Prusia en el Este, como había sucedido con España en el Mediterráneo, recibió este mensaje y se dispuso a llevarlo adelante con tenacidad notable. Su primer protagonista fue la Orden Teutónica que, tras amagar en Transilvania acabó por asentarse en Prusia, con puntos de apoyo o comerciales tan importantes como Magdeburgo y Könisberg.

Los choques de los pueblos germanos con los eslavos y los tártaros y otros pueblos asiáticos, más el control del mar Báltico significan algo así como una especie de destino casi trágico de Rusia, primero y de Alemania después. Nos dirá Fernand Braudel refiriéndose a los pueblos germanos, en el tomo I, Les structures du quotidien; le possible et l’impossible de su gran obra Civilisation matérielle, economie et capitalismo XVe-XVIIIe siècle (Armando Colin, 1979), cómo «los recién llegados fundan sus pueblos en medio de amplios bosques, alinean sus casas a lo largo de los caminos, introducen probablemente los pesados arados de reja de hierro, crean ciudades, las imponen –lo mismo que a las ciudades eslavas- el derecho germánico, bien el continental de Magdeburgo o el marítimo de Lübeck. Se trata de un movimiento inmenso. Pero esta colonización se practica en el interior de poblamientos eslavos previamente consolidados, que constituyen una red más o menos densa, llamada a resistir a los recién llegados, o a cerrarse, si es preciso, sobre ellos. Fue una mala suerte que Alemania se formase tarde y que emprendiese su marcha hacia el Este tras el asentamiento de los pueblos eslavos, vinculados a la tierra, apoyados en sus ciudades mucho más sólidamente de todo lo que se afirmaba antaño, como nos prueba el trabajo de Hensel y Gieysztor, Les recherches archeologiques en Pologne, aparecido en 1958. Más allá quedan los nómadas que triunfan en China y en la India y que los europeos detienen. De ello permanece memoria importante sobre los hunos, los avaros, los húngaros y los mongoles». Germanos y eslavos quedarán así con las espadas levantadas, como los acertó a presentar Eisenstein en su película Iván el Terrible.

Todo esto crea las bases de una realidad que es necesario replantear dentro de las coordenadas actuales. Estas son, en primer lugar, las europeas; en segundo término, la creación de una realidad nueva en el Mediterráneo; finalmente, el juego que todo esto parece genera, en estos tiempos, en un contexto globalizado.

En Europa, en lo político, ha concluido por tener lugar, con el derrumbamiento del Muro de Berlín, el mismo fenómeno que había acontecido con la caída de la monarquía de Luis Felipe en Francia y la llegada al poder, tras la breve realidad de la II República, de Napoleón III. En ambas situaciones se concluyó un largo período en el que existió una especie de complejo de inferioridad política, que impedía que entonces los franceses, y tras la II Guerra Mundial los alemanes, actuasen con desembarazo en la política internacional. En las dos ocasiones se había acusado, primero a los franceses y en el siglo XX a los alemanes, de haber originado con sus campañas -las de Napoleón y las de Hitler- y sus propósitos unitivos del continente, una catástrofe monumental que exigía un purgatorio largo para quienes, colectivamente, habían sostenido estas dos terribles realidades. Pero los purgatorios, por definición, no son eternos y, además, un gran dirigente alemán, Adenauer, asumió pactar con los franceses y aceptar que éstos dirigiesen una realidad económica radicalmente diferente a todo lo que había conocido, no ya Europa, sino el mundo: la creación de una economía comunitaria que, tras las conversaciones entre Schuman y Adenauer, con la rápida colaboración del italiano De Gasperi, echó a andar en 1951, creando el primer núcleo que, incrementado con el Benelux y la dirección en muchas cosas del socialdemócrata belga Spaak, acabó por generar el Tratado de Roma de 25 de marzo de 1957. Anotemos que estos cuatro personajes eran todos centroeuropeos. De algún modo, el viejo imperio de Carlomagno, parecía recrearse en lo económico como último homenaje al Emperador de la barba florida. Alemania estaba aún dividida, y aceptaba, sin problemas, la dirección de Francia. De Gaulle, Monnet, en cierto grado Schuman, parecían encontrarse orgullosos de que Europa naciese bajo la inspiración de Francia. Pero el purgatorio concluyó cuando Alemania anunció en 1989 que se reunificaba y no permitió discutir lo más mínimo el ingreso de los Länder orientales en la Europa comunitaria. Era evidente que, a partir de esa decisión, Alemania pareciese estar dispuesta a capitanear, en solitario si fuera necesario, la gran aventura europea. Habían transcurrido los años suficientes para que pasase a tener razón un célebre político francés, Laval, fusilado en su país después de la II Guerra Mundial, cuando señalaba en Vichy, como recoge Paul Morand en la anotación del 10 de agosto de 1972 de su Journal inutile, que «Inglaterra desaparecerá como gran potencia [...] La Alemania económica dominará a Europa».

Volvamos atrás de nuevo. En ese mundo ya mencionado de choque de germanos y eslavos, también había surgido la presencia de otro imperio, el turco, al que hemos visto llegar a tener un papel notable en el Mediterráneo y en la Europa oriental. El mensaje germano había pasado, en primer lugar, como era lógico, a la corte de Viena, donde se había refugiado lo que quedaba del viejo imperio de Carlomagno, que se consideraba heredero del Imperio Romano. Pero, a través de Bizancio, heredero legítimo de Roma, en Moscú había surgido otra autoridad cesárea. El zar debería ser el centro de todo el pueblo eslavo, como señaló el doctrinario Katkof quien, por cierto, fue estudiado por nuestro Flores de Lemus. Simultáneamente, como ya se ha indicado, el viejo impulso musulmán, que había fracasado en su intento de penetrar en el centro de Europa, se había asentado en los Balcanes.

Tras la I Guerra Mundial, el Imperio Turco quedó destrozado a manos de los nacionalismos árabes, por un lado, y por otro, de la acción del Imperio británico y de la nueva organización de los Balcanes que se articularon, bajo una especie de lejano protectorado francés, con el nombre de Pequeña Entente. Yugoslavos, rumanos, búlgaros y griegos levantaron la dominación turca al culminar un proceso que había generado multitud de cantos a la libertad en el mundo romántico occidental a partir de lord Byron. Hitler liquidó todo esto pero, al ser derrotado por Stalin en el Frente del Este, provocó que, con casaca bolchevique, se cumpliese el sueño de Katkof.

Debemos anotar, de pasada que, como esa independencia de los países del Este tras la I Guerra Mundial también debía mucho –caso de Finlandia, de Polonia, de las tres naciones bálticas, de Bulgaria, incluso de Checoslovaquia y Rumania-, a la derrota del Imperio de los zares en 1917 a manos de Alemania y al hundimiento posterior a la Revolución de Octubre de 1917, Stalin pasó a recomponer, de algún modo, la vieja situación por lo que se refiere al actual mundo eslavo, arañado ligeramente por Alemania y amparado después por Francia. La tarea incluso podía parecer fácil sobre el papel. Estos países, independizados con mensajes nacionalistas rabiosos, lanzados contra rusos, austriacos y turcos, pasaron a experimentar nada más concluida la I Guerra Mundial, los males inherentes a ese nacionalismo. En una carta fechada en 1881, el archiduque Rodolfo de Austria había escrito con bastante razón: «El principio del nacionalismo se apoya en los cimientos más vulgares y más bestiales». En lo económico esto se pudo comprobar muy pronto, cuando toda esta pléyade de naciones independientes articuló su moneda, su tráfico internacional, su desarrollo, de modo insolidario respecto a las demás y, por supuesto, respecto al resto del mundo. Basta leer el libro de Hertz, Economic problems of Danubian States para comprobarlo. De ese nacionalismo surgirán los planteamientos proteccionistas, industrializadores, corporativistas y partidarios de un régimen de partido único que desarrollará analíticamente el economista rumano Mihail Manoilescu, en medio de una fuerte polémica con el profesor de la Universidad de Chicago, Jacob Viner. Eran, además, los tiempos de la Gran Depresión que incitaban a buscar caminos nuevos. Después aparecieron los tiempos del dominio intelectual comunista, que intentó ligar con el mensaje de Manoilescu, al que previamente se había fusilado. Lo hizo a través de Ceacescu. Añadamos una progresiva separación de Moscú en el caso de Tito, mientras el régimen comunista de Belgrado buscaba, afanosamente, una solución original dentro de la utopía que, tras el análisis crítico de Milovan Djilas -sobre todo en su libro La nueva clase. Análisis del régimen comunista (la traducción española en Editorial Sudamericana, 1957)- se vio que no existía.

La caída del Muro de Berlín ha supuesto algo colosal en toda esta región. Ante los ojos de una golosa Alemania, el enemigo eslavo resultaba derrotado en la Guerra Fría por los Estados Unidos. Al final de la I Guerra Mundial, el mundo musulmán relacionado con Turquía, se había esfumado, y su vieja metrópoli, tras el movimiento reformista de Kemal Ataturk, humildemente pedía un puesto en Europa, como un país europeo más. Incluso en la Guerra Fría fue un leal aliado de los Estados Unidos. Los recelos griegos procuraban impedir esta inserción, pero lo que resultaba evidente era que Estambul había abandonado cualquier pretensión hegemónica. El nacionalismo árabe, de momento, parecía más o menos controlado por Gran Bretaña, y más adelante por Estados Unidos, aunque la aparición, primero de la declaración Balfour y después del Estado de Israel, amenazasen con complicarlo todo. A partir de los años noventa del siglo XX, era evidente que Alemania lograba, históricamente, lo que siempre había soñado, pero que desde la Edad Media se había convertido, por unas u otras causas, en un hueso muy duro de roer. El Báltico pasaba a convertirse en un mar alemán, con complementos escandinavos y fineses, como había soñado la Hansa, y el viejo mundo que había tratado Viena de gobernar, desde Polonia a los Balcanes, quedaba a su disposición.

Se heredaban también los viejos nacionalismos y los viejos odios. Era preciso asumir la liquidación de ese lugar de encuentro de los tres imperios -Viena, Estambul y Moscú- que había conseguido articularse en torno a la Serbia de los Karageorgevitch primero y de Tito después. Era urgente el evitar que el débil desarrollo económico que iba a acentuarse en los Países de Europa Central y Oriental –los PECO-, condujese a una situación desesperada, con resultados políticos preocupantes, sobre todo para la estabilidad de Europa. De ahí que considerase Alemania que había llegado el momento de poner en marcha, pero dentro del estilo del siglo XXI, lo que también en el estilo de la época de las Cruzadas, habían iniciado los Caballeros Teutónicos en su marcha hacia el Este. La solución, pues, se encontraba en la admisión de los PECO en el seno de la Unión Europea.

Son conscientes los políticos alemanes de que esta tarea no es, ni con mucho, fácil. La propia Alemania no ha sido aún capaz de digerir el choque negativo que han supuesto los Länder orientales, englobados en su ser nacional y estatal a la caída del Muro de Berlín. ¿Era consciente entonces el Gobierno de Bonn de todo lo que iba a suceder después? La contestación es confusa. El Bundesbank criticó con dureza la actitud del Canciller Kohl de revaluar el marco oriental para equipararlo en su cotización con el marco alemán. Algún alto dirigente bancario germano, cuando en L’Express se le advertía de los costes del proceso, contestaba: «Cuando se decide una boda por interés, se mira hasta por el canto el ajuar de la novia; pero ésta es una boda por amor». Hubo también estimaciones demasiado optimistas sobre la velocidad de incorporación de los mencionados Länder de la República Democrática Alemana que desaparecía. Buena parte de la explicación de la crisis monetaria y cambiaria europea del comienzo de los años noventa, que a punto estuvo de destrozar al Sistema Monetario Europeo, ahí tuvo su inicio. Por eso, en los círculos alemanes más importantes se contempla con preocupación el conjunto de datos macroeconómicos que parecen presentar algo así como una especie de murallón real para que la Unión Europea sea capaz de expansionarse hacia el Este. El bloque más rico de estos futuros socios de la Unión Europea está constituido por la República Checa, por Hungría y por Polonia. La República Checa experimenta en estos momentos un progreso económico en el PIB muy aceptable –éste aumenta alrededor del 3’2% anual en el segundo trimestre del año 2001, y la producción industrial, en tasa anual, crece un 2’6% en enero de 2002- y su IPC, en febrero de 2002 crecía un 3’9% sobre febrero de 2001, mientras que su balanza por cuenta corriente, en el año 2001, tuvo un déficit de 2.700 millones de dólares, el 18% de su reserva actual de divisas. Este es el país con mejor panorama, a pesar de sus importantes problemas. Hungría, aunque tiene un crecimiento con tasas análogas a las checas, soporta una inflación, medida por el IPC, del 6’2%, con un déficit de 1.800 millones de dólares en el saldo anual cerrado en enero de 2002 de la balanza por cuenta corriente. El panorama de Polonia es, con mucho el peor de los tres. Se ha estancado el crecimiento de su PIB en una realidad vecina a la recesión; la inflación, en febrero de 2002, se situaba en un tolerable 3’5% y el déficit de balanza por cuenta corriente llegaba a los 6.900 millones de dólares. Los tipos de interés a corto plazo superaban en Polonia el 3 de abril de 2002 algo el 10%.

Compensar todo esto únicamente se puede lograr, como punto inicial de apoyo, con generosa ayuda comunitaria. Mas he aquí que la Unión Europea, como consecuencia de las exigencias del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, ha pasado a desarrollar una política muy restrictiva del gasto público. Añadamos que, a partir del inicio del siglo XXI, la desaceleración ha irrumpido en el mundo, por lo que disminuyen las posibilidades de conseguir mayores ingresos públicos por parte de los países más ricos, los cuales han de buscar, simultáneamente, el mantenimiento de la política presupuestaria de déficit cero. También es preciso contemplar la realidad del conjunto económico del mundo, sin olvidar el foco depresivo albergado en Turquía que, una y otra vez, lanza sobre el conjunto del sistema globalizado, tendencias preocupantes. En el cuarto trimestre de 2001 -últimas cifras disponibles- el PIB turco caía, en tasa anual un 10’4%, su producción industrial, en enero de 2002, también en tasa anual, descendía un 3’1% y en marzo de 2002, el incremento anual del IPC era del 65’1%.

El resultado de todo lo señalado parece bastante evidente: Alemania va a presionar a toda la Unión Europea para que reestructure los gastos comunitarios del siglo XXI en beneficio de los PECO, cuya incorporación generará, por consiguiente, un choque financiero importante en la economía española, que es la que más beneficios obtiene en el año 2000. Pero es que, para España la cuestión es aún más importante.

Como se señala en el Informe Mensual correspondiente a marzo de 2002 del Servicio de Estudios de «La Caixa» se producen tensiones adicionales porque «cabría esperar que la equidad en la financiación del presupuesto, definida como la existencia de cierta proporcionalidad entre la renta per capita y la contribución al presupuesto per capita, debiera mantenerse. Ello sucede en los casos de España, Portugal y Grecia, que son tratados de forma aproximadamente equivalente. Pero aquellos países con un mayor nivel de renta por encima del promedio comunitario reciben un trato dispar». Quizá por ello, en 1998 y 1999, Alemania, Países Bajos, Austria y Suecia reclamaron una disminución de su abultado saldo neto con el presupuesto comunitario, esto es, la diferencia entre las contribuciones al presupuesto y los pagos recibidos. Por su parte, España y otros países consideraron que se debía satisfacer la equidad, entendida como cierta proporcionalidad entre renta y contribución al presupuesto. Los datos de flujos financieros con el presupuesto comunitario en 2.000, el primer ejercicio bajo las actuales perspectivas financieras 2000-2006, mostraban que los desequilibrios, lejos de haberse corregido, se mantienen.

Ahora es preciso contemplar el otro escenario, el del Mediterráneo, aunque parecería que los muchos problemas de los PECO, la necesidad de equilibrios macroeconómicos en Alemania y las cifras del escaso desarrollo de los PECO, borran toda posibilidad de recibir alguna atención. Pero han cambiado muchas cosas.

El mundo entero, tras el 11 de septiembre de 2001, ha comprendido que no tenía mucho valor todo eso que, mal divulgando a Hegel, nos había expuesto Fukuyama. Nada está claro desde un punto de vista histórico y ruedan todavía los dados que señalarán el futuro de la civilización occidental.

Suelo insistir en que España históricamente tenía una economía mediterránea. A partir de Alfonso V el Magnánimo, se había convertido en una potencia importante en este mar. Su punto de apoyo esencial se encontraba en los puertos levantinos de la Península –de Algeciras a Barcelona-, en las plazas que se dominaban en el Norte de África –de Ceuta a Orán-, y en los puertos italianos aliados, además de en los propios, porque así es como hay que considerar al siempre vinculadísimo Reino de las Dos Sicilias. Esos tres lados de la estrategia española experimentaron cuatro agresiones: la pérdida de Gibraltar, en la Guerra de Sucesión; la de Mahón –única que se enmendó-; la de Orán en 1790 a causa de un terremoto y la de las Dos Sicilias, víctima del Risorgimento.

Simultáneamente, el eje económico del mundo pasó, como ya se ha señalado, al Atlántico. Primero se centró en Sevilla-Portobelo; después sería su fundamento Cádiz-Cartagena de Indias y, con la Revolución Industrial saltó al Norte, con esos dos puntos de apoyo esenciales que eran Londres y Nueva York. A lo largo de los siglos XIX y XX todo esto se acrecentó, al inaugurarse en 1866 el cable submarino que enlazaba Estados Unidos e Inglaterra, lo que significó el inicio de una muy fuerte vinculación entre el mundo financiero de Wall Street y el de la City, con todas sus consecuencias. En la crisis de 1857 Londres no había ayudado prácticamente a Nueva York, pero en la de 1873, en el plazo de tres días la City pasaba a ayudar a la Banca norteamericana en dificultades.

El foco económico europeo reside en la que los geógrafos denominan «media luna europea», que se apoya, con su extremo superior, en Londres, y con el inferior, en Milán. Con esa parte inferior precisamente se relaciona el llamado Arco del Mediterráneo, que está situado en tierras muy vinculadas con las zonas estratégicas españolas de ese mar. Se inicia en Nápoles-Roma, y por Génova enlaza con el Piamonte y la Lombardía, donde reina Milán y se une así con la Media Luna Europea, aparte de la conexión de la parte francesa del Arco, centrada en Marsella, que a su vez enlaza con Lyon, con los mercados suizos por un lado y con París-Isla de Francia, por otro. A continuación, entra en España por Port Bou con vocación de alcanzar a las costas de la Andalucía subpenibética, cuya frontera está no ya en Estepona, sino en terrenos próximos a la bahía de Algeciras, lo que, de paso acentúa la necesidad de alterar el estatuto de Gibraltar.

La vinculación no financiera, sino real, del tráfico de bienes físicos, entre la rica Unión Europea y la rica Asia Oriental del Pacífico, se efectúa por el conjunto de puertos que, desde Esmirna y el Pireo, llega a Algeciras, incluyendo en su nómina a un viejo Marsella y a un joven Gioia Tauro en Italia. Como nos ha señalado Prodi en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, esos puertos del Mediterráneo, al compás del auge del Asia del Pacífico y del crecimiento muy importante de la Unión Europea, forman la charnela que une ambas economías. Con ello la triangulación de la economía más próspera del mundo, con los tres vértices de Japón, Estados Unidos y Unión Europea, está en marcha. La observación de las toneladas que se mueven en la región, desde El Pireo o Esmirna, a Algeciras, Valencia o Lisboa, crece espectacularmente.

En el mundo musulmán, como acertó a presentarnos Abenjaldún, muy bien puntualizado por Fabián Estapé, tiene lugar una especie de movimiento cíclico. Una oleada de ascetismo y agresividad hacia el mundo occidental es seguida de otra de convivencia que pasa a ser denunciada por nuevos profetas del Islam. Esto provoca tensiones violentísimas contra los que pasan a considerarse príncipes corrompidos por el siempre odiado Occidente. El mensajero de esas predicaciones no son únicamente los árabes, sino que, en algún momento turcomanos, bereberes, hindúes, persas, malayos, han clamado, Corán en mano, contra las connivencias que hubieran podido existir con la corrupción occidental, ya en Irán con el Shah Pahlevi ayer, ya en Borneo y Filipinas hoy, o ya en Al Andalus y los reinos de Taifas, antaño.

En estos momentos, lo sucedido con uno de esos santones, Osama ben Laden, el fundamentalismo musulmán y el atentado a las Torres Gemelas nos afecta muchísimo. En primer lugar, porque provoca un empeoramiento en una coyuntura mundial que se desaceleraba con fuerza; en segundo término, porque este fundamentalismo ha hecho ya su presencia en territorio español, con algunos sucesos muy significativos en Ceuta y Melilla. España es fronteriza con este problema y debe procurar ayudar a resolverlo. Si así no fuese, las favorables rentas de situación que tiene en el Mediterráneo -mencionemos, sin ir más lejos, el turismo y el enlace con Europa por el mencionado Arco del Mediterráneo, que a su vez ha provocado el desarrollo del triángulo del Nordeste de España y ha convertido a Valencia en el puerto con mayor tráfico de mercancías de todo el Mediterráneo, tras sobrepasar, sucesivamente, a Marsella y Génova-, comenzarían a deteriorarse con gran rapidez.

Una política de gran estilo de la Unión Europea en el Mediterráneo necesita, pues, muchos fondos. Estos pueden no ser compatibles con los de la integración de los PECO. La ayuda al Mediterráneo parece, sin embargo, insoslayable. Por una parte, el mantener tranquila esta vía de comunicación requiere la paz. Las consecuencias del conflicto entre palestinos e israelitas, se entroncan, asimismo, con derivaciones económicas. Israel tiene una condición muy favorable, derivada de su Acuerdo Preferencial paralelo al español de 1970, que por el acuerdo de 11 de mayo de 1975 se transformó en una Zona de Libre Comercio respecto a toda la Unión Europea. Por tanto, resulta difícil no planear otros acuerdos que hagan posible la aparición de una Zona de Libre Comercio, que vincule a todo, o a la mayoría del Mediterráneo.

Simultáneamente, las diferencias de renta y de desarrollo tan notables, tal como se han indicado, y la fuerte demografía del Norte de África, han creado, guste o no, la realidad de la emigración. Sin desarrollo en el sur –y los serios problemas que se contemplan, de Marruecos a Egipto, no ofrecen muchas perspectivas de salidas fáciles al problema-, es obligada una seria aceptación del fenómeno emigratorio.

Pero, además, el acuerdo de libre comercio debe ir unido a dos cosas. Por un lado, a una legislación que proporcione tranquilidad para las potenciales inversiones comunitarias. Por otra, a una fuerte corriente de ayudas orientadas a sanidad, educación e infraestructuras, hasta conseguir una clara convergencia de rentas.

Conviene ser realistas. Si el mundo comunitario no cuida, con mimo incluso, al Mediterráneo, puede encontrarse con muy serios problemas en su enlace, por este mar, con el Asia del Pacífico, con la recientemente desarrollada región del Océano Indico, con los países de Oriente Medio, y con los Transcaucásicos independizados tras la disolución de la Unión Soviética, o sea, con sus reservas de hidrocarburos líquidos y gaseosos. Todo esto, cuya importancia se palpa en todos estos ámbitos, puede venirse abajo si únicamente pensamos en que la Unión Europea debe integrar a los PECO. Se podría insinuar que el reino franco de Jerusalén –hoy, por cierto, sustituido por el Estado de Israel- tuvo apoyo estratégico en los Caballeros Teutónicos que impedían que lo destrozase el mundo oriental de las estepas, islamizado, detenido gracias a la presión nórdica que estos Caballeros practicaban. Pero, al cabo de algún tiempo, se observó que este planteamiento no servía para gran cosa. Desde Prusia no se pudo influir, en realidad, en el Mediterráneo. Al replantear eso ahora, es evidente que el mundo occidental, y desde luego, la Unión Europea, no pueden contemplar indiferentes los problemas del vasto mundo del Mediterráneo y, por extensión, del gigantesco mundo islámico. España tiene que insistir en esto.


 
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