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Altar Mayor - Nº 84 (11)
Sábado, 01 marzo a las 17:44:22

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

¿QUÉ DICE CRISTO A LA EUROPA DE HOY?
Por José Delicado - Arzobispo Emérito de Valladolid

Lo más importante, que corre el riesgo de olvidarse: que el hombre cobre conciencia de su propia dignidad personal y que la cultura recupere el alma.

Y tanto más necesaria sería esta advertencia si el análisis de la realidad europea obedeciese a lo que dice A. Glucksmann en su reciente libro, La tercera muerte de Dios, porque la primera, según este pensador francés, fue en la cruz; la segunda en los libros de pensadores como Marx y Nietzsche, y la tercera en la psique del hombre europeo, fase última que le hace preguntarse por qué Europa es el continente en que parece prosperar esa forma de ateísmo que, sin ser agresivo formalmente como ateo, es la indiferencia religiosa de posición dominante en los medios culturales o difusores de la opinión pública. He aquí la cuestión.
 

Factores más influyentes en la configuración de la conciencia y cultura humanas

Los factores profundos que más han influido en los últimos tiempos en la configuración de la conciencia del hombre son, por una parte, las ciencias de la naturaleza, que han pretendido someter todo a sus métodos de observación y de experiencia, y, posteriormente, el historicismo, como ciencia histórica, en cierto modo relativa y cambiante. La Naturaleza parece ser algo fijo y estable para dar seguridades comprobables, pero lo histórico está condicionado por elementos cambiantes y diferenciados según tiempos y lugares. En este plano resultaría inútil la pretensión de encontrar una universalidad estable para los valores o las ideas: la filosofía, la ética, la religión, el arte, el derecho, etc., están en relación no con las realidades comprobables y fijas, sino con el sujeto que formula esos conocimientos; es una manera de entender la vida con sus enigmas y procesos de convivencia. Y como de ellos surge necesariamente el pluralismo de enfoques subjetivos, según la conciencia que el hombre va adquiriendo de sí mismo y del sentido de la vida, la forma de convivencia que de ahí surge como la más adecuada es la democracia, con la tolerancia de base en su permisividad individualista pero con un relativismo en la verdad y los valores, considerado por algunos como necesario para organizar la convivencia social.

Con estos presupuestos, Dios, la religión, la apertura del ser humano a la trascendencia, la justificación ética sobre valores estables en armonía con la dignidad personal, anteriores a pactos o mayorías condicionadas, quedan marginados y debilitados; más todavía, si la «Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea» o el Tratado constitucional, fruto de los trabajos de la Convención, no contemplan debidamente los valores consistentes y universales, estas omisiones impulsarán cada vez más el envío a la periferia social o la privacidad más íntima de cada cual, como si se tratase de un «allá usted con sus creencias», estos factores tan importantes para una auténtica y progresiva convivencia social.
 

Relevancia de los valores trascendentes para la convivencia social

L. Wittgenstein, en la evolución de su pensamiento positivista, llega a decir: «Sentimos que, incluso cuando han recibido respuestas todas las preguntas científicas posibles, nuestros problemas vitales ni siquiera han sido tocados», y que «cuando algo es bueno, es también divino. Extrañamente así se resume mi ética. Sólo lo sobrenatural puede expresar lo sobrenatural». Y es también M. Horkheimer el que muestra la añoranza de la trascendencia para fundamentar su ética y, en el fondo también la dignidad de la persona humana, cuando escribe: «Partiendo del punto de vista del positivismo, no se puede llegar a una política moral. Visto bajo el aspecto meramente científico, el odio no es peor que el amor a pesar de todas las diferencias sociofuncionales. No existe ninguna argumentación lógica concluyente por la cual no deba odiar si mediante ello no me ocasiono ningunas desventajas en la vida social [...]; ¿cómo puede fundamentarse con exactitud el que no deba odiar si ello me causa placer? El positivismo no encuentra ninguna instancia trascendente a los hombres que distinga entre disponibilidad y afán de provecho, bondad y crueldad, avaricia y entrega de sí mismo. También la lógica enmudece: no reconoce primacía alguna a la dimensión moral. Todo intento por fundamentar la moral en terrena prudencia, en lugar de hacerlo desde el punto de vista del más allá -ni siquiera Kant se resistió siempre a esa tendencia-, se basa en ilusiones armonizadoras. Todo lo que tiene relación con la moral, se basa definitivamente en la teología».

Cuando el concepto que tiene el hombre de sí mismo es parcial, no es más que eso que yo veo o siento (física, química, experiencias reducidas a las sensaciones o emociones psíquicas, motoras o de relaciones sociales, etc.), la conciencia también se atrofia en un inevitable resultado nihilista, al prescindir de su propio fundamento, porque, como escribió X. Zubiri: «El hombre es formal y constitutivamente experiencia de Dios. Y esta experiencia de Dios es la experiencia radical y formal de la propia realidad humana».
 

El paradigma desde el mensaje y la persona de Cristo

¿Qué es lo que dice Cristo a todo esto? Lo que el Padre le encargó: manifiesta quién es Dios, no sólo diciéndolo sino siéndolo, y quién es el hombre, de la misma manera: siéndolo en su humanidad verdadera, manifestación desconcertante cuando, antes de esa primera muerte de Dios en la cruz, es mostrado así justamente por Pilato: «Ecce Homo» (ahí está el hombre).

«¿Luego tú eres rey?», le preguntó Pilato. Y Jesús responde que su realeza consiste en dar testimonio de la verdad. El gobernador parece querer ser neutral y, en ciertos momentos, estar conmovido; sin embargo, al no interesarse por la verdad, la justicia con su propia dignidad personal se le caen de las manos, aunque se las lave, ante los deseos del pueblo de que le crucifiquen. El miedo le vence.

Cristo explica así, con su mensaje evangélico y su testimonio personal, quién es Dios y quién es el hombre, sobre todo en las dos grandes obras o acciones de Dios. En la primera, Dios hace al hombre a su imagen y semejanza; es la creación. La imagen de Dios está en el conocimiento, el amor y la libertad para colaborar con Él en la obra de la creación y en el servicio; pero el hombre no usa la libertad para el bien, sino que por cobardía, odio o soberbia, se aparta de Dios, con lo cual rompe su propia imagen. Sin embargo, el amor de Dios es misericordioso y vuelve a actuar. En esta segunda acción, Él mismo, el Hijo, se hace hombre, a imagen y semejanza del hombre en todo menos en el pecado: es la redención.
 

Por un tejido normativo y cultural respetuoso con la dignidad de la persona

Marginar esta dimensión de la persona y de la cultura no deja de contribuir de alguna manera a esa muerte de Dios en el psiquismo del hombre europeo. Juan Pablo II insiste en la importancia de las religiones, «que han contribuido y contribuyen aún a la cultura y humanismo de los que Europa legítimamente se enorgullece». Reconocer esta contribución «no significa -añade- en modo alguno desconocer la exigencia moderna de una justa laicidad de los Estados y, por lo mismo, de Europa».

Jacques Santer, que fue Primer Ministro de la Unión Europea, Presidente de la Comisión y miembro del Parlamento, piensa que ha llegado el momento de «dar un alma a Europa», reforzando la dimensión política del mismo proyecto económico. Y añade, a propósito de la Carta de los derechos fundamentales y del proyecto del Tratado constitucional: «Europa se inspira en el humanismo basado en la herencia judeo-cristiana. Eso debe reflejarse en la declaración de los derechos fundamentales. Es necesario que el Forum de la sociedad civil incluya a las Iglesias y que su contribución sea patente -si no explícita- en el proyecto final».
 

Recapitulación ante el fenómeno de la globalización

Como recapitulación puede servirnos el discurso de Juan Pablo II a los participantes en la VI Sesión Pública de las Academias Pontificias (8-XI-2001). Partiendo del acontecimiento de Pentecostés, cuando los Apóstoles se pusieron a hablar en diversas lenguas de modo que la muchedumbre procedente de diversas naciones entendía «las maravillas de Dios» que se les anunciaban, sugiere el significado de ese hecho en los discípulos de Jesucristo, llamados a superar la dispersión de Babel para abrazar en el amor a todos los hombres. Pero ante el fenómeno actual de la globalización, es obligado un discernimiento inicial: ¿Qué imagen del hombre se propone de este modo y hasta se impone de hecho? ¿Qué cultura se favorece? ¿Qué espacio se reserva a la experiencia de la fe y a la verdadera formación de la conciencia sin que esté fuertemente condicionada por circunstancias y poderes externos?

Y, según el tema que nos ocupa, hace la siguiente reflexión que merece ser transcrita en su integridad: «Se tiene la impresión de que los complejos dinamismos, suscitados por la globalización de la economía y de los medios de comunicación, tienden a reducir progresivamente al hombre a una de las variables del mercado, a una mercancía de intercambio, a un factor del todo irrelevante en las opciones más decisivas. De este modo, el hombre corre el riesgo de sentirse aplastado por mecanismos de dimensiones mundiales sin rostro y de perder cada vez más su identidad y su dignidad de persona. A causa de estos dinamismos, también las culturas, si no se las acoge y respeta según su originalidad y riqueza propias, sino que se las adapta forzadamente a las exigencias del mercado y las modas, pueden correr el peligro de la homologación. El resultado es un producto cultural caracterizado por el sincretismo superficial, en el que se imponen nuevas escalas de valores, derivadas de criterios a menudo arbitrarios, materialistas, consumistas y reacios a cualquier tipo de apertura al Trascendente. Este gran desafío, que al inicio del nuevo milenio pone en riesgo la visión del hombre, su destino y el futuro de la humanidad, impone un atento y profundo discernimiento intelectual y teológico del paradigma antropológico-cultural, creado por estos cambios históricos».

Todavía estamos a tiempo para establecer las bases que inspiren la concepción de los derechos humanos, la función de las Iglesias y confesiones religiosas en su perfil social al servicio de la formación y de la conciencia del hombre en orden al bien común y a su vocación; el respeto a las personas, comunidades y naciones en su propia identidad y en los valores morales necesarios para una convivencia humana, abierta a la vez a la Trascendencia y al progreso de la historia.

Por eso, al repetir la pregunta inicial -¿qué dice Cristo a la Europa de hoy?-, ésa es la respuesta: que el hombre cobre conciencia de su propia dignidad personal y que la cultura recupere su alma, pero que el entramado normativo, en el respeto y las libertades debidas, pueda favorecer esos desarrollos de bien común entre las naciones en un proceso humanizador integral.


 
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