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Altar Mayor - Nº 84 (10)
Sábado, 01 marzo a las 18:06:00

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

ALOCUCIONES DE S. S. JUAN PABLO II

¡VUELVE A ENCONTRARTE, VIEJA EUROPA, SÉ TÚ MISMA!
En Santiago de Compostela en 1982

Al final de mi peregrinación por tierras españolas, me detengo en esta espléndida catedral, tan estrechamente vinculada al Apóstol Santiago y a la fe de España. Permitidme que ante todo agradezca vivamente a Su Majestad el Rey las significativas palabras que me ha dirigido, al principio de este acto.

Este lugar, tan querido para los gallegos y españoles todos, ha sido en el pasado un punto de atracción y de convergencia para Europa y para toda la cristiandad. Por eso he querido encontrar aquí a distinguidos representantes de organismos europeos, de los obispos y organizaciones del continente. A todos dirijo mi deferente y cordial saludo, y con vosotros quiero reflexionar esta tarde sobre Europa.

Mi mirada se extiende en estos instantes sobre el continente europeo, sobre la inmensa red de vías de comunicación, que unen entre sí a las ciudades y naciones que lo componen, y vuelvo a ver aquellos caminos que, ya en la Edad Media, han conducido y conducen a Santiago de Compostela -como lo demuestra el Año Santo que se celebra este año- innumerables masas de peregrinos, atraídas por la devoción al Apóstol.

Desde los siglos XI y XII, bajo el impulso de los monjes de Cluny, los fieles de todos los rincones de Europa acuden cada vez con mayor frecuencia hacia el sepulcro de Santiago, alargando hasta el considerado «Finies térrea» de entonces aquel célebre «camino de Santiago», por el que los españoles ya habían peregrinado. Y hallando asistencia y cobijo en figuras ejemplares de caridad, como Santo Domingo de la Calzada y San Juan Ortega, o en lugares como el santuario de la Virgen del Camino,

Aquí llegaban de Francia, Italia, Centroeuropa, los Países Nórdicos y las Naciones Eslavas, cristianos de toda condición social, desde los reyes a los más humildes habitantes de las aldeas; cristianos de todos los niveles espirituales, desde santos, como Francisco de Asís y Brígida de Suecia (por no citar tantos otros españoles) a los pecadores públicos en busca de penitencia.

Europa entera se ha encontrado a sí misma alrededor de la «memoria» de Santiago, en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y unido espiritualmente. Por ello el mismo Goethe insinuará que la conciencia de Europa ha nacido peregrinando.

La peregrinación a Santiago fue uno de los fuertes elementos que favorecieron la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes, como los latinos, los germanos, celtas, anglosajones y eslavos. La peregrinación acercaba, relacionaba y unía entre sí a aquellas gentes que, siglo tras siglo, convencidas por la predicación de los testigos de Cristo, abrazaban el Evangelio y contemporáneamente, se puede afirmar, surgían corno pueblos y naciones.

La historia de la formación de las naciones europeas va a la par con su evangelización; hasta el punto de que las fronteras europeas coinciden con las de la penetración del Evangelio. Después de veinte siglos de historia, no obstante, los conflictos sangrientos que han enfrentado a los pueblos de Europa, y a pesar de las crisis espirituales que han marcado la vida del continente -basta poner a la conciencia de nuestro tiempo graves interrogantes sobre su suerte futura- se debe afirmar que la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo, y que precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria.

Y todavía en nuestros días, el alma de Europa permanece unida porque, además de su oren común, tiene idénticos valores cristianos humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, del profundo sentimiento de justicia y libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan.

Dirijo mi mirada a Europa como al continente que más ha contribuido al desarrollo del mundo, tanto en el terreno de las ideas como en el del trabajo, en el de las ciencias y las artes. Y mientras bendigo al Señor por haberlo iluminado con su luz evangélica desde los orígenes de la predicación apostólica, no puedo silenciar el estado de crisis en el que se encuentra, al asomarse al tercer milenio de la era cristiana.

Hablo a representantes de organizaciones nacidas para la cooperación europea, y a hermanos en el Episcopado de las distintas Iglesias locales de Europa. La crisis alcanza la vida civil como la religiosa. En el plano civil, Europa se encuentra dividida. Unas fracturas innaturales privan a sus pueblos del derecho de encontrarse todos recíprocamente en un clima de amistad; y de aunar libremente sus esfuerzos y creatividad al servicio de una convivencia pacífica, o de una contribución solidaria a la solución de problemas que afectan a otros continentes. La vida civil se encuentra marcada por las consecuencias de ideologías secularizadas, que van desde la negación de Dios o la limitación de la libertad religiosa, a la preponderante importancia atribuida al éxito económico respecto a los valores humanos del trabajo y de la producción; desde el materialismo y el hedonismo, que atacan los valores de la familia prolífica y unida, los de la vida recién concebida y la tutela moral de la juventud, a un «nihilismo» que desarma la voluntad de afrontar problemas cruciales como los de los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, recto uso de los medios de información, mientras arma las manos del terrorismo.

Europa está, además, dividida en el aspecto religioso: No tanto ni principalmente por razón de las divisiones sucedidas a través de los siglos, cuanto por la defección de bautizados y creyentes de las razones profundas de su fe y del vigor doctrinal y moral de esa visión cristiana de la vida, que garantiza equilibrio a las personas y comunidades.

Por esto, yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca, que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavo. Yo, sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: «Lo puedo».

Si Europa es una, y puede serlo con el debido respeto a todas sus diferencias, incluidas las de los diversas sistemas políticos; sí Europa vuelve a pensar, en la vida social, con el vigor que tienen algunas afirmaciones de principio como las contenidas en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, en la Declaración Europea de las Derechos del Hombre, en el acta final de la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa; si Europa vuelve a actuar, en la vida específicamente religiosa, con el debido conocimiento y respeto a Dios, en el que se basa todo el derecho y toda la justicia; si Europa abre nuevamente las puertas a Cristo y no tiene miedo de abrir e su poder salvífico los confines de los estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo (cfr. Discurso de Juan Pablo II, 22 de octubre de 1978), su futuro no estará dominado por la incertidumbre y el temor; antes bien se abrirá un nuevo período de vida, tanto interior como exterior, benéfico y determinante para el mundo, amenazado constantemente por las nubes de la guerra y por un posible ciclón de holocausto atómico.

En estos instantes vienen a mi mente los nombres de grandes personalidades: hombre y mujeres que han dado esplendor y gloria a este continente por su talento, capacidad y virtudes. La lista es tan numerosa entre los pensadores, científicos, artistas, exploradores, inventores, jefes de estado, apóstoles y santos, que no permite abreviaciones. Estos constituyen un estimulante patrimonio de ejemplo y confianza. Europa tiene todavía en reserva energías humanas incomparables, capaces de sostenerla en esta histórica labor de renacimiento continental y de servicio a la humanidad.

Me es grato recordar ahora con sencillez la fuerza de espíritu de Teresa de Jesús, cuya memoria he querido especialmente honrar durante este viaje, y la generosidad de Maximiliano Kolbe, mártir de la caridad en el campo de concentración de Auschwitz, al que recientemente he proclamado Santo.

Pero merecen particular mención los Santos Benito de Nursia y Cirilo y Metodio, Patronos de Europa. Desde los primeros días de mi pontificado no he dejado de subrayar mi solicitud por la vida de Europa y de indicar cuáles son las enseñazas que provienen del espíritu y acción del «patriarca de Occidente» y de los «dos hermanos griegos», apóstoles de los pueblos eslavos.

Benito supo aunar la romanidad con el Evangelio, el sentido de la universalidad y del derecho con el valor de Dios y de la persona humana. Con su conocida frase «ora et labora» -reza y trabaja-, nos ha dejado una regla válida aún hoy para el equilibrio de la persona y de la sociedad, amenazadas por el prevalecer del tener sobre el ser.

Los Santos Cirilo y Metodio supieron anticipar algunas conquistas que han sido asumidas plenamente por la iglesia en el Concilio Vaticano II, sobre la inculturación del mensaje evangélico en las respectivas civilizaciones, tomando la lengua, las costumbres, el espíritu de la estirpe con toda plenitud de su valor. Y esto lo realizaron en el siglo IX, con la aprobación y el apoyo de la Sede Apostólica, dando lugar así a aquella presencia del cristianismo entre los pueblos eslavos, que permanece todavía hoy insuprimible a pesar de las actuales vicisitudes contingentes. A los tres Patronas de Europa he dedicado peregrinaciones, discursos, documentos pontificios y culto público, implorando sobre el continente su protección y mostrando a la vez su pensamiento y su ejemplo a las nuevas generaciones.

La iglesia es, además, consciente del lugar que le corresponde en la renovación espiritual y humana de Europa. Sin reivindicar ciertas posiciones que ocupó en el pasado y que la época actual ve como totalmente superadas, la misma iglesia se pone al servicio, como Santa Sede y como comunidad católica, para contribuir a la consecución de aquellos fines que procuren un auténtico bienestar material, cultural y espiritual a las naciones. Por ello también a nivel diplomático está presente por medio de sus observadores en los diversos organismos comunitarios no políticos; por la misma razón mantiene relaciones diplomáticas, lo más extensas posibles, con los Estados; por el mismo motivo ha participado, en calidad de miembro, en la Conferencia de Helsinki y en la firma de su importante acta final, así como en las reuniones de Belgrado y de Madrid; esta última reanudada hoy, y para la que formulo los mejores votos en momentos no fáciles para Europa.

Pero es la vida eclesial la que es llamada principalmente en causa, con el fin de continuar dando un testimonio de servicio y de amor para contribuir a la superación de las actuales crisis del continente, como he tenido ocasión de repetir recientemente en el Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas (Cfr. Discurso de .Juan Pablo II, 5 de octubre 1982).

La ayuda de Dios está con nosotros. La oración de todos los creyentes nos acompaña. La buena voluntad de muchas personas desconocidas, artífices de paz y de progreso, está presente en medio de nosotros como una garantía de que este mensaje, dirigido a los pueblos de Europa, va a caer en un terreno fértil.

Jesucristo, el Señor de la historia, tiene abierto el futuro a las decisiones generosas y libres de todos aquellos que, acogiendo la gracia de las buenas inspiraciones, se comprometen a una acción decidida por la justicia y la caridad en el marco del pleno respeto a la verdad y la libertad.

Encomiendo estos pensamientos a la Santísima Virgen para que los bendiga y haga fecundos; y recordando el culto que se da a la Madre de Dios en los numerosos santuarios de Europa, desde Fátima a Ostra Brama, de Loreto a Czestocbowa, le pido que acoja las plegarías de tantos corazones para que el bien continúe siendo una gozosa realidad en Europa y Cristo tenga siempre unido nuestro continente a Dios.
 

POR UNA EUROPA QUE SEA CASA DE TODOS
A los participantes en el Congreso «¿Hacia una Constitución Europea? (20/23-6-2002)

Ilustres señores, amables señoras:

1. Me complace enviaros mi cordial saludo con ocasión del Congreso Europeo de Estudios promovido por la Oficina de Pastoral Universitaria del Vicariato de Roma en colaboración con la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea y la Federación de Universidades Católicas de Europa.

El interrogante planteado como tema del Congreso -«¿Hacia una Constitución Europea?»- subraya la fase de especial importancia en la que ha entrado el proceso de construcción de la «casa común europea». En efecto, parece haber llegado el momento de poner mano a reformas institucionales de relieve, propiciadas y preparadas durante los últimos años y que resultan aún más urgentes y necesarias debido a la prevista adhesión de nuevos Estados miembros.

La ampliación de la Unión Europea o, más aún, el proceso de «europeización» de toda el área continental, que en varias ocasiones he alentado, constituye una prioridad que hay que procurar con valentía y oportunidad, dando respuesta eficaz a la expectativa de millones de hombres y mujeres que se saben unidos por una historia común y que esperan en un destino de unidad y solidaridad. Ello requiere un replanteamiento de las estructuras institucionales de la Unión Europea que adecue estas últimas a las nuevas exigencias, y exige, al mismo tiempo, la identificación de un nuevo ordenamiento en el que queden patentes los objetivos de la construcción europea, las competencias de la Unión y los valores en los que ésta ha de basarse.

2. Ante las varias y posibles soluciones de tan articulado e importante «proceso» europeo, la Iglesia, fiel a su identidad y misión evangelizadora, aplica lo que ya ha dicho en relación con cada Estado, es decir que carece de «título alguno para expresar preferencias por una u otra solución institucional o constitucional», y que, coherentemente, desea respetar la legítima autonomía del orden democrático (cf. Centesimus annus). Al mismo tiempo, precisamente en virtud de esa misma identidad y misión, no puede permanecer indiferente ante los valores en los que se inspiran las diferentes opciones institucionales. Y es que, indudablemente, en las opciones que de vez en vez se van tomando al respecto, están implicadas dimensiones de carácter moral, ya que dichas opciones, junto con las determinaciones vinculadas con ellas, encarnan inevitablemente, en un particular contexto histórico, las concepciones de persona, sociedad y bien común de las que nacen y que en ellas subyacen. En esta precisa toma de conciencia se basa el derecho-deber de la Iglesia de intervenir ofreciendo la contribución que le es propia, y que hace referencia a la visión de la dignidad de la persona con todas sus consecuencias, tal y como se hacen patentes en la doctrina social católica.

Bajo esta perspectiva, la búsqueda y la configuración de un nuevo ordenamiento, a las que también se encaminan los trabajos de la Convención instituida por el Consejo Europeo de diciembre de 2001 en Laeken, han de saludarse como pasos en sí positivos, toda vez que se orientan hacia un deseable robustecimiento del marco institucional de la Unión Europea que, mediante una red libremente asumida de vínculos y cooperaciones, puede contribuir eficazmente al desarrollo de la paz, de la justicia y de la solidaridad en todo el continente.

3. Este nuevo ordenamiento europeo, sin embargo, para resultar realmente adecuado a la promoción del bien común auténtico, ha de reconocer y tutelar los valores que constituyen el patrimonio más valioso del humanismo europeo, humanismo que aseguró y sigue asegurando a Europa una irradiación singular en la historia de la civilización. Dichos valores constituyen la aportación intelectual y espiritual más característica que ha forjado la identidad europea en el curso de los siglos, y pertenecen al rico acervo cultural propio de este continente. Como he recordado en otras ocasiones, atañen a la dignidad de la persona; al carácter sagrado de la vida humana; al papel central de la familia basada en el matrimonio; a la importancia de la instrucción; a la libertad de pensamiento, palabra y profesión de las propias convicciones y de la propia religión; a la tutela legal de individuos y grupos; a la colaboración de todos con vistas al bien común; al trabajo considerado como bien personal y social; al poder político concebido como servicio, sometido a la Ley y a la razón y «limitado» por los derechos de la persona y de los pueblos.

En particular, será necesario reconocer y salvaguardar en toda situación la dignidad de la persona y el derecho a la libertad religiosa concebido en su triple dimensión: individual, colectiva e institucional. También habrá que dar espacio al principio de subsidiariedad en sus dimensiones horizontal y vertical, así como a una visión de las relaciones sociales y comunitarias basada en una auténtica cultura y ética de la solidaridad.

4. Muchas son las raíces culturales que han contribuido a la afirmación de los valores recordados hasta aquí: desde el espíritu de Grecia hasta el de la romanidad; desde las aportaciones de los pueblos latinos, celtas, germánicos, eslavos y húngaro-fineses, hasta las de la cultura hebrea y del mundo islámico. Tan diferentes factores han hallado en la tradición judeocristiana una fuerza capaz de armonizarlos, consolidarlos y fomentarlos. Reconociendo este dato histórico en el proceso en curso hacia un nuevo ordenamiento institucional, Europa no podrá ignorar su legado cristiano, ya que gran parte de lo que ha producido en el campo jurídico, artístico, literario y filosófico se ha visto influido por el mensaje evangélico.

Sin concesión alguna a tentaciones nostálgicas, ni conformándose tampoco con una duplicación mecánica de los modelos del pasado, sino más bien abriéndose a los nuevos retos emergentes, habrá que inspirarse, pues, con fidelidad creativa, en las raíces cristianas que marcaron la historia europea. Lo exige la memoria histórica, pero también -y sobre todo- la misión de Europa, llamada, hoy también, a ser maestra de progreso auténtico, a promover una globalización en la solidaridad y sin marginaciones, a cooperar en la edificación de una paz justa y duradera en su seno y en el mundo entero, a entrelazar tradiciones culturales diferentes para dar vida a un humanismo en el que el respeto a los derechos, la solidaridad y la creatividad permitan a todo hombre realizar sus aspiraciones más nobles.

5. ¡Tarea no fácil, desde luego, ésta que aguarda a los políticos europeos! Para enfrentarse a ella de manera adecuada, será menester que, aun respetando una correcta concepción de laicidad de las instituciones políticas, sepan dar a los valores mencionados arriba ese profundo arraigo de tipo trascendente que se expresa en la apertura a la dimensión religiosa.

Ello permitirá, entre otras cosas, reafirmar el carácter no absoluto de instituciones políticas y poderes públicos precisamente por la prioritaria e innata «pertenencia» de la persona a Dios, cuya imagen está grabada indeleblemente en la naturaleza misma de todo hombre y de toda mujer. Si así no fuera, se correría el peligro de legitimar las directrices de laicismo y de secularismo agnóstico y ateo que acarrean la exclusión de Dios y de la ley moral de los diferentes ámbitos de la vida humana. Y la víctima de semejante tragedia -como la misma historia europea ha demostrado- sería, en primer lugar, la convivencia civil de todo el continente.

6. En todo este proceso también hay que salvaguardar la identidad específica y la función social de las Iglesias y Confesiones religiosas, las cuales, de hecho, siempre han desempeñado y siguen desempeñando un papel bajo muchos aspectos determinante a la hora de educar en los valores que sustentan la convivencia, en ofrecer respuestas a los interrogantes básicos acerca del sentido de la vida, en la promoción de la cultura y de la identidad de los pueblos, en proporcionar a Europa lo que contribuye a dar a ésta un cimiento espiritual tan deseable como necesario. Además, Iglesias y Confesiones, lejos de poder reducirse a meras entidades privadas, actúan con una entidad institucional específica que merece verse apreciada y valorizada jurídicamente, respetando y no perjudicando el estatuto del que se benefician en los ordenamientos de los diferentes Estados miembros de la Unión.

Trátase, en otras palabras, de reaccionar ante la tentación de edificar la convivencia europea excluyendo la aportación de las comunidades religiosas con la riqueza de su mensaje, acción y testimonio: ello restaría, además, al proceso de construcción europea importantes energías para la fundamentación ético-cultural de la convivencia civil. Hago votos, por tanto, porque -siguiendo la lógica de una «sana cooperación» entre comunidad eclesial y comunidad política (cf. Gaudium et spes, n. 76)- las instituciones europeas, a lo largo de este camino, sepan dialogar con las Iglesias y Confesiones religiosas según formas oportunamente reglamentadas, acogiendo la aportación que de ellas puede ciertamente derivarse en virtud de su espiritualidad y de su compromiso de humanización de la sociedad.

7. Deseo, por último, dirigirme a las mismas comunidades cristianas y a todos los creyentes en Cristo, pidiéndoles pongan por obra una amplia y articulada acción cultural. En efecto, resulta urgente y necesario mostrar -con la fuerza propia de argumentaciones convincentes y de ejemplos capaces de arrastrar- que edificar la nueva Europa basándola en los valores que la forjaron a lo largo de toda su historia y que arraigan en la tradición cristiana resulta beneficioso para todos, con independencia de su tradición filosófica o espiritual de pertenencia, y constituye el sólido cimiento de una convivencia más humana y más pacífica a fuer de respetuosa con todos y cada uno.

Sobre la base de semejantes valores compartidos será posible alcanzar las formas de consenso democrático necesarias para delinear, incluso en ámbito institucional, el proyecto de una Europa que sea realmente casa de todos, en la que ninguna persona y ningún pueblo se sientan excluidos, y en la que todos puedan sentirse llamados a participar en la promoción del bien común del continente y del mundo entero.

8. En esta perspectiva mucho es lo que cabe esperar de las Universidades Católicas europeas, que no dejarán de desarrollar una reflexión en profundidad sobre los diferentes aspectos de tan estimulante problemática. También el Congreso que actualmente se celebra aportará a buen seguro su valiosa contribución a dicha búsqueda.

Mientras invoco sobre el compromiso de cada uno la luz y la consolación divinas, envío a todos una especial bendición apostólica.


 
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