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Altar Mayor - Nº 84 (09)
Sábado, 01 marzo a las 18:08:01

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

EUROPA: MODO DE SER Y CULTURA
Por Luis Suárez. Catedrático. De la Real Academia de la Historia

En este momento de hacer un resumen me pregunto: ¿qué es lo que hemos aprendido aquí? Porque las «Conversaciones» han sido vivas, a veces casi con enfrentamiento gracias a personas dotadas de una gran vehemencia en sus opiniones, pero todas han sido sumamente útiles.

Lo que sí quiero pedir de antemano es una disculpa hacia mi profesionalidad. Yo soy historiador y es inevitable que la Historia salga a cada instante en lo que digo. Yo soy católico y no soy capaz de hablar dejando a Dios al margen. Son, probablemente, dos defectos, o si prefieren, dos virtudes, que nos permiten entender muchas de las cosas de las que hemos hablado aquí.

Empezando por el tiempo pasado nos hemos planteado qué es Europa. Y esta pregunta, indudablemente, tiene hoy dos respuestas: es un espacio, es un ámbito dentro del cual se han producido, durante mucho tiempo, prácticamente 1.400 años, problemas, avances, logros y fracasos de una gran importancia. Pero es algo más: es un modo de ser, es una cultura. Y lo primero que hemos descubierto en estas «Conversaciones» es que a través de esa cultura se hizo posible un fenómeno de una enorme importancia: la fusión, la síntesis de tres grandes venas del pensamiento que han venido a confluir en una: el antropocentrismo helénico, en donde está prácticamente el origen, que descubre al hombre en su dimensión fundamental; la jurisprudencia romana, el ius, que descubre a la persona por encima del individuo humano; y la transcendencia, que tiene su origen en la revelación de Dios al pueblo de Israel, que es lo que permite el nacimiento del cristianismo. Porque el cristianismo es una religión hecha cultura; es decir, que ha alcanzado un grado de madurez dentro del cual ha sido posible la reunión de esos tres elementos en apariencia dispares en uno solo.

Israel y el helenismo habían llegado a enfrentarse en una lucha a muerte sin que fueran capaces de lograr el entendimiento. El ius romano se había impuesto en toda la cuenca del Mediterráneo, condenando a los demás a ser bárbaros, es decir, extranjeros. Y el cristianismo llega y hace de todo ello una unidad.

Pero yo no soy capaz de olvidar en ningún momento que estoy en una casa benedictina, y que san Benito es como la clave fundamental donde nacen las raíces de esa cultura que llamamos Europa. Porque él fue quien al final del trayecto en esta síntesis vino a darnos una definición del hombre como el resultado, la consecuencia final de esas tres fuentes de actividad que en el ser humano existen: el trabajo; la economía, cuya importancia ha quedado aquí profundamente destacada, pero también su limitación (la economía es un medio, el trabajo es un medio, no un fin en sí mismo); y el estudio y la contemplación. La presencia de Dios, que queramos o no, está contemplándonos en todo momento.

Así nació la cultura europea que tiene una característica que le diferencia de todas las demás existentes en aquel momento en el mundo. Si nos situamos en la Edad Media nos damos cuenta que el mundo estaba como dividido en cinco ámbitos culturales diferentes, cada uno de los cuales se enfrentaba con el problema de la transcendencia pero dando una respuesta radicalmente distinta. En la cultura extremo oriental la trascendencia estaba inmersa en la propia sociedad humana, y el emperador de China era el Hijo del Tao, el Hijo del Cielo y el Tenno del Japón era la manifestación viva de la diosa Materadsú. En el Islam todavía la división entre los dos ámbitos de autoridad se desconoce. En Bizancio, en lo que podríamos llamar la otra Europa oriental, el patriarca era simplemente el primero de los funcionarios del Imperio. De modo que, según vemos, sólo Europa ha dado una respuesta de la cual todavía seguimos dependiendo nos guste o no nos guste: hay dos autoridades, temporal y espiritual, que son independientes entre sí, aunque puedan estar relacionadas íntimamente una con otra porque están refiriéndose a las mismas personas. Lo que caracterizaba a Europa, lo que la caracteriza todavía hoy, es precisamente esta separación entre los dos ámbitos fundamentales de autoridad: aquella que decide qué debe hacerse en el ámbito temporal (entra la política, la sociedad, la economía, medios siempre) y aquella otra que establece cuál es el orden moral del que depende la existencia misma del ser humano.

Pero esto se rompió en una fecha. Para verlo claro, vamos a ser tan precisos como Umberto Eco en El nombre de la Rosa. ¿Por qué esta novela ha tenido tanta importancia si para la mayor parte de la gente no es otra cosa que una especie de romance policíaco con asesinos y todo? Probablemente, sin darse cuenta, el lector está apreciando que allí está la ruptura de esta situación. La ruptura que se produjo en nombre de un nominalismo voluntarista y sobre todo en nombre de una estructura política, primera lección que no deberíamos olvidar: el Defensor pacis, de Marsilio de Padua, marca una nueva etapa. Y Europa se dividió, y Europa se rompió. Y no supo encontrar la vía del diálogo. Este fue el drama europeo.

Qué duda cabe que cada uno de los dos bandos que se enfrentaron en aquella lucha que termina en 1648, pero que empezó en 1517, tenía su parte de razón, tenía sus razones que hubieran tenido que ponerse sobre la mesa y tratar de establecer un diálogo. No se hizo eso. Es más, a quien se empeñaba en buscar una solución previa e ideológica -y estoy pensando en un personaje que me queda muy cerca porque es el último libro que he escrito, Don Pedro de Luna, Benedicto XIII- se le calumnió, se le machacó, se le hundió. Dios guarde a los que en Constanza y en Basilea, ciudades suizas, cometieron el crimen terrible de dividir a Europa.

Entonces Europa entró en guerras de religión cada vez más duras, cada vez más terribles, cada vez más sangrientas. Saben que en la Guerra de los 30 Años, del siglo XVII, llegaron a comerse en Alemania cadáveres humanos. Eso los historiadores no solemos decirlo, pero deberíamos de comunicarlo porque hasta ese extremo llega el odio. Lo que ocurrió a partir de 1648 -la Paz de Westfalia- es que se intentó la fórmula opuesta: someter la autoridad espiritual al poder temporal. Es lo que recomienda Hobbes como única posibilidad de solución en el Leviatán. Y es lo que Hegel, a mediados del siglo XIX, recomendará también: no hay más libertad que la que el estado pueda dar. En aquel momento el sometimiento de la Iglesia católica -no sólo de las Iglesias protestantes, de todo el Cristianismo- al poder del estado parecía a mucha gente una solución cuando en realidad era un error.

Europa, dividida en sí misma, conoció la guerra, la guerra de verdad. La guerra interna de Europa durante la Edad Media era una especie de broma. Habrán visto muchas veces representado el Enrique V de Shakespeare, la terrible batalla de Azincourt, San Jorge, Inglaterra, no sé cuántas cosas más. ¿Saben cuantos muertos hubo en la batalla de Azincourt? Veintiséis. Menos que hoy en un fin de semana en cualquier país mediano de Europa. Pero a partir de 1648 la perspectiva cambia y entramos en un sistema de guerras que cada vez son más civiles (no quiere decir civilizadas, sino incivilizadas) y menos internacionales. Las guerras de Luis XIV, la de la Sucesión de España, la de la Pragmática, la de los Siete Años, las de la Revolución, la de Napoleón, la de Crimea, la Prusiana, la del 14 y la del 39. Aquí es donde tenemos que tener muy claramente en la conciencia qué pasó en 1947, qué es lo verdaderamente importante de 1947. Que tres hombres, católicos practicantes, Alcide de Gasperi, Robert Schuman, Konrad Adenauer, decidieron que ya estaba bien, hasta aquí hemos llegado y no debemos pasar de aquí.

Es verdad que se inició el camino por la vía económica. ¿Tenían razón los que propusieron esto? Yo quiero creer que sí. Pero aunque es indudable que hemos alcanzado un nivel económico de una enorme importancia y hemos llegado a un progreso como pocas veces podíamos haber soñado, es indudable que desde el punto de vista de la Hermandad, que estamos defendiendo nosotros como doctrina, hay un gravísimo peligro. Y esto es lo que ha quedado muy visible dentro de esta reunión.

¿Cuándo se dieron cuenta de este peligro los europeos? Lo ha dicho Alfonso Bullón: fue en La Santa Alianza, cuando por primera vez se dieron cuenta dónde estaba realmente el mal: en el sometimiento del orden moral al estado. ¿Qué es lo que tendríamos que reconstruir? Reconstruir el orden moral; es decir, someter a los estados al orden moral. ¿Que aquello fracasó? Como fracasaron otros intentos y fuimos cada vez a peor en ese enfrentamiento de guerras civiles que son las grandes guerras europeas del siglo XIX y del siglo XX.

¿Cuál es la solución? Jesús Neira, en una intervención que tuvo una enorme importancia, ha llamado la atención sobre algo que me parece es una lección que hay que aprender. El peligro no está tanto en una Europa de Alemania. El peligro está en que desde entonces quien ha desvirtuado el tema imponiendo siempre los principios nacidos de la Revolución Francesa es Francia. ¿Nos damos cuenta de que la Convención que va a encargarse de redactar la futura Constitución europea está presidida por un francés masón grado 33? Esto significa una determinada orientación dentro de ese parlamentarismo europeo.

Yo creo que desde aquí, desde el humilde papel de nuestra revista, tenemos una gran responsabilidad y una gran oportunidad, hasta donde pueda llegar nuestro grado de influencia. Hay que decir: Europa está ahí, Europa es la herencia de una cultura que no debe olvidarse, Europa es un camino que se está recorriendo hacia el futuro y como tal lleno de incógnitas; puede salir bien o puede salir mal. De que salga bien somos nosotros responsables, todos, cada uno en la medida de sus fuerzas, cada uno en las palabras que utiliza, cada uno en el mensaje que poco a poco va comunicando a través de los medios de que dispone. A veces puede ser un periódico o una emisora. Indudablemente son muy importantes, pero no olvidemos que las grandes ideas siempre han nacido, siempre se han extendido por terreno capilar.

¿Qué es lo que yo veo como gran esperanza en el futuro? La Iglesia ha cambiado y no sólo gracias al Concilio Vaticano II, para mí el acontecimiento más importante del siglo XX. La Iglesia ha cambiado porque ha conseguido devolverse a sí misma la libertad, como estaba antes de que se produjeran los acontecimientos de 1328: el sometimiento al estado. No olvidemos que España llegó a estar bajo el impulso de un Concordato, en de 1758, en que prácticamente el rey nombraba a los obispos, los abades y los arciprestes; después de eso, ¿qué quedaba en pie? Ahora no. La Iglesia además ha dado un impulso decisivo en los últimos tiempos.

Tal como veo las cosas, la Iglesia empezó siendo una comunidad, nada más, donde fieles y ancianos (eso es lo que significa presbítero y vigilante, y eso es lo que significa obispo) formaban una sola entidad. Y en un momento determinado (esta es la enorme importancia de san Benito) se creó una segunda dimensión: la dimensión del monacato. Y el monacato, que salvó la cultura europea creando y conservando las bibliotecas, y sobre todo infundiendo a los cristianos la idea de que había que cambiar la existencia, y que, en definitiva. lo más importante de las tres dimensiones que el hombre tiene es la tercera, a la cual llamó opus dei san Benito. A partir de ese momento la Iglesia fue dos cosas simultáneamente: la Iglesia de los clérigos y laicos que formaban el mundo secular, y la Iglesia regular del sometimiento a la regla, que es el camino de perfección, a través de lo cual viene toda esa creación intelectual que lleva a cabo el Renacimiento del siglo XII que es donde empieza el humanismo.

Pero después Dios dispuso que naciera una nueva dimensión: la de los frailes, esos otros religiosos insertos en la vida urbana a través de los cuales se creaban las hermandades, las cofradías, las corporaciones de oficios que luego se convirtieron en gremios. El gremio no es bueno, el gremio es una deformación de la primitiva corporación de oficio, porque es la tentación de caer en el monopolio en lugar de estar defendiendo la libertad. Pero no entremos en eso, que nos perderíamos.

Y después vino la cuarta dimensión: la de los doctores, la de los sabios, la de la Compañía de Jesús.

Cada uno de estos movimientos generaba a su vez otros. Pues bien, a partir de la primera mitad del siglo XX aparece la dimensión laical dentro de la Iglesia. Y en eso estamos ahora. Ahora estamos ante una Iglesia que no sólo ha conseguido liberarse de los poderes temporales sino que dispone de unos medios laicales que llevan a cabo la capilarización de la sociedad a través de unos valores que pretenden ser la dimensión moral.

Pues bien, en esto es en lo que, a mi juicio, y como término de las «Conversaciones» que hemos tenido esta semana, estamos en condiciones de llevar adelante. Europa está ahí. No se trata de que nos guste o nos deje de gustar; esto no tendría importancia ninguna. Lo que se trata es de que la Hermandad, siguiendo lo que fue el Decreto, la idea de sus fundadores, siembre en la sociedad los valores que constituyen, desde el punto de vista cristiano, no sólo católico, la realidad de la persona humana.

¿Qué es Europa y qué debe ser Europa? A lo largo de toda su Historia Europa no ha sido más que la suma de las cinco naciones de la cristiandad que se expresan mediante cinco lenguas, y se colocaban además por este orden según el famoso decreto del Concilio de Constanza del año 1414: la primera Italia, porque es Roma; la segunda Alemania, porque es el Imperio Romano Germánico; la tercera Francia, porque ha sido Imperio; la cuarta España, porque ha nacido legítimamente de Roma por el pacto del 418; y la quinta Inglaterra, y no hay por qué explicarlo. Pero no es esta la situación real hoy, no estamos viviendo un mundo en el que estas cinco naciones constituyen en realidad la esencia de la europeidad. Todo lo demás pueden ser intereses económicos que nos llevan a otro lugar. Si me preguntan: ¿y dónde está Polonia? Polonia era parte de la nación alemana, como lo era Hungría. Cuando en 1414 se está hablando de la nación alemana no se la distingue de Escandinavia, de Polonia o de Hungría; todo ello formaba esa entidad fundamental. Hoy todo esto pertenece a un tiempo pasado, ciertamente. Pero no olvidemos que Europa ha nacido, o ha renacido, o ha iniciado el camino hacia su reconstrucción, partiendo de esos países que formaban, que forman, el núcleo esencial. Deberíamos comenzar por ahí, por reforzar ese núcleo esencial, que dentro del mundo occidental, muy amplio, constituye una peculiar manera de existir, de pensar y de comportarse.

En la medida en que nosotros, con nuestras muy escasas fuerzas (mayores de lo que se imagina la gente) fuésemos capaces de contribuir, como sea, al crecimiento de esta idea (que es decir: hasta aquí hemos llegado, bendito sea Dios que tenemos un mercado común, pero no nos conformemos con esto, la incógnita está hacia el futuro), seremos capaces de crear esa noción del hombre europeo que tiene sus raíces precisamente aquí y se ha extendido después a todo el mundo. Cuando un japonés quiere interpretar música toca la Quinta de Beethoven. O cuando un norteamericano o un hispano o iberoamericano está pensando en su identidad, está recordando las raíces de esa europeidad. Cuando estamos pensando en todo esto la obligación moral que sobre nosotros se nos impone es muy seria. En primer término, no renunciar a nada del pasado; Patria es patrimonio, no la tierra donde uno nació, sino el orden de valores que ha podido heredar, que constituyen el capital de su existencia; tenemos que abrazar ese capital, pero tenemos también que fructificar, porque aquél que recibe el talento y lo esconde bajo tierra merece que le pongan una rueda de molino al cuello y le echen al profundo del lago. Nada de mirar con nostalgia el pasado, sin renunciar en modo alguno a todo lo que ha sido, y teniendo presente que en la coyuntura que ahora se inicia todo va a depender de que los europeos sean capaces de reconstruir el orden moral, o no lo sean.

Si seguimos por el camino que estamos ahora arrostrando, si seguimos por las concesiones hacia una vida meramente hedonística, el porvenir de Europa será muy malo. Si somos capaces de insuflar la vida suficiente a este edificio que tiene ya bastante bien construida la arquitectura de sus andamios, es decir, la capacidad moral suficiente, indudablemente Europa llegará a convertirse en uno de los elementos fundamentales, no sólo del mundo occidental del que forma parte, sino también del Universo.

A mí me parece que las «Conversaciones» novenas que hemos celebrado han tenido una enorme importancia: la posibilidad de expresar lo que pensamos y, sobre todo, la capacidad de aprender. Yo confieso que he aprendido mucho. Y mucho más de aquellos que con vehemencia han sido capaces de explicarnos lo que en el fondo están pensando.


 
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