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Altar Mayor - Nº 84 (06)
Sábado, 01 marzo a las 18:18:32

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

LA SANTA ALIANZA
Por Alfonso Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera. Universidad San Pablo-CEU

Aunque hoy se encuentre muy olvidada (cuando no denostada), lo cierto es que la Santa Alianza constituye un interesante precedente de la Unión Europea. El interés por el estudio de las relaciones internacionales se desarrolla tras los grandes conflictos. Así, la obra de Webster sobre el congreso de Viena se realiza tras la primera guerra mundial, tratando de ver los errores cometidos entonces por los aliados a fin de no repetirlos en las nuevas negociaciones (el «error» fue dejar que la nación vencida se convirtiese en un elemento clave, por lo que Alemania fue prácticamente excluida de Versalles), y la de Nicolson surge tras la segunda guerra mundial. En ambas ocasiones se esta ahondando en el pasado en busca de soluciones para el presente, y una que permanece constante es el deseo de garantizar la paz por medio de una organización de carácter supranacional. En 1918, la Sociedad de Naciones; en 1945, la Organización de las Naciones Unidas. «El período que siguió a 1815 fue el primer intento de tiempos de paz tendiente a organizar el orden internacional mediante un sistema de conferencias, y el primer esfuerzo explícito de las grandes potencias por afirmar un derecho de control» (Kissinger), si bien, contra lo que suele creerse, este se ejerció más a través de la «Alianza» que de la «Santa Alianza».

Propuesto por el zar Alejandro, el tratado de la Santa Alianza tenía como objetivo construir una política internacional basada en los preceptos de la Religión. Aunque este achacaba sus orígenes a una conversación celebrada con Castlereagh en febrero de 1815, su elaboración debía más a su interés por el Antiguo Testamento y la influencia de Madame de Krüdener, que le había servido como mentor religioso a lo largo de aquel verano. Descrito por Gentz como una «nulidad política», y considerado por Castlereagh como un ejemplo de «sublime misticismo y de insensatez», el tratado fue firmado por los soberanos de Austria y Prusia el 26 de septiembre de 1815, como concesión al irritable zar de Rusia, y no sin que Metternich introdujera en él significativos cambios textuales. Publicado en 1816, contó con la adhesión de todos los países de Europa a excepción de Inglaterra (cuyas leyes no permitían que un documento de este tipo fuera firmado por el monarca), Sajonia (descontenta con el trato recibido en el Congreso de Viena), los estados Papales (reacios a entrar en una alianza con ortodoxos y luteranos), y Turquía (que lo consideraba una maniobra del zar para actuar en su contra). Entre los firmantes se hallaba por tanto la república de Suiza, y durante algún tiempo dio la impresión de que podía contarse con la adhesión de Estados Unidos. En palabras de Bertier de Sauvigny, se trataba de una «simple declaración de intenciones, que no creaba por ella misma ninguna obligación internacional, ninguna organización».

Esta organización surgirá sin embargo como consecuencia del Segundo Tratado de París, en cuyo artículo VI, siguiendo las directrices de Chaumont, se establece un sistema de conferencias periódicas de soberanos o ministros para facilitar y asegurar la ejecución del tratado, discutir los intereses comunes, y considerar las medidas que se considerasen más saludable para el reposo y prosperidad de las naciones y para el mantenimiento de la paz en Europa. Los países de la Cuádruple Alianza establecían así la base legal para el sistema de conferencias de la posguerra, marcando definitivamente la ascendencia de las grandes potencias y el principio del concierto europeo. A la hora de la verdad, la dueña de los destinos de Europa será la Alianza, entidad nueva, fruto de la mezcolanza de las dos anteriores, que es precisada y desarrollada en las conferencias de Aix-la-Chapelle y Troppau, y cuyo constructor fue Metternich. A esta sería (no a la Santa Alianza, ni tampoco a la Cuádruple), a quien se podría aplicar la imagen utilizada por los liberales del XIX de «liga de los reyes contra los pueblos», y eso a condición de olvidar la contribución positiva que tuvo para el mantenimiento de la paz en Europa.

En 1818 se celebra la conferencia de Aquisgrán, preparada de antemano para liquidar la ocupación militar de Francia, saldar sus deudas, y admitirla de nuevo en el seno de las grandes potencias. Surgen aquí los primeros signos de debilidad del sistema, pues el zar Alejandro sugiere el establecimiento de una alianza general que garantizará tanto los límites territoriales de los países como sus regímenes políticos, postura que encontró la oposición de Inglaterra.

A comienzos de 1820, la Europa del Congreso entra en una fase de agitación que afecta sobre todos a los países mediterráneos. Cronológicamente, el primer movimiento es el que tiene lugar en España el 1 de Enero de 1820, cuando el comandante Riego se alza en Cabezas de San Juan con parte del ejército destinado a reprimir la sublevación de América, y obliga al rey Fernando VII a jurar la Constitución de 1812.

Portugal se hace pronto eco de los acontecimientos españoles. Tras la muerte de la reina María (1816), su hijo Juan VI continua en Brasil, donde se había refugiado durante la invasión francesa, y queda a cargo de la regencia el general inglés Beresford. La situación se ve alterada en 1820, cuando en relación con los liberales españoles tiene lugar una sublevación militar en Oporto que da lugar a la reunión de cortes constituyentes y fuerza la vuelta del monarca, que otorga el Estatuto liberal de 1822 al tiempo que su hijo Pedro protagoniza la independencia del Brasil (grito de Ipiranga).

En julio de 1820, y con el apoyo de los carbonarios, se produce en Nápoles la sublevación del general Pepe, que impone a Fernando IV la constitución española de 1812. En marzo de 1821 se subleva en Piamonte la guarnición de Alesandria, secundada por la de Turín, que exige que el Rey Víctor Manuel I implante la constitución de 1812 y declara la guerra a Austria, convirtiéndose así en cabeza del nacionalismo italiano. Su abdicación da lugar a la regencia de Carlos Alberto, que publica una versión adaptada del código gaditano. La agitación se extendió también a las posesiones italianas de Austria, si bien el peligro fue conjurado mediante la concentración en la fortaleza de Spielberg de los opositores más destacados.

En 1821, aprovechando la sublevación del bajá de Egipto contra el sultán, un antiguo ayudante de campo del zar Alejandro, el general Ypsilanti, penetra en los Balcanes con un pequeño contingente armado, y trata de encauzar una revuelta generalizada contra el dominio turco. A pesar de sus fracasos el movimiento independentista no se detiene, y en abril de 1821 el arzobispo Germanos levantaba la bandera de la rebelión en Kalavyrta, dando comienzo a la guerra de la independencia de Grecia, apoyada en la actuación de las hetairias (sociedades secretas surgidas a partir de 1814).

Pequeños incidentes agitan a prácticamente todos los países europeos. Francia vive varios intentos de sublevación republicano-bonapartista entre 1820-22, algunos de ellos con implicación de los constitucionales españoles, mientras que en Rusia el regimiento Semenov protagoniza un fallido alzamiento liberal.

Sin embargo, como hace notar Koselleck, el peso de las revoluciones de 1820 recae sobre el mundo Mediterráneo, pudiendo señalarse las siguientes características:

1. Influencia de la Constitución española de 1812.

2. Los levantamientos no surgen del pueblo y, con excepción del caso griego, cuentan con un escaso apoyo popular. Se trata de levantamientos preparados por asociaciones secretas, compuestas en su mayor parte por militares y funcionarios, así como intelectuales y comerciantes.

3. Se trata de países cuya realidad social no corresponde a la ideología de los sublevados, por lo que estos pueden sacar muy poco provecho de su efímera ocupación del poder.

4. El desarrollo de los hechos es similar en las tres penínsulas mediterráneas, cuya suerte es determinada por la intervención extrajera.

Ante esta oleada revolucionaria, la reacción de las potencias de la pentarquía (Cuádruple alianza más Francia), no se hizo esperar. Metternich sabía que un congreso podía obligar a Castlereagh a distanciarse, pues en Inglaterra no se quería una política de compromiso en Europa, pero no podía intervenir sólo, pues ello le hubiera creado problemas con Francia y Rusia. Trató de convencer a Alejandro para que él y el Emperador, únicos monarcas europeos no atados por grilletes constitucionales, resolviesen el asunto, pero éste manifestó que la forma de hacerlo era un nuevo congreso de las cinco potencias. El 23 de octubre de 1820 se inauguraba el congreso de Troppau, que constituyo un duelo diplomático entre Capo d'Istria, que quería obligar a los liberales napolitanos y españoles a promulgar una constitución de carácter moderado, y Metternich, que consideraba este remedio peor que la enfermedad, pues hubiera supuesto la consolidación de los nuevos regímenes, y que hubo de echar mano de la idea de Alejandro de una cruzada religiosa en contra del espíritu revolucionario para conseguir el apoyo de Rusia. El protocolo preliminar resultante, afirmaba que los estados que hubiesen sufrido cambios revolucionarios que amenazasen a otros estados deberían ser excluidos de la Alianza Europea, hasta que el orden legal y la estabilidad hubiesen quedado asegurados. Las potencias aliadas negarían su consentimiento a los cambios conseguidos por métodos ilegales, y en caso de que la situación resultara peligrosa para los estados vecinos se pasaría, si era necesaria, a tomar las medidas coercitivas necesarias para devolver al ofensor al seno de la alianza. La discusión de este protocolo, firmado tan solo por Austria, Prusia y Rusia, puso en evidencia la división existente en el seno de la alianza, que trato de solventarse en Laibach, donde se continuaron las sesiones en enero de 1821.

El intento de reforzar la solidaridad de las potencias aliadas resultó fallido, pues Inglaterra se negó a mantener oculta su disensión sobre la intervención armada en Nápoles, cuyo rey se presentó ante el congreso, rechazó el juramento a la constitución que había sido obligado a prestar, y fue repuesto en el trono por las tropas austriacas. Poco después tenían lugar la intervención austriaca en Piamonte, que consolidaba la monarquía y restablecida momentáneamente la situación en Italia. Por su parte, el zar Alejandro, que había preconizado el mantenimiento del statu quo en Europa, se vio en la desagradable situación de tener que desautorizar el movimiento de Hypsilantes en los Balcanes. A pesar de los intentos conciliadores, Inglaterra se negó a firmar la declaración final del congreso, pues temía alentar a Rusia o Francia a una posible intervención en España, y ello hubiese podido suponer que ésta recuperase sus colonias, perjudicando el tráfico comercial establecido por Gran Bretaña a partir del comienzo del proceso independentista. Quedaba pues consagrada la ruptura entre los puntos de vista de dos de los más importantes diplomáticos de la época: el vizconde de Castlereagh y el príncipe de Metternich. El primero, aunque deseaba una alianza europea en la que Inglaterra se hallase presente, a fin de evitar un aislamiento similar al que se sufrió en la época napoleónica, no podía pasar por encima de los deseos del resto del gobierno y la opinión pública de Gran Bretaña, que confiaban en la situación insular de Inglaterra, y deseaban tan solo a oponerse a las agresiones abiertas; Metternich trataba de prevenir los levantamientos. Inglaterra consolidaba pues su política de no interferencia en los asuntos internos de otros estados, mientras que el imperio austriaco, cuya estructura era enormemente vulnerable, insistió en un derecho generalizado de interferencia para poder aplastar los disturbios sociales en cualquier punto en que apareciesen.

Tal y como temía la diplomacia inglesa, una vez terminado el congreso el Zar Alejandro volvió a proponer la intervención armada en España, y aunque su ofrecimiento de tropas no fue tomado en serio, provocó que un influyente grupo de la corte francesa planease actuar en España, cuestión debatida en el congreso de Verona, donde desplazó a los temas orientales y de América Latina, que el recién suicidado Castlereagh pensaba serían los fundamentales («Señor, es necesario decirle adiós a Europa» había escrito al monarca cuatro días antes, reconociendo así el fracaso de su política). Sólo Rusia se mostró dispuesta a apoyar incondicionalmente la iniciativa francesa, que fue rechazada por Inglaterra, mientras que Austria y Prusia se comprometieron a retirar sus embajadores si Francia hacía lo propio y prestar a su aliada un apoyo moral. Sólo si era España el país agresor, o se actuaba en contra de la familia real, estos países se considerarían obligados a intervenir. A pesar de la oposición del conde de Villéle, jefe del gabinete francés, la firme postura del partido realista, encabezado por Chateaubriand, hizo que el 25 de diciembre de 1822 el gobierno francés anunciara su intención de actuar en solitario, lo que fue confirmado en enero por el discurso de la corona y dio lugar a que Inglaterra amenazase con intervenir, aumentando la flota y levantado el embargo de armas a España e Hispanoamérica.

Hasta finales de marzo los franceses no obtienen la seguridad de que Inglaterra no iría a la guerra a no ser que se tratase de intervenir en Portugal o de ayudar a España a recuperar sus colonias, y el 5 de abril se produce la invasión que restablece a Fernando VII en el disfrute de sus poderes.

Firme en su deseo de obstaculizar el máximo cualquier posible intento de recuperar la América española, Canning, que había sustituido a Castlereagh en al frente de la diplomacia inglesa, ofreció a los Estados Unidos realizar una declaración conjunta exponiendo su oposición a cualquier intervención europea en América. Aunque el presidente Monroe estaba de acuerdo, el secretario de estado, Adams, hizo presente que unirse a ésta declaración británica dejaría a los Estados Unidos en un segundo plano, al tiempo que daría margen para pensar que Inglaterra sí podía intervenir legítimamente en América. La tenaz defensa de su postura hizo que finalmente Monroe se decidiera a actuar por si solo el 2 de octubre de 1823. Lo que se ha dado en llamar doctrina Monroe, modernamente resumida bajo el lema «América para los (norte) americanos», proclamaba que el Nuevo Continente no era un lugar que pudiera ser objeto de colonización por las potencias europeas, y que dada la radical diferencia existente entre los sistemas políticos del Viejo Continente y de América, los Estados Unidos considerarían «cualquier intento por su parte de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad». En compensación, y enlazando con las ideas manifestadas por Washington en su famoso discurso de despedida, los Estados Unidos no se mezclarían en los asuntos de Europa. Para algunos autores, este era entonces el punto principal del mensaje, pues lo sitúan no en relación con los proyectos de Canning y la Santa Alianza, sino con el comercio que los Estados Unidos efectuaban con los aliados de Grecia y el Imperio Turco, enzarzados en una larga y cruenta guerra. El intento americano de mantener una política neutral mediante el libre comercio se había hecho prácticamente imposible, pues los países en liza pedían una pronta definición, y antes que embarcarse en una lejana aventura los Estados Unidos prefirieron renunciar a su comercio mediterráneo aprovechando la ocasión para presentar esta inhibición como una renuncia que hacían de intervenir en Europa a cambio de que Europa no interviniera en América, lo que les permitiría adoptar una postura hegemónica en su ámbito.

La intervención en España fue el último éxito de la alianza, pues a partir de entonces quedó en evidencia que cada país iba a actuar según sus propios intereses. La ficción se mantuvo todavía algún tiempo más, pues en 1824 y 1825 se celebraron conferencias en San Petersburgo destinadas a estudiar el enfrentamiento entre griegos y turcos, aunque sin llegar a ningún acuerdo. A partir de entonces puede darse por terminado este intento de conseguir una dirección común de la política europea.


 
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