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Altar Mayor - Nº 84 (05)
Sábado, 01 marzo a las 18:21:20

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

LA SITUACIÓN DE EUROPA EN EL AÑO 2002
Por Jesús Neira Rodríguez. Profesor Universidad Complutense

El tema que nos ocupa es especialmente interesante, aunque en este tipo de cuestiones pienso como Séneca al decir "alejémonos del terreno resbaladizo, porque en el seco tampoco nos mantenemos con mucha firmeza. Si hoy existe en la realidad política una materia escurridiza es la relativa a la llamada construcción de Europa, porque no es una cuestión sometida a un proceso racional, a un texto, a una programación, a unas organizaciones garantistas, a un modelo predefinido. Es un proceso que conocemos bien los españoles. En Europa se está caminando, como ocurriese en España, de la ley a la ley bajo el instrumento del consenso. El proceso de formación europeo, no es algo que a los españoles nos quede tan lejano, por ejemplo, como les ocurre a los ingleses. En el Reino Unido sí han tenido verdaderos problemas para adentrarse en Europa; los españoles, por la experiencia de los años setenta, de nuestro propio proceso de transición política, estamos más acostumbrados a cierto tipo de planteamientos sobre las cuestiones políticas, sobre mecanismos semi-institucionales, semi-legales, semi-informales, al juego de la discrecionalidad al margen de todo control eficaz.

Hoy los países que se enfrentan a terminar el proceso de la Unión Europea, como sabemos, están en un punto en el que se acaba de hacer realidad, la moneda única; se hallan supeditados políticamente, en principio, a las iniciativas de un banco central. Y se abre en este momento, de una forma irregular que también los españoles conocemos, un proceso de elaboración de lo que sería una posible Constitución europea (una nueva organización aún por definir). Curiosamente las siglas de UE serían, invertidas, Estado europeo.

Tratar de dar el paso a lo que sería la Constitución de un "Estado europeo" supondría, de entrada, que en pocos años, ni siquiera en veinte años, se ha realizado una evolución trascendental, singular y curiosa, como es transitar de la Europa de las Naciones, o la Europa de las Patrias, como la definía el general De Gaulle, a la situación presente. Este es un aspecto singular que merece valorarse con un cierto detenimiento. Hoy se están planteando las posibilidades que podría tener un posible Estado europeo –aunque no exista la realidad formal que permita el uso de esa expresión-, en definitiva una nueva organización política aunque no se indique de momento el nombre por el que se la reconocerá. Francia fue la promotora de trasladar la idea de De Gaulle sobre la Europa de las Naciones. Trascender aquella inspiración, supone dos apuntes: primero, la quiebra o la reconversión del modelo francés, porque son los franceses quienes han puesto en marcha precisamente la idea; y segundo, se hizo ostensible, no ya por Miterrand a partir del año ochenta y uno, sino que se agudizó por él mismo cuando fue consciente de que la unidad alemana podía tener una repercusión muy superior que cambiase las condiciones de la Europa que se había bosquejado. En este momento Francia entra a valorar dos cuestiones ante las cuales se había mostrado siempre contraria: primera, la posible descentralización, sin cuyo dato no hubiera sido introducida la subsidiariedad en el tratado de Maastricht; y segunda, no se hubiese podido plantear la idea de una nueva realidad organizativa europea, los franceses han cambiado sus parámetros.

Cuando nos referimos a un proceso de organización de un Estado europeo o a una nueva organización superadora de la Unión Europea, según los cánones más clásicos de cualquier manual de Teoría del Estado o de Derecho Constitucional, lo primero que es preciso observar es cuál es el sujeto que se va a constituir, y para ello tiene que preexistir algo elemental que es una Nación. Evidentemente, en el caso de un posible Estado europeo, lo que existe son naciones, no hay una realidad nacional única. Este presupuesto nos conduciría, en principio, hacia tres modelos de Estado distintos: un modelo centralista, un modelo de descentralización en cualquiera de sus diversas formulaciones concretas (fuese autonómico como el español, escasamente definido; fuese un modelo rígido como el federal) o a un modelo confederal. Para estas posibilidades -y todavía no se ha indicado en Europa hacia donde nos dirigimos- existen dudas sobre cuál puede ser el esquema, no ya el final del proceso, sino simple y llanamente el boceto de esa realidad que ahora se pone en marcha.
 

El presente en su trayectoria.-

Existen cuestiones previas que quizá debiéramos tener en cuenta para valorar las posibilidades del modelo y encuadrar sus presupuestos. En primer lugar la Europa del actual momento del año 2002 es una Europa hija de sus errores y de sus aciertos, es un producto del siglo XX. La pasada centuria ha tenido dos momentos, como diría Hegel, verdaderamente sorprendentes. El primero se corresponde con los primeros años del siglo, el primer tercio, donde nos encontramos con los viejos modelos que se habían alzado sobre la Revolución Francesa, y entre ellos un modelo francés, típicamente continental, el modelo parlamentario clásico (monarquía de julio, Tercera y Cuarta Repúblicas), por cierto sin división del poder, que va a ser un modelo que inspira a toda la Europa continental. Como es sabido, el siglo XVIII había aportado unos elementos ideológicos muy ingenuos, con componentes diversos, en parte iluminista, en parte racionalista, con una gran fe en la humanidad y su evolución. El siglo XIX pronto demostró que a aquel viejo concepto de ideología se le iba a añadir con rapidez otros planteamientos más acordes con las realidades sociales de su tiempo y que no fue capaz de solventar el poder ni la creciente oposición. No hubo una respuesta eficaz a los fenómenos económicos y sociales que estaban ocurriendo. En estas circunstancias, a mediados del siglo XIX se plantea una conversión drástica y radical del concepto de ideología. Marx había elaborado en sus primeras obras de juventud un análisis del concepto de ideología con denuncia de un mecanismo corruptor de las ideas por parte de la clase dominante, como diría Gramsci posteriormente, una ideología como falsa conciencia. Este concepto de ideología acompañaría a las fuerzas políticas emergentes del siglo XIX en una constante evolución y en un desarrollo permanente. Este despliegue culminaría, a la altura del siglo XX, con una tremenda expansión y una diversificación de las opciones ideológicas en liza. Aparece por primera vez un movimiento comunista de inspiración leninista (que no podríamos considerarlo como un corpus cerrado en el momento de los años 1917-1920, porque como ya se había planteado en Rusia con anterioridad por Plejanov, veríamos renacer las variantes como el trostkismo, posiciones como las de Kamenev, Radek o Kautsky; por otra parte, después sobrevendría la interpretación stalinista, etcétera). Y en el resto del continente europeo, exceptuando a Inglaterra, que ha quedado siempre al margen de estas pasiones continentales, y por supuesto sin considerar la distante y diferente realidad de EE.UU. por representar otro modelo completamente distinto al británico y al continental europeo, aparecen los fascismos (también hay que reconocer en ellos distintas versiones, pues no es lo mismo el fascismo de Mussolini que el de la NSDAP en Alemania, el nazismo). En los años treinta se llega a la eclosión del gran conflicto que va a aterrar a Europa: una dispersión de las fuerzas políticas y de las ideologías presentes, con una potencia verdaderamente tremenda, que no tenía parangón con la realidad del siglo XIX.

El efecto de esta expansión ideológica de la primera mitad del siglo XX, y concretamente entre el segundo decenio y los años cuarenta, va a provocar que las variadas fuerzas políticas del centro (en el caso alemán es evidente: liberales, democristianos, independientes del centro) se vean completamente desbordadas por los partidos y movimientos políticos más radicales y extremistas; tanto el KPD como la NSDAP en Alemania sobrepasan ampliamente el abanico del establishment. Es un dato verdaderamente singular que debiera hacernos reflexionar en los momentos presentes de cara a cualquier proceso en relación con el Estado y con las perspectivas de una novedad organizativa que fuese más allá del orden social y económico establecido. Ese conglomerado de fuerzas centrales del sistema político se iba a hundir en Alemania, como había naufragado en Italia, y sufriría una serie de convulsiones verdaderamente notables en Francia, aunque la actitud del Vaticano en el caso francés impidió que fuese imitada una fuerza de extrema derecha que pudiese provocar una debacle parecida a la que surgió en Alemania o en Italia.

El hecho de la guerra y su resultado, nos presenta una gran potencia bajo un Estado totalitario. En el caso del totalitarismo es conveniente matizar con fineza sus características para poder valorar las diferencias, ya que la realidad de la Unión Soviética es un totalitarismo químicamente puro, un totalitarismo al cien por cien. Una distinción sustantiva entre un Estado totalitario y otro que no lo es, se fundamenta en si ese Estado totalitario llega hasta las últimas raíces de la sociedad, si controla totalmente la sociedad (como indica su nombre). Existe un elemento que nos puede servir de referencia para saber hasta dónde llega ese totalitarismo. Si el Estado total alcanza a intervenir a la sociedad de tal manera, completa y absoluta, que anula el derecho privado estamos ante un totalitarismo químicamente puro. Otra cuestión es que exista un Estado, más o menos totalitario –habría que precisar una nueva calificación-, donde se pueden concentrar todas las fuerzas en el Ejecutivo, donde se anule prácticamente la división de poderes, donde controle el poder de forma piramidal un partido, un líder colocado en la cúspide de ese partido. El problema es: ¿ese Estado totalitario ha intervenido en la sociedad hasta el punto de eliminar el Código Civil, o no? Es un matiz sobre el que sería conveniente reflexionar ya que nos puede provocar equivocaciones al referirnos, con un mismo lenguaje y una misma expresión calificadora, al Estado totalitario en Alemania, en Italia o en la antigua URSS.

El resultado de la guerra, como es obvio, ofrece el acuerdo de mantener un status en Europa continental. La Unión Soviética se había expandido a través de los países que fueron «liberados» por ella para caer bajo una nueva situación de dictadura, y los países occidentales tenían que volver a recapacitar sobre la realidades del período anterior a la guerra.

Si nos detenemos a observar los textos de los años cuarenta hay algo que llama poderosamente la atención: el entusiasmo, la fe, la voluntad de superar aquellos años difíciles en una Europa que había quedado destruida. Pero existe una distinción enorme entre lo que acontecía en el continente europeo y en Inglaterra. Porque el Reino Unido se había mantenido en pie frente a la avalancha de la guerra, con dificultades, pero se había mantenido. Mas no era el caso de Francia. Y en los momentos posteriores a la Segunda Guerra Mundial se observa que tanto unos como otros quieren volver a su glorioso pasado. Se ponen en marcha dos tipos de mecanismos muy singulares. El primer mecanismo es el que se refiere a la ideología; es decir, de las antiguas posiciones divergentes de los partidos que afectaban al centro del sistema político se llega a una aproximación mutua verdaderamente desconocida. Démonos cuenta que, por circunstancias coyunturales de la guerra, el Partido Comunista francés había intervenido en la resistencia de forma desigual (habría mucho que decir sobre la resistencia). Finalizada la guerra, el Partido Comunista está presente en el proceso político. Naturalmente no es el Partido Comunista de los años anteriores.

Esta reacción ocurriría también en Italia y en Alemania. Las fuerzas políticas ya no son las mismas y ponen en marcha una serie de mecanismos institucionales, constitucionales, que van a dar un nuevo alcance a la experiencia de la guerra. ¿Qué es lo que se ha aprendido de ésta? Se puede apreciar fácilmente porque el común denominador se distingue con rapidez: primero, olvidar cuáles han sido los errores, poner la fe, la ilusión de los pueblos en la tarea que hay que realizar, y esta disposición se observa incluso en el discurso al uso en los años cuarenta y cincuenta; es decir, difuminar un tanto el pasado para centrarse en construir una nueva realidad política. Pero el pasado era decisivo cuando se plantearon que no se volviese a reproducir el gran miedo o las grandes crisis anteriores a la gran guerra. ¿Qué estaba ocurriendo en realidad? Que las elites de las clases políticas emergentes tras la Segunda Guerra Mundial habían comprendido, en parte, lo que había ocurrido anteriormente. Pero el análisis, de corte sesgado, unilateral, a mi juicio era poco inteligente, se trata de un análisis que pone el énfasis en que no se vuelva a reproducir, en el continente europeo, un choque político que esté alimentado o retroalimentado (como dirían los especialistas en análisis de sistemas) por una sociedad con graves crisis económicas y sociales. Este es verdaderamente el punto de inflexión del pensamiento que se va a poner en marcha después de la Segunda Guerra Mundial. Siedentop ha expresado esta misma apreciación al decir que «demasiado a menudo, quienes escriben sobre los sistemas políticos parecen defender, por encima de todos los demás, el valor del orden social o la estabilidad. Sin embargo, construir un sistema político teniendo en mente sólo la estabilidad social es caer en una trampa peligrosa».

Se pueden observar algunos datos y realidades. Primero, no hay un análisis efectivo y exhaustivo de las causas del conflicto; éstas se traspasan sin profundizar, y hasta el extremo de que en los manuales actuales, no ya sólo en los de hace cincuenta o sesenta años, no se realiza una crítica sólida y sistemática sobre cuáles fueron las organizaciones e instituciones políticas que precedieron al conflicto y cómo se llegó al terrible resultado, sino que se menciona y estudia una realidad internacional, los fracasos de una Primera Guerra Mundial, del Tratado de Versalles, de una crisis en cuanto a la existencia de una nueva sociedad de masas, la existencia de un nuevo componente político que proyecta una nueva realidad en cuanto surge la Unión Soviética, etcétera. Este tipo de cuestiones son las que se consideran y se valoran.

Es evidente, que de todas ellas, la mayor preocupación de constituyentes, analistas y clases políticas europeas es el aspecto económico y social. ¿Qué surge? Pues en contraposición a esa expansión ideológica y a esa debilidad del sistema político de cada uno de los países europeos, se llega a una posición contraria, inversa: la distancia ideológica se reduce inmediatamente, y las fuerzas políticas se contraen hacia un centro muy poderoso para buscar elementos de estabilidad. Y paralelamente a este proceso, se llevan a cabo una serie de reformas políticas sustantivas. Esas reformas políticas tienen dos parámetros decisivos, dos materias constatables en la realidad europea. La primera se traduce en la acción política, es decir, la acción de gobierno, la acción de los ejecutivos después de la guerra, pues ésta se reduce drásticamente: no a una política expansiva en el sentido de los años anteriores a la guerra, no a una política que plantee cierto tipo de problemas morales, químicamente políticos, institucionales; va a encaminarse directamente a una cuestión social, es decir, los partidos y fuerzas políticas se impregnan, por primera vez, de una componente social ampliamente compartida, y las políticas de los gobiernos desarrollan una política en sintonía con esa finalidad. Junto con la acción política, y en coherencia con ella, crean automáticamente un mecanismo institucional. Se trata no sólo de realizar una nueva política en lo económico y en lo social, sino que esa política la tratan de circunscribir y garantizar en el ámbito institucional. De esta forma se puede observar cómo se traduce directamente en hechos constitucionales este conglomerado de pensamiento político y social que está fraguando tras la Segunda Guerra.

En síntesis la realidad resultante ilustra la trayectoria seguida. Dos grandes líneas de actuación fueron trazadas.

1. Moderar el comportamiento de las fuerzas políticas (reducción de los conflictos). Suponía tender puentes de entendimiento para lograr un polo central del sistema político estable.

2. Modificar los mecanismos institucionales. La finalidad del régimen político para evitar las crisis políticas, la desestabilización. En coherencia se adoptaron las reformas pertinentes para ofrecer a la sociedad elementos de seguridad que evitasen las convulsiones sociales (del período comprendido entre ambas guerras).

Se puede observar en una serie de países fundamentales de la Europa emergente la evolución y el resultado. Fijemos la atención, para empezar, en el caso de Francia. Decíamos que si había algo que se hubiese aprendido de la experiencia dramática de la guerra, se vería en dos cuestiones: la cuestión institucional y la cuestión de Gobierno (de la acción política directamente). Francia, país central, con una presencia continental que iba a dar pasos automáticos hacia una nueva configuración de las realidades europeas, traduce en los hechos su propia inercia. Con toda rapidez alza y organiza la IV República, y la Constitución de ésta es sorprendente, pues al margen de las declaraciones oficiales, de las declaraciones políticas, de sus referencias al viejo mundo del primer tercio del siglo XX Francia establece en su constitución de la IV República su modelo tradicional, con dos elementos sustanciales: vuelve a un sistema parlamentario y soportado por una norma electoral de carácter proporcional. Estas son las dos características fundamentales que representan la reproducción clónica de la experiencia de la III República y expresan el modelo continental francés del esquema de poderes y del esquema político anclado en su pasado.

Como sabemos, esta persistencia conduciría a una experiencia que también había ofrecido la república de Weimar: crisis continuas, fragmentación y oposición de los parlamentos, inestabilidad del gobierno, crisis política de alto calado, inestabilidad en suma. En estas condiciones, Francia tardó aún casi quince años en reflexionar sobre una nueva realidad que viniese a superar los peores resultados del pasado. En la crisis que se llegó a plantear, en el momento constituyente francés interviene una nueva variable, la presencia del general De Gaulle. Surgía una nueva constitución en Francia, la constitución de la V República. Pero aún se detecta la inercia del pasado, la inercia de la tradición, la constante de ese ímpetu francés que se ha mantenido hasta el siglo XX. La mayor novedad de la constitución de la V República es una división en la cúspide del ejecutivo para traspasar una serie de poderes al presidente de la República. Y esta organización de dos poderes se realiza bajo la impronta del general De Gaulle. Hay que reconocerle la voluntad de dar una salida, de buscar una solución a los problemas constitucionales, es decir, de actuar radicalmente sobre lo que era la base de la problemática francesa. Pero ocurrió que De Gaulle no quiso llevar, o no pudo llevar, a la práctica su esquema mental, su esquema político. Se encontró con unas fuerzas políticas muy ancladas todavía en el pasado, defensoras de la tradición francesa, y De Gaulle sólo pudo lograr esta separación en el ejecutivo para otorgarle unas potencialidades mayores a la Presidencia de la República. Pero el sistema político es un sistema parlamentario. ¿Por qué un sistema parlamentario? La verdad es que para hablar de presidencialismo o no, se impone inexorablemente analizar cuál es la última razón institucional: la relación entre el poder ejecutivo y el poder legislativo. Existe parlamentarismo cuando en último término el gobierno se mantiene por las presiones o por la realidad de las fuerzas que actúan parlamentariamente. En el supuesto del presidencialismo, es obvio que al estar divididos los poderes el ejecutivo no depende del legislativo en modo alguno.

En el caso francés, ¿por qué digo y afirmo que es un sistema parlamentario aunque tenga esta corrección en cuanto a la cabeza del ejecutivo? Porque el gobierno en la V República, para permanecer estable tiene que mantenerse supeditado a cuáles sean los arreglos o las conveniencias de la Asamblea Nacional, que es la que dicta en último momento si un gobierno se mantiene o no, no el presidente de la República.

De Gaulle sí introduce un cambio sustantivo, aun sobre la base parlamentaria del régimen político -en esto sí se puede observar la inteligencia del general De Gaulle- y consiste en introducir uno de los mejores modelos de los sistemas electorales como es el sistema electoral británico; pero en este punto también tiene que claudicar pues su objetivo era adoptar un mecanismo directo, mayoritario y por distrito a una sola vuelta. Las fuerzas políticas francesas estaban acostumbradas a un sistema proporcional, deseaban mantenerse directamente en el entramado donde se puede acotar, modificar, influenciar -sin estar en el gobierno- al ejecutivo.

Las fuerzas políticas francesas habían actuado clarísimamente sobre De Gaulle para transmitirle sus deseos, en el supuesto de acoplarse un sistema como el inglés ellos iban a proponer a su vez un sistema proporcional. La inteligencia de De Gaulle fue reconocer lo obvio: la tendencia de las fuerzas políticas era proclive hacia la proporcionalidad; si quería optar por tener un beneficio, aunque fuese pequeño, pero notable en el sistema electoral, al objeto de favorecer la estabilidad del ejecutivo indirectamente, tenía que efectuar la propuesta de una corrección al sistema mayoritario por distrito inglés. Así nace la doble vuelta francesa, que además tenía un antecedente en Francia. Por lo tanto, los partidos políticos se moderaron a este respecto y han tenido el mejor esquema de poderes del continente.

En Alemania, país que provoca en último término la guerra por sus acciones bélicas directas, aunque no es el único elemento provocador de la guerra, repite taxativamente su experiencia anterior. ¿Qué es lo que han aprendido los alemanes de la experiencia de la guerra? Primero han asimilado que se hallan en el corazón de Europa, que tienen un gran número de divisiones en sus fronteras; por lo tanto deben buscar un elemento de estabilización: son el corazón de Europa, representan un puente para cualquier tipo de guerra o de conflicto en el Este, y por ello tienen una razón estratégica para estabilizar el ejecutivo, porque el gobierno de Alemania, cuando menos, tendría que dar una cierta base para cualquier operación de gran envergadura estratégica que se realizase sobre el continente. Es decir, en Alemania tenía que existir un ejecutivo más estable por el peligro representado por una crisis profunda que pudiese poner en cuestión este desplazamiento de las grandes fuerzas estratégicas sobre el corazón de Europa.

De esta forma surge en Alemania un ejecutivo mucho más estable que el que había tenido en la época de la república de Weimar. Pero introduce modificaciones en lo que se ha denominado el constitucionalismo racionalizado después de la Segunda Guerra mundial. Esta racionalización realmente no opera sobre el fondo de los problemas. Es obvio, como todos conocemos, que la Ley Fundamental de Bonn (los alemanes no querían llamarla constitución pensando precisamente que tendría que llegar un día en que se reunificasen las dos Alemanias) sí introdujo elementos correctores, elementos estabilizadores. Y entre estos elementos estabilizadores se adopta la moción de censura constructiva que es un mecanismo artificioso y poco operativo, como se ha demostrado en la práctica en estos cuarenta o cincuenta años. Pero los alemanes, que buscaban con frenesí una Alemania de acero, sólida, para mantener una posible crisis, establecen una constitución en la que, en último término, la estabilidad del gobierno no está garantizada, porque reproducen de nuevo lo que está en la genética de su régimen político, que es la fuerza parlamentaria y una proporcionalidad, en este caso una proporcionalidad corregida mediante la introducción de un sistema mixto, lo cual suponía una mejora con respecto a la dispersión favorecida por la proporcionalidad en la república de Weimar.

Inglaterra por su parte, queda al margen del continente, todavía vivía lo que Dorothy Pickles llamaba «los días dorados» del régimen parlamentario; Inglaterra fue sin duda uno de los elementos fundamentales para ganar la guerra: el gran portaaviones de la gran potencia norteamericana (a este respecto tendríamos que analizar con detenimiento la posición del Reino Unido en la guerra). Pero Inglaterra no cambia sus instituciones formales, aunque sí reflexiona sobre el fondo de la realidad de los nuevos tiempos y de las posibles repercusiones que tuvieron ese mundo de principios de siglo. Y en Inglaterra se alza, aún sin tener un andamiaje formal constitucional, un Estado social; y además se ve con absoluta claridad cómo las fuerzas políticas se acercan entre sí como si verdaderamente estuviesen imantadas. Como sabemos, inmediatamente después de la guerra gobernaría el partido laborista, y se podría pensar que el Partido Conservador estaría alejado de la política laborista que se inicia en aquellos momentos. Pero no fue así; cuando vuelve el Partido Conservador al poder lo hace bajo unos parámetros de una nueva política. Es decir, mantiene no solamente el aspecto institucional, formal, garantizando un Estado social, sino también una política social y económica muy similar a la de los laboristas. Las memorias de Margaret Thatcher reconocen abiertamente que esa fue la gran realidad del Partido Conservador. Aunque no lo expresase abiertamente, quizá por esa timidez que padecen los políticos ante la verdad (en España decía Felipe González hace unos años, dirigiéndose a su Partido «a ver si alguna vez somos capaces de decirnos la verdad»; la verdad en la política es muy difícil de decir; antes los políticos al uso prefieren el hara-kiri). La señora Thatcher olvidaba un pequeño detalle: que ella participó de esas políticas sociales, de esas políticas intervencionistas, de esas políticas centralizadoras y aun en parte planificadoras, nacionalizadoras, etcétera. Es decir, que Inglaterra estaba en perfecta sintonía con el continente en esos momentos.

Quedaba Italia. Su trayectoria es exactamente igual a la de sus potencias amigas; elaboró una Constitución en la que fue frontal y llanamente a imitar la experiencia consabida en otros lugares de Europa. Hay que reconocer que los italianos fueron quienes menos aprendieron del proceso que condujo a la guerra. Reivindicaron, como fue la impronta de los franceses en la IV República, directamente su pasado bajo el Estatuto albertino, y establecieron una Constitución de sistema parlamentario sin ningún tipo de corrección, y además soportado directamente por un régimen electoral, por una norma electoral de carácter proporcional y no mixta como los alemanes, ni modificada con una segunda vuelta como los franceses aunque fuese al mayoritario, sino una clara e inequívoca norma electoral de proporcionalidad pura.

Con estos elementos configuradores, la política europea fue descrita con sentido del humor incluso por Laski cuando decía que en los regímenes actuales -se refería fundamentalmente a Inglaterra- lo que tenemos es un único partido dividido en dos ramas. Su referencia era nítida, no tenemos oposición y gobierno, unos hacen el papel de la oposición, otros el de gobierno, pero hay un único partido, un único movimiento. Laski se había anticipado a lo que de verdad supondría la convergencia al kentrum. La trayectoria convergente traslada las tensiones políticas desde el enfrentamiento entre partidos con fuerte complexión ideológica a los debates en el seno de los partidos por mantener sus señas de identidad con relación a los programas de gobierno. Esa aproximación política entre partidos de distinto signo, que antes mencionamos, recordando la irónica afirmación de Laski, se efectuó aún en la segunda mitad del siglo XX y no se puede olvidar que las posiciones políticas entonces entre un partido conservador y laborista mostraban fuertes perfiles ideológicos; en el caso de Francia o de Italia era aún más aguda esa separación. Recuérdese el ascenso de la ideología socialista en los sesenta y setenta. Tal realidad le llevó a Alf Ross a pronosticar un próximo derrumbe del capitalismo. Sus palabras eran inequívocas: «la ideología capitalista liberal se encuentra ya en un estado avanzado de decadencia. [...] Incluso los conservadores piensan hoy socialmente, algo inconcebible hace una generación. Los capitalistas mismos están a punto de perder la fe en la justificación de sus propios privilegios y, de consuno, la voluntad de defenderlos luchando. Mientras continúa el proceso ideológico de gradual socavamiento, no hay límites a los extremos que puede alcanzar una socialización gradual, simultáneamente con el mantenimiento de las instituciones democráticas».

Dorothy Pickles en esos años reafirmaba el mismo argumento señalado por Laski: no estamos en presencia de aquellos «buenos días dorados» donde el poder, el ejecutivo establecía una medida política, mientras la oposición cumplía su deber de oponerse, en el mejor sentido de la expresión, para plantear alternativas y críticas razonables soportadas y discutidas ante la opinión pública.

Pero todo aquel proceso que se había puesto en marcha después de la guerra tendría, posteriormente, momentos de mayor intensidad si cabe, debido a una cierta evolución de los partidos socialistas que no habían llegado todavía al poder, como era el caso francés, que abanderó el programa común de la izquierda con mantenimiento de viejos tópicos. Se mantuvo en esa dinámica hasta el año 1981: era una política de nacionalizaciones y de intervenciones sistemática. Cuando llegaron al poder en poco tiempo, en dos años, se enfrentarían con la realidad de la materia política y económica sobre la que tenían que gobernar. Como resultado, cambiaron drásticamente sus posiciones adaptándose a una posición socialdemócrata.

Con esas trayectorias se llega al final del siglo con unos partidos muy próximos, en la centralidad del sistema, y con algunas ideologías absolutamente derrumbadas y otras en posiciones muy cercanas entre sí. La proximidad de las ideologías ya la había planteado Daniel Bell (que fue el primero en hacerlo). En el caso de España se había manifestado Fernández de la Mora. Posteriormente proseguiría la argumentación Fukuyama. Mas sucede que todavía está por demostrarse si esas ideologías, en contacto o en una proximidad muy fuerte, desaparecen o no. Aunque sea excesivo pensar que las ideologías prescriben, sí puede ocurrir que los elementos en contacto creen situaciones delicadas para la estabilidad del sistema político. Porque las fuerzas políticas están actuando en occidente, concretamente en el continente europeo, como un colchón ideológico. Los partidos frenan la actuación ideológica, los impulsos ideológicos. ¿Qué es lo que ocurre si el sistema político se cierra excesivamente sobre las dos grandes fuerzas centrales del sistema? A mi juicio puede suceder lo que en parte se puede estar viendo en la Europa continental: una dispersión del voto, una fragmentación del voto, elementos que no son capaces de absorber y mantener los partidos centrales porque pierden las raíces ideológicas, sus principios organizacionales, y esto conduce a que podamos estar ante un proceso de formación de nuevas realidades ideológicas. Sin embargo sería muy difícil una creación de una nueva ideología, ex novo; la única posibilidad de tener hoy día una ideología nueva, al margen de las presentes, sería la representada por el ecologismo. El socialismo se ha visto en realidad transformado a una socialdemocracia que cambia radicalmente sus parámetros para ocupar el centro del espacio político, para estar realmente a medio milímetro de lo que es el liberalismo. El liberalismo, por su parte, en los últimos treinta o treinta y cinco años, en Inglaterra ha ido agregando a sus amplios mecanismos culturales un sentido político impregnado de una clara preocupación por lo social y económico. El Partido Conservador inglés -después del triunfo de Margaret Thatcher y después de ser apartada del poder- se encuentra en una crisis que puede ser muy profunda.

También podemos observar cómo en el continente ha tomado cuerpo una variante exótica del liberalismo que corta, que fragmenta la visión global del liberalismo para soportar unos principios exclusivamente economicistas, mecanicistas, y a veces da la impresión de que están en una posición política e ideológica un tanto extremista. En los momentos presentes se aprecia una cierta radicalidad de este mundo liberal económico que cercena y amputa lo que ha sido una visión cultural, humana, ideológica, y desde luego política, del liberalismo clásico. Quienes se hallan en esta postura radical no quieren valorar otro tipo de cuestiones sino que están reproduciendo un cierto mecanicismo de corte marxista. En otras palabras, están analizando con una simplicidad extraordinaria la realidad de nuestros días, y en consecuencia puede provocar una crisis en la trayectoria seguida. Hasta ahora no creo que se haya dado ningún tipo de crisis en Europa –en estricto sentido- en cuanto a esta trayectoria, pero en los momentos presentes sí hay aspectos llamativos que deben ser diagnosticados y valorados. Sí parece llamativa la radicalidad con que se expresan algunos liberales –si es que lo son-que tienen una apoyatura directa del poder y actúan más en el ámbito intelectual con un cierto beneplácito del poder. Tales excesos y extremismos están provocando reacciones críticas razonables y no parece una política adecuada, inteligente, por parte de las fuerzas centrales de los sistemas políticos actuantes en la Unión Europea en los momentos presentes.

Llegados a este punto nos podemos preguntar ¿qué relación guarda toda esta situación de la segunda mitad del siglo anterior con nuestra realidad? Como apuntase Polibio, el cómo, el dónde y el porqué del «punto de partida» son esenciales para situar el presente y focalizar el futuro. En el momento en que nos enfrentamos a un hecho de una voluntad emergente evolutiva hacia un supuesto Estado europeo o una nueva organización de la Unión actual, tenemos que preguntarnos cuál puede ser el punto de sintonía, el punto de encuentro, el factor común, el denominador común con el que podríamos analizar ese proceso.

En lo que respecta a la evolución de la UE existe un paralelismo muy fuerte entre aquellos aspectos institucionales, que antes hemos repasado a modo de simple apunte, que se activaron después de la Segunda Guerra Mundial y con las prácticas políticas hacia la UE que han utilizado los partidos tanto continentales como ingleses.

¿Cuál era la realidad, el nexo común que han mantenido por ejemplo los franceses? El modelo francés, al margen de su propio modelo interno constitucional –de su forma de gobierno-, que ya hemos mencionado, plantean algo verdaderamente preocupante para la UE, no porque suponga un mero ejercicio de retórica por parte de los franceses, sino, lo que es peor, porque ésta ha sido su actuación en los años en los que se ha ido evolucionando del Mercado Común a la Unión Europea. Realmente los franceses tienen una visión completamente centralista del Estado, y han aportado a la UE su visión histórica, su planteamiento interno, y sus aspiraciones políticas e institucionales con respecto a ella. ¿Cuál ha sido el éxito obtenido por su burocracia y centralidad? Que han inspirado frontalmente, clarísimamente, a la UE, pues el modelo predominante es el francés.

No obstante, la política francesa ha evolucionado en el sentido de empezar a valorar la posibilidad de descentralización. Por ejemplo Chirac lo está planteando en estos momentos. Pero el modelo francés choca frontalmente con una supuesta descentralización de cualquier tipo de Estado o Unión Europea que se quiera poner en marcha. Los Estados integrantes de tal organización formada a escuadra y cartabón por la política francesa y controlada por ella supondría un daño de incalculables consecuencias, que otorgaría una fuerza terrible, central, al poder ejecutivo y sin el contrapeso de una sociedad bien organizada con capacidad de crítica; aunque los franceses sí tienen una fuerte libertad de crítica, como todos sabemos. Pero resulta compatible con una poderosa centralidad ejecutiva que ha permitido a los grandes grupos de interés actuar de manera formidable, eficaz y directa sobre el ejecutivo, sin tener que dirigirse a la sociedad. No precisan recurrir al legislativo, no tienen que debatir y defender sus propuestas ante la televisión y los demás medios de comunicación. Su actuación es más sencilla dirigen sus esfuerzos directamente sobre aquel que tiene el poder, pues saben quién decide y cuál es su libertad de acción. Basta conocer este dato para saber que efectivamente las gestiones pueden ser eficaces.

La concentración del poder ha permitido a la clase política francesa (con una alta formación en sus miembros), mantenerse en una posición tan sumamente permeable ante los intereses económicos. Los grandes burócratas de su administración pasan a las grandes empresas francesas y de éstas a las estructuras del poder ejecutivo con absoluta tranquilidad. Sin embargo no acaban ahí las ambiciones, porque esta realidad podría mantenerse dentro de Francia, pero más preocupante sería su traslación y expansión a la configuración europea. Depende del resultado de una nueva organización europea, de la relación de los poderes centrales frente a los poderes de los Estados miembros, aunque estamos utilizando un lenguaje federal sin que exista una realidad federal en el horizonte. La organización de un Estado miembro siempre es un dato importante a valorar, pero no tendría mayor problema si no trasciende su ámbito nacional. La diferencia estriba en que Francia posee la capacidad de expandir su modelo.

El problema que nos afecta, en la reflexión sobre la UE, es más práctico y no se circunscribe a algo sobre lo que los franceses tienen autonomía suficiente, libertad suficiente y soberanía suficiente para plantearse dentro de su territorio, sino que están exportando el modelo y están exportando a sus hombres. Si vemos el conglomerado de la nueva clase política europea que se concentra en Bruselas, advertiremos que en puestos absolutamente decisivos se hallan franceses. Los modelos que se utilizan son franceses, la burocracia y el modelo de burocracia es de inspiración francesa, el tipo de acuerdos, la forma del debate y la oscuridad de la negociación en Bruselas típicamente francesa, no tiene nada que ver con cualquier otro modelo, es algo que se identifica en sí misma. Sólo tenemos que observar que a este modelo burocrático se añaden otra serie de cuestiones específicas: un falso respeto por la legalidad, transitan de la ley a la ley con absoluta tranquilidad, si Bruselas plantea una política contraria a los monopolios ellos mantienen sus monopolios sin obstáculos inoportunos, si Bruselas impide automáticamente subvenciones monopolísticas ellos realizan esas subvenciones (Credit Lyonnais o Air France son un ejemplo clamoroso, por no hablar de sus otras industrias especialmente protegidas), por no mencionar que el pueblo francés, que es muy suyo, tiene un intercambio de productos con otros países infinitamente inferior al que tenemos alemanes, italianos o ingleses o españoles; puede resultar increíble pero es un hecho. Su posición con respecto a una nueva organización estatal ha empezado a cambiar, lo apuntábamos antes, ya en tiempos de Mitterrand cuando empezó a tener unas mínimas iniciativas de reforma del entramado centralista del Estado francés, mas no se han llevado a cabo, no se han efectuado más que pequeñas modificaciones, y empiezan a reflexionar sobre ello después de la unificación alemana porque ésta provocó el gran miedo de Mitterrand, el gran miedo de los franceses a ver una gran potencia en el centro de Europa que pudiese volver a plantear una hegemonía económica sobre el continente, ese fue el leit motiv que impulsó a Mitterrant en los primeros momentos a efectuar maniobras muy rápidas.

Con todo ello vemos que los franceses han ido asumiendo, de cara a una nueva organización europea, la conveniencia de plantear una cierta descentralización. Por lo menos hablar de ella, mostrar una cierta sensibilidad y flexibilidad que pueda ser reconocida más allá de las fronteras francesas. Chirac está ejercitando esa disposición. Pero también tendríamos que darnos cuenta que esta continuidad entre Mitterrand y Chirac no pasa por los buenos ojos de todos los franceses. En la primera vuelta de las últimas elecciones francesas se ha visto con claridad que hay seis o siete millones de franceses que discrepan de estas políticas centrales del sistema.

Así podemos observar, además, otro tipo de problemas que están surgiendo por la actitud francesa. No dejan escapar nunca un gran cargo de las instituciones europeas. Démonos cuenta que tuvieron el control de la comisión. Han mostrado su tendencia como se pudo constatar sobre el Banco Central Europeo. La secuencia fue inmediata, fue hablar de éste y mostraron su posición: apoyar a un holandés o a un alemán si se alcanza un acuerdo para que a partir de la mitad de su mandato automáticamente lo sustituyese un francés. Es decir, que en las cuestiones fundamentales para los franceses, siguen siendo franceses. Y aquí hay un elemento llamativo que los distingue de los demás: tienen un sentido del patriotismo muy fuertemente arraigado que les lleva a tener una gran inteligencia sobre sus intereses políticos. ¿Queremos decir que los alemanes no tienen una inteligencia sobre sus intereses económicos? Claro que la tienen. ¿Los ingleses? Claro que la tienen. Los italianos también. Incluso nosotros tenemos esa claridad en los intereses, que no se acompaña por la misma inteligencia y voluntad en su defensa. En el caso francés es evidente que cuentan con la apoyatura de un patriotismo inteligente, lo que constituye un elemento muy positivo.

Fijémonos en que los franceses no solamente actúan de una forma decisiva y perspicaz con respecto a los cargos institucionales de la UE, sino que no transigen en introducir cualquier baza correctora de lo que pudieran ser sus intereses garantizados por la acción política previa francesa. Por ejemplo, la política agraria común, que es una política que se monta directamente para proteger los intereses económicos franceses. Cuando se quiso reformar esta Política Agraria Común por parte de Alemania en el año 1999, Francia se opuso radicalmente; es más, afirmó que si se daba un paso en esa dirección se opondrían a la última fase de la moneda común. La determinación es innegable.

Podemos poner otro ejemplo entre muchos y variados. Cuando se plantea la moneda común a través del proceso de Maastricht y de Amsterdam, los franceses plantean una posición verdaderamente singular: una flexibilidad en la unión monetaria. ¿Les interesaba a ellos? Francia podía haber cumplido, pero quien no hubiese cumplido, como era absolutamente evidente, era el sur del Continente. Es decir, Portugal no podría, Grecia no podría, Italia no podría, España no podría. ¿Qué hizo Francia? ¿Fue un fraternal amor por una política mediterránea? En absoluto. Fue jugar inteligentemente sus intereses y permitir que hubiese una posición que diluyera la capacidad alemana de imponer restricciones económicas muy fuertes que a ellos no les interesaban. Alemania tuvo que transigir.

En muchos aspectos económicos la relación de los beneficios y pagos de la UE son altamente beneficiosos no para aquellos países más «subdesarrollados» comparativamente como puede ser el caso de Grecia, Portugal o el de España; y nosotros éramos todavía un país fuertemente atrasado con respecto a las potencias centrales de la Unión, y hemos sido el país que más ha sido subvencionado por la Unión. Pero, si nos damos cuenta, Francia ha logrado un resultado más brillante en la administración de las cuestiones relativas a los gastos e ingresos con respecto a la UE. Es el país que ha sido más beneficiado (como demuestra Larry Siedentop en su obra la democracia en Europa).

Cuando los franceses han puesto problemas a los tratados de Amsterdam y de Maastricht, la clase política se ha encontrado con una situación muy incómoda. Tan incómoda que el RPR, el partido de De Gaulle, una fracción de él, fue radicalmente en contra. Ni Chirac ni otros dirigentes destacados de su partido pudieron hacer un análisis político que permitiese controlar o contrarrestar esta crítica interna del RPR. Pero tampoco podían actuar para reducir la crítica interna de los franceses. ¿Por qué razón? Se pueden apreciar dos. En primer término porque los franceses, a diferencia de otras naciones sí poseen un sistema electoral que permite tener verdaderos representantes. El sistema de distrito, aunque lleva a la negociación, a todo tipo de compromisos, al arreglo de cara a la segunda vuelta, al menos posee una primera vuelta donde ha de aparecer alguien con nombres y apellidos y que responda ante su distrito; cosa que en otros países europeos no sucede, y por lo tanto pueden dejar caer en paracaídas al hijo o la madre de cualquier jerifalte de la clase política. En una lista de corte proporcional entra cualquier cosa por la libérrima voluntad del líder sin tener que ofrecer un candidato que responda ante el electorado. Otra cosa es que sobre ellos actúe (como ocurre en Inglaterra) el látigo que controla la capacidad externa de relación del diputado, del representante de cara a su distrito. Es evidente que el lider chips puede ejercer presiones, recomendaciones y amenazas en el oscuro ámbito del partido, pero también lo es que el representante posee un margen de maniobra mayor por contar con el apoyo de su distrito. Esa realidad con sus luces y sombras supone un mundo de primera categoría respecto a las cuestiones relativas a la representación. Aún con el sistema electoral vigente la clase política francesa no ha sido capaz de explicar su posición respecto a la construcción europea a la que antes aludíamos. ¿Por qué? Por una segunda razón muy simple. No son capaces porque no le pueden decir a su pueblo, que está criticando la construcción europea, que critican un desarrollo del que son los máximos beneficiarios. Ésta es la contradicción de los franceses. Es completamente lógico. Pero no lo es para las demás naciones como España, donde se aprecia una incapacidad o falta de voluntad para explicarnos cuál es la política francesa. Porque nosotros no somos franceses. Es muy comprensible la posición de la clase política francesa, pero no así la española.

En la trayectoria de la Unión, no se aprecia en el horizonte la posibilidad de un conglomerado de fuerzas políticas que puedan tener una mayor inteligencia que la francesa. Podrán tratar de tascar el freno para evitar los mayores daños a los demás, pero la hegemonía, la potencia de avance, la iniciativa, la tienen los franceses; y quien tiene la iniciativa siempre tendrá la ventaja al diseñar el terreno de juego que más le interesa. Porque siempre podrán llegar a acuerdos, podrán ceder algo, pero el impacto primero lo han asentado con tranquilidad.

Si prosiguiese esta tendencia conduciría a una Europa confeccionada al gusto francés. Pero si era ya sorprendente esta trayectoria que, ni siquiera los franceses, a veces, la han comprendido (nos referimos a los ciudadanos no pertenecientes a su clase no política), en los últimos años se ha abierto una nueva perspectiva, algo verdaderamente singular. La política francesa, haciendo muestra y gala de una inteligencia en verdad notable y singular, se ha mostrado en principio flexible a la consideración de un modelo contrario directamente a sus intereses, y esto sí es verdaderamente increíble –por lo que se puede estimar como un movimiento táctico-. Este aspecto se observó por primera vez en los discursos y en la prensa francesa, lo que no dejaba de provocar una cierta perplejidad y preocupación. Cuando algo cambia en el tablero político, hay que explicarse el por qué, aunque sea un movimiento de escasa importancia, lo que como es obvio se podía descartar en esta materia de gran entidad como es la llamada construcción europea.

¿Por qué un movimiento de esta naturaleza en contra de sus intereses, mientras se empieza a valorar el federalismo? Si hay algo que a los franceses les repugna poderosamente es un modelo federal; porque una organización de ese tipo, aunque sea el modelo alemán, plantea problemas de separación de poderes y, sobre todo, porque en el momento de referirse al federalismo hay que hacerlo empezando por las relaciones del centro de lo que es el Estado federal y de los Estados miembros –la materia decisiva y esencial-, y en consecuencia concentrarse en el tema estrella de todo federalismo como son las competencias de unos y otros, y tendría que ser establecido formalmente en un texto constitucional, y tendría que ser debatido por todo el continente. Cuando se enfrenta como objetivo una organización federal en la Europa en construcción, en una mentalidad burocrática y centralista, hay que pensar que median unos intereses fortísimos y que han sido considerados y salvaguardados como presupuesto necesario.

Mi explicación es que los franceses han estudiado brillantemente la evolución, las fuerzas en presencia y el modelo federal adecuado a sus posiciones. Nuestros socios de la Unión (en el lenguaje comunitario), fundamentalmente los alemanes, tienen la tradición y la aspiración de un sistema federal. Pero hay que decir que la tradición alemana es distinta a la francesa, es una tradición paternalista: los grupos de presión en Alemania actúan conectados con la sociedad; es una sociedad, a diferencia de la francesa, muy cohesionada y con grandes grupos, con un concepto de la jerarquía muy singular que dejan al ejecutivo hacer. Este federalismo alemán se halla inspirado por sus propias necesidades y bajo su mentalidad; no tiene comparación posible con el federalismo norteamericano. Y cuando nos referimos al federalismo y a su vez a este cambio de posición de la política francesa, tenemos que valorar cuál es el modelo de federalismo sobre el que se está razonando. El modelo a mi juicio es el federalismo alemán. Prueba de ello es que ya ha surgido algo que parece evidente y lógico, obvio, si hablamos de federalismo o si hablamos de un Estado más o menos descentralizado para esa Constitución europea: se está especulando sobre una segunda cámara. Cuando alguien reflexiona sobre la segunda cámara hay que pensar que o en Europa se ha llegado a un cierto tipo de ironía sobre las propias instituciones y volcamos sobre ellas aquello que pretendemos ver realizado en nuestro país o algo extraño está surgiendo; porque basta observar la Cámara de los Lores en Inglaterra, el Senado francés, el Senado español, el Bundesrat alemán para darse cuenta que son completamente distintos, lo que es lógico porque son modelos de gobierno completamente distintos, formas de gobierno diferentes o aun siendo la misma forma de gobierno pero con distinta forma de estado.

En cuanto a la forma del Estado, da la impresión de que esta variación de la posición francesa, si se superpone sobre un modelo básico alemán, lo cual satisfaría a los alemanes, llevaría a un resultado que como hipótesis hay que contemplar, aunque horroriza: si se yuxtapone el modelo francés centralista burocratizado oscurantista con el modelo alemán de un federalismo atemperado con las costumbres alemanas, nos encontraríamos en la resultante de una Europa o de un Estado europeo con una organización de Estado federal modificada al gusto alemán bajo la impronta y la hegemonía de toda una forma de actuación política y de concepción de las organizaciones políticas y de todo el entramado institucional de corte francés.

Ante este presupuesto factible y presumible, los italianos, los españoles, los belgas, los holandeses, etcétera, no tenemos todavía una opinión nítida. Y, ¿qué sucede con Inglaterra? El Reino Unido ha mantenido la suspicacia con respecto a la organización de lo que era la política que condujese a la Unión Monetaria. La prueba es su propio status, sus dudas al respecto. Pero se puede observar un cambio de posiciones muy ostensible en Inglaterra. Esta variación de posiciones conduce a observar que el rechazo frontal de Inglaterra en los años sesenta y setenta tenía evoluciones contradictorias, sigue en parte ese proceso de actuaciones contradictorias respecto a la Unión en la actualidad. Pero los ingleses se han movido también por su tradición y consideran que la construcción europea les plantean problemas de soberanía: es la materia en la que concentran sus mayores reparos; asimismo les suscita cuestiones económicas e incluso sociales que tampoco gozan de su entusiasmo. Pero ante estos escollos ¿cuál es su modus operandi? Ofrecen una actitud reticente, expresan a continuación una negativa y después negocian. Es decir, los ingleses están aprendiendo algo que no es de su tradición, algo que puso en marcha la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial, y que fundamentalmente expresa un acuerdo entre la democracia cristiana y la socialdemocracia. Adenauer lo sintetizó con toda claridad: lo que se pueda pagar con dinero, páguese con dinero. ¿Sin embargo podríamos decir lo mismo en el ámbito institucional político? Parece que la balanza se halla fuertemente desequilibrada. Es un principio de doble filo porque puede ser un instrumento eficaz cuando hay que utilizarlo, y pagar con dinero lo que se pueda hacer con dinero. Pero también es un principio peligroso porque puede llevar a una gran corrupción.

Los ingleses se hallan sometidos a un cambio de mentalidad, a un cambio de organización de sus posiciones políticas con respecto a Europa, y están negociando las cosas obteniendo ventajas, actúan con una mentalidad empírica; es decir, no se reconocen dispuestos a discutir una organización constitucional, a discutir grandes textos en un solo bloque, su preferencia e inclinación les conduce a debatir aspectos concretos siempre y cuando esperen obtener un beneficio, las cuestiones más complejas las demoran al futuro indefinido. Este tipo de planteamientos, esquemas, arreglos y actuaciones inglesas difiere bastante del usado por ellos anteriormente en cuanto a la construcción de Europa.

Si la forma de Estado ofrece modelos distintos y aun contrapuestos entre los miembros de la Unión, la forma de gobierno no esconde ninguna dificultad. La forma de gobierno es evidente, es parlamentaria, ese sería el común denominador y por lo tanto la realidad resultante no puede ser otra: forma de gobierno parlamentaria. ¿Forma de Estado? Aquí se halla el gran debate al que nos hemos referido con anterioridad. La trayectoria apunta a un arreglo entre franceses y alemanes. Pero hay otros elementos, olvidando la lengua, las costumbres, los usos, las culturas separadas, que son fundamentales para la construcción de un Estado o nueva organización europea. ¿Podríamos apreciar la realidad consuetudinaria del derecho común inglés? ¿Se haría bajo esta perspectiva? ¿O se haría bajo la perspectiva de la influencia del derecho romano, del derecho administrativo del continente? Estos interrogantes poseen su gran importancia, pero hay que considerar por estima de un mínimo realismo que la resultante estaría muy alejada de la tradición británica y repercute sobre cuestiones sociales y económicas que se pondrían en evidencia.

En esta realidad europea actual se ha abierto un proceso que no puede dejar de sorprender. Si observamos, hay reunida una comisión de la UE para establecer, analizar los parámetros de un texto constitucional. Esta materia no se ha debatido en absoluto ni en Inglaterra ni en el continente. ¿Bajo qué criterios lo están haciendo? Absolutamente ocultos. ¿Bajo qué formula se han elegido estos representantes? Bajo ninguna de entidad democrática. ¿Con qué dirección actúan? Con las de los gobiernos. ¿Y qué es lo que sabemos? Han anunciado que habrá una gran declaración de derechos. Parece que se alumbra la fórmula francesa más retórica de las grandes declaraciones, y que se puede apreciar en los textos como los alemanes, los italianos y la propia Constitución española: en definitiva una fuerte carga retórica volcada sobre los derechos, pero nada sobre la estructura de los poderes. Y nos podríamos preguntar si el estudio de una declaración de derechos es necesaria cuando existen ya tantas y de tanta extensión. Si van a inventar nuevos derechos, habrá que ver cuál es el grado de imaginación. Pero el procedimiento es oscurantista, de inspiración francesa (aunque los franceses, internamente, han elaborado sus textos constitucionales actuando por el procedimiento constituyente). Ante la Constitución europea que se invoca ni siquiera se ha mencionado el proceso constituyente; porque además no se aprecia cuál es la materia que podría avalar la referencia a un proceso constituyente. Porque son elementos tan sumamente dispares que no ofrece duda la forma de gobierno, que es un dato, pero sobre lo demás no se alumbra claridad alguna.
 

Incertidumbres sobre la trayectoria de la Unión Europea.-

¿Cuál puede ser el modelo inspirador de una futura constitución de la Unión Europea? ¿Se halla Europa preparada para encarar una reflexión constitucional? ¿Podría más la tradición o se estudiarían otras bases constitucionales fuera de los marcos de los Estados miembros de la Unión? ¿Se puede esperar una distribución del poder específica para la emergente realidad europea? ¿Seguir los pasos o instaurar una democracia en Europa?

Estos interrogantes son decisivos para establecer una forma de gobierno, sin embargo no son las únicas. Qué tipo de Estado (su forma). ¿Federal? ¿Confederación de Estados? ¿Un nuevo modelo?

El procedimiento de elaboración tampoco carece de interés. También presenta dudas con entidad. ¿Se abriría un verdadero proceso constituyente? ¿Se proseguiría la trayectoria de la criticada –y asumida- falta (o déficit) de democracia en la UE? ¿Se pretende reducir ese «déficit»? En este sentido se ha presentado la iniciativa de preparar un proyecto sin que se haya discutido y votado tal iniciativa por los pueblos que serían regidos por esa nueva norma, que por su envergadura requeriría un proceso constituyente y bajo la exquisita actuación transparente, pública y democrática.

Cuando se escuchan los discursos, en la conocida jerga comunitaria, da la impresión de que se pretende eliminar del horizonte institucional la idea del control de los poderes. Sin embargo, si tales discursos surgen de una voluntad decidida hay que preguntarse cuál será el modelo de ese control si llega a existir. El peso de la tradición apuntaría quizá a un modelo en el que el «ejecutivo» comunitario –o de la Unión- tuviese que hallarse controlado por la asamblea, con los mecanismos de censura y elección correspondientes según el esquema de relación propio del parlamentarismo.

¿Se detecta en Europa unos presupuestos comunes compartidos mayoritariamente sobre materia política y, en concreto, institucional, para dar respuesta a cuestiones elementales como la división de poderes o la libertad política?

¿Cuál es el sustrato de ideas políticas en la Unión Europea? ¿Qué importancia posee el control del poder? ¿Qué valor se otorga a la ética? ¿Qué aprecio se tiene por el principio de legalidad? ¿Qué sentido y peso manifiesta la idea de justicia? ¿Primaría la centralidad? ¿Si el modelo fuese federal hacia dónde tendería en su arquitectura de distribución de poderes y en su dinámica política? ¿Mayor peso del centro? ¿Predominio de los Estados miembros? ¿Qué tipo de legislativo se alumbraría? ¿Cómo se organizan las Cámaras, modelo alemán, norteamericano, el español, imaginativo híbrido? ¿Posee Europa una cultura cívica común? ¿Cabe suponer un cierto patriotismo europeo de nueva creación? ¿Podría surgir como elemento complementario a la llamada construcción europea? ¿La ausencia de patriotismo en algunas naciones europeas puede ser un factor que coadyuve a crear un patriotismo europeo? ¿Qué valores priman? ¿Puede ser equiparable la experiencia de la formación de Estados Unidos de América? ¿Si su base ideológica fuese la igualdad podría asimilarse a aquel proceso? ¿Puede la sociedad europea demandar la participación activa y el control del proceso de formación del supuesto Estado Europeo? ¿Se daría la nota de humor de que las siglas de la UE se conviertan en su inverso EU (Estado Europeo) sin perder la trayectoria del «déficit democrático»? ¿Podría esperarse que ese hipotético Estado no signifique una mayor progresión en el control de Bruselas, en la mayor burocracia y mayor centralidad? ¿Cómo actuaría la tendencia y pasión por la homogeneidad, la planificación y la centralización? ¿Cabe esperar un giro institucional? ¿Se proyectará a escala europea un conjunto triangular formado por la centralidad, la oligarquía y la igualdad? ¿Será posible la democracia en la UE o en el EU? ¿Cabe esperar que la sociedad reaccione ante el estado actual de cosas? ¿Le interesa? ¿Está preparada para ello?

Un nueva organización estatal establece nuevas relaciones con las realidades sociales y los sujetos que la encarnan y representa, por ello no se puede dejar de valorar la importancia del cambio en los roles de esos sujetos representados y representantes. ¿Pero existe un modelo de referencia con el que se pueda realizar una identificación?
 

Conclusión

Puede resultar un proceso contradictorio: Huyendo de la historia del siglo XX pueden perder sus personalidades acuñadas por la historia. Mantendría curiosamente lo peor de su pasado, su concentración del poder, su pasión igualitaria, su dirigismo y su tendencia al control de la sociedad.

La vieja advertencia de Tocqueville cobraría el cuerpo de una ley de hierro de la sociedad europea, al margen de la democracia, con sometimiento de la legalidad a la discreción del poder, sin controles eficientes, con una sociedad desarmada frente al poder cada vez más omnímodo y distante. Una sociedad adormecida, sin capacidad de control y sólo recelosa de la homogeneidad.

Ante la posible bisectriz cualquier país de la Unión puede moverse en un entorno de pequeñas variaciones políticas sobre los modelos dominantes, o puede definir y marcar una política propia con alcance institucional y al margen de lo establecido. Requiere tal hipótesis una voluntad política nacional y una credibilidad sustentada en las reformas que hubiese introducido en su propio ámbito estatal. Tal supuesto sólo puede darse con o

 
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